Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis X
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Louis X

E l calor del atardecer envolvía el atrio de Notre-Dame, donde la multitud expectante se congregaba para presenciar el juicio.

Frente a mí, en una plataforma más baja, los patriarcas de las familias traidoras aguardaban maniatados para ser conducidos a la Place de Grève, mientras los mosqueteros de Gérald mantenían a raya al gentío, que cada vez estaba más alborotado.

Me dirigí a mi pueblo, señalando a Ferdinand.

—Este es el príncipe de las sombras que se os prometió. Por él, la Nueva Fronda ha engañado, secuestrado y asesinado a inocentes.

La multitud empezó a insultar, clamando por su muerte.

—¡Traidor! ¡Que pague con su vida!

Solo tenía que hacer un gesto con la mano para que Ferdinand muriera, ahí, en aquel preciso momento, frente a todo el mundo.

Un solo gesto bastaría para segar su vida.

No era mi intención condenarlo a muerte, pero quería que supiese que, aunque ayer le había dicho una cosa, podría cambiar rápidamente de opinión.

Que sintiera la indefensión, el miedo, la vulnerabilidad de su precaria situación.

Iba a alzar la mano para ordenar que se lo llevaran, cuando, para mi asombro, Jeanne se dejó caer de rodillas ante mí.

—Majestad —dijo, suplicante—, os ruego que le perdonéis la vida a Ferdinand.

Un silencio denso se extendió entre el populacho. Noté a Philippe tensarse a mi lado, esperando mi respuesta. Jeanne parecía verdaderamente desesperada, triste, implorante, y buscaba en mis ojos un retazo de compasión.

Yo la miré, conteniéndome, obligándome a permanecer inmóvil, insensible a su ruego.

—¿Por qué habría de hacerlo, Madame de Lormagne?

—Porque él, como yo, cayó en las redes de la Nueva Fronda. Fui una Semilla, criada para la traición, para haceros caer… y, sin embargo, solo supe crecer y florecer bajo vuestra luz. Pero Ferdinand, a quien estimo como a un hermano, jamás tuvo esa oportunidad de redención.

Nuevos murmullos se alzaron entre el pueblo de París, que parecía más desconcertado que nunca ante aquella escena. Para ellos, Jeanne no era más que otra favorita entre tantas que habían pasado por mi vida.

—Si alguna vez me habéis amado como decís —prosiguió Jeanne, alzando el rostro hacia mí—, os lo suplico: perdonadle la vida a Ferdinand.

Mostrad vuestra clemencia al pueblo de Francia.

Dejad que vean al rey que yo he visto, al rey que me ha enseñado a amarlo con todas las fuerzas que residen en mi alma traidora.

Me perdí en sus ojos verdes, que suplicaban perdón y me recordaban todo lo que me había enamorado de ella. En mi corazón se hizo un nudo imposible de deshacer.

—No os pido que olvidéis sus crímenes, ni que borréis lo que hizo en nombre de esa causa maldita. Solo os imploro que le permitáis vivir. Que lo desterréis, que lo encerréis si es preciso, pero que no le quitéis la vida.

—Jeanne, levantaos —ordené, pero ella me ignoró, permaneciendo arrodillada.

—El pueblo os observa, majestad. Vuestro juicio es la balanza con la que se pesa la ley de Francia. No hagáis de este día una ejecución sangrienta, sino una lección de compasión y justicia.

Jeanne se inclinó aún más ante mí, hasta rozar con la frente el suelo de la tarima.

—Os lo ruego en nombre del amor que os profeso, en nombre de cada instante compartido, en nombre de la esperanza que aún puede quedar entre nosotros.

No añadáis más sombra a esta jornada. Perdonadlo, y quizás algún día, cuando se hable de este juicio, se recuerde el poder del Rey Sol, así como su infinita humanidad.

Algo se deshizo dentro de mí mientras la escuchaba. Aquella mujer, postrada ante mí como una súbdita cualquiera, era la misma que me había mentido y que me había amado. Había puesto en mis manos su cuerpo, su alma, su corazón.

El último sol de la tarde arrancaba destellos dorados del atrio de Notre-Dame, y París entero aguardaba mis palabras. ¿Sería la condena o sería el perdón?

Levanté la mano con lentitud, y el aire pareció espesarse entre mis dedos.

—Madame de Lormagne —empecé a decir.

Entonces, un destello de acero rasgó el atardecer.

Raoul de Brissac, mi ministro de Justicia, mi amigo de infancia, se movió con la rapidez de un depredador. Antes de que nadie pudiera reaccionar ante lo que estaba ocurriendo, Raoul ya había apresado a Jeanne, sujetándola con fuerza, con una daga apoyada contra su vientre.

—¡Atrás! —rugió—. ¡Un paso más y ella muere!

El caos estalló de inmediato, pero yo no oía nada, excepto el sonido sordo de mi propia respiración. Miré a Raoul, buscando en su rostro alguna señal de cordura, de traición fingida, de máscara. Pero lo que vi fue otra cosa muy distinta: una desmesurada sed de sangre mezclada con ambición.

—Raoul… —musité—. ¿Qué estás haciendo?

Él me sostuvo la mirada, con una serenidad despiadada.

—Te muestro la verdad, majestad, esa que nunca has querido ver. La Fronda no murió con los viejos nobles ni con los conspiradores de salón. Está viva, y su líder se revela ahora ante ti.

Mi garganta se secó.

Raoul. Mi más viejo amigo, mi embajador y mi confidente, a quien había protegido a pesar de ser protestante, a quien había elevado en rango a ministro de Justicia.

—Tú… —susurré, sin creer lo que mis ojos veían—. ¿Tú eres el líder de la Nueva Fronda?

—Fui tu perro fiel demasiado tiempo —respondió, sin apartar la daga del estómago de Jeanne, que se agitaba de horror—. Pero tu padre humilló a mi familia, para luego obligarme a permanecer a tu lado durante toda mi vida.

La multitud ya no murmuraba. Gritaba, se revolvía, hacía temblar el suelo. Y yo, el Rey Sol, estaba por primera vez inmóvil ante las tinieblas que se desplegaban ante mí. Apenas fui consciente de cómo los mosqueteros de Gérald intentaban contener al agitado pueblo que nos rodeaba.

—Raoul, suelta a Jeanne.

—¿Por qué debería hacerlo? ¿Por qué te has enamorado de ella, Rey Sol?

¿De esta puta que yo mismo me he follado infinidad de veces para enseñarle cómo te gusta que te lo hagan a ti?

—se carcajeó, cruel, y Jeanne cerró los ojos ante aquellas palabras tan dolorosas—.

Entrégame a Ferdinand, y yo te devolveré a tu zorra, Louis.

Pude notar la tensión del pueblo, que estaba a punto de estallar. Miré de reojo a Gérald de la Reynie; mi capitán esperaba un solo gesto mío para lanzarse sobre Raoul.

Pero antes de que pudiera hacer nada, Raoul gritó:

—¡La Nueva Fonda triunfará allá donde el Rey Sol no puede reinar!

Con aquella consigna, los fronderos que había entre el gentío alzaron su voz, primero como un murmullo débil, y luego fue creciendo por todas partes como un cántico enardecido, brutal, vibrante.

Estaban en los tejados y en las calles, ocultos hasta ese instante tras ropas humildes y miradas sumisas.

¡Levantaos, hijos de la patria, el día de gloria ha llegado! Contra nosotros se alza la tiranía ¿No lo oís en los campos el rugido de esos feroces soldados?

¡A las armas, ciudadanos! ¡Formad vuestros batallones! ¡Marchemos, marchemos! ¡Que nuestra sangre riegue sus palacios!

Como respuesta, ciudadanos fieles a la corona, mosqueteros, vendedores ambulantes, soldados retirados, mujeres con niños alzaron la voz contra los insurrectos.

—¡Larga vida al rey!

La violencia se desató entonces como una violenta ola de fuego.

Alguien arrojó el primer puñal. Otro respondió con un puñetazo.

Rápidamente, las carretas de mercaderías fueron volcadas para transformarse en barricadas improvisadas.

Hubo gritos y golpes, antorchas y pólvora, pánico y rabia.

Horrorizado, vi cómo las familias fronderas que esperaban su ejecución fueron devoradas por la turba enfurecida, que se los tragó sin que los guardias pudieran hacer nada por sacarlos de ahí con vida.

Pronto llegaron las llamas. Los tejados de paja comenzaron a arder, así como las carretas y las ropas tendidas en las ventanas. Los alaridos de pánico se volvieron ensordecedores.

Campesinos armados con hoces se enfrentaban a nobles disfrazados de pueblo, y los caballos, aterrados, relinchaban al alzar las patas sobre el ardiente empedrado que enseguida comenzó a teñirse de rojo.

Gérald corrió a mi lado.

—¡Mosqueteros, proteged al rey!

Me vi rodeado de mis hombres, pero mis ojos buscaron a mi hermano, que ya había desenfundado su propia espada y se disponía a defender mi vida, y también a Jeanne, aún atrapada por Raoul, quien sonreía con maldad ante la violenta escena que sus palabras habían iniciado.

—¡ Vive le roi ! —rugió una parte de París.

—¡ Vive la Fronde ! —respondió la otra.

Philippe y Gérald abatieron a varios fronderos que intentaron alcanzarme.

Lo hicieron con una furia fría y precisa, sus espadas trazando arcos mortales, certeros, hasta que pronto sus rostros quedaron salpicados de sangre.

Mi hermano, quizás adivinando que la situación era insostenible, se dirigió a Ferdinand, que ante la batalla que se había desatado se había acurrucado en posición fetal, temblando como un niño.

—¡Arriba, cobarde! —le espetó, dándole una patada que lo hizo incorporarse torpemente debido a las cadenas que constreñían sus manos y sus pies. Philippe lo empujó hacia Gérald sin miramientos—. Que no se escape.

Al ver que liberar al príncipe de las sombras sería imposible si continuaba reteniendo a Jeanne, Raoul de Brissac aprovechó el momento de desconcierto y la empujó hacia mí, como un vulgar saco de trigo. Yo apenas pude atraparla antes de que cayese al suelo.

En el mismo movimiento, Raoul alzó su daga y esta vez la dirigió contra mí.

—¡Larga vida al rey! —gritó, con una mueca de odio en los labios.

Todo ocurrió muy rápido. Philippe gritó mi nombre, lanzándose contra Raoul con el espadín en la mano. Y Jeanne, que apenas había recobrado el equilibrio entre mis brazos, se giró con rapidez y recibió el golpe destinado a mi corazón.

La hoja entró limpia en su pecho.

—¡No! —grité, al ver cómo el rojo de su sangre empezaba a manchar su vestido.

Sus ojos se abrieron de par en par y su cuerpo se desplomó contra el mío. La sostuve con fuerza, aterrorizado por perderla, sin asimilar del todo qué acababa de suceder.

—Jeanne… no, no…

Pero la sangre que brotaba de su herida era cálida, real, imparable.

—Siempre has sido un sentimental, Louis —escupió Raoul, antes de lanzar al aire un largo y agudo silbido.

Un grupo de fronderos a caballo emergió entre la multitud como demonios de pesadilla, atraídos por la señal de su líder, que reclamaba auxilio. En un solo movimiento, Raoul me arrebató a Jeanne y se lanzó sobre uno de los caballos, con ella sangrando entre sus brazos.

—Tu puta, por mi príncipe —dijo el traidor, antes de espolear a su montura y huir al galope ante mis ojos.

Vi la cabeza de Jeanne caer hacia atrás, la dorada cabellera manchada de rojo, mientras el caballo de Raoul y su grupo de acólitos se perdían calle abajo entre la confusión, más allá de la orilla del Sena, más allá de mi alcance.

—¡Detenedlo! —grité, con la voz rota, con el alma en carne viva—. ¡Salvad a Jeanne de Lormagne!

Gérald de la Reynie apareció por mi flanco derecho. Llevaba la capa rasgada y un reguero de sangre corría por su mejilla herida.

—Majestad, tenemos que salir de aquí. Ahora.

—¡No! ¡Aún no! ¡Salvadla! —rugí, pero los caballos de Raoul y sus fronderos se confundían ya entre la batalla campal y el fuego que consumía la ciudad—. ¡Philippe! ¡Haz algo!

Mi hermano, cubierto de polvo y hollín, con la espada ensangrentada en la mano, me sujetó con fuerza.

—No podemos hacer nada por ella, Louis. Si te quedas, morirás. Y si mueres tú, Francia entera arderá.

El atrio de madera empezó a crujir, pasto de las llamas.

El humo subía en espirales negras hacia el cielo anaranjado, mientras los fronderos prendían fuego a los carros, a las tiendas, a las banderas con la flor de lis.

El caos lo devoraba todo. Gritos, llamas, pólvora, niños llorando, el sonido del acero contra el acero.

Un perfume de muerte y cenizas impregnaba el aire de París, y supe que jamás, en toda mi vida, iba a poder olvidar ese olor.

Contra mi voluntad, Gérald y Philippe me arrastraron hacia las puertas de Notre-Dame, junto con un aterrado Ferdinand.

Me resistí con todo lo que me quedaba, con la furia y la desesperación de un rey sin corona y sin mujer, pero el clamor de la batalla me devoró entero.

Comprendí que si no nos refugiábamos en Notre-Dame, estábamos perdidos, y eso hicimos .

Gérald cerró las puertas de la catedral, atrancándolas, para ponernos a salvo, al menos por el momento. Al otro lado, se podía escuchar el estruendo de un París en llamas. Philippe, preocupado, vino hacia mí para comprobar si estaba herido, pero lo aparté de mi lado, furioso y desesperado.

Me arrodillé en suelo sagrado, jadeando, con las manos aún teñidas con su sangre.

Por primera vez en mi reinado, supe que el verdadero terror no era que me arrebatasen la corona, sino perderla a ella.