Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis XI
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Louis XI

—Louis, ¿estás bien? ¡Louis!

Philippe me tomó por los hombros, sacudiéndome con angustia y urgencia. Vi en sus ojos el pánico, el miedo a que me hubiesen herido de gravedad. Con dedos trémulos, empezó a palpar mi pecho, mis costados, buscando una herida entre los pliegues de mi casaca manchada de rojo.

Lo aparté con un gesto seco, aún aturdido.

—La sangre no es mía —declaré.

«Es de Jeanne».

Aquella sangre, cálida aún en mis manos, me perseguiría mientras viviera.

—Debemos salir ahora mismo e ir a buscarla —ordené, y empecé a avanzar directo a las puertas de la catedral, dispuesto a aventurarme en el caos que reinaba en el exterior.

Gérald de la Reynie me bloqueó el paso de inmediato.

—No, majestad. No podéis.

—Apártate de mi camino, capitán.

Él negó con la cabeza.

—Ahí afuera hay una revuelta. Mis mosqueteros y la policía de París están intentando contenerla, y vuestra cabeza vale más que la de cualquier otro noble. Francia os necesita vivo.

—No permitiré que Jeanne muera en manos de un traidor —rugí .

Gérald no contestó. Su silencio me hirió más que cualquier palabra.

Miré a mi alrededor, a la inmensidad de una Notre-Dame muda, tan solo iluminada por cientos de velas, y me desesperé.

La catedral se hallaba en pleno corazón de la ciudad.

¿Cómo podíamos salir de ahí sin que nuestras vidas corrieran peligro?

Entonces mis ojos se desplazaron a Ferdinand, aun con la máscara de hierro, completamente a nuestra merced. Raoul lo había dicho muy claro.

«Tu puta, por mi príncipe».

Tuve ganas de patear a aquel hermanastro conspirador hasta la muerte. Philippe intuyó mi ira y puso una mano en mi pecho, negando con la cabeza. Asqueado, me aparté de Ferdinand, sintiéndome encerrado en la inmensidad de Notre-Dame.

Fue entonces cuando escuchamos unos pasos apresurados que se aproximaban, y Gérald y Philippe desenvainaron la espada a la vez, en guardia.

Reconocí enseguida al diácono Hugo, y él me reconoció a mí.

—Majestad, ¿estáis bien?

—Sí, lo estoy.

—Diácono, es absolutamente necesario que bloqueemos todos los accesos de Notre-Dame de inmediato —dijo Gérald, poniéndose al mando de la situación—. La vida del rey está en peligro.

—Por supuesto, capitán. Ahora mismo me encargo de ello.

—Un momento —intervine—. Necesito ver lo que está ocurriendo en París.

—Hermano…

—He dicho que quiero ver y veré. ¿Diácono?

—Majestad —dijo este, pálido—. Hay un lugar desde donde podréis contemplar la ciudad sin exponeros. El campanario. Solo tenéis que subir .

Lancé una última mirada al bulto tembloroso de Ferdinand, cuyo rostro permanecía oculto tras el hierro. Gérald se situó junto a él.

—Id, majestad. Yo lo vigilaré.

No esperé más. Mis pies ya corrían por las losas de mármol de Notre-Dame, y Philippe vino tras de mí. Subimos por escaleras estrechas y empinadas, de piedra caliente y aire viciado, que parecían infinitas. Philippe, a mis espaldas, me maldijo una y otra vez, pero no dejó de seguirme.

Cuando al fin emergimos en lo alto de la Galería de las Quimeras, que quedaba entre la torre norte y la torre sur, justo encima del rosetón, el espectáculo que se desplegaba ante nuestros ojos era apocalíptico.

París ardía.

Desde las torres gemelas de Notre-Dame, el Sena brillaba entre las llamaradas como un hilo de plata sucio.

El humo ascendía desde todos los rincones de la ciudad.

Bandas de fronderos y monárquicos se enfrentaban en callejuelas, en puentes, en plazas.

Pude ver carros volcados, hogueras improvisadas, cadáveres en las aceras. Y los gritos que llenaban el aire :

—¡Viva el rey!

—¡Vive la Fronda!

—¡Muerte al tirano!

—¡Traidores!

París entera parecía latir, herida de muerte, y con cada latido perdía sangre.

Philippe, a mi lado, palideció.

—Dios santo…

Me aferré con ambas manos a la piedra del parapeto, como si necesitara asirme al mundo para no caer en la locura.

No podía salvar París, pero podía intentar salvarla a ella.

—Tenemos que ir tras Jeanne —dije al fin—. Está herida. Ignoro adónde la ha llevado Raoul, ni si aún vive, pero no puedo quedarme aquí. No puedo, Philippe.

—Louis… —La voz de mi hermano fue calmada pero firme—. La apuñalaron ante ti. Tenía los ojos perdidos, el cuerpo flácido. Cuando Raoul se la llevó…

—¡No lo digas! —le corté, furioso por lo que intentaba decirme—. ¡No te atrevas a pronunciar su muerte en voz alta!

El eco de mis palabras se perdió entre los tejados en llamas. La escasa brisa que subía desde el Sena no lograba aplacar el ardor de mi corazón ni el de mi ira.

—Louis —repitió Philippe, con la amorosa firmeza de un hermano—, sé que la amas. Todos lo sabemos. Pero si sales ahora, perderás tu corona y perderás Francia. Gérald tiene razón.

—¡Maldita sea Francia! —bramé, y el grito resonó contra las piedras que me aprisionaban—. ¿De qué me sirve todo cuanto tengo si no puedo proteger a la única mujer que he amado de verdad?

Philippe no respondió. Su silencio fue una tregua. Una que yo mismo rompí:

—¿Crees que hay alguna posibilidad de que esté viva?

—He visto hombres en el frente sobrevivir a heridas peores —admitió él—. Pero siempre han contado con la inmediata ayuda de médicos. Dudo que Raoul de Brissac pueda…

Sus palabras encendieron mi esperanza.

—Médicos, eso es —sonreí. Lo tomé por los hombros, mientras el fulgor de las llamas que quemaban en París iluminaban su rostro—. Philippe, solo puedo confiar en ti para esta misión.

Él pareció confuso.

—¿Qué misión ?

—Cabalga hasta Saint-Germain. No te detengas ante nada ni nadie, y trae a nuestra Aurore hasta el Palais Royal . Tu palacio será más seguro que el Louvre, puesto que los parisinos te aman y te respetan, y sin duda es más fácil de defender.

—¿Estás loco? ¿Cómo voy a abandonarte aquí, a tu suerte? ¿Y cómo vas a encontrar a Jeanne? Es más, ¿cómo voy a lograr salir de Notre-Dame? ¿Y tú? Es imposible.

—No, no lo es —repliqué, resuelto—. La Nueva Fronda ha utilizado las minas abandonadas de París para moverse desde hace meses, y estas recorren toda la ciudad.

—Sí, y ni tú ni yo las conocemos.

—Nosotros no. Pero Ferdinand seguro que sí.

De pronto, Philippe comprendió mi plan, y su mirada azul brilló con esa valentía que yo tanto admiraba en mi hermano. Tuve ganas de abrazarlo, y eso hice, estrechándolo entre mis brazos.

—Te ayudaré. Hasta el final —prometió, mientras yo lo apretaba contra mí—. Aunque me cueste la vida.

A Gérald el plan le pareció una absoluta locura, por supuesto, pero me debía obediencia, y no le quedó más remedio que claudicar.

Me agaché junto a Ferdinand, y pude ver sus ojos a través de la ranura de la máscara de hierro.

—¿Dónde se han llevado a Jeanne? —pregunté, sujetándolo por la camisa raída, con los dientes apretados.

—No lo sé.

—Sí lo sabes —lo zarandeé, furioso.

Sus pupilas, apenas visibles a través de la estrecha rendija de la máscara, me escrutaron con la lentitud de un reptil. Durante un instante pensé que no respondería, que se regodearía en su silencio. Quizás preferiría ver arder el mundo —y contemplar mi sufrimiento— antes que soltar una palabra.

Pero entonces, muy despacio, su voz se abrió paso desde detrás del hierro:

—Hay un lugar…

Me incliné más cerca, desesperado.

—¿Dónde?

—Junto al convento de las Filles de Saint-Joseph . Es una imprenta clandestina. Ahí es donde se imprimen los panfletos de la Nueva Fronda y, hasta donde yo sé, el dueño y su familia no han sido detenidos por tus mosqueteros.

—¿Está ese convento conectado con las minas?

—Todo está conectado con las minas.

Gérald, de pie tras de mí, escuchaba con gesto sombrío.

—¿Puedes guiarnos hasta allí? —le pregunté a Ferdinand, impaciente.

—¿A cambio de qué?

—De tu libertad.

—No creo en tu palabra, Rey Sol.

—Me temo que deberás creerla, príncipe de las sombras, o mi capitán, aquí presente, empezará a cortarte los dedos uno a uno —dije, con una sonrisa que nada tenía de luminosa—. Así que más te vale indicarnos cómo llegar o, aún mejor, guiarnos tú mismo.

Él calló un instante, quizá valorando sus opciones. No eran muchas.

—De acuerdo. Os guiaré a través de las minas.

Gérald dio un paso adelante.

—Majestad, la muchedumbre aún se agita frente a Notre-Dame. Y si no puedo protegeros…

—Entonces será Philippe quien reine, hasta que el Delfín alcance la mayoría de edad —dije, sin vacilar—. Pero mientras esté vivo, no permitiré que Jeanne muera a manos de ese traidor.

Mi capitán asintió con gravedad.

—En ese caso, os seguiré hasta la muerte, majestad.

Apreté sus hombros, complacido por su férrea lealtad. Me sentí vivo de nuevo, sabiendo que iba al encuentro de Jeanne, que no iba a abandonarla a su suerte.

—Partimos ya. Y tú —me volví hacia Ferdinand—, más te vale que nos hayas dicho la verdad. Si esto es una trampa, te juro que vivirás el resto de tus días deseando haber muerto aquí, en Notre-Dame.

—¿Y si no miento? —preguntó.

—Entonces sabrás lo que significa el perdón de un rey.

Philippe se había cambiado de ropa para pasar desapercibido entre las calles, supuse que gracias a la ayuda del diácono, y ahora parecía un ciudadano más de París, con el largo cabello negro atado con una cinta de cuero en una coleta baja.

Su rostro aún estaba tiznado del humo y de la sangre derramada, lleno de una resolución fiera, cuando se adelantó, con la mano sobre la espada que llevaba ajustada en su tahalí.

—El atrio sigue cercado, pero puedo salir por la sacristía y abrirme paso. Conseguiré un caballo y cabalgaré sin descanso hasta Saint-Germain. Lo juro por mi vida. ¿Qué harás tú?

—Iré tras Jeanne.

Nos tomamos de los antebrazos. Lo miré una vez más, por si aquella era la última ocasión que tenía de admirar el valor y el amor de mi hermano.

Lo llamaban la honte du Roi Soleil , pero nadie apenas podía imaginar la gentileza que escondía el corazón de Philippe.

Nos habíamos peleado cientos de veces en el transcurso de nuestra vida —y seguramente lo continuaríamos haciendo en el futuro, si sobrevivíamos a aquella noche—, pero no podía imaginarme una existencia sin él, sin su descaro y sus escándalos.

—Regresa a mí, hermano.

—¿Y si el que no regresa eres tú?

—Entonces reina en mi lugar —le ordené—. Y hazlo mejor que yo.

—Eso no será demasiado difícil —dijo, con una media sonrisa insolente, que yo le devolví.

Lo vi perderse entre columnas y sombras, hacia la sacristía que daba al exterior, hasta que su figura desapareció.

Alcé mis ojos un momento hasta el altar principal y le pedí a Dios que protegiera a mi hermano, a mi rebelde e irreverente Philippe, a la vergüenza del Rey Sol , sin el cual yo no sabría vivir.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que Dios respondía a mis plegarias, susurrándome que mi destino nunca volvería a ser el mismo.

En mi corazón ardía un solo nombre.

Jeanne. Jeanne. Jeanne.

Y quemaría el mundo entero si con ello lograba recuperarla.