Louis XII
E l hedor a tierra húmeda y a piedra mohosa se colaba por mi nariz y se me pegaba a la piel.
Caminábamos en fila india, con faroles oscilando en nuestras manos, guiados por la voz grave de Ferdinand, que parecía conocer cada recodo de aquellas minas como si hubiera nacido en ellas.
Gérald cerraba la marcha con la espada desenvainada y los sentidos en alerta.
Yo iba entre ambos, mordiendo la urgencia que me devoraba el alma.
Jeanne estaba viva. Tenía que estarlo. Me aferraba como un loco a su imagen, no a la que había visto junto a Notre-Dame, sangrante y desvanecida, sino a la de nuestros días robados: la Jeanne que reía al viento desde la grupa de Liberté , la que me susurraba naderías en los pasillos de Versalles, la que se deshacía en mis brazos y me llamaba Louis de Francia solo cuando nadie más podía oírnos.
Tras casi una hora caminando a través de las minas, Ferdinand se detuvo junto a una pared irregular.
—Aquí —anunció, con la voz apagada por el hierro que cubría su rostro.
Puso las manos sobre la pared, tanteó y, con un movimiento seco, presionó una piedra que se hundió con un clic. Escuchamos un leve susurro mecánico, seguido de un rechinar de bisagras escondidas, y acto seguido la pared giró con un crujido cavernoso .
—Saldremos cerca del convento —nos informó Ferdinand—. Seguidme y os llevaré hasta la imprenta clandestina.
Gérald y yo nos miramos.
—Intenta cualquier treta y morirás antes de que puedas pronunciar una sola palabra más —lo amenazó mi capitán.
Ferdinand no dijo ni una palabra.
Una bocanada de humo negro y cálido nos azotó el rostro cuando Gérald pateó la puerta de aquella casa anodina en la que se habían impreso todos los panfletos de la Nueva Fronda.
Oímos voces y gritos apresurados. Y luego, un disparo.
—¡Vamos! —grité, empujando a Ferdinand hacia adelante.
Irrumpimos en la sala que se abría al otro lado: una imprenta antigua, de techos bajos y repleta de panfletos caídos, con columnas de piedra negra salpicadas de hollín.
Las llamas devoraban un extremo del taller.
Tres hombres armados con mosquetes nos dispararon al vernos.
Gérald se cubrió tras una columna, y yo rodé al suelo justo a tiempo para esquivar la pólvora.
Ferdinand se lanzó sobre uno de los fronderos, con la cabeza de hierro por delante. Gérald abatió a un segundo de un disparo certero. Yo me levanté, espada en mano, y cargué contra el último.
Era Raoul.
Me miró a los ojos, el rostro salpicado de sangre ajena, la ropa sucia, el odio intacto.
—Siempre supe que acabarías encontrándonos —dijo, alzando la espada.
No respondí. Le lancé un golpe horizontal, que desvió con pericia. El acero chocó contra el acero, y el sonido reverberó en las paredes como un canto de muerte.
—¿Dónde está? —rugí.
—Llegas tarde, majestad.
—¡¿Dónde está, maldito bastardo?!
Raoul sonrió, y en ese momento entendí que lo hacía solo para prolongar mi sufrimiento.
—No llegarás a tiempo para salvarla.
La cólera me desbordó. Ataqué sin contención, con la desesperación de quien lucha por un corazón perdido, y Raoul retrocedió, tropezó con un banco y cayó al suelo. Aproveché para patear su espada y lo encajoné contra la pared.
—Tu guerra ha terminado —le dije, con la hoja en su cuello.
—La mía sí. Pero la tuya apenas empieza.
La furia ocupó todo mi corazón. Jamás iba a poder perdonar aquella traición del amigo que yo había querido casi como a un hermano, en quien yo había confiado a ciegas.
Levanté la espalda y le corté la cabeza de un solo tajo, sintiendo que una parte de mí moría con él, porque me lo había arrebatado todo.
La espada resbaló de entre mis dedos cuando el cuerpo de Raoul cayó a un lado, con la cabeza rodando hasta los pies de Gérald. Nos habíamos quedado solos, con Raoul, muerto, junto a dos fronderos caídos más. Ferdinand, aparentemente, había aprovechado la confusión para huir.
No me detuve. Avancé hasta la siguiente habitación, entre escombros y panfletos ardiendo, y allí, sobre el suelo, yacía ella.
Jeanne.
Su piel era ceniza. Tenía la cabeza ladeada, los ojos cerrados, el cuerpo tan quieto que por un instante creí que ya no respiraba. Y su pecho empapado de sangre.
Me lancé a su lado.
—Jeanne —susurré, y tomé su mano helada entre las mías—. Mon cœur … estoy aquí. Te he encontrado.
Nada.
—¡Jeanne!
—No hemos llegado a tiempo —dijo Gérald, apesadumbrado.
—¡No digas eso! —La apreté contra mi pecho—. ¡Jeanne! Por favor…
Entonces, pude sentir un suspiro, tan leve como efímero, y sus párpados se agitaron levemente. Mi corazón dio un vuelco de alegría.
Sus párpados se agitaron.
Estaba viva.
—Louis… ¿Eres tú?
Su voz era tan débil, tan rota, que por un momento pensé que aquel era el final. Sin embargo, me negué a aceptar esa derrota. No me habían educado para fracasar.
—No hables. Te sacaré de aquí, ¿me oyes? Vivirás.
Ella intentó sonreír.
—Esta vez no podrás salvarme como en el bosque.
—No te atrevas a morir. ¡Tu rey te lo prohíbe!
Sus ojos buscaron los míos. No vi miedo en ellos, solo una ternura tan inmensa que me rompió por dentro. La muerte empezaba a conquistar el cuerpo de Jeanne, que cada vez temblaba más, entre estertores insoportables.
—He tenido el sol entre mis manos, Louis. ¿Qué más puedo pedir? No todas las mujeres pueden decir que han sido tan felices como yo, aunque solo fuera por unos pocos meses.
Mi corazón estalló dentro de mi pecho. Incliné la frente contra la suya.
—Yo habría puesto el mundo a tus pies.
—Y yo te habría amado sin corona alguna.
Una lágrima resbaló por su mejilla. Se la besé.
—Perdóname —dije—. Por llegar tarde. Por no protegerte.
Jeanne me acarició la mejilla con la yema de los dedos, apenas un débil roce.
—Un rey no pide perdón. Pero una dama sí: perdóname por haberte engañado.
La abracé, sintiendo cómo se apagaba entre mis brazos, cómo su aliento se hacía más leve, más lejano.
—Louis…
—Estoy aquí, contigo, mon cœur . Siempre.
Sus ojos se cerraron. Su cuerpo se apagó.
Y mi mundo se llenó de un silencio maldito.
No sé cuánto tiempo estuve allí, con ella entre mis brazos. Gérald no me dejó ni un segundo. Ferdinand no volvió. El fuego se extinguía poco a poco, dejando tras de sí el hedor amargo de lo consumido.
Cuando al fin logré reunir valor, la miré a los ojos y supe que la echaría de menos el resto de mi vida, porque ella era mi reina. Una reina sin corona. Pero reina, al fin y al cabo.
Salí de la imprenta con la espada envainada, el corazón hecho cenizas y su cuerpo caído entre mis brazos.
No iba a abandonarla ahí, entre las ruinas de un París en llamas.
La llevaría a Versalles, a su hogar, y allí descansaría para siempre.
Era lo último que podía hacer para demostrarle cuánto la amaba.
Había salvado mi trono, pero no a Jeanne.
Un precio demasiado alto incluso para un rey.