Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis VII
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Louis VII

A compañé a Jeanne a mis aposentos y le rogué que se quedase ahí, descansando, mientras yo regresaba junto al Delfín. La besé una última vez y salí sin volver la vista atrás. Estar a su lado solo me recordaba el dolor de su traición.

Pedirle que se casase conmigo había sido un impulso incontrolado; una parte de mí quería ponerla a prueba, ver hasta dónde llegaba su desfachatez y su mentira, si sería capaz de aceptar la corona de Francia para seguir estando a mi lado, manipulándome con su voz y su cuerpo.

Pero otra parte de mí, mucho más crédula, mucho más romántica, ansiaba creer que su lealtad había cambiado de bando por amor a mí.

Cuando aceptó ser mi esposa, solo pude notar el sabor de una emoción agridulce flotando en mi estómago.

Mi hijo dormitaba, vigilado por Aurore, quien me aseguró que la herida en la pierna estaba limpia y que, si yo lo deseaba, se quedaría en Saint-Germain para cuidar de mi hijo hasta que estuviera fuera de peligro.

Me incliné para besarla en los labios, bajo la mirada atenta de mi hermano, y le agradecí con aquel gesto su inquebrantable lealtad.

Ella no me pidió explicaciones, como nunca lo hacía, aunque me conocía bien; sabía que algo me atribulaba.

No me preguntó qué ocurría, y yo me recompuse enseguida .

La realidad de lo que debía hacer me pesaba como una cadena alrededor del cuello, pero no podía mostrar esa debilidad ante nadie.

—Philippe, ven conmigo. Hay alguien a quien debemos ver.

Mi hermano arqueó una ceja, interrogante, pero por una vez accedió a obedecerme sin añadir ningún comentario irónico o hiriente.

Caminamos en silencio por los corredores de Saint-Germain, hasta el ala oeste, donde los heridos habían sido acomodados tras el ataque.

Pensé que aquel lugar ya no era un refugio seguro para los Hijos de Francia, sino una herida abierta en el corazón de la monarquía, y mi ira creció como una tormenta.

Lo busqué por varias de las habitaciones, hasta que un mosquetero pudo indicarme dónde descansaba su compañero.

La cámara permanecía en penumbra, ya que las cortinas estaban echadas, y solo un hilo de luz que se deslizaba por el suelo de mármol entraba a través de un ventanal. En la cama, cubierto con vendajes hasta el pecho, yacía el joven Bastien de Valois.

Junto a él, sentada y con el rostro mudado por la posibilidad de perder a su hermano pequeño, Lucille sostenía sus manos con amor sincero, del que no conocía de tronos ni ambiciones.

—Majestad —dijo ella, alzándose de inmediato.

—No os levantéis, por favor, mademoiselle de Valois —dije, acercándome al lecho—. Este no es momento de cortesías.

Philippe siguió mis pasos hasta la cama donde descansaba el joven mosquetero, debatiéndose entre la vida y la muerte.

—¿Cómo está? —pregunté.

Lucille bajó la mirada hacia el rostro pálido de su hermano.

—Vivo, por ahora, pero ha perdido mucha sangre. La espada le atravesó el costado… por poco no le alcanza el corazón o los pu lmones. El señor Bechard dice que, si pasa de esta noche, puede sobrevivir.

Bastien respiraba con dificultad, pero aún lo hacía. Observé su rostro, cubierto de sudor. El vendaje del pecho estaba manchado de un rojo ominoso.

El joven mosquetero abrió los ojos con pesadez, como si hubiera presentido mi presencia, e intentó incorporarse.

—Majestad —dijo, a duras penas.

—No te muevas, Bastien. Es una orden.

Él obedeció, mirándome con devoción.

—¿Fuiste tú quien salvó a mi hijo?

—Escuché ruidos y gritos en la cámara del Delfín y entré sin pensar en pedir más ayuda.

—¿Tú solo contra cuántos hombres?

—Seis, majestad. Armados con pistolas y espadas.

—¿Y aun así te enfrentaste a los asaltantes?

—No podía hacer otra cosa, majestad. Se trataba de proteger al Delfín.

Su profunda lealtad me conmovió.

—Francia estará en deuda contigo. Hoy y siempre, Bastien.

—No hay deuda alguna. Era mi deber, y cumplí con él lo mejor que supe y pude.

Asentí, apretando con suavidad el hombro desnudo del muchacho.

Gérald había tenido razón cuando, meses atrás, me había pedido que perdonase la traición de Bastien de Valois, asegurándome que en él encontraría a un fiel mosquetero y un defensor de la corona.

Había estado a punto de condenarlo a muerte por haberse involucrado con la Nueva Fronda, pero Gérald me había pedido que confiase en su instinto de soldado.

Ahora no podía estar más agradecido por haber sido compasivo con el joven Bastien.

—¿Dónde está el capitán de la Reynie? —le pregunté a Lucille.

—Visitando al resto de mosqueteros heridos, majestad, y haciendo recuento de los muertos.

—Bien. Os dejo con vuestro hermano. Haré venir a la duquesa de Orleans para que también cuide de él.

—Gracias, majestad.

Me quedé un instante más allí, escuchando la respiración irregular del mosquetero herido, y luego hice una señal a Philippe para que abandonásemos la habitación.

Solo cuando estuvimos lo bastante lejos de oídos ajenos me permití hablar.

—Lo han apresado.

—¿A quién?

—El príncipe de las sombras —dije, y Philippe se detuvo en seco—. Nuestros hombres lo encontraron escondido en la casa de los Montault, mientras la Nueva Fronda atacaba a nuestros hijos. Ahora Ferdinand aguarda su destino en la Bastilla.

—¿Y qué harás con él?

—De momento, tú y yo lo visitaremos mañana. Luego, acudiremos juntos al juicio de las familias de la Nueva Fronda.

—No me has contestado, Louis. ¿Ejecutarás a nuestro hermanastro?

—Es lo que se merece.

Philippe negó con la cabeza, exasperado. Yo no podía admitir ante él que había sido engañado por una mujer. Aún no. Ni siquiera podía admitirlo ante sí mismo.

—Concédele una vida en la Bastilla, hasta el fin de sus días, pero no derrames nuestra propia sangre.

—¿Y permitir que vuelva a caer en manos de nuestros enemigos? A veces creo que no entiendes lo que significa ser rey —dije, chasqueando la lengua.

—Y a veces creo que tú no entiendes lo que significa ser un rey compasivo —espetó, antes de girar sobre sus talones y marcharse, airado.

No lo retuve junto a mí, como siempre hacía cuando éramos pequeños y yo me despertaba, abrumado por las pesadillas de un futuro en que el reino de Francia estaba en mis manos. Ya no éramos unos niños, sino hombres adultos.

Y yo volvía a estar solo ante el destino que Dios había puesto ante mí.

Esa noche no dormí.

Las pesadillas regresaron para atormentarme y demostrarme que no podía escapar de mis enemigos por mucho que luchase contra ellos, por lo que decidí abandonar la cama y observar cómo llegaba el amanecer a aquel Saint-Germain herido por la Nueva Fronda.

En el tenebroso interior de La Bastilla, un hermanastro traidor aguardaba su sentencia. Una que debía dictar yo y que llevaría conmigo el resto de mi vida.

Pero lo peor no era eso.

Lo peor era que, mientras Jeanne dormía en mi cama, tal vez pensando que el mañana la convertiría en reina de Francia, yo ya sabía que aquel sería el día en que descubriría que la corona que yo le ofrecía no era de oro, sino de espinas.

Por primera vez en años, me permití llorar en el más absoluto silencio.