Jeanne V #2
—El pasadizo comienza detrás del tapiz de Diana cazadora, en el salón de Hércules. Seguid el corredor hasta que veáis una puerta con una rosa de mármol. Procurad no hacer ruido. Y, por el amor de Dios… sed paciente con él. No es fácil estar en su posición.
—Gracias —susurré, y sin esperar más, me escabullí por los pasillos hasta llegar al salón de Hércules, que en aquellas horas de la noche estaba desierto.
El tapiz se movió con un crujido sordo. Al otro lado, una oscuridad húmeda me envolvió como un abrazo de piedra.
Avancé con cuidado, palpando la pared con una mano y guiándome apenas por la luz temblorosa de una antorcha lejana.
El aire que me rodeaba olía a vela consumida, a secretos bien guardados y a perfume.
El perfume de Louis, que parecía flotar en cada rincón del castillo como una sombra propia.
Llegué a la puerta con la rosa tallada y la empujé. Cedió con un suspiro suave y pronto me encontré en la chambre du roi , vacía.
No me costó adivinar dónde estaba.
La cámara era amplia, abovedada, revestida de mármol blanco y oro.
En el centro, un baño circular excavado en piedra clara rebosaba agua humeante y un vapor delicado que se alzaba hacia el techo, difuminando las lámparas de aceite que iluminaban la estancia.
Louis estaba sumergido hasta el pecho, los brazos apoyados a los lados, la cabeza ladeada hacia atrás con los ojos cerrados.
Su cuerpo brillaba con el reflejo del agua y la luz: hecho de márfil y esculpido por el poder.
Una gota le resbalaba por la clavícula, bajando por el pecho hasta hundirse entre sus costillas como si incluso el agua supiera que tocarlo era un privilegio reservado para unos pocos.
Subyugada por aquella imagen, no pude moverme. Tampoco hablar.
Entonces, sin abrir los ojos, Louis dijo:
— Mon cœur .
—¿Cómo sabías que era yo?
—¿Quién podías ser sino tú, que me prometió encontrar el camino hacia la chambre du roi para agradecerme en privado por haberle salvado la vida?
Abrió los ojos y los clavó en mí. Brillaban con un fulgor dorado bajo la luz de las lámparas que rodeaban el baño de mármol, como si toda la divinidad de la monarquía se resumiera en esa mirada.
—¿Has venido a amarme, Jeanne de Lormagne?
—Siempre, Louis de Francia.
—Entonces desnúdate y ven aquí, conmigo.
Me deshice de la capa, del vestido, del corsé, de las medias. Mis movimientos eran torpes, nerviosos, como si jamás me hubiera desnudado ante sus atentos ojos. Cuando por fin me acerqué al borde del baño, temblando de pies a cabeza, él extendió una mano hacia mí.
—¿Por qué tiemblas?
—Por ti.
—Ven. No te morderé.
Me aferré a su mano como a un ancla y me hundí en el agua, a su lado. El calor me envolvió de inmediato. Primero el del agua perfumada con lavanda y luego el que me provocaba su proximidad.
—¿Sabe ya la corte que te das baños impuros?
—No —sonrió él—. Pero lo sospechan, y algunos me imitan, tal y como emulan mi cabello o mis trajes.
—Otros, en cambio, insisten en apestar —dije, haciéndole reír.
El peso de mi secreto me oprimía el pecho, pero las palabras se negaban a salir de mis labios. En lugar de confesar, mis dedos trazaron los músculos definidos de su torso, disfrutando de su calor, de su forma, del tacto de su vello. Su respiración se aceleró con cada una de mis caricias.
Mis manos bajaron más, hasta desaparecer en el agua y encontrar su erección.
La tomé en mi mano, sintiendo su dureza, su tamaño.
Louis me permitió hacer, sin quitarme los ojos de encima.
Comencé a masturbarlo lentamente, observando cómo un gemido escapaba de sus labios.
El agua caliente del baño nos envolvía, creando una sensación de irrealidad, como si estuviéramos en un sueño erótico del que no quería despertar jamás.
Necesitaba sentirlo una última vez antes de que todo se derrumbara, antes de que yo acabase colgada en mitad de la Place de Grève.
«Te quiero, Rey Sol. Tú me has dado la vida y, si está en tu poder, me darás también la muerte», pensé, desesperada.
Sin previo aviso, me subí encima de él, posicionándome sobre su miembro erecto.
Me dejé caer con lentitud sobre su dureza, sintiendo cómo me llenaba, cómo me poseía, cómo se abría paso en mí, centímetro a centímetro.
Louis gimió, sus manos agarrando mis caderas con fuerza, guiándome en un ritmo lento y sensual.
El agua del baño salpicaba a nuestro alrededor cuando comencé a cabalgarlo; mis movimientos eran pausados, pero decididos, y con cada balanceo de mis caderas, ambos nos acercábamos un poco más al éxtasis.
De repente, Louis me obligó a detenerme.
—Te quiero ver desde atrás —susurró, su voz ronca por la lujuria.
Me levantó con facilidad, girándome para posicionarme sobre mis rodillas, con las manos en el borde de la bañera.
El mármol frío contra mi piel contrastaba con el calor de mi deseo.
Louis se colocó detrás de mí, y sus manos recorrieron mi espalda, mi cintura, mis caderas, encendiendo cada nervio de mi cuerpo.
—Te deseo tanto, Jeanne —dijo, en un gruñido ronco—. No puedo imaginarme una vida entera sin ti. Ya no.
Sentí la cabeza de su miembro presionando contra mi entrada, y en un solo movimiento poderoso, se enterró en mí de golpe.
Grité de placer, mi cuerpo arqueándose hacia atrás para recibirlo completamente.
Se quedó quieto un momento, depositó un beso entre mis omóplatos, en mi nuca, y agarrándome por la cintura, empezó a moverse, sus embestidas fuertes y profundas, cada una llevándome más cerca del abismo.
El sonido de nuestra piel chocando, el agua salpicando, nuestros gemidos llenando el aire privado de los Apartamentos Reales.
Todo era mío, y pronto dejaría de serlo, pero me iba a permitir disfrutar de aquella última vez en sus brazos.
Louis llevó su mano derecha a mi vagina y comenzó a masajear mi clítoris, sus dedos expertos trabajando en círculo, aumentando mi placer en estocadas intensas que me provocaron un estremecimiento tras otro.
Mi cuerpo se tensó y noté cada músculo contrayéndose alrededor de aquel nudo sensible que Lois excitaba con su dedo índice, sin darme ni un solo segundo de descanso.
Mi orgasmo explotó de golpe, lanzando violentas ondas de placer irradiando desde el centro de mis piernas, y mi cuerpo tembló de puro y absoluto éxtasis.
El vapor y el calor creaban una burbuja de intimidad donde solo existíamos nosotros dos.
Mis movimientos se volvieron más rápidos, más desesperados, buscando un segundo orgasmo que ya se aproximaba mientras Louis respondía con acometidas poderosas, nuestras respiraciones entrecortadas mezclándose.
El placer era intenso, casi doloroso; me consumía por completo hasta reducirme a cenizas.
Si esto era ser amada por el Rey Sol, lo abrazaría ahora y siempre.
Louis continuó moviéndose, sus embestidas volviéndose más rápidas, más violentas, hasta que, con un grito gutural, se liberó dentro de mí, su cuerpo colapsando sobre el mío, y mi segundo éxtasis arrasó todo rastro de racionalidad dentro de mi cabeza.
En ese momento, no importaba el secreto que me carcomía por dentro. Solo importábamos nosotros, nuestros cuerpos unidos y el placer que nos invadía.
Nos quedamos así, abrazados, nuestros corazones latiendo al unísono, hasta que Louis salió de mí y yo me giré para mirarlo, para perderme en sus ojos azules.
—Solo dime algo, Jeanne: ¿alguna vez has fingido amarme?
—No —respondí, y esta vez no mentí—. Nunca.
— Mon cœur —dijo, con tristeza, apartando un mechón mojado de mi rostro—. Jamás podría perderte.
En ese instante, me di cuenta de que no lograría reunir el valor suficiente para serle sincera. El Rey Sol me había hecho suya por completo y yo había pasado de ser su enemiga a convertirme en la mujer que deseaba salvarlo de todo.
Pero las sombras de la conspiración seguían ahí, en los pasadizos, en los jardines, en los salones. Esperando.
«Una noche más a su lado. Solo una más. Mañana se lo contarás todo en una carta y huirás de Versalles al atardecer.
Le contarás quién es Ferdinand y quién es el Vigilante, y luego desaparecerás para pasarte el resto de tu vida recordando que, una vez, fuiste amada por el hombre más grande de Francia».
Lo que no sabía era que había agotado el tiempo del engaño que yo misma había forjado alrededor de mi corazón.