Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne IX
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Jeanne IX

E l carruaje se detuvo frente a Notre-Dame con un chirrido largo, polvoriento.

El bullicio que nos rodeaba no era el rumor de la vida cotidiana de París, ni el murmullo de la calle, ni siquiera los gritos de los mercaderes. Era una inquietud densa, cargada de sudor, miedo y rabia. El pueblo estaba reunido y esperaba justicia. Pero, ¿cuál?

Descendí del carruaje tras Louis, con Philippe y conmigo a su lado. Gérald de la Reynie caminaba un paso detrás, cerrando la comitiva. Tuve la desagradable sensación de que todo París sabía quién era yo, y esa certeza me quemaba la piel.

El calor del atardecer era sofocante. Aquella inusualmente tórrida primavera parisina se aferraba a las piedras de Notre-Dame como una serpiente perezosa, enroscada en su presa.

Las campanas no sonaban. Solo se escuchaba el murmullo de miles de personas expectantes, la tensión acumulada bajo cada mirada, y yo me pregunté cuándo y cómo explotaría esa tensión.

El atrio de la catedral se había transformado para el esperado juicio a las familias traidoras de la Nueva Fronda.

Frente a la puerta principal, se alzaba una amplia plataforma de madera maciza, recubierta por un dosel azul real que enmarcaba un trono dorado.

Louis, antes de subir al entarimado, me ofreció la mano y yo la tomé.

Busqué en su mirada al Louis tierno y divertido, pero no lo encontré.

Ahora era solo el Rey Sol, que ascendió con paso firme a la plataforma, conmigo a su lado.

El pueblo de París enmudeció ante esa imagen: la del monarca absoluto y su amante favorita.

Me sentí más expuesta que en toda mi vida.

Y más mentirosa. Eché de menos la presencia bondadosa de Aurore Bechard, y también la de Lucille de Valois, pero ambas se habían quedado atrás, en Saint-Germain. Estaba sola.

Louis se sentó en su trono dorado y yo permanecí a su izquierda.

Philippe de Orleans se situó a su derecha con las manos tras la espalda, serio y rígido, y no pude menos que advertir el espadín que colgaba de su cintura.

No quedaba nada del Monsieur irreverente y frívolo que bebía vino en los salones de Versalles.

Ambos hermanos reales interpretaban sus respectivos papeles a la perfección.

Gérald de la Reynie tomó posición en un extremo de la plataforma, con la mirada siempre alerta, y fue entonces cuando me di cuenta de que, en la otra punta de la tarima, estaba el Vigilante, quien me dirigió una sutil sonrisa llena de maldad.

Me obligué a clavar los ojos en el cadalso que teníamos frente a nosotros, donde los traidores aguardaban.

Los patriarcas de las familias, con las manos atadas a la espalda, vestían con ropas maltrechas, manchadas por su estancia en la prisión.

Reconocí a algunos: los Clermont, los Saint Laurent, los Montault.

Había convivido con muchos de ellos. Había escuchado sus discursos y había sufrido palizas y vejaciones en sus propiedades.

Había creído a ciegas en sus palabras, como se cree en las fábulas de la infancia.

Y ahora estaban ahí, esperando que su rey, aquel a quien habían jurado destruir, dictase sentencia.

Louis alzó una mano, y el murmullo de la turba que nos rodeaba cesó al instante .

—Pueblo de París —habló, con una voz que se alzó tan clara como las campanas de Notre-Dame a las que dábamos la espalda—. Os he reunido aquí para que presenciéis el fin de una traición, porque en Francia la justicia no se esconde en la oscuridad, sino que se proclama a los cuatro vientos.

Nadie dijo nada, ni tampoco se escucharon aplausos. La forma en que Louis hablaba que imponía un silencio absoluto.

—Estas familias —continuó, firme— han conspirado para derrocarme. Han financiado rebeliones, atentados, traiciones, manipulando a vuestros vecinos con promesas de un mundo más justo, cuando en realidad solo aspiraban a ocupar el trono en mi lugar.

Esta vez, sí, hubo gritos y abucheos, y yo me revolví, inquieta.

Aunque nos rodeaba un buen número de mosqueteros armados con pistoletes y espadas, estábamos demasiado expuestos a la multitud.

Miré de reojo a Gérald de la Reynie, que no apartaba sus ojos de la aglomeración de gente, tenso como una cuerda de violín.

Entonces, el señor de Montault se atrevió a gritar:

—¡Tu trono está manchado de sangre, Louis XIV!

Y luego escupió a sus pies.

El pueblo rugió con un estruendo molesto, como si hubiesen presenciado una falta de respeto imperdonable.

Louis no se inmutó.

—¿Y acaso no lo está el vuestro? —replicó, calmado—.

Habéis sacrificado niños y niñas inocentes por vuestra causa, habéis envenenado los oídos de mi pueblo con palabras falsas.

Y ahora os lamentáis porque la justicia llama a vuestras puertas.

El reinado de la Nueva Fronda termina hoy, aquí, en la ciudad que intentaron tomar bajo su causa.

Más voces, más protestas se alzaron a nuestro alrededor. El sol vespertino aún iluminaba los tejados de París. El Sena, que nos envolvía en aquella diminuta isla, se iba volviendo oscuro como la brea.

El Vigilante se adelantó entonces con un rollo de pergamino en la mano, y yo lo odié con toda mi alma cuando empezó a hablar.

—Los cargos contra estas familias han sido verificados, majestad.

Los documentos requisados en el último registro en la propiedad de los Montault prueban la participación directa de estas casas en el intento de secuestro del Delfín, en la difusión de panfletos contra la corona y en el Asunto de los Venenos —dijo, muy tranquilo y satisfecho—.

¿Deseáis que pronuncie en voz alta dichos cargos, majestad?

Louis asintió con la cabeza.

—Que el pueblo de París escuche la ignominia de la Nueva Fronda.

El Vigilante recitó todos y cada uno de los delitos perpetrados por las familias fronderas, incluido el secuestro de niños y niñas, un detalle que no hizo más que aumentar mi inquietud. ¿Cómo habían logrado averiguar la existencia de las Semillas?

Conforme el Vigilante declamaba los cargos, los murmullos de indignación se fueron elevando más y más a nuestro alrededor.

Louis permanecía impasible.

El corazón me latió con una fuerza que no podía controlar cuando miré a las familias fronderas.

Aquellos hombres y mujeres habían sido parte de mi mundo, uno extremadamente cruel en cuyas telarañas estuve atrapada durante toda mi vida.

Los odiaba, pero una parte de mí no deseaba verlos muertos, ni tampoco que Louis se manchase las manos con aquella sangre.

Quería que mostrase piedad y que su pueblo viera lo mismo que yo veía en él: un rey ambicioso, sí, pero también uno capaz de perdonar .

Cuando todos los cargos fueron recitados, Louis levantó de nuevo la mano, imponiendo silencio entre la multitud, que calló de inmediato ante su monarca.

—Estos hombres, que han sido vuestros señores y que una vez me juraron absoluta lealtad, nos han traicionado. A vosotros, a mí, a Francia. Por ello, porque el crimen de traición no merece clemencia, serán ajusticiados en la Place de Grève antes de que caiga el sol.

Bajé la cabeza, apenada. Sabía que Louis hubiera querido enviar a aquellos hombres, junto con sus familias, al Nuevo Mundo, pero el ataque a Saint-Germain lo había cambiado todo y la ira bullía en su interior. En parte, comprendía aquel arrebato, pero no podía compartirlo.

Gritos de aprobación brotaron entre el gentío de París, pero también de protesta, y comprendí que los ciudadanos estaban divididos entre los leales a Louis y los partidarios de la Nueva Fronda.

La tensión a nuestro alrededor aumentaba, tan palpable como si la ira hubiera tomado forma física en aquellos parisinos que se agitaban, molestos.

De reojo, vi a Gérald hacer un gesto sutil a sus mosqueteros para que estuvieran alerta.

Miré a Louis, intranquila. No estaba seguro ahí, expuesto a una multitud tumultuosa que gritaba y protestaba pidiendo justicia, pero él permaneció impávido.

Fue entonces cuando los guardias de la Bastilla aparecieron.

Arrastraban con ellos a un prisionero vestido con ropa raída, con los brazos y los tobillos encadenados. Pero lo que lo hacía distinto era la máscara que cubría su rostro.

Una máscara de hierro.

El gentío enmudeció de pronto al ver aquella figura maltrecha, sacada de una pesadilla, que avanzaba penosamente.

Los guardias lo entregaron a dos mosqueteros, que empujaron al preso para que subiera los escalones de la tarima en la que estábamos.

Una vez arriba, lo lanzaron frente a Louis.

El hombre cayó de rodillas frente a su rey.

—¿Tienes algo que decir a tu pueblo, príncipe de las sombras?

La máscara de hierro miró a su alrededor antes de responder.

—La Nueva Fronda triunfará allá donde el Rey Sol no puede reinar —escupió.

Yo contuve una exhalación al reconocer su voz.

«No, no puede ser», me dije, clavándome las uñas en los brazos.

Ferdinand.

Mis labios temblaban. No. No podía ser. No él. No así. Louis me había dicho que le había perdonado la vida a cambio de vivir el resto de sus días como preso en la Bastilla.

Pero ahora estaba ahí: el hombre de la máscara de hierro, el príncipe de las sombras arrodillado como un trofeo monstruoso lanzado a los pies del Rey Sol. Ferdinand. Mi pobre Ferdinand, tan engañado y manipulado como yo.

Louis se limitó a contemplarlo y, durante un instante congelado, ambos hermanastros quedaron enfrentados con sus miradas. El sol, al fin, se escondía en el cielo de París, y su luz anaranjada bañaba la máscara de hierro con un brillo dorado, que más bien parecía una burla del destino.

—¿Qué crimen ha cometido este hombre? —preguntó alguien del pueblo.

Louis no respondió.

Ferdinand no estaba allí solo por ser un traidor. Estaba allí porque era un símbolo que debía desaparecer.

Un sudor frío me recorrió la espalda.

El juicio aún no había terminado.

Y la sentencia que caería sobre Ferdinand sería la muerte.