Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis VI
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Louis VI

A penas despuntaba el alba cuando Gérald irrumpió en mi cámara con la urgencia clavada en los ojos.

Me desperté de inmediato, sobresaltado, y a mi lado, Jeanne hizo lo mismo, incorporándose de un respingo.

Apenas llevábamos unas horas dormidos tras una larga noche haciendo el amor una y otra vez hasta caer rendidos.

—Majestad —habló Gérald, la voz tensa, contenida por la gravedad de lo que había venido a decirme—. Hemos recibido un mensaje urgente de Saint-Germain.

—Habla.

—Esta noche, el palacio ha sido atacado por la Nueva Fronda.

La furia me sacudió con la violencia de una tormenta: primero en la sangre, luego en la garganta. A mi lado, Jeanne contuvo una exclamación de pánico.

—¿Los niños están a salvo? —pregunté, aterrado por la posibilidad de haber perdido a mi hijo, a Marguerite Antoinette, a mis sobrinas.

La expresión adusta de Gérald no auguraba buenas noticias.

—El Delfín ha sido herido de gravedad, majestad.

Bastien de Valois irrumpió en su cámara justo cuando los fronderos intentaban secuestrarlo.

En la refriega, vuestro hijo recibió un espadazo en la pierna.

Trató de defenderse, pero estaba desarmado.

Fue un milagro que Bastien llegara a tiempo.

Los atacantes huyeron al oír a los mosqueteros dar la voz de alarma.

Cerré los ojos. El pulso me martilleaba en las sienes.

—Lambert Bechard está atendiendo al Delfín y cree que sobrevivirá, con algunas secuelas.

—¿Y las niñas? ¿Mi hija y mis sobrinas?

—Las princesas no han sufrido ningún daño.

—¿Qué hay de Bastien de Valois?

—Gravemente herido, también. Bechard dice que vivirá, si las heridas no se infectan.

Debía ponerme en marcha de inmediato. Me incorporé de la cama, desnudo, mientras Bontemps entraba corriendo y comenzaba a vestirme con la máxima premura.

—¿Qué más, Gérald?

Vi en su mirada que algo aún más grave necesitaba ser dicho en la más estricta privacidad. Conocía bien a mi capitán. Permití que Bontemps me vistiera con ropa limpia y luego me disculpé con Jeanne:

—Quédate aquí. Luego mandaré llamarte.

Ella estaba pálida, pero asintió, aún cubierta con las sábanas.

—Sí, majestad.

Le hice un gesto a Gérald para desplazarnos hasta el Gabinete del Consejo, y Bontemps permaneció con Jeanne. Cuando nos quedamos solos en aquella cámara desde la que yo dirigía mi país, Gérald titubeó ligeramente antes de hablar, pero su deber era contarme la verdad, aunque me doliera.

Y supe que lo que estaba a punto de decirme me iba a doler.

—Majestad, me temo que hemos descubierto la identidad del último nombre que figuraba en los papeles de Le Sorcier . Madame Leclair.

—¿Y quién demonios es esa tal Leclair?

Gérald no respondió con palabras. No le hizo falta. Su mirada lo dijo todo .

En un instante, el mundo a mi alrededor se astilló en pedazos imposibles de recomponer. Me apoyé en la mesa cubierta por el tapete azul, incapaz de respirar. Gérald aguardó en silencio, dándome espacio para digerir el golpe.

Clavé las uñas en el tapete, hasta sentir la madera bajo mi piel.

Era imposible. No, no podía ser. Jeanne, mi Jeanne… ¿Una traidora? Jeanne, enviada por la Nueva Fronda. Jeanne, a quien yo había entregado mi cuerpo, mi alma, mi corazón.

Gérald, en un gesto impropio de él, se acercó y apoyó una mano en mi hombro.

—Lamento ser portador de estas noticias, majestad.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde hace unas pocas horas.

—¿Estás seguro?

—Envié a Lucille de Valois a inspeccionar la habitación de Madame de Lormagne y encontró esto en uno de sus baúles. —Me entregó un papel doblado, que abrí, con el corazón roto—. Estoy bastante seguro de que esa F es de Ferdinand, majestad. Y mirad a quién está dirigida la carta.

Leí en diagonal el contenido de la carta. El tono era afectuoso, de un tal F a mademoiselle Leclair.

—Esto no prueba nada. Podría ser cualquiera —insistí, aunque sabía que era inútil negarlo.

Y Gérald también lo sabía.

—Ella misma me confesó su apellido de soltera: Leclair. No existe ninguna dama con ese nombre en nuestros registros nobiliarios. Es inventado. Y si es inventado, es porque fue enviada a Versalles con un propósito. Las piezas encajan, majestad.

—Pero —dije, intentando comprender el vuelco de los acontecimientos—, Jeanne ha tenido mil ocasiones para matarme. Hemos estado solos en los jardines, en el bosque, en el Louvre, en Saint-Germain… incluso aquí, en la chambre du roi . Y no lo ha hecho.

—No creo que su misión fuera asesinaros —razonó Gérald—.

La Nueva Fronda no quiere solo vuestra caída, majestad.

Quiere ganarse al pueblo francés para ponérselo en bandeja a vuestro hermanastro.

Ya intentaron asesinatos durante el Asunto de los Venenos, y fracasaron.

Peor aún: vuestra imagen salió reforzada.

Muchos creyeron que Dios os había salvado del serpentio, y si Dios estaba de vuestro lado…

seguíais siendo el Rey Sol. Desde entonces cambiaron de táctica.

—Por eso se intensificaron los panfletos y los actos de sabotaje en París…

—Exacto. Querían empequeñeceros, convertiros en un sátiro, en un tirano, antes de presentarse como los verdaderos salvadores de Francia.

—¿Y el papel de Jeanne en todo esto?

Gérald carraspeó.

—¿Puedo hablar con franqueza, majestad?

—Siempre.

—Sois un hombre hecho de pasiones. Desde que os conozco, os he visto amar a las mujeres con la intensidad de un incendio.

Desde Henriette de Inglaterra a Jeanne de Lormagne.

Sois implacable con vuestros enemigos… pero ante el amor, vuestra alma se rinde.

Y eso, majestad, fue exactamente lo que aprovecharon.

Me senté en mi silla y me cubrí el rostro con las manos. Mis dedos, mi piel, aún olían a ella.

—¿Fue adiestrada para seducirme? ¿Para hacerme caer?

—Probablemente, sí.

—Entonces soy un rey débil.

—No creo que amar a una mujer os haga débil —replicó Gérald—. Solo humano.

No dije nada. De repente, había olvidado cómo conjurar palabras.

Gérald se acercó a mí.

—Cuando creíamos que Madame de Montespan formaba parte de la Nueva Fronda, os dije que las flaquezas de esa naturaleza son un aspecto que ni el mejor de los hombres puede evitar.

Lo miré, dolorido.

—Y yo te contesté que te equivocabas, que un rey no puede permitirse debilidad alguna por una mujer; porque ese es un gozo que os pertenece al resto de hombres, a los que no lleváis el peso de la corona en vuestros hombros.

Y, sin embargo… de todas las mujeres que he amado, ella es mi mayor debilidad.

La hubiera hecho reina, hubiera puesto el mundo a sus pies y mi corazón en sus manos, pues es inteligente y bondadosa, crítica cuando me lo merezco y compasiva cuando lo necesito.

—¿Puedo volver a hablar con sinceridad, majestad?

Mi capitán me había salvado la vida en una refriega con la vieja Fronda, cuando yo solo era un adolescente recién coronado y él un joven mosquetero con la piel apenas curtida.

Desde entonces, me había dedicado su vida con la máxima lealtad y yo le había correspondido siempre con mi plena confianza.

¿Cómo no iba a permitirle hablar con sinceridad?

—He torturado hombres y mujeres en las mazmorras de Versalles, en vuestro nombre. He aprendido a descifrar las emociones humanas, desde las más viles hasta las más hermosas. Me he visto rodeado de podredumbre y de belleza, y puedo distinguir perfectamente ambas cosas.

—¿Qué quieres decirme con eso ?

—Creo que la dama fue enviada a vuestro lado para seduciros y convertiros de una vez por todas en el tirano que subyuga al mundo entero.

Tenéis una inclinación natural a dejaros llevar por la ambición, así que sí, si me disculpáis las palabras, no es una misión difícil para una mujer astuta y cultivada en relaciones y en política, como sin duda parece ser Jeanne de Lormagne.

No obstante, creo que su lealtad cambió de lado al conoceros.

—Supongo que no estarás insinuando que… —Negué con la cabeza—. No, Gérald.

Él se limitó a devolverme la mirada.

—Desde que llegó a Versalles, os ha convertido en mejor rey. Os ha acercado a vuestro pueblo y no os ha arrastrado a ningún escándalo. Además, se ha mostrado compasiva en el eterno enfrentamiento entre católicos y protestantes.

—Eso no significa nada.

—Yo creo que sí, pero no intentaré convenceros, majestad.

Me incorporé. La ira ardía en todo mi cuerpo, y mi primer impulso fue destrozar aquella cámara: candelabros, mapas, tapete, sillas, ventanas. Quería venganza por la sangre derramada de mi heredero, de mi único hijo varón. Y la iba a tener. Pero, por ahora, debía mantener la cabeza fría.

Recuperé el semblante impasible y me enfrenté a la mirada de mi capitán.

—Si sabías desde ayer que Madame de Lormagne era una frondera, ¿por qué no la arrestaste?

—No consideré que corrierais peligro físico a su lado. Además, necesitaba una prueba real de que formaba parte de la Nueva Fronda. Y la he obtenido.

—¿Qué prueba?

Gérald entrecerró los ojos.

—Ayer por la tarde, Jeanne se escabulló de Versalles para visitar a los Montault de París. Siempre han estado bajo sospechas de traición, pero nunca hemos encontrado pruebas fehacientes contra ellos, como bien sabéis.

—Continúa.

—Desde que os acercasteis a Jeanne, decidí vigilarla más estrechamente. Por su seguridad y por la vuestra. Por eso, ayer mis hombres la siguieron hasta la propiedad de los Montault. Cuando ella regresó a Versalles, se efectuó un registro exhaustivo con la excusa de una redada rutinaria más.

Tuve un mal presentimiento que, por supuesto, se cumplió con las siguientes palabras de Gérald.

—El príncipe de las sombras ha sido arrestado, majestad.

Esa tendría que haber sido una noticia de triunfo, pero no lo fue. Solo era la confirmación de que había sido engañado por Jeanne, que había confabulado con mi hermanastro para derrocarme.

Hice un esfuerzo en reunir toda mi templanza para no perder el control de mi ira.

—¿Dónde está ahora Ferdinand?

—En la Bastilla, aislado, para que nadie vea su parecido con vos y con vuestro hermano. ¿Queréis que lo traigamos a Versalles para interrogarlo o preferís que lo hagamos desaparecer sin más dilación?

Mi primer instinto, y la furia que me hacía arder la sangre por la traición de Jeanne y por el ataque a Saint-Germain, fue el de ordenar su ejecución inmediata para deshacerme del problema.

Luego recordé la súplica de Philippe de no hacer correr nuestra sangre, incluso si se trataba de un bastardo como él, y también las palabras de Jeanne acerca de que quizá él también era un peón en el sangriento tablero de juego dispuesto por la Nueva Fronda .

Además, no podía negarlo: deseaba mirarlo a los ojos antes de condenarlo a muerte por traición a la corona.

—Que no lo maten aún —ordené—. Quiero hablar con él. Y en cuanto a Jeanne… no la arrestes todavía.

—¿Majestad? —preguntó Gérald, a todas luces desconcertado por mi decisión.

—Dile a Raoul de Brissac que adelante el juicio contra las familias de la Nueva Fronda.

Yo mismo asistiré y dictaré la sentencia final.

Y Jeanne vendrá conmigo. Así verá, con sus propios ojos, lo que significa traicionar a Francia.

Quiero que todo París entienda cuál es el precio de alzarse contra el heredero del trono y contra mí.

Quiero que todas las ratas traidoras salgan de sus escondites. Quiero que París arda.

Y Jeanne de Lormagne ardería con ella.