Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne VI
80%

Jeanne VI

N o tuve tiempo para escribir una carta a Louis confesando mi traición.

No tuve tiempo para explicarle nada, ni siquiera para inventar una mentira que pudiera ocultar mi verdadera identidad, que muy pronto Gérald de la Reynie sin duda descubriría.

El ataque a Saint-Germain lo cambió todo.

Bastó una noche, una sola noche, para que el mundo se volviera del revés.

Las noticias de aquel violento asalto hicieron que el pánico cundiera en los salones y que la familia real realizara preparativos inmediatos para acudir al château .

Los mosqueteros triplicaron las rondas, como si toda la población de París estuviera a punto de cruzar las puertas doradas de Versalles con antorchas y horcas.

Entre aquel frenesí de actividad y miedo, nadie me prestó atención.

Nadie excepto él.

Louis me mandó llamar a su cámara tras acudir a misa.

Iba impecablemente vestido con un traje que mezclaba el burdeos de la seda con el dorado de los bordados, pero su semblante me resultó tan furioso como distante.

Aceptó un beso en los labios, sin fuego alguno, por lo que enseguida supe que no era él mismo.

¿Cómo iba a serlo, si casi matan a su único heredero, a su futuro?

—Nos vamos a Saint-Germain —dijo sin más.

Y yo no me opuse .

Porque sabía que era mi culpa.

No la ejecución directa del asalto, por supuesto, pero aquel acto era consecuencia de mis decisiones.

Mi enfrentamiento con el Vigilante había quebrado el frágil equilibrio con el que mantenía mi amor por Louis y las aspiraciones de la Nueva Fronda.

Había desafiado abiertamente al príncipe de las sombras, y Ferdinand no era hombre de quedarse con los brazos cruzados.

Las represalias no tardaron en llegar. No debí haber ido sola a París, no debí desafiarlo, no debí hacer tantas cosas.

Pero, por encima de todo, no debí haberme enamorado jamás del Rey Sol, aunque ese amor era lo único realmente hermoso que había ocurrido en mi vida.

En el Patio de Mármol aguardaban dos carruajes: uno para Louis y para mí, y otro para los duques de Orleans y Lucille de Valois, que al parecer había solicitado acompañarnos para poder visitar a su hermano herido. Monsieur le concedió tal permiso para viajar con ellos.

El trayecto ya fue un castigo en sí mismo.

Louis apenas me dirigió la palabra, y nuestro carruaje se mantuvo en un silencio tenso y triste.

Al lado del vehículo, Gérald de la Reynie cabalgaba con la mirada fija en el horizonte.

No pude evitar preguntarme qué habría averiguado.

¿Sabría ya que los Montault eran fronderos? Si era así, yo estaba perdida.

El viaje desde Versalles a Saint-Germain no duró más que unas horas, pero cada minuto fue para mí una eternidad.

El mutismo de Louis era un muro revestido de acero.

Lo miré de reojo en varias ocasiones, y su perfil me pareció esculpido en mármol: duro, estático, inquebrantable.

Ya no era mi Louis risueño que me besaba en la Galería de los Espejos, sino el monarca implacable.

Cuando por fin llegamos a nuestro destino, el château de Saint-Germain, habitualmente apacible, era un campo de batalla.

Había mosqueteros por todas partes; los árboles del jardín tenían ramas rotas, y uno de los ventanales del ala norte —que daba a los aposentos del Delfín— mostraba un impacto reciente, con los vidrios resquebrajados.

Louis bajó del carruaje sin más dilación y yo fui detrás de él, sin atreverme a hablar, seguida de los duques de Orleans y Lucille de Valois, que no tardó en preguntar por su hermano menor.

Caminamos por pasillos custodiados por mosqueteros hasta que llegamos a una habitación que olía a lino limpio y a sudor herido.

Allí estaba el Delfín postrado en una cama, con la piel pálida y un rictus de dolor en su juvenil rostro.

Una venda le envolvía la pierna derecha, que descansaba sobre unos cojines de terciopelo.

Louis no lloró, por supuesto, y tampoco se derrumbó. Solo se sentó en el lecho y tomó la mano de su hijo. En ese momento, comprendí su miedo. El frío de su voz. La ausencia en sus ojos. Porque lo había tenido todo y casi lo perdía en una sola noche.

—¿Cómo estás, Louis? —le preguntó a su hijo, tiñendo su voz de una controlada ternura.

El muchacho parpadeó, confuso, sin llegar a creerse que tenía delante a su padre.

—Bien, majestad.

El tío de Aurore, Lambert, se aproximó a Louis.

—Si la fiebre no lo consume, vivirá, majestad. La herida ha sido profunda, pero no mortal. Tendrá que guardar reposo durante varias semanas.

Louis asintió, y luego se volvió hacia Aurore, que permanecía callada junto a Philippe de Orleans.

—¿Opináis igual que vuestro tío, alteza?

—Sí, majestad. Si no hay infección, el Delfín se recuperará y podrá caminar con normalidad, sin secuelas. Sé que mi tío habrá lavado y cosido la herida con habilidad, pero si queréis, puedo examinarla yo misma.

—Hacedlo, por favor.

—Claro.

Entonces sus ojos se posaron en mí.

—Déjadnos, Jeanne.

No lo dijo con crueldad, pero fue una orden. Incliné la cabeza y salí de la habitación con el corazón latiendo como si me lo estuvieran arrancando con cada paso que daba y que me alejaba de él.

Me apoyé en una columna del pasillo y cerré los ojos. Quería llorar, pero no podía permitirme ese lujo. Era mi culpa. Todo. El Delfín herido, Louis destrozado, Francia sangrando. Si no hubiera provocado a Ferdinand, si no hubiera querido solucionar lo que ya no tenía solución.

No podía cambiar el pasado.

Pero sí enfrentar las consecuencias.

Volví a ver a Louis horas más tarde, en la capilla privada del palacio, donde había acudido a rezar. Me acerqué a él aun intuyendo que probablemente no querría ver a nadie. Pero algo me empujaba a encontrar una grieta en la armadura de hielo que había erigido en torno a sí.

Se volvió antes de que pudiera pronunciar una sola palabra. Me había escuchado llegar. Sus ojos me atravesaron y me sentí desnuda, expuesta a su mirada dolida.

No supe qué decir. Mentir no tenía sentido. Contar la verdad, aún menos. ¿Qué podía hacer, excepto ser una cobarde ?

—Lo siento.

Mi voz sonó hueca, incluso para mí.

—Ven aquí.

Louis no rezaba arrodillado, sino de pie, con los ojos fijos en la cruz de la capilla de Saint-Germain. Aguardó a que me acercase a él. Solo entonces, con el dorso de su mano, acarició mi mejilla suavemente.

—¿Qué es lo que sientes, mon cœur ?

—Que debas ver a tu hijo así, malherido.

—Un rey siempre sufre por su heredero. Es una maldición que comparto con todos los soberanos que me precedieron y que vendrán después de mí.

—Aun así…

—No te preocupes —dijo, con una sonrisa helada—. Los que han osado atacar a los Hijos de Francia lo van a pagar muy caro.

Sentí un escalofrío que nada tenía que ver con el ambiente solitario de aquella iglesia.

—¿A qué te refieres, Louis?

—Vendrás conmigo al juicio de los traidores. Quiero que estés allí, al lado del rey, cuando París entera conozca el precio de traicionar a la corona.

Me quedé muda. Era cierto que las favoritas del rey no se escondían entre las sombras —no éramos puritanos ingleses, ni beatos españoles, que se avergonzaban de sus propias pasiones—, pero una cosa era dejarnos ver juntos de forma informal y otra muy distinta aparecer en un acto público y oficial junto a él.

Intenté retroceder un paso, pero él no me lo permitió, con sus manos en mi cintura, firmes y ancladas.

—Yo no soy nadie, Louis. El pueblo no querrá verte aparecer en un acto así con una de tus amantes.

—Pero sin duda querrán ver a su futura reina, ¿no es así?

Mi estómago se enredó en un nudo imposible de deshacer. No podía estar insinuando lo que yo creía haber escuchado.

—¿Cómo dices?

—Creo que me has entendido perfectamente.

—¿Estás hablando en serio? —balbuceé, sintiendo que el suelo bajo mis pies desaparecía.

—Más que nunca. Te haré reina. Te sentarás a mi lado y todos los que te han despreciado se inclinarán a tu paso. Al fin y al cabo, ¿no es eso lo que desean todas las mujeres que se acercan a mí?

—Yo no.

Sus manos, que me sujetaban con firmeza por la cintura, no temblaban, pero había algo desesperado en la manera en que me aferraban. Como si, con ese gesto, pudiera obligarme a quedarme a su lado para amarle como él quería ser amado.

—Entonces, ¿rechazas casarte conmigo y privar a los franceses de amar a otra Jeanne?

—¿Otra Jeanne…?

—Jeanne d’Arc, mon cœur . ¿Quién si no? —rio sin humor, y me besó en la mejilla.

El nombre de aquella mujer, con quien tantas veces me había comparado el Orfebre, pronunciado por Louis me causó repugnancia—.

El pueblo ama a las mujeres que sangran por Francia.

Y si ya tenemos a una Jeanne mártir y heroína, ¿por qué no tener también a una Jeanne reina?

Quise gritarle que no era eso lo que quería. Que nunca le pedí un trono. Que yo lo amaba a él, no a su corona. Pero las palabras murieron en mi garganta. Porque una parte de mí, la más rota, la más humana, también deseaba quedarse a su lado.

A cualquier precio.

—Louis… —dije—. Estás dolido y furioso, por lo que creo que no eres consciente de lo que me pides. La corte jamás aceptará un matrimonio así, sin beneficios políticos. Tu deber es volver a ca sarte, sí, pero con una heredera europea que afiance tus relaciones…

—No —me interrumpió él—. Fui infeliz en un matrimonio de Estado una vez y no volveré a quedar atrapado en otro. Yo soy Francia, y si digo que quiero reinar junto a Jeanne de Lormagne, el mundo entero inclinará la cabeza y besará tus pies, o haré que corra la sangre.

No sé si temblé por su tono implacable o por su total y plena confianza en mí. Aun así, intenté de nuevo que entrase en razón.

—Louis, tú sabes que posiblemente no podré darte hijos jamás. Sufrí muchos abortos y mi cuerpo está roto… ¿De qué te sirve una reina que no produzca herederos?

—Aunque Dios no bendijera nuestra unión con hijos, mi amor por ti es suficiente para colmarme de felicidad.

Louis inclinó la cabeza hasta que nuestras frentes quedaron juntas.

—Acepta y hazme feliz —susurró—. Acepta y serás mi mundo, mi alma y mi corazón.

Lo besé. O quizá me besó él. No supe distinguir quién tomó la iniciativa, porque en ese instante todo se volvió un estallido de rabia, ternura, fuego y derrota.

Su boca buscó la mía con un hambre distinta.

No se trataba de lujuria, desde luego que no: era una súplica muda que me reclamaba y me anclaba a su lado.

Lo sentí perderse en mi boca con desesperación, como si yo fuera su última bocanada de aire antes de lanzarse al abismo.

Fue un beso lleno de furia y dolor, aunque nunca supe cuál de los dos pesaba más.

—Aceptaré —murmuré finalmente—. Aceptaré ser tu reina si antes me permites confesarte algo.

—¿Confesarme el qué? —preguntó, sin abrir del todo los ojos, su aliento cálido acariciando la piel de mis mejillas .

—No he sido sincera respecto a mi pasado, y…

—No me importa —replicó él, de forma tajante, atrapando mi rostro entre sus manos, como si quisiera sellarme la boca con la suya—. Cualquier cosa que hayas hecho antes de venir a Versalles, no me importa, mon cœur .

Y yo, estúpida de mí, me lo creí.

Creí que aquel hombre que me sostenía con amor y rabia era el mismo que me protegería de todo, que el Louis manipulador del que la Nueva Fronda me había advertido durante años —el estratega, el calculador, el tirano fatal— no tendría espacio en mi historia.

Me equivoqué.

Mientras me refugiaba en sus brazos, no vi al déspota de rostro gélido, ni tampoco al juez que debía tomar la decisión más difícil de su vida. Una decisión que él ya había tomado, aunque yo no supe verlo.

—Partiremos hacia París al amanecer. El pueblo quiere sangre. Y yo impartiré justicia.

Louis bajó la mirada un instante, y cuando volvió a alzarla, ya no era el hombre que me había besado en los bosques de Versalles.

Era el rey de Francia.

—A partir de mañana, Jeanne, estarás a mi lado en todo. En la gloria y en el juicio.

Entonces lo sentí. Un frío súbito entre nosotros.

Mi cabeza me gritó que huyera antes de que fuera demasiado tarde, antes de que mi destino final me alcanzara.

Pero solo escuché a mi corazón.