Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne VII
83%

Jeanne VII

L legamos al palacio del Louvre entre las primeras neblinas de la mañana. Esta vez, Philippe de Orleans viajó en nuestro carruaje, ya que su esposa se había quedado en Saint-Germain, junto a Lucille de Valois, que no quiso abandonar a su hermano mientras seguía en estado crítico.

Monsieur no pronunció una sola palabra durante el breve trayecto a París.

No lo conocía lo suficiente como para adivinar qué se le pasaba por la cabeza, pero la tensión que reinaba entre los dos hermanos era más que palpable.

Por lo general, Philippe era el único hombre capaz de arrancarle una sonrisa sincera a Louis.

Su relación, aunque teñida por la inevitable rivalidad de sangre que acompaña a todos los hermanos reales, era afectuosa.

Habían logrado convencer al resto de Europa de que el duque de Orleans detestaba al rey y codiciaba su corona, pero no era más que una farsa cuidadosamente mantenida de cara al mundo.

En la intimidad —durante las cenas que compartí con ellos—, solo vi entre ambos un afecto genuino.

Ahora, sin embargo, Monsieur parecía profundamente airado y Louis ignoraba su enfado. No me atreví a llenar aquel silencio con conversación intrascendente.

Louis solo se dirigió a Gérald de la Reynie, que cabalgaba junto a nuestro carruaje, para darle un par de indicaciones, y eso fue todo.

El resto del viaje lo pasó mirando por la ventana, viendo cómo nos aproximábamos a París, y por un momento juro que percibí que en aquellos preciosos ojos azules se acumulaban lágrimas que jamás podrían ser derramadas.

Sostuve su mano, sin decirle nada, pero asegurándome de que supiera que siempre podía contar con mi amor. Louis se limitó a devolverme el gesto, sin apenas mirarme.

Cuando al fin llegamos a París, tuve la pegajosa y desagradable sensación de que la ciudad nos recibía con el aliento contenido, como si el pueblo supiera que una fatalidad estaba a punto de ocurrir.

Sobre nuestras cabezas, el día se mostraba nublado, triste y lluvioso, acompañando nuestros propios ánimos.

Pronto el Louvre apareció ante nosotros. La vieja Fronda había derramado sangre en los pasillos de aquel palacio y aquel día casi pude verla, aún fresca, en sus paredes y grietas.

Descendimos en silencio. Louis dio un par de órdenes a su capitán y Philippe desapareció en el interior del palacio sin despedirse de nosotros ni darnos explicaciones.

Me quedé sola unos instantes en el vestíbulo del Louvre, temblando por una certeza envenenada que había crecido dentro de mí desde el ataque en Saint-Germain:

Todo esto era culpa mía.

Poco después de instalarnos, Louis me hizo llamar.

Me esperaba en una de las antiguas estancias del ala norte, donde aún se conservaban tapices medievales y varias armaduras algo oxidadas por el paso del tiempo.

Frente a él, sobre una mesa rectangular, había desplegado un mapa de París, con fichas marcando posiciones y nombres escritos en tinta roja .

—Ven aquí.

Su voz sonó firme, sin rastro de ternura, por lo que me acerqué con cierta cautela. Sus ojos recorrieron mi rostro durante unos largos segundos en los que no dijo nada. Luego señaló una ficha negra, situada en la Bastilla.

—Lo detuvimos anoche.

—¿A quién?

—Al príncipe de las sombras.

Tuve que hacer un esfuerzo para que mis piernas no flaquearan. ¿Ferdinand, descubierto y bajo arresto? ¿Qué sería de él ahora?

A pesar de la ansiedad que subía por mi garganta, me limité a preguntar:

—¿Está vivo?

—Por ahora.

Louis dio un paso hacia la chimenea, que los sirvientes habían encendido a pesar del calor que flotaba sobre París. El fuego reflejaba luces doradas y anaranjadas sobre su hermoso perfil.

—En unas horas Philippe y yo iremos a visitarlo a la Bastilla.

—¿Y qué harás con él? —quise saber, temiendo la respuesta.

Louis me miró entonces, y por un instante se desnudó ante mí sin quitarse la ropa. Su alma estaba ahí, rota, vulnerable, furiosa.

—Aún no lo sé. Hay cosas que me gustaría hacer, otras que debería hacer y luego están las que el pueblo espera que haga. —Se acercó y tomó mis manos entre las suyas—. Pero dime tú, Jeanne. Como futura reina… ¿Qué harías con el príncipe de las sombras?

Me costó respirar. Su tacto seguía siendo el mismo, pero a la vez no lo era. Louis debería estar satisfecho y complacido por la eficacia de sus mosqueteros a la hora de arrestar a Ferdinand; sin embargo, lo que ardía en sus ojos azules era ira y dolor.

—No lo sé —admití con sinceridad—. Desconozco si podría ser justa y fría. Pero lo que sí sé es que le daría la oportunidad de hablar, de pedir un perdón verdadero.

Una sombra oscura cruzó el rostro de Louis.

—¿Por qué querrías hablar con un traidor?

—Porque las cosas rara vez son tan simples como para dividirlas entre la más pura lealtad o la más absoluta traición —respondí sin titubear.

Sus ojos estaban heridos. Heridos de algo más que rabia, a lo que no pude ponerle nombre.

—¿Me juzgarías si ordenara su ejecución?

Tragué saliva.

Ferdinand, muerto.

El niño junto al que me había criado. El príncipe bastardo y desterrado.

Aquel a quien me enseñaron a amar, respetar y venerar por encima de cualquier otra cosa.

Cuando lo rescataron de la Bastilla siendo un niño y a mí me sacaron de la calle, teníamos la misma edad.

El Orfebre decidió que un futuro rey no debía criarse solo, y asignó a varias Semillas para rodearlo, protegerlo y servirle.

Yo fui una de ellas. Éramos niños, pero Ferdinand reinaba entre nosotros como si realmente fuera el rey que Francia estaba esperando.

Como si el exilio no lo hubiese arrojado a la sombra, sino que le hubiese entregado un reino secreto.

La Nueva Fronda nos había trasladado cientos de veces para mantenernos a salvo, y yo había tenido la suerte de siempre permanecer a su lado, mientras éramos enviados a Lyon, a Burdeos, a Toulouse, a Dijon, a Marsella.

Cada nueva ciudad significaba una fuga envuelta en penumbra, pero siempre estábamos juntos.

Dormíamos bajo el mismo techo, compartíamos todo.

Su soledad era también la mía. Su futuro, ligado al mío.

Y ahora Louis me pedía que eligiera.

El mundo a mi alrededor se desdibujó. No quedaba más que su voz, la mía y esa pregunta envenenada que exigía respuesta.

—No te juzgaría por ejercer tu poder, Louis —dije al fin—. Pero sí me dolería que no te detuvieras a escuchar antes de decidir sobre la vida o la muerte de ese hombre.

Él se quedó en silencio, observando el fuego. La luz de las llamas dibujaba cada rastro de su atractivo rostro, uno que yo quería seguir contemplando hasta el fin de mis días. Era hermoso, sí, pero también implacable.

Así era el Rey Sol, y así lo amaba yo.

—Cualquier otro monarca en mi lugar no se plantearía ni siquiera escucharlo.

—Cualquier otro monarca no es el Rey Sol —repliqué—. Y el astro solar, así como Apolo, es capaz de dar vida igual que es capaz de arrebatarla.

Eso le hizo sonreír y por un segundo volvió a ser Louis.

—Has hablado como una verdadera reina, mon cœur .

—Pues no estoy muy segura de poder serlo.

Se inclinó hacia mí y dejó un casto beso en mi frente.

—Mañana, al atardecer, veremos caer juntos a la Nueva Fronda —declaró, y las llamas de la chimenea brillaron en sus iris azules—. Será el inicio de una nueva era para Francia.

Asentí, callada, aunque dentro de mí se libraba una tormenta más intensa que todo lo que había fingido ser para sobrevivir, así que atesoré ese momento: su perfil recortado por el fuego, la corona invisible que parecía pesarle más que nunca, la resolución con la que hablaba del futuro.

Ese futuro que no incluiría a Ferdinand.

Ese futuro que, si no tenía cuidado, tampoco me incluiría.

Mañana, al atardecer, todo habría acabado.

El crepúsculo sería el telón que marcaría el final de una obra sangrienta y el inicio de otra que aún no sabíamos si sería una tragedia aún peor.

—Debo reunirme con mi hermano y partir de inmediato a la Bastilla —dijo, y su voz recuperó el tono formal y distante que usaba con los demás, pero nunca conmigo—. ¿Me despides con un beso?

—No me he atrevido a decirte que no a nada desde que me miraste aquella mañana, en los bosques de Versalles.

Su sonrisa no fue la de siempre y lo vi marcharse con la gravedad de quien carga siglos de historia en su corazón.Por él, estaba dispuesta a cargar también con ese peso aplastante del que un monarca jamás puede huir.

Cuando me quedé sola en la estancia, me permití respirar por primera vez.

Mis manos temblaban por miedo a todo lo que aún no podía confesarle.

Si Ferdinand hablaba, si revelaba quién era yo, si nombraba a la Semilla que dormía en la cama del rey, entonces el crepúsculo no solo marcaría el final de la Nueva Fronda, sino también el mío.

Caminé hasta la ventana y lo vi en el patio interior del Louvre, rodeado de mosqueteros y ujieres, con su casaca ondeando como una bandera de guerra. Ya no parecía un hombre, sino el mismísimo Sol. El juicio final.

Y yo lo amaba. Con la lealtad de una niña criada entre mentiras. Con el fervor de una mujer que conocía el filo de la traición desde dentro. Con la desesperación de quien sabe que el amor no basta cuando el pasado exige sangre .

Apoyé la frente contra el vidrio. Mañana, la verdad tendría nombre, sentencia y rostro.

Solo esperaba, con todo mi corazón, que no fuera el mío.