Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne VIII
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Jeanne VIII

A guardé su regreso de la Bastilla con el corazón en un puño. Hubiera querido rezar en la capilla del Louvre, pero lo cierto es que había dejado de creer en Dios muchos años atrás, cuando mi piel fue fustigada y mi cuerpo entregado a los hombres para que hicieran con él lo que quisieran.

Contuve una exhalación cuando vi los caballos entrar en el patio de armas: Louis primero, luego Monsieur, seguidos de Gérald de la Reynie.

Mi primer impulso fue correr escaleras abajo y lanzarme en brazos de Louis y preguntarle por Ferdinand, pero me contuve y me obligué a permanecer tranquila, a confiar en la bondad que Louis guardaba en su corazón y que mostraba a muy pocos.

Esperé a que él viniera a mí, lo que finalmente ocurrió horas después.

Parecía herido en lo más profundo de su ser cuando ordenó a sus lacayos dejarnos solos para poder cenar juntos, sin más compañía que la nuestra. Lo besé en la mano, deseando saber qué funestos pensamientos cruzaban su mente.

—He perdonado la vida al príncipe de las sombras —me informó, y yo suspiré de alivio.

Louis jamás me había confirmado si sabía o no que Ferdinand era su hermanastro, y yo me había cuidado mucho de ni siquiera insinuárselo.

Su confianza en mí era amplia, por lo que supuse que su servicio de espionaje —es decir, el frío y cruel capitán de los mosqueteros— aún no había averiguado que Ferdinand era hijo bastardo de su difunta madre y el ya muerto cardenal Mazarino.

Si lo hubiera condenado a muerte, yo misma le habría confesado que, si lo hacía, estaría derramando su propia sangre.

—Vivirá el resto de sus días en la Bastilla, como el traidor político que es.

Le volví a besar la mano, agradecida por aquel gesto magnánimo que sabía que tanto le había costado.

Porque, a pesar de todo, yo quería a Ferdinand, aunque ya había comprobado que él no me quería a mí más que como instrumento para alcanzar su destino.

Pero, con todos mis defectos y mis mentiras, jamás hubiera vuelto a dormir tranquila si no hubiera luchado por conseguirle algo parecido a un perdón.

—Una buena decisión, amor mío —afirmé, con una sonrisa, que Louis me devolvió a medias.

—Aun así —dijo él, tomando una copa de vino en sus manos—, no puedo tomar en consideración el consejo que me diste acerca de las familias de la Nueva Fronda. No después del ataque a Saint-Germain.

—Lo comprendo, aunque…

Louis levantó un solo dedo para silenciarme, y yo callé al instante.

—Aprecio tus opiniones, y valoro tu inteligencia más de lo que seguramente crees, pero no puedo ceder en esto.

Las noticias del ataque a los Hijos de Francia ya han llegado a París y pronto alcanzarán a todo el reino.

Mostrar compasión ante los perpetradores de un crimen así sería un acto de debilidad por mi parte.

El Delfín ha sangrado por culpa de la Nueva Fronda, y yo debo hacerles sangrar en respuesta.

Asentí, compungida.

—Tu pueblo lo entenderá, estoy segura. Si además cumples con tus promesas de no aumentar los impuestos y de los empleos que ofreciste a las mujeres del Hôpital pour Femmes , tu imagen se verá reforzada.

Él sonrió y me acarició la mejilla.

—¿Es que solo piensas en eso y no en tu futura coronación?

—La verdad es que soy incapaz de imaginarme un acto así. Y me asusta que nuestro matrimonio sea un escándalo para ti.

—No debes preocuparte por eso.

—Pero…

Él me interrumpió.

—Deseo hacerte un regalo; uno digno de una auténtica reina —dijo Louis, y sus dedos, cálidos, se deslizaron suavemente por la piel de mi rostro—. Así que dime… ¿Qué quieres?

La noche parecía haberse apaciguado tras los muros del Louvre, pero en mi interior las aguas seguían agitadas.

Fuera, la ciudad se estremecía con rumores de juicio, venganza y traición.

Dentro, estábamos él y yo, sentados en la penumbra de los que habían sido sus aposentos privados cuando apenas era un adolescente, con la luna asomando entre las cortinas de terciopelo rojo.

—¿Un regalo?

—Lo que tú quieras. Si deseas collares traídos de Persia, o la mayor esmeralda del mundo para que haga juego con tus ojos, pídemelo. ¿Quieres joyas, tierras, un título de mayor importancia? Habla, y te lo concederé, mon cœur .

No supe qué decir, hasta que unas palabras de Aurore Bechard regresaron a mí.

«No soporto pensar que yo tengo tanto y otros tan poco, e intento compensarlo como buenamente puedo».

—Quiero dinero —dije, decidida.

Él alzó una ceja, curioso.

—¿Dinero? —repitió—. ¿Para comprar qué?

—No es para mí —añadí con rapidez, apoyando los codos en la mesa de roble entre nosotros—.

Es para París, para toda Francia. Para los huérfanos y para los artesanos que cerraron sus talleres por culpa de la guerra y nunca volvieron a abrir.

Y también para las mujeres del Hôpital pour Femmes que han enviudado.

Louis me escuchaba, atento.

—Así que quieres hacer caridad.

Negué con la cabeza.

—No. La caridad es un plato caliente en invierno. Lo que quiero es un futuro para todos aquellos que sufren, y eso cuesta dinero.

Louis se quedó en silencio. La luz de las velas jugaba con sus facciones, convirtiéndolo en un dios dorado, a medio camino entre el mármol de sus retratos y la carne vulnerable de un hombre real.

—¿Cuánto dinero deseas? —preguntó, al fin.

—No lo sé, eso lo dejo en tus manos y en tu generosidad —respondí—. Lo suficiente para que tu pueblo respire y no piense más en el pan que no tiene.

—Las arcas del Estado no están precisamente rebosantes de oro en estos momentos y el que hay, iba a ser para ganar España.

—Lo sé.

Me miró como si calibrase mis emociones, tal y como había hecho aquella primera vez en el bosque, cuando él solo era Louis XIV y yo la mujer que debía derrocarlo.

—Sea —concedió, con un suave gesto en su mano—. Podemos retrasar la guerra. Quizá tengas razón y Francia necesita más paz que gloria.

Mi corazón se aceleró.

—¿Hablas en serio ?

—Siempre hablo en serio cuando se trata de ti.

Sus palabras me desarmaron más de lo que quise admitir.

Abandoné la mesa y caminé hacia el ventanal.

Desde allí, la ciudad parecía tranquila, como si ignorase la sentencia que mañana se ejecutaría en sus calles.

Las torres de Notre-Dame recortaban el cielo al otro lado del Sena, majestuosas y siniestras a la vez.

Al día siguiente, el atrio de la catedral sería testigo de la justicia del Rey Sol.

Louis se acercó y se detuvo a mi lado, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo filtrarse a través del encaje de mi vestido.

—Podría haberte entregado diamantes, propiedades, títulos, pero me has pedido ayuda para los que sufren —dijo, calmado—. Serás una reina mejor que muchas de las que te precedieron.

—No quiero ser mejor —susurré—. Solo quiero ser justa.

«Compensar con un poco de bien todas las mentiras y las traiciones que traje conmigo a Versalles».

Me tomó de la mano, y durante un instante creí que no había más mundo que ese momento. Ni juicios, ni condenas, ni traidores encadenados esperando su fin.

Solo su tacto sobre mi piel y mi fe en él.

—¿Y después del juicio? —preguntó.

—¿Después? —repetí.

—¿Qué quieres que hagamos?

—Quiero volver a casa, a Versalles —respondí, sin pensarlo.

—¿Amas Versalles?

—Sí, desde que lo veo a través de tus ojos.

Las velas que iluminaban su rostro parpadearon, y su sonrisa también.

Me besó en la frente.

—Ve a acostarte —dijo—. Pronto estaré contigo .

Le habría dicho que no quería ni podía dormir. Que mis sueños eran un desfile de condenados y hombres sin rostro. Pero no lo hice. No quise herir la calma que, con tanto esfuerzo, habíamos tejido entre ambos.

Asentí y me dirigí a mi cámara, con el pecho apretado y el alma en vilo.

Mañana, el mundo cambiaría.

Y yo con él.