Jeanne XIII
N o sé cuánto tiempo pasamos en el Palais Royal .
Solo sé que la primavera fue dando paso poco a poco al verano. Las mañanas eran cada vez más calurosas y los días, más largos. Desde la ventana de mi estancia, veía los jardines privados de la residencia de los duques de Orleans, y en esa calmada tranquilidad fui recuperándome.
Monsieur se enteró de mi amor por los niños —seguramente Aurore se lo insinuó— y, para mi alegría, mandó traer a sus hijas desde Saint-Germain para que disfrutaran un poco de la vida en la ciudad.
Con aquellas dos princesas también vino Lucille de Valois para informarnos de que su hermano Bastien mejoraba a pasos agigantados y que en breve retomaría sus tareas como mosquetero.
—Y yo retomaré las mías, porque mon capitaine debe haber estado muy desatendido estas últimas semanas.
—¿Tu capitán? —pregunté, incrédula, aún postrada en la cama—. ¿Es que tenéis un lío con Gérald de la Reynie?
—¿Un lío? —rio mademoiselle de Valois, pícara—. Lo que tengo es un buen…
—¡Lucille! —la detuvo Aurore, entre risas—. Hay princesas delante.
—No sabía que vuestro amante secreto era el capitán de los mosqueteros .
—En Versalles es difícil guardar secretos, pero Lucille de Valois es una gran experta en blindar su privacidad, desde luego —admitió Aurore.
Lucille me pidió perdón por haberme espiado bajo las órdenes de Gérald y, arrepentida por haberme causado daño, me devolvió la carta de Ferdinand que había sacado de mis baúles.
Delante de mis dos únicas amigas, acepté su perdón y quemé la carta con ayuda de una vela, hasta reducir las palabras de Ferdinand a cenizas.
Ambas cuidaron de mí de todas las maneras en que se puede cuidar a una persona malherida.
Y, rodeada de aquella energía femenina, mis días fueron mucho mejores, aunque me faltase el sol que calentaba mi piel.
Mi herida cicatrizaba con lentitud, aunque Aurore aseguraba que la fiebre ya no era preocupante. Me movía poco, apenas lo justo para no oxidarme, y Aurore y Lucille me ayudaban a caminar a pesar de que los puntos de la herida tiraban de mi piel y cada respiración era un auténtico suplicio.
Louis, desde el día en que había abierto los ojos, no había venido a verme. Ni una sola vez.
Pero me llegaban noticias suyas. Estaba volcado en la reconstrucción de París.
Supervisaba planos, consolaba a los heridos, prometía justicia y trabajo.
Sabía que había ofrecido perdón y también que había ordenado ejecuciones.
El Rey Sol no había muerto, ni siquiera se había apagado: se había transformado en un fuego más silencioso, más contenido, pero aún temible. Quizá más temible que nunca.
En mis días más bajos, me repetía que yo no era nadie para él.
Una traidora apenas redimida por una herida.
Una amante desleal. Una sombra más entre los muros del palacio.
Pero, a pesar de repetirme todo eso, aún lo amaba.
Con la calma dolorosa de quien ya no espera nada y, sin embargo, quiere entregarlo todo .
Fue entonces cuando decidí escribir, tal y como él me había escrito cuando nos veíamos en el Bosquete de Roncallas, pero no cartas de amor o súplicas desesperadas.
Escribí palabras.
Cada mañana, con la ayuda de Aurore o del propio Monsieur , hacía llegar a sus manos un papel doblado con una sola palabra escrita en tinta.
Liberté .
El nombre del caballo dorado que me regaló y en el que había galopado a través de los bosques, a su lado.
Orgueil .
El orgullo que él me devolvió.
Glacés .
La Galería de los Espejos, donde mi alma se rindió por completo a su pasión.
Pardon .
El suyo, el mío.
Éclat .
La chispa que nació entre nosotros, y que yo misma apagué con mi traición.
Danse .
Por haber intentado enseñarme a bailar, a pesar de ser reacia a ello.
Livre .
Por todos los libros que llenaron nuestras conversaciones en el Bosquete de las Roncallas.
Cœur .
El que él me dio, abierto, y el que yo le entregué, sangrante.
Vérité .
Aunque tardía, aunque dolorosa .
Cada mañana le hacía llegar una palabra y cada mañana era una punzada de miedo y esperanza. Aurore no decía nada, pero cuando me veía escribir, su expresión era de absoluta ternura.
Y entonces llegó la última nota, con la última palabra.
Expiation .
Fue esa la que lo trajo a mí de nuevo.
Lo supe incluso antes de oír sus pasos. Lo sentí en la tensión súbita de los criados, en la manera en que Aurore se retiró de mi lado sin decir nada.
—¡El rey!
La puerta se abrió y Louis entró.
Vestía de azul. Siempre había sido su color favorito. Su rostro estaba más delgado, las ojeras marcadas, pero sus ojos añiles me perforaron con la misma intensidad del primer día que estuvimos uno enfrente del otro. No me atreví a hablar. Él tampoco lo hizo.
Se acercó a mi lecho y se detuvo junto a mí, de pie.
—Recibo tus palabras —dijo al fin, grave—. Todas ellas.
—Ya no esperaba respuesta —susurré.
Se sentó a mi lado. Sus dedos rozaron la colcha bordada, sin llegar a tocarme.
—Expiación —repitió la palabra que le había enviado aquella mañana—. ¿Por qué?
—Porque he pagado por mis errores —respondí—. Siempre estaré pagando por ellos.
Él se mostró impasible.
—¿Y crees que eso basta?
—No. Pero es todo cuanto tengo para ofrecerte.
Nos miramos, quizá sin saber qué decirnos, quizá queriendo decírnoslo todo.
—¿Puedo ver tu herida? —preguntó entonces.
Asentí, temblando.
Con delicadeza infinita, apartó la colcha y desató el lazo de la bata de lino que me envolvía. Descubrió mi pecho, aún vendado, y fue él mismo, con manos firmes, quien retiró la venda. Sentí el aire fresco sobre la cicatriz, aún enrojecida, aún sensible, aún doliente, y contuve el aliento.
—Aquí —murmuró, sin dejar de mirar mi herida—. Aquí es donde te hirió.
—Sí.
Entonces hizo lo impensable.
El dueño y señor de Francia, el Rey Sol, se arrodilló ante mí. Bajó la cabeza, y sus labios tocaron la herida en un beso delicado. Así fue como supe que Louis me había perdonado.
Lloré.
Él me tomó la mano. Era la primera vez que me tocaba desde aquella noche en la imprenta. Sus dedos entre los míos fueron un bálsamo y una promesa.
—Quiero que regreses a mí —susurró—. No puedo ni deseo vivir sin ti a mi lado, mon cœur .
Acerqué su mano a mi boca y la besé, justo donde latía su pulso, como respuesta. Cerré los ojos y supe, sin ninguna duda, que el perdón no siempre llegaba como un trueno. A veces llegaba como una palabra escrita con trazo tembloroso, como un rey que se arrodilla ante una mujer sin título.
Y a veces, incluso, como un beso en una herida que cicatriza.
Nos casamos en Notre-Dame, pero Louis no invitó a nadie de Versalles.
No quiso embajadores de otras cortes, ni duques ni marquesas, ni almirantes, ni obispos.
Solo nuestros allegados. Rodeados de su hermano y de Aurore, de Lucille de Valois y Gérald, del jefe de la policía de París y su ayuda de cámara, Bontemps, unimos nuestros destinos para siempre.
Louis permitió que las puertas de la catedral permanecieran abiertas para que cualquiera que quisiera pudiera entrar a ver la ceremonia, lo que provocó, por supuesto, que Notre-Dame se llenase de gente del pueblo.
Tuve que contener una sonrisa al ver cómo Bontemps arrugaba la nariz, intentando evitar el olor corporal de todas aquellas personas del vulgo.
Cuando entré del brazo de Philippe de Orleans, porque Louis insistió en esperarme solo en el altar, sentí el mundo inclinarse levemente.
Las campanas repicaban sobre nuestras cabezas, una sinfonía que me alegró el corazón.
Y, mientras caminaba por la nave central de la catedral entre columnas centenarias, supe que el pasado había quedado definitivamente atrás.
—Llegas tarde, Jeanne de Lormagne —murmuró cuando llegué al altar, para hacerme sonreír.
—Tú también, Louis de Francia —respondí, sin apartar la vista de sus ojos.
El diácono Hugo alzó la voz, solemne, y las palabras comenzaron a fluir por las bóvedas. Votos, alianzas, bendiciones que nos unían para siempre ante los ojos de Dios y de toda Francia. Y al final, cuando Louis me besó, no hubo más sonido que los vítores del pueblo que llenaba la catedral.
—¡Larga vida a la reina Jeanne!
—¡Viva la reina!
—¡Que Dios la bendiga!
Las voces eran un oleaje que se estrellaba contra los muros de Notre-Dame, y por un momento, sentí que toda la ciudad compartía mi misma felicidad .
Louis me sostuvo la mano mientras descendíamos por el altar, y yo, con la frente alta, lo miré de reojo y le dije:
—¿Cuánto les has pagado para que griten mi nombre?
—Nada. Hoy, te quieren más a ti que a mí.
—A nadie le sorprende —repliqué, y reímos como niños cuando salimos al atrio de Notre-Dame.
Todo París parecía estar ahí reunido para vitorear nuestra unión. Para complacer al pueblo, Louis me besó en los labios, un gesto que por protocolo no estaba permitido, y el mundo a nuestro alrededor estalló de júbilo.
Así fue como regresamos a Versalles: como rey y reina.
Louis prometió a la corte otra ceremonia más oficial, invitando a gran parte de la realeza europea, aunque a mí eso no me importaba.
Estaba feliz de estar de vuelta en Versalles, en el único lugar al que podía llamar hogar, junto al hombre que me había enseñado a amar.
Los Apartamentos de la Reina fueron asignados para mi uso personal.
Louis permitió que los dispusiera a mi gusto y eso hice, aunque conservé detalles de la pobre María Teresa, en honor a su memoria, como un tapiz español y algunos candelabros que se había traído junto a su dote de la corte madrileña.
Risueña, le pedí a Louis que construyera un pasadizo secreto entre mi dormitorio y el suyo, lo que provocó su hilaridad.
— Mon cœur , estamos casados. Ya no hace falta que guardemos las formas.
—Pero es mucho más divertido si me cuelo en la cámara real a hurtadillas, en mitad de la noche, y te despierto de la forma más agradable posible.
—Ciertamente —coincidió Louis con esa media sonrisa tan suya—. Aunque empiezo a sospechar que solo te casaste conmigo por el acceso ilimitado a mis aposentos .
—Y a tu reserva de vinos.
El sonido de su risa resonó en las paredes doradas de los apartamentos recién reabiertos. Aquella ala del palacio que había permanecido cerrada desde la muerte de María Teresa volvía ahora a la vida.
Semanas más tarde de nuestra llegada a Versalles, justo antes de que llegase la noche y empezara la ceremonia de la cena, Louis me pidió que lo siguiera sin decirme adónde íbamos.
Lo hizo con esa mezcla de picardía y dulzura que utilizaba cuando quería sorprenderme. Sus ojos brillaban de pura expectación.
—¿Vas a regalarme más sedas? —pregunté, un poco molesta. Desde nuestra boda me había ahogado en regalos, que yo había rechazado en su gran mayoría, algo que lo frustraba en demasía—. Ya sabes que no necesito más vestidos.
—No —replicó él, con paciencia, ofreciéndome el brazo—. Voy a regalarte algo mucho mejor que esas sedas que siempre me rechazas.
Recorrimos los pasillos silenciosos del ala norte, más allá de la capilla.
Los candelabros encendidos lanzaban sombras largas por el mármol, y a cada paso, el corazón se me aceleraba un poco más.
Aquella zona había estado cerrada también desde la muerte de Henriette de Inglaterra, y yo sabía que Louis, como siempre, no había dejado de pensar qué hacer con esa parte de Versalles.
Los operarios llevaban meses sin detener las obras.
Supuse que la había convertido en un salón de baile, o algo igual de excéntrico y opulento que la Galería de los Espejos.
Dos guardias nos esperaban frente a una doble puerta blanca, con el símbolo del sol radiante grabado en ellas.
—¿Y bien, qué me espera tras estas puertas?
Louis no contestó; se limitó a golpear el mármol con su tacón, y los guardias se apresuraron a abrirlas.
Lo que vi al otro lado me dejó sin habla.
Era una biblioteca. Una espléndida biblioteca de techos altos con frescos celestes y columnas salomónicas que sostenían estanterías interminables.
Y libros. Libros por doquier, en vitrinas de cristal, en anaqueles de roble, apilados con cuidado en mesas de estudio.
Una gloria de tinta y papel que parecía no tener fin, blanca y dorada, repleta de volúmenes por descubrir.
Louis aguardaba mi reacción.
—No puedo creerlo…
—Hace años que quería construir una biblioteca real y te prometí que lo haría. La he llamado la Galerie de la Reine . Por ti.
—¿Por mí?
Asintió.
—No puedo entregarte el oro que te prometí como regalo de boda, porque lo gasté en reconstruir París.
Pero sí puedo regalarte este lugar. La biblioteca real es tuya, Jeanne.
Todos sus volúmenes, sus secretos, sus traducciones del griego, del árabe, del hebreo.
Manuscritos iluminados, grimorios prohibidos, tratados de astronomía, diarios de los exploradores del Nuevo Mundo. Todo tuyo.
No pude responder. Solo caminé hacia él y me lancé a sus brazos para besarlo. En aquel abrazo tan íntimo, tan nuestro, no éramos rey ni reina. Solo Louis y Jeanne, dos almas que por fin se encontraban en paz.
—¿Y si me pierdo entre los libros?
—Vendré a buscarte con una vela en la mano.
—¿Y si no quiero salir de aquí?
—Entonces mandaré construirte una cama aquí mismo.
—¿Y si te echo de menos?
Louis se inclinó para susurrarme al oído:
—Entonces, vendré. Siempre .
Nos besamos allí, rodeados de aventuras de fantasía e historias de amor que no eran la nuestra, y sentí que cada dolor, cada pérdida, cada traición, había sido solo un peldaño que me había conducido hacia aquel instante.
Hacia este amor imperfecto, hecho de heridas, de redenciones y de destinos que se habían enlazado para no separarse jamás.
La reina Jeanne, me llamaban en Versalles y en Francia.
La mujer Jeanne, me llamaba yo por dentro.
Y por fin, ambas eran la misma.