Jeanne X
E l mundo era fuego y sombra.
No sentí el filo de la daga al entrar en mi carne, solo un fulgor helado, como si alguien hubiese abierto de golpe las puertas del invierno dentro de mi pecho. Después, llegó el calor: espeso, líquido, rojo. Y luego, el vértigo.
Me desplomé, aunque no llegué a tocar el suelo. Unos brazos me sujetaron. Pensé que eran los de Louis. Por un instante, creí que estaba a salvo. Que el amor que lo había ganado todo —coronas, ejércitos, guerras— iba a rescatarme también a mí.
Pero no fue así.
El mundo dio una vuelta extraña, y el suelo desapareció bajo mis pies. Me elevé, zarandeada, y comprendí que me llevaban en unos brazos que no eran los suyos.
Eran los del Vigilante.
Sentí su odio, tan similar al que había sido el mío, y también el temblor de la sangre que me escapaba a borbotones del cuerpo.
—¿Qué estás haciendo…? —logré articular.
Me dolía hasta respirar.
Él no respondió. Me subió a un caballo como si fuese un fardo. Mi visión oscilaba entre la luz del incendio y las sombras de la revuelta. No veía con claridad qué estaba ocurriendo a mi alrededor. Las antorchas parecían soles oscuros, los gritos ecos sin sentido .
Notaba que mi vestido estaba empapado, y sabía que no era sudor. Me estaba desangrando lentamente.
—No… —protesté—. No puedes llevarme contigo… No, no otra vez…
Él siguió sin responderme. Espoleó al caballo y nos lanzamos al infierno que era París.
Los cuerpos caídos eran obstáculos a nuestro paso.
Dejamos atrás carretas volcadas y tejados en llamas.
Pasamos sobre un hombre que sangraba por la boca y que intentó detenernos.
Un niño lloraba a un lado del camino, perdido entre llamas. Todo ardía.
Todo.
Miré hacia atrás, solo un segundo, y entre el humo vi la silueta de Notre-Dame. Las torres inmóviles, recortadas contra el atardecer de París.
«Rey Sol, ¿estás vivo?»
Una punzada más profunda que el acero me atravesó el pecho. ¿Cómo podía doler tanto el alma cuando el cuerpo ya se estaba apagando?
—¿Por qué…? —susurré—. ¿Por qué me salvas, Raoul?
—Porque aún puedes ser útil a la Nueva Fronda.
La ciudad estallaba a nuestro alrededor: chillidos, disparos, el fragor del fuego y la lucha.
La confusión nos rodeaba como una marea inclemente.
Incluso en medio de mi agonía, lo supe, con terrible claridad: aquel era el resultado de largos años de lucha de la Nueva Fronda y yo, en parte, había hecho estallar aquel polvorín que se iba a tragar decenas de vidas, ya fueran inocentes o culpables.
Empecé a perder la noción del tiempo. Del espacio. Mi sangre marcaba el compás que me llevaría a la muerte. Las manos me temblaban. No sentía los dedos. El frío me invadía como una marea helada .
—Louis —susurré, y el nombre se rompió entre mis labios.
¿Lo había perdido? ¿Lo había salvado? ¿O acaso lo había condenado a la más terrible de las muertes?
Derrotada, me dejé caer contra Raoul. Ya no tenía fuerzas para luchar contra nada. Mi cuerpo no me pertenecía. Era carne flotando en el abismo. Pero mi mente, no sé cómo, aún resistía.
Me aferré al recuerdo de Louis en la Galería de los Espejos. Su piel contra la mía. Su voz llamándome mon cœur , una y otra vez, como si al repetirlo pudiera fundir mi alma con la suya. Cada beso, cada caricia, cada instante robado al deber.
Y la promesa que jamás me atreví a pronunciar ante él:
«Te habría amado incluso sin corona».
Quise decírselo. A gritos, si hacía falta. Pero el mundo ya no me escuchaba y yo ya no podía hablar.
El caballo giró por una calle estrecha, sin salida. Puertas se abrieron a nuestro paso. Alguien nos esperaba. Raoul gritó una contraseña que no comprendí. Brazos que nos recibieron. Voces que se alzaron. Órdenes apresuradas. Prisa, mucha prisa. Una superficie dura.
Y entonces la oscuridad cayó sobre mí como un telón final.
«¿Estoy muriendo?»
No lo sabía. Solo supe que el dolor había desaparecido y ahora solo quedaba el frío, la ausencia.
El eco obstinado de una voz que no cesaba dentro de mí:
«Louis de Francia… ven a por mí».