Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis VIII
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Louis VIII

P hilippe continuaba disgustado conmigo cuando nos subimos a nuestros caballos y emprendimos el camino hacia la Bastilla, rodeados de mosqueteros que nos custodiaban.

No era un enfado airado ni caprichoso, de los que se resolverían en días.

Parecía más bien una herida que se abría en silencio, alimentada por años de diferencias soterradas.

No me dirigió la palabra. Se limitó a cabalgar a mi lado, con la mirada fija al frente y los labios sellados.

Aquel silencio me pesaba más que cualquier reproche.

Gérald me había rogado que no saliera a las calles de París si podía evitarlo, pues la proximidad del juicio a la Nueva Fronda había dividido más que nunca a sus habitantes.

Según me informó, una parte de los parisinos creía que yo estaba en mi derecho a ajusticiar a aquellos traidores.

Otros, por el contrario, murmuraban que mi poder y mi ambición habían ido demasiado lejos.

—Posponed el juicio o llevadlo a cabo en privado, majestad. No hagáis de ese acto un escarmiento público, porque París ahora mismo es un polvorín a punto de estallar.

Pero a mí me controlaba la ira, y no escuché ninguna de las sugerencias de mi capitán. No esta vez. Me ardía el pecho con cada paso que daba mi caballo en dirección a la Bastilla. Me ardía de venganza, pero también de dolor. Había abierto mi alma a Jeanne y ella …

«No pienses en eso ahora. No es momento de pensar en todo lo que te ha ocultado», me dije, y me centré en el nombre al que estaba a punto de asociar con un rostro.

Ferdinand.

Aquel nombre me sabía a óxido, a sangre, a traición.

Al llegar a la Bastilla, los guardias se apresuraron a apartarse, dejando paso a nuestro grupo. Philippe desmontó primero, sin ni siquiera mirarme. En el patio de armas nos esperaba ya Nicolas de la Reynie, quien se inclinó ante mí.

—Majestad.

—¿Dónde está el prisionero?

—En su antigua celda, en el piso superior.

—¿Por qué en su antigua celda? —preguntó Philippe, hablando por primera vez desde que habíamos dejado atrás el Louvre.

—Sigue siendo una cage de fer , alteza —respondió Nicolas.

Noté la mirada de mi hermano clavándose en mí como la más afilada de las espadas, pero lo ignoré. Ordené a Nicolas y a Gérald que nos esperasen ahí, y eché a andar hacia el interior de la Bastilla, con Philippe tras de mí.

El sonido de nuestras botas resonó con violencia en los pasillos de piedra húmeda, y por un momento pensé que no debíamos estar ahí. Pero era tarde para retroceder.

Atravesamos corredores oscuros y cada vez más estrechos.

Subimos escalones cubiertos de moho. Dejamos atrás puertas cerradas y lamentos quejumbrosos hasta que llegamos a la celda de Ferdinand.

Allí, tras una puerta que chirrió con un quejido cuando el guardia nos la abrió, nos esperaba el príncipe de las sombras .

Ferdinand permanecía sentado, encadenado a la pared, con la cabeza gacha. Cuando levantó el rostro, sentí un escalofrío atravesando mi espalda.

Fue como mirarse en un espejo deformado por el dolor.

Se parecía tanto a Philippe como a mí. Tenía su mismo cabello, negro como ala de cuervo, si bien había heredado de nuestra madre su nariz, como yo.

Era más joven y más delgado que nosotros, con las ojeras de quien ha vivido en las tinieblas toda su vida, pero sus rasgos eran inconfundibles.

El mentón, los pómulos, el arco de las cejas, los ojos de un azul gélido. Los míos, también los de Philippe.

El impacto fue tal que, por un instante, no pude reaccionar.

—Majestad —escupió. Su voz no era la de un tembloroso prisionero, sino la de quien ha esperado toda la vida por este momento.

—Así que es cierto —murmuré.

—¿Qué parte?

—La de que eres mi hermanastro.

—Supongo que no creías posible que nuestra madre tuviese la desfachatez de echarse un amante, ¿no?

—Cuidado con tus palabras, Ferdinand —lo advirtió Philippe.

Entonces, los ojos del príncipe de las sombras buscaron los de mi hermano. Se puso en pie, a duras penas, y las cadenas que lo rodeaban chirriaron cuando se irguió.

—He oído hablar también de ti, alteza. Mis protectores solían decirme que nuestro hermano mayor era un tirano de corazón helado, pero que el tuyo era gentil.

—No deberías prestar atención a tales habladurías —repuso Philippe, sarcástico—. La mayoría de los rumores son meras estupideces.

—¿También esos que te llaman invertido y degenerado?

—Ah, bueno —dijo Philippe, orgulloso, llevándose las manos a la espalda—. En eso sí aciertan.

Ferdinand sonrió ante las palabras de mi hermano. Quedaba claro que no tenía miedo de nosotros.

Volvió el rostro hacia mí, desafiante.

—¿Tanto te incomoda saber que el Rey Sol tiene alguien capaz de hacerle sombra, Louis?

—Debería matarte aquí y ahora. Si me dejase llevar por mi instinto, te arrancaría la vida y enterraría tu recuerdo para siempre —espeté, con la furia latiéndome en las sienes—. Pero ignoro si eres una amenaza o una víctima. Porque, si eres una víctima, lo más honorable sería dejarte vivir.

—¿Dejarme vivir? —preguntó, incrédulo.

—¿Qué haría contigo en ese improbable caso? ¿Devolverte al mundo de tinieblas, de donde vienes? ¿Te pondría de nuevo una máscara de hierro y te encerraría en una torre para alimentar las leyendas? Quizás serías más útil como mito que como hombre.

La amenaza surtió efecto y Ferdinand bajó la mirada. Pude ver por primera vez al niño que había sido y no al símbolo de una rebelión. Un niño robado, moldeado desde su más tierna infancia al servicio de la Nueva Fronda.

Mi hermano.

Philippe dio un paso hacia él.

—Has cometido crímenes de traición contra tu rey, contra tu propia sangre. ¿No tienes nada que decirnos? ¿No pesa sobre tu conciencia haberte implicado con la Nueva Fronda?

—No —replicó, tozudo, Ferdinand.

—Dime, hermano… ¿Cuántas como Jeanne de Lormagne ha creado la Nueva Fronda? —pregunté, muy calmado.

Philippe, a mi lado, se tensó de inmediato. No había sido capaz de confesarle la verdad sobre Jeanne. Creí que me avasallaría a preguntas, pero era lo suficientemente inteligente para atar cabos. Y así fue, pues no pronunció ni una palabra y aguardó, como yo, la respuesta de Ferdinand.

—Decenas de mujeres y también decenas de hombres, por si te inclinabas hacia el vicio italiano.

En el tono de Ferdinand no había arrepentimiento alguno, solo provocación. Buscaba una reacción de mí que no consiguió. Llevaba años aprendiendo a mostrarme impasible, frío, distante.

Philippe chasqueó la lengua, indignado, pero no dijo nada.

—¿Y Jeanne? —insistí, apretando los labios.

—Fue una Semilla —respondió, sin pestañear—. La mejor de todas. La más resistente, la más aplicada, la que mejor se ajustaba a tus gustos y carácter.

—¿Qué le hicisteis?

El silencio que siguió a mi pregunta fue aún más violento que cualquier respuesta.

—¿Quieres saberlo todo? —dijo Ferdinand, al fin—. Muy bien. La tomaron de las calles cuando era una niña de cinco años. Primero le enseñaron a leer y a escribir. Luego a mentir, a obedecer. A callar.

Sentí la garganta seca.

Philippe murmuró una maldición por lo bajo. Lo conocía suficiente para saber que ardía en deseos de abalanzarse sobre nuestro hermanastro.

—La castigaban cuando dudaba, privándola de comida, de ropa y de sueño. Le enseñaron a hacer daño antes de que pudiera comprender lo que era el placer. La obligaron a seducir a hombres que le doblaban la edad, y también a mujeres.

—¿A qué edad la empezaron a forzar?

—No sé… a los ocho o nueve años. Puede que antes .

Jeanne me había hablado de violaciones, de castigos y dolor, y recordé el temblor de su cuerpo, asustado y mortificado, cuando la acaricié por primera vez.

Jamás la habían amado, en ninguno de los sentidos en que se puede amar, respetar y venerar a una mujer.

También recordé su expresión estática de felicidad al besarme, al entregarse a mí por completo.

¿Es que acaso yo había sido el primer y único amante que la había tratado con absoluto deseo y devoción?

No pude evitar un estremecimiento en el que se mezclaron la lástima y la compasión.

« Mon cœur … ¿Qué te han hecho?», pensé, y luego sacudí ese pensamiento de mi cabeza.

—¿Crees que nuestra Jeanne te ama, Louis? —siguió hablando Ferdinand—. Todo fue fingido: tu caballeroso rescate en el bosque, vuestras pasiones compartidas, su pasado inventado. Todo, hermano. Todo.

No caí en sus provocaciones.

—¿Y tú? ¿Hiciste algo para ahorrarle ese sufrimiento a ella, a todas las demás?

Ferdinand me sostuvo la mirada.

—No. Nada.

Todo se derrumbó un poco dentro de mí.

La amaba. Dios mío, la amaba hasta la demencia, en cuerpo y corazón y alma. Y ahora descubría que cada caricia que me había ofrecido, cada gesto de ternura compartido, cada palabra susurrada en la oscuridad, habían sido tallados a fuego e inscritos en su piel con violencia.

—¿Por qué? —pregunté.

—Por Francia.

—¿Y te enorgulleces?

—Los sacrificios son necesarios .

Apreté los puños. No quería escucharlo más. No me interesaban sus justificaciones. Pero él siguió hablando.

—Yo también sufrí. Fui encerrado y ocultado del mundo.

Llevé una máscara de hierro que me robaba el aire.

Me ignoraban desde el otro lado de las paredes de esta prisión.

Me alimentaban como a un animal. Me golpeaban si lloraba.

Me llamaban monstruo. Yo no conocía mi nombre, ni el tuyo. Ni siquiera sabía que tenía hermanos.

Philippe bajó la cabeza, derrotado ante aquel dolor ajeno que, de una forma u otra, formaba parte de la historia de nuestra familia.

—Cuando al fin me sacaron del encierro, fue para convertirme en un símbolo, en un posible heredero, si tú fallabas. Mi vida solo ha girado alrededor de un propósito.

—¿Arrebatarme el trono?

—Sí. Y te odio tanto como te envidio.

Un silencio sepulcral se adueñó de la celda. Lo único que se oía era el sonido de las gotas filtrándose desde el techo hacia el suelo húmedo.

Me acerqué a Ferdinand y lo miré a los ojos, esos que eran iguales a los de Philippe y a los míos.

—Voy a darte una razón más para odiarme, pues.

Me giré despacio hacia la puerta de la celda y golpeé el suelo con la bota, seco, una sola vez. El eco de ese único golpe se propagó como una sentencia por los pasillos y las paredes de la Bastilla.

La puerta de la celda se abrió e irrumpieron dos guardias, portando un objeto envuelto en una basta tela oscura. Lo depositaron sobre la mesa desvencijada de piedra y luego retiraron el paño.

Y ahí estaba .

La máscara de hierro, sin más aberturas que las necesarias para respirar y ver, concebida para infligir el castigo del aislamiento, para borrar un rostro del mundo, para condenar a un hombre a no ser nunca más un hombre.

Ferdinand palideció ante la visión de su sentencia.

—No… —susurró, dando un paso atrás, como si la máscara tuviera vida propia y estuviera a punto de abalanzarse sobre él.

—Mandé hacerla de nuevo en el momento en que supe de tu existencia con la secreta esperanza de no tener que usarla jamás —dije, con la voz tan cortante como un cuchillo afilado—. Porque, a pesar de todo, eras sangre de mi sangre y mi hermano me suplicó que no la derramase.

—Por favor, no. —Ferdinand se quebró, muerto de miedo—. No puedes…

—¡Puedo! —estallé, y mi ira retumbó en las paredes como un trueno contenido demasiado tiempo—. ¡Y lo haré! Porque tú no eres un heredero, ni un símbolo, ni siquiera un enemigo digno. Tan solo eres una sombra y el sol jamás teme a las sombras: las consume a su paso.

—¡Te lo ruego…! —Ferdinand retrocedió hasta chocar contra el muro en el que estaba encadenado, las manos alzadas, temblorosas—. ¡No me hagas esto! ¡Hermano!

—Yo no soy tu hermano —dije, frío y sereno—. Te hubiera amado si hubieras venido a mí como tal, y hubiera procurado que jamás te faltase nada, pero preferiste dejarte cegar por las falsas promesas de la Nueva Fronda. Este es el precio que pagarás.

Los guardias lo sujetaron. Ferdinand gritó. También pataleó y lloró.

—¡Misericordia! Por favor, Louis, piedad. ¡Te lo ruego! ¡No! ¡No me hagas esto !

Sus gritos y súplicas no me conmovieron. Philippe, a mi lado, no dijo una palabra en su defensa. Estaba pálido, pero no se apartó ni trató de detenerme. Ahora comprendía, al igual que yo, que no teníamos otra opción que esta.

El metal crujió. Los tornillos se apretaron. Los cerrojos se cerraron. Y, al fin, la máscara quedó sellada.

Ferdinand cayó de rodillas. Seguía gritando, pero ahora sus aullidos eran meros sonidos transformados en una cacofonía agónica que parecía brotar de una tumba. Ya no tenía rostro ni nombre. Era historia. Una leyenda más de la Bastilla.

—Te condeno al olvido —declaré, mirando aquellas rendijas de hierro que ocultaban sus ojos azules—.

Vivirás, sí. Pero solo como un fantasma con rostro de hierro.

Jamás volverás a notar la luz del sol en tu piel.

Nadie escuchará tus súplicas. Serás lo que siempre debiste ser: una sombra encerrada en su propia noche.

Ferdinand se desplomó cuando los guardias lo arrastraron al fondo de la celda, sus quejidos apagados por el peso de la máscara.

No volví la vista atrás y, solo cuando salimos de ahí, Philippe se dignó a hablar.

—Ese castigo es más cruel que la muerte.

—La muerte es fácil —respondí, sin girarme ni dejar de andar.

—Podrás vivir con lo que acabas de hacer?

Me giré lentamente hacia él.

—No tengo otra opción. Soy el Rey Sol. Y a veces, hasta el sol necesita quemar a los traidores para seguir brillando.

—¿Lo perdonarás algún día?

No contesté a eso, y Philippe no preguntó más.

En mi interior, el fuego de la ira se había convertido en duda mezclada con horror .

Tuve la certeza de que el juicio de la Nueva Fronda sería también el juicio de mi alma, de lo que estaba dispuesto a sacrificar en nombre del poder.

O del amor.