Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis XIII
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Louis XIII

L as heridas tardaron en sanar. Las físicas y las que no se podían ver, las del alma.

Me costó volver a confiar en ella.

A pesar de lo mucho que la quería. A pesar de que me alegraba verla viva cada mañana. A pesar de que, cuando me despertaba sobresaltado en mitad de la noche, aún pensaba en la sangre caliente que me cubrió el pecho cuando la saqué en brazos de aquella imprenta.

Las cosas no eran tan sencillas como perdonarla y pasar página. No para mí. Había formado parte de la Nueva Fronda y había fingido amor para manipularme, y eso me hacía sentir herido en lo más íntimo.

No hablamos durante varias semanas, ni tampoco nos vimos, aunque ambos estábamos alojados en el Palais Royal .

Mi primer impulso fue, como siempre, huir a Versalles.

Allí todo era mío. El aire que respiraba la corte.

El mármol que sostenía mis pisadas. La luz que iluminaba la Galería de los Espejos.

Pero cuando me asomé por los ventanales del palacio de mi hermano y vi París, comprendí que debía quedarme ahí.

La ciudad estaba herida. Me necesitaba más que nunca.

El centro de París había quedado arrasado: calles enteras calcinadas por los fuegos, ventanas rotas, techos hundidos, mercados reducidos a cenizas.

El nombre con el que los parisinos comenzaron a referirse a los hechos —La Noche de la Fronda— se repetía en boca de todos.

Y yo, que siempre había sido un obsesivo del control, un amante de la simetría, de lo planificado, de lo perfecto y lo glorioso, me volqué en reconstruir la antigua capital con obsesión enfermiza.

Ordené que se destinaran a la reconstrucción todos los francos que teníamos reservados para las campañas militares.

Nada importaba más que devolverle el rostro a París.

Hice venir albañiles de Chartres, arquitectos de Tours, artesanos de Lyon, y les di trabajo a todos ellos.

Supervisé planos y estructuras con la misma minuciosidad con la que años atrás había aprobado las fuentes de los jardines de Versalles.

Visité a los heridos en Les Invalides . Me incliné sobre las camas de los hombres y de las mujeres que habían perdido todo salvo la vida y les ofrecí consuelo, alimento y promesas de trabajo, que pensaba cumplir.

En Notre-Dame, donde todo había estallado, se celebraron misas por los muertos, abiertas a todo el mundo que quisiera asistir.

Yo mismo presidí las primeras. Philippe me acompañó en silencio, a mi derecha, sin apartarse de mi lado en ningún momento.

Sabía que aún me costaba aceptar que mi viejo amigo, Raoul, había sido un traidor, así que intentaba compensarme con su férrea lealtad.

—¿Vas a abrazarlos uno por uno? —me dijo un día, cuando al salir de la catedral abracé a una mujer que lloraba con la cara hundida en mis ropas—. Porque si es así, pide que te traigan una silla. Te llevará siglos.

Fue la primera vez que reí en semanas.

—Prefiero eso a volverme de piedra.

Philippe siempre fue mi compañía más luminosa, también en los días que siguieron a la Noche de la Fronda .

Los mosqueteros de Gérald de la Reynie se volcaron también en las tareas de orden. No solo patrullaban y evitaban pillajes: ayudaban a levantar muros y limpiaban escombros. Lo mismo hicieron los hombres de Nicolas, el jefe de la policía de París: duros, hoscos, pero eficaces.

No todo fue caridad, claro. Hubo detenciones y castigos.

Algunos de los líderes de la Nueva Fronda habían sido linchados hasta la muerte por la turba, pero otros lograron escabullirse durante aquellas horas de confusión.

No obstante, Gérald los arrestó y tuve que ejecutarlos sin ceremonia alguna.

Otros fronderos, los menos culpables o los más jóvenes, recibieron sentencias más leves: exilio al Nuevo Mundo y confiscación de bienes y tierras.

A los ciudadanos que habían gritado a favor de la rebelión, les ofrecí mi perdón a cambio de jurarme lealtad.

La mayoría aceptaron y vinieron con la cabeza baja a besar mi mano.

A los que no lo hicieron, los colgué en la Place de Grève como recordatorio de que podía ser generoso, pero también severo.

Mi presencia y la de Philippe comenzaron a ser habituales en el centro de París y, a pesar de que caminábamos o cabalgábamos rodeados de mosqueteros, la gente empezó a saludarnos con cierta familiaridad.

—Admítelo. Te encanta que te reconozcan y te veneren —me dijo un día mi hermano, cabalgando a mi lado mientras cruzábamos el Sena para visitar los avances de reconstrucción en el Quartier Latin .

Yo sonreí.

—¿Cuándo lo he negado?

Su respuesta fue chasquear la lengua, y fue a replicarme cuando un puñado de adolescentes se nos acercó con un papel en la mano .

—¡Majestad, majestad! —gritaban, enardecidos. Tuve que pedir a los mosqueteros que no desenfundaran las espadas.

—Tranquilos —dije, alzando una mano para apaciguarlos—. Son solo unos críos.

Los muchachos se detuvieron a unos pasos de mi caballo, con las mejillas encendidas por la carrera.

Vestían andrajos, pero sus miradas eran tan radiantes que no pude menos que sonreír ante su arrojo.

Uno de ellos, el más valiente —pelirrojo, pecoso, de ojos verdes como los de un gato travieso— me alargó un tosco papel doblado y manchado de tinta.

—Majestad, lo hemos escrito nosotros.

El papel lo tomó Philippe, siempre más rápido que yo, y lo desplegó con un gesto teatral. Sus cejas se alzaron conforme lo leía, primero por la sorpresa y luego por una genuina sonrisa.

—Vaya, vaya —comentó, socarrón—. Parece que no todos los panfletos que circulan por esta ciudad desean ver tu cabeza separada del cuerpo, hermano.

Me lo tendió y yo lo acepté, si bien no pude evitar tomarlo con cierto recelo.

Durante años, los panfletos que habían circulado en la sombra habían sido proclamas de odio, amenazas veladas bajo versos.

La Nueva Fronda había hecho de la imprenta una de sus mejores armas y, aunque ahora por fin la habíamos hecho desaparecer, una parte de mí seguía esperando el zarpazo desde la oscuridad.

Desdoblé el papel.

Estaba mal impreso. Las letras eran irregulares, la tinta se había corrido en algunos lugares y el diseño era cualquier cosa excepto elegante. Pero allí estaba, en plena portada, dibujado con torpeza pero con indudable intención: el sol.

Mi símbolo .

Y bajo él, unas líneas en verso que leí con el corazón encogido, mientras los chicos me observaban, expectantes de mi reacción.

¡Alzad las voces, París redimida! El Sol que creíais caído… ¡Reclama su vida! El cetro en su puño, la espada encendida, ha roto las sombras con luz vengativa.

Versalles resplandece, la corte respira,

¡y el Rey que no huye gobierna las ruinas!

Los fronderos caen, sus nombres se borran, el aire del Sena se libra de escoria. Los niños le cantan, la plebe lo nombra: ¡Louis, Sol eterno, de Francia la honra!

Me quedé en silencio. Philippe, por una vez, también callaba, esperando mi reacción.

—¿Vosotros habéis escrito esto? —pregunté, con voz ronca por la emoción que tuve que contener para que no traicionase mi semblante.

El pelirrojo asintió con orgullo.

—Mi hermano mayor nos enseñó a usar la imprenta que quedó abandonada en Saint-Jacques. Hemos hecho copias, muchas copias, y las estamos dejando por las tabernas, las iglesias, los mercados y todos los burdeles.

A Philippe se le escapó la risa, y yo lo miré, intentando disimular la mía propia. Uno de los chicos se sacó la gorra y arreó con ella en la cabeza al muchacho pelirrojo.

—¡No digas la palabra “burdeles” delante del rey, Pierre! —lo amonestó.

—¡Ay, perdón! ¡No quería ofenderos, majestad! —enrojeció el tal Pierre .

—Y no lo has hecho —dije, sonriendo a los muchachos. Doblé el papel y lo guardé dentro de mi casaca. En aquel momento, no pude imaginar que atesoraría ese papel durante el resto de mi vida y de mi reinado, en la chambre du roi , y que lo releería cada vez que mis ánimos flaqueasen—. Gracias.

Los chicos se miraron entre sí, sin saber muy bien si podían marcharse sin más o si estaban a punto de recibir alguna recompensa.

Philippe, que leía las situaciones como si fueran un libro abierto, se inclinó hacia ellos desde su montura y sacó de su bolsillo una pequeña bolsa de cuero que tintineó al agitarla.

—Tomad, panda de bribones —dijo, lanzándola hacia el pelirrojo—. Y a ver si esa poesía mejora un poco… menudas rimas más trilladas.

Los chavales chillaron de alegría y salieron corriendo, dejando tras de sí una estela de escandalosas risas que, por un instante, limpió el aire viciado de una ciudad herida.

A mí no se me borró la sonrisa, y Philippe resopló.

—Ahora sí que no habrá quien te aguante.

A Ferdinand lo encontraron en las afueras, en Montmartre.

Quizá creyó, en un último acto de arrogancia, que un hombre vestido con andrajos, encadenado por manos y pies y con una máscara de hierro cubriendo su rostro, iba a pasar desapercibido.

Obviamente, eso no ocurrió, y cuando pidió ayuda a un herrero para deshacerse de la máscara y las cadenas, fue reportado a la policía de París de inmediato, quien lo detuvo sin violencia.

Yo les había dado orden de no hacerle daño, en caso de encontrarlo.

No lo visité hasta varios días después. Algo en mí no quería contemplar el rostro —libre ya del hierro— del hombre al que había condenado a la sombra, y al que ahora estaba obligado por palabra a liberar.

Cuando finalmente fui a verlo, solo me encontré con un hombre roto y vencido.

Pero seguía siendo mi sangre, y yo le había prometido la libertad a cambio de que me ayudase a llegar hasta Jeanne.

Una promesa a la que pensaba hacer honor, pero a mi manera.

Di indicaciones a Gérald y también a mis ministros para que preparasen el futuro de Ferdinand.

Llegamos al puerto de Calais al amanecer.

El mar estaba tranquilo, gris como el plomo, y el barco que llevaría a Ferdinand a las Antillas esperaba ya, con las velas plegadas y los marineros bostezando.

Un funcionario del puerto me informó de que había recibido el mensaje desde Versalles: documentos falsos y un pasaje discreto.

Ferdinand nunca volvería a pisar Europa.

Permanecimos los tres hermanos en el muelle, solos. Ferdinand, al comprender que no sería ejecutado, había recuperado parte de su arrogancia y se mantenía erguido y distante. Pensé, con pena, que hubiera sido un buen príncipe para Francia.

Sentí una extraña melancolía al imaginar cómo hubiera sido nuestra vida, la mía y la de Philippe, con un tercer hermano junto a nosotros .

—¿Tienes algo que quieras decirnos? —pregunté a nuestro hermanastro.

Hubo un largo minuto de silencio y luego, su voz, áspera como la grava:

—No te daré las gracias, si es que es eso lo que esperas escuchar.

—No quiero tu agradecimiento; solo que te vayas y no vuelvas.

—No pensaba volver.

—Has causado mucho daño —dije—. A mí y a Francia.

—Tú también me has hecho daño —respondió, todavía con algo de desafío en su mirada.

Philippe dio un paso al frente, dispuesto a intervenir, pero levanté una mano.

—No estoy aquí para discutir contigo, sino para cumplir lo que te prometí.

—Qué noble eres. —Ferdinand escupió a un lado—. El rey magnánimo.

—No, no soy magnánimo. Te exilio y te ordeno que no vuelvas nunca, por tu bien y el mío.

—No volveré. ¿Para qué? No queda nada para mí aquí.

—Hubiera querido estimarte como un hermano —intervino Philippe—. Pero ni siquiera yo puedo defenderte ya.

Ferdinand miró a Philippe, herido, y bajando la cabeza, preguntó, esta vez con voz arrepentida:

—¿Y Jeanne? ¿Qué ha sido de ella?

No respondí. La imagen de ella, herida, frágil, recostada entre almohadones en el Palais Royal, me golpeó el pecho.

Philippe respondió por mí:

—Viva, y eso es cuanto necesitas saber.

Ferdinand asintió, sin mirarnos.

Los marineros comenzaron a cargar provisiones en el barco que cruzaría el Atlántico. Un oficial anunció que los pasajeros debían embarcar ya. Era hora de despedirnos.

Ferdinand se giró hacia mí.

—Adiós, hermano —dijo.

—Que tengas una vida vida —respondí. Fui incapaz de añadir hermano .

Philippe le entregó una pequeña bolsa con el dinero suficiente para empezar de cero.

—No digas que no somos generosos.

Ferdinand esbozó una media sonrisa. Por un momento, pude ver en él los rasgos de mi hermano, así como los míos, y supe que Philippe también los había distinguido.

Subió al barco sin volver la vista atrás.

Philippe y yo observamos cómo la pasarela de pasajeros era retirada, cómo las velas comenzaban a desplegarse, cómo el barco se alejaba lentamente del puerto. El viento del norte soplaba fuerte, y muy pronto el navío ganó velocidad, rumbo al horizonte infinito.

—Se acabó, entonces —comentó mi hermano.

—Eso espero.

—Qué lástima —se lamentó Philippe, alzando una ceja, y yo temí lo peor que, por supuesto, llegó—: me hubiera gustado tener al menos un hermano que me cayera bien.

Puse los ojos en blanco y, al fin, me eché a reír.

Nos quedamos allí, los dos, mirando cómo el último espectro de la Nueva Fronda desaparecía en el horizonte, rumbo a un exilio del que nunca regresaría.

Jamás volvimos a saber nada más de él.

Y, en el fondo, quizás así debía ser.