Jeanne XI
E l dolor era un océano espeso y tibio que me arrastraba hacia el fondo. Cada nueva respiración era una puñalada más honda que la última. Sentía mis manos atadas, el suelo frío bajo mi mejilla y el sabor metálico de la sangre llenándome la boca.
Pero aún respiraba.
Por algún capricho cruel del destino, seguía viva.
El suelo crujió. Unos pasos se acercaron. Supe, sin necesidad de abrir los ojos, que era él.
—Siempre tan estúpida —dijo Raoul, agarrándome del cabello para levantar mi cabeza del suelo—. A veces me pregunto por qué el necio de mi padre decidió elegirte.
Logré abrir los ojos. Lo distinguí a contraluz: alto, erguido, con el cabello cayéndole por los hombros. Se había cambiado de ropa, pero no se había lavado la cara, esa misma que había seducido a decenas de mujeres en Versalles.
No había piedad en la mirada del Vigilante, solo una honda ira que parecía devorarlo por dentro.
—Tu padre me eligió porque, de todas las niñas que manipuló, yo fui la más aplicada —repliqué, irónica, sin apenas fuerzas—. La que debía ser la clave de una nueva Francia, la que debía guiar al pueblo hacia la libertad.
—En cambio, decidiste amar al tirano .
—Antes prefiero amar a un tirano que a un malnacido como tú.
Se agachó junto a mí y, con la misma delicadeza de un amante, tomó mi rostro entre sus dedos para obligarme a mirarlo a los ojos.
—Esperaba poder matarte yo mismo, pero quizá valga la pena salvarte e intercambiarte por Ferdinand —habló, relamiéndose los labios—. Aunque, pensándolo bien, ese idiota no sirve más que para sentarlo en un trono y luego cortarle la cabeza.
Me eché a reír, y al hacerlo, una profunda agonía me hizo toser sangre hasta doblarme. Sin embargo, no me dejé vencer aún por la muerte.
—Mírate, señor de Brissac. ¿Realmente creías que podrías elevar a tu familia hasta el trono?
Sí, sí que lo creías —dije, luchando por mantenerme despierta, luchando contra la debilidad de mi cuerpo—.
Tu padre nos repetía una y otra vez que la Nueva Fronda traería una Francia mejor para todos, pero era mentira.
Solo buscaba la gloria de los Brissac, la suya y la tuya, a través de Ferdinand.
Pero vuestro nombre no vale nada. Sois el sucio barro que pisan los caballos de Louis.
—Cállate, pequeña puta.
No, no me callé.
—¿Te duele oír la verdad? —escupí, con una mueca amarga—. ¿O es que temes que, incluso desangrándome, aún tenga más dignidad que tú?
Raoul apretó los puños, y por un momento creí que me golpearía. Pero no podía callarme. Ya no. Había cruzado el umbral del dolor y entrado en esa zona extraña donde las palabras se vuelven cuchillas más eficaces que las espadas.
—¿Sabes cuál es tu verdadero fracaso, Raoul? —dije—. No es haber perdido contra Louis: es haber querido ser tan grande como él y no haber estado a la altura.
Él me dedicó una sonrisa torcida.
—¿Y tú, Jeanne? ¿Cuál es tu fracaso?
—El de no haberle contado la verdad a Louis antes. Pero soy una mujer que amó sin pedir nada a cambio —repliqué—. Yo moriré con el nombre de ese amor en los labios, mientras tú vivirás con el de tu ambición, pudriéndote por dentro.
—Qué valiente eres ahora —dijo, burlón—. Veremos cuánto dura esa valentía tuya cuando se te acabe la sangre. Esta vez, ningún rey podrá rescatarte.
No respondí. Apenas me quedaban ya fuerzas para defenderme.
—Dime, ¿valió la pena? Te entregaste a él, le diste tu corazón. ¿Qué te prometió a cambio? ¿Una corona? ¿Un hijo legítimo? ¿Amor, tal vez?
—No me prometió nada —logré decir—. Pero me lo dio todo.
Raoul me golpeó con un revés seco que me hizo girar el rostro hacia la pared. Mi mejilla ardió.
—Zorra inútil.
En ese instante, preferí cerrar los ojos y perderme en los pocos recuerdos bonitos que mi corazón albergaba.
Fue en el jardín de Versalles, tras uno de nuestros encuentros en el Bosquete de Rocallas.
Un mediodía tranquilo, solo él y yo. Louis caminaba a mi lado bajo los tilos, hablando de todo y de nada: de un libro que había leído, de una melodía que el maestro Lully había compuesto para él.
Y yo miraba su bellísimo perfil, su nariz recta y aristocrática, su cabellera castaña, sus ojos cobalto.
—Jeanne, ¿te has quedado muda? —preguntó, divertido.
Aún no nos habíamos besado por primera vez, pero fue una de las muchas ocasiones en que deseé vivir en otro mundo, en uno donde una mujer pudiera tomar la iniciativa y rozar sus labios con los míos sin provocar un escándalo.
Después me perdí en las noches en las que dormía abrazada a su espalda, los amaneceres en los que se hundía entre mis piernas y yo gemía una y otra vez su nombre.
Éramos mucho más que amantes.
Reíamos, hablábamos, nos desafiábamos el uno al otro. Y siempre, siempre, Louis me escuchaba como si mis palabras pudieran rehacer el mundo y hacerlo nuevo y reluciente.
Pensé que aquello sería eterno.
Pensé que bastaba el amor.
Una sombra cruzó el rostro de Raoul. Me observaba con los dientes apretados, las manos temblorosas de rabia contenida.
—¿Sabes cuántos han muerto por tu culpa? Tú eras la esperanza. Y ahora te has convertido en el símbolo de nuestro fracaso.
—Nunca quise ser un símbolo —dije, cayendo en un extraño duermevela—. Solo quise libertad.
Raoul se puso de pie. Empezó a caminar de un lado a otro, como una fiera enjaulada.
—¿Y qué te dio Louis a cambio? ¿Promesas vacías, un trono que nunca fue tuyo?
—Me dio su alma.
—¡Mentira! — gritó, y el suelo se agitó bajo sus botas—. Cuando esto termine, volverá a acostarse con otras damas y a dictar edictos desde su trono bañado en oro. ¡Te usó! Como usa a todos para su propia conveniencia.
—Fuisteis vosotros los que me usasteis.
—Te dimos un propósito.
—Uno que nunca pedí.
Un silencio furioso se instaló entre nosotros. Supe que el Vigilante se encontraba entre la espada y la pared. Sus planes no habían salido bien y, si no huía de París de inmediato, los mosqueteros acabarían por encontrarlo.
Y a mí se me acababa el tiempo. Lo notaba en los dedos, que ya no me respondían, en los huesos, en los músculos, en mi alma.
—No importa lo que hagas o digas, Raoul. Yo ya no te pertenezco. Ni a ti, ni a la Nueva Fronda. Moriré, pero moriré libre de vosotros.
Cerré los ojos.
Louis y yo, en la chambre du roi , bajo el dosel de su cama, besándonos como adolescentes.
Mi risa, viva y clara, resonando junto a la de Lucille de Valois y Aurore Bechard en las caballerizas reales.
La sonrisa de Louis, contenida, dorada, cruzando el Salón de la Paz para posarse solo en mí.
Yo montando a Liberté por primera vez, sintiéndome invencible.
Louis bailando y yo girando en sus brazos, ligera como un pétalo llevado por el viento.
Siempre había habitado en las sombras, en las páginas que otros escribían. Pero a su lado conocí, por fin, la dulce caricia del sol. La luz no me rehuía cuando él me miraba. Por primera y última vez, fui más que un arma. Fui suya, y él mío.
Y eso era más de lo que muchas mujeres habían tenido jamás.
Ojalá hubiera podido ver Versalles una última vez. El único lugar en el mundo que había sentido como un hogar, dorado, lleno de luz, con espejos que reflejaban mi sonrisa sincera. Versalles, el corazón palpitante de Louis XIV, y ahora también el mío.
Me estaba muriendo, sí. Pero moría con el alma encendida por el recuerdo de haber amado al Rey Sol, aLouis de Francia. A mi Louis.
—Jeanne de Lormagne —me susurraba siempre, justo antes de rendirse al sueño sin las pesadillas que lo perseguían, excepto conmigo—. Mon cœur.
Ahora era mi corazón el que se rendía, agotado, pero lleno de él.