Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne XII
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Jeanne XII

A l principio, no supe si estaba viva o muerta.

El silencio que me rodeaba era tan absoluto que bien podría haber sido el inframundo.

Solo podía escuchar el sonido tenue de una respiración cercana, acompasada, como el arrullo de una marea tranquila.

Distinguí el olor a lino limpio, a cera fundida, a flores.

Ya no hedía a pólvora, ni a fuego, ni a sangre.

Pero la sangre seguía allí.

No la sentía ya correr por mis venas, pero sí el rastro que había dejado a su paso. Un peso seco en el pecho. Un ardor sordo en las costillas. Me sentía como una flor prensada entre páginas que ya nadie abriría.

Intenté mover los dedos de mi mano derecha.

Sin saber cómo, lo conseguí.

Una exclamación de júbilo se escapó de los labios de la mujer sentada junto a mí.

—Jeanne —dijo, alegre, y su cálida voz fue el hilo de oro que me trajo de vuelta a la vida.

Logré abrir los ojos, confusa, y la reconocí.

Aurore.

Temí que se tratase de un espejismo, pero allí estaba ella, su silueta recortada por la luz del amanecer que se colaba entre las cortinas. Tenía el cabello recogido en un moño apresurado, y sus marcadas ojeras hablaban de demasiadas noches sin dormir .

—¿Alteza? —murmuré, confusa.

Aurore me sujetaba la mano con delicadeza, sonriente.

—No sabes cuánto he deseado volver a escuchar tu voz.

Intenté responder, pero solo logré emitir un quejido áspero.

—No, no, no te muevas. —Me tocó la frente durante unos pocos segundos—. Estás aún muy débil.

—¿Qué…?

—Louis te trajo aquí. Estás a salvo.

Louis.

La imagen de su rostro se formó ante mis ojos: su mirada encendida, su voz susurrando mi nombre, la forma en que vino hasta mí mientras Raoul me arrastraba por las sombras.

—¿Louis está bien? —conseguí articular, aunque mi voz era un susurro herido y ronco.

—Sí, y está aquí. Ha tenido que salir un momento para atender todo lo demás. Ya sabes. Cosas de monarcas que nunca descansan —respondió Aurore, sin explicitar las palabras que pesaban entre nosotras: guerra, traición, juicio, muerte.

Entonces rompí a llorar. Sin lágrimas, porque ya no me quedaban. Me dolía el alma más que el cuerpo. No entendía cómo era posible que siguiera respirando cuando creí haber dicho adiós al mundo.

Aurore dejó que me desahogara.

—No iba a dejarte morir —declaró, con esa firmeza tan suya.

Me pasó un paño humedecido con algún tipo de ungüento por los labios resecos, aliviándome al instante—.

Louis nunca me lo hubiera permitido. Aunque él creyó que habías muerto, te llevó en brazos desde aquella imprenta hasta el Palais Royal , sin detenerse.

Pensó que te habíamos perdido. Yo también.

Pero parece ser que eres un gato y has gastado una de tus siete vidas.

Cerré los ojos, agradecida y abrumada por sus palabras.

—Tu herida era muy profunda y perdiste mucha sangre —continuó hablando ella—. Afortunadamente, la daga no dañó órganos vitales. Tienes suerte de estar viva.

—¿Suerte? —respondí, no sin dificultad—. Yo diría más bien que ha sido un milagro.

—¡Un milagro, un milagro! —replicó Aurore, exasperada—. ¿Es que nadie me va a dar crédito por haberte salvado?

—Yo sí, ma petite furie —dijo una voz desde la penumbra.

Philippe de Orleans emergió de entre las sombras con las manos cruzadas a la espalda, la casaca desabrochada y el gesto serio. Pero sus ojos, por debajo de la sombra de sus párpados, mostraban cierto alivio al verme fuera de peligro.

—Alteza —musité, con un esfuerzo que volvió a tensarme el pecho herido.

—No hace falta tanta formalidad —dijo, acercándose y realizando con la cabeza una leve inclinación burlona—. No, después de todo lo que ha pasado y de todo lo que has hecho.

Aurore lo miró con las cejas arqueadas.

—No empecéis, Philippe —advirtió.

—Solo quiero hablar —dijo él, alzando las manos, inocente como un cordero—. Prometo no hacer llorar a la paciente.

Aurore murmuró algo entre dientes y se marchó a cambiar el agua de la palangana, proporcionándonos privacidad.

Philippe tomó un escabel con teatralidad y se sentó en él, cruzando las piernas. Me observó durante largo rato, sin decir nada. Parecía un gato travieso frente a un pájaro herido.

—No estáis tan horrible —comentó, al fin—. Para alguien que acaba de salir del infierno, quiero decir.

—Gracias —respondí con una sonrisa cansada—. No es el cumplido más encantador que he recibido, pero gracias.

—Oh, no es un cumplido. Creedme, he visto cadáveres con mejor cara que vos.

Lo dijo con una chispa divertida en sus ojos azules, tan parecidos y a la vez tan distintos a los de Louis. Le debía una disculpa, a él y a todo el mundo. Había intentado acabar con su hermano. ¿Me perdonaría alguna vez el duque de Orleans?

—Alteza, yo…

—No. Escuchad vos primero —interrumpió, alzando un dedo para silenciarme—. Yo no soy Louis. Pero soy su hermano. Y eso, en esta familia, me da derecho a deciros lo que nadie más os diría.

Me sostuvo la mirada, fiero e insolente, como solo Monsieur podría serlo. Por primera vez desde que lo conocía, no había ironía en su voz, y yo sentí que me encogía varios centímetros ante lo que Philippe de Orleans estaba a punto de decirme.

—No sé si ahora mismo os aprecio u os detesto —declaró, chasqueando la lengua—. Habéis sido buena para él; no esperaba que lo fueseis, lo admito. A vuestro lado lo he visto reír de verdad, cosa que pensé que solo ocurría conmigo, y lo hicisteis un poco más humano a ojos de su pueblo.

Tragué saliva.

—Pero también lo traicionasteis. Le mentisteis y lo pusisteis en extremo peligro.

A él, a sus hijos y a mis hijas. A Francia entera.

No me interesa cuántas lágrimas habéis derramado desde entonces, ni si ahora lo amáis de verdad.

Eso es asunto vuestro. Lo que me interesa saber es lo que haréis de ahora en adelante.

Se inclinó hacia mí, más cerca, con la voz más baja.

—Si alguna vez, Jeanne de Lormagne, volvéis a mentirle, si volvéis a hacerle daño, si le claváis una sola espina en el alma…

—Dejó la frase suspendida en el aire durante un segundo, y luego sonrió con un filo helado—.

No tendréis que preocuparos por Gérald de la Reynie ni por sus mosqueteros.

Ni siquiera por Dios. Po rque seré yo quien os corte el cuello mientras dormís, madame.

Permanecí inmóvil. Tenía la certeza de que hablaba en serio. Philippe de Orleans era muchas cosas —veleidoso, insolente, irreverente—, pero no mentía cuando se trataba de su hermano.

—¿Ha quedado claro? —añadió, con una elegancia casi amable.

—Sí, alteza —respondí, sin vacilar—. Ha quedado muy claro.

Su expresión se relajó, como si acabara de cumplir con una obligación desagradable, y acto seguido se puso en pie con un suspiro melodramático.

—Bien. Ahora ya puedo irme a emborrachar tranquilo. Qué alivio.

Antes de que se diera la vuelta y abandonase la habitación, no pude evitar retenerlo un segundo más.

—Alteza.

Él alzó una ceja, a la espera de mis palabras.

—Gracias —murmuré—. Por venir a decirme todas las cosas que me habéis dicho.

—No lo hago por vos —dijo Philippe, ladeando la cabeza—. Lo hago por mí. ¿Os imagináis tener que consolar a ese monarca quejica si volvierais a romperle el corazón? Preferiría exiliarme en Inglaterra. Y creedme, odio esa bazofia a la que los ingleses llaman comida.

Y así, sin más, se inclinó en una exagerada reverencia y se marchó, dejando tras de sí una estela de perfume y elegancia.

Solo entonces regresó Aurore, con un balde de agua y paños limpios. Me miró con ojo clínico, sacudiendo la cabeza.

—¿Ha sido Monsieur muy desagradable contigo?

—Solo lo justo —sonreí .

Ella me acomodó las almohadas con gesto hábil y luego se sentó junto a mí, amable como siempre.

—Philippe es posiblemente el hombre más irritante de este país, pero bajo esa máscara de altivez tiene el corazón más gentil de la corte. Te perdonará, ya lo verás.

Asentí y, por primera vez en mucho tiempo, respiré un poco más tranquila. En las últimas horas de mi conciencia, creí haber entregado mi cuerpo al abismo, y pensé que no volvería a ver el cielo.

Pero ahí estaba. Viva.

—¿Y el Delfín? ¿Los niños…? —pregunté.

Ella entendió sin que hiciera falta terminar la frase.

—A salvo, en Saint-Germain.

Eso me alivió otro poco, pero, cuando Aurore me miró, supe que lo peor de aquella conversación estaba por llegar.

—En cuanto a Louis… Bueno, necesitará tiempo. Lo conozco lo suficiente para saber que precisará de espacio para procesar todo lo que ha ocurrido. Tú dáselo, y volverá a ti más pronto de lo que crees.

—¿Está bien?

—No demasiado —admitió ella—. Estuvo a tu lado, sin dormir ni comer, durante varios días, hasta que tuvimos que obligarle a atender asuntos urgentes que precisaban de su atención. Lo único que quería hacer era controlar que siguieses respirando.

El corazón me dolió más que la herida tierna de mi pecho.

—Aurore, le mentí. Fui una Semilla de la Nueva Fronda. Le oculté mi pasado, mi verdadera lealtad. Le mentí desde el principio. A él y a todos vosotros .

Aurore me observó, sin juzgarme. Tuve la sensación de que ella sabía mejor que nadie que la verdad no siempre es simple y que las lealtades no son inamovibles.

—Eso ya no importa. Él lo arriesgó todo por ti, y tú por él. ¿No crees que eso significa algo?

«Sí, amor».

Lo había sentido en su cuerpo cuando me tomó entre sus brazos. Porque Louis de Francia, el Rey Sol, era el hombre al que yo había amado sin permiso, sin medida, sin condiciones.

«Pero, ¿sería el amor suficiente?».

—¿Y París? —quise saber.

—Calmada, de momento —respondió—. Ferdinand ha desaparecido. Nadie sabe dónde está.

Me recosté contra las almohadas.

Ya no era la mujer que había llegado a Versalles con un apellido falso y un corazón blindado. Había muerto y regresado siendo otra muy distinta. Ahora era una mujer que, por primera vez en mucho tiempo, ya no huía de su verdadero destino.

Aurore se levantó para descorrer las cortinas y permitir que el sol me acariciara la piel. Era tibio, suave. Me recordó a Louis, a sus manos, a su voz, susurrándome “ mon cœur” en la oscuridad.

Entonces, escuché el sonido de unos tacones que se acercaban a la habitación. Supe que era él. Solo podía ser él.

Louis entró y el mundo se detuvo.

La casaca elegante, negra y dorada. Los cabellos oscuros enmarcando su rostro. Su boca tensa. La expresión grave. Sus ojos no tardaron en encontrar los míos y, al enfrentarnos, comprendí la profundidad de la herida que yo le había infligido con mis mentiras y mi traición .

El Rey Sol estaba ante mí, con los dedos entrelazados frente a él, como siempre hacía cuando debía ser el monarca y no el hombre tras la corona.

No dijo nada.

Se limitó a comprobar que estaba viva, y me sonrió levemente desde su distante posición.

Yo tan solo pude devolverle la sonrisa, porque aún no sabía cómo expresarle mi profunda vergüenza y arrepentimiento por lo que le había hecho. No había conseguido reunir esas palabras de penitencia, y tardaría semanas en hacerlo.

Por ahora, solo existía el milagro del reencuentro y del amanecer de una nueva era que, quizá, traería también mi absolución.