Louis IX
E sta vez fui yo quien encontró a Philippe bebiendo solo. Hacía un calor sofocante, tanto fuera como dentro del Louvre, así que se había quitado la casaca y abierto la camisa. A juzgar por su mirada vidriosa, había consumido mucho vino, aunque mantenía la serenidad. Tenía experiencia en ello.
Me senté a su lado y me serví una copa. Ninguno de los dos habló. A través de los ventanales abiertos llegaba la brisa cálida de París, que agitaba los cortinajes.
—Odio este condenado palacio con toda mi alma.
—Lo sé —dije—. Yo también.
—Deberías echarlo abajo, así nuestro padre se revolvería en su tumba.
—Desde luego que se revolvería. Adoraba este sitio.
—Tenía muy mal gusto para todo.
Nos volvimos a quedar en silencio, aunque yo sabía que Philippe no podía permanecer callado durante mucho tiempo.
—Siento lo de Jeanne de Lormagne.
—No lo sientas. He sido tan estúpido de dejarme engañar por una cara bonita.
—Aun así… Lo lamento. Me gustaba.
—Eso sí que es una novedad. Nunca te ha gustado ninguna de mis amantes .
—Mentira. ¿Acaso no estoy casado con una de ellas? —dijo, alzando la copa con una sonrisa burlona.
Solté una risa sincera, antes de concentrarme de nuevo en el vino.
—Pero Jeanne no era como las otras —admití.
—No —concedió Philippe—. Nunca te había visto así con ninguna mujer.
El vino me quemaba la garganta, pero no era suficiente para apagar el fuego que me consumía desde dentro. Miré a Philippe, que jugueteaba con el borde de su copa, y supe que no tenía que ser sincero del todo.
—Le he pedido matrimonio —dije.
Philippe giró la cabeza hacia mí, confuso.
—¿Qué has hecho qué?
—Le he pedido matrimonio —repetí, calmado—. Anoche, en Saint-Germain.
Él soltó una carcajada incrédula.
—¿Te has vuelto completamente loco?
—Tal vez. —Apoyé los codos en mis rodillas y hundí la cabeza entre las manos—. O tal vez sea la única forma de hacerle pagar por lo que ha hecho.
La risa de Philippe desapareció.
—¿Te estás escuchando, Louis? ¿La vas a llevar al altar solo para castigarla?
—No hay castigo mayor que prometerle el cielo y luego empujarla al infierno —dije, y me sorprendió lo fácil que me salieron esas crueles palabras—. Quiero que sienta que lo tiene todo para luego verlo deshacerse entre sus manos.
—Ni siquiera tú eres tan desalmado para eso. Aunque tras haber visto la condena a nuestro hermanastro…
—Ella ayudó a los hombres que casi matan a nuestros hijos.
—Ella es una víctima más de la Nueva Fronda — replicó él, sin titubeos—. ¿O acaso estabas sordo cuando Ferdinand nos confesó lo que les hicieron a todas esas niñas y niños?
—No.
Philippe me observó con una seriedad que pocas veces le había visto.
—Y por si fuera poco, la amas.
—Eso ya no importa.
—Importa todo, Louis. Porque si no la amases, ya la habrías mandado arrestar, pero la mantienes a tu lado a pesar de saber que es una traidora.
Si no la amases, no estarías aquí, intentando emborracharte, hablando de ella como si quisieras romperle el alma, pero no pudieras soportar la idea de no volver a verla.
—No puedo perdonarla —dije.
—No tienes por qué hacerlo. Pero tampoco puedes convertir tu corazón en una celda donde encerrar a todo aquel que te ha herido.
Me llevé la copa otra vez a los labios y la vacié de un solo trago. El sabor del vino ya no era dulce. Solo sabía a ceniza y remordimiento.
—¿Pretendes que me case con ella y la perdone? ¿Que finja que nada ha pasado?
—Haz lo que te dé la gana, como siempre haces.
Apreté los puños, sintiendo que las palabras me arañaban por dentro. Philippe no entendía, o quizás sí lo hacía demasiado bien. Yo había vivido toda mi vida con el control absoluto sobre mi mundo. Pero Jeanne lo había desmoronado con una mirada, con una mentira, con un beso. Con un amor fingido.
—No puedo confiar en ella.
—Pues decide qué culpa quieres llevar contigo el resto de tu vida: la de su traición o la de tu propia venganza.
Mi hermano me sostuvo la mirada sin vacilar, con ese descaro tan suyo, tan irritante y tan necesario.
—A veces olvido que eres más sabio que yo —dije.
—Y bastante mejor en la cama que tú, también.
Puse los ojos en blanco, lo que le provocó una sonrisa taimada.
Me levanté, tambaleándome un poco por el vino. Afuera, París ardía en el calor de la noche. Dentro de mí, el incendio era aún peor.
—Mañana todo terminará —dictaminé, y luego miré a Philippe—. ¿Estarás a mi lado, hermano?
—Hoy y siempre, ya lo sabes.
Por primera vez en muchos días, el nudo en mi pecho pareció aflojarse un poco.