Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne V
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Jeanne V

C uando llegué a las caballerizas reales, me encontré con una presencia que no esperaba de ningún modo. Gérald de la Reynie aguardaba mi regreso con una calma inmóvil que me heló la sangre.

Mi contacto con el feroz capitán de los mosqueteros había sido mínimo.

Había participado de mi falso rescate en los bosques y desde entonces apenas me había vuelto a dirigir la palabra, ni siquiera en aquella primera cena que compartimos en el salón de Œil-de-Bœuf .

Louis me contaría más tarde que Gérald aborrecía a la nobleza y que solo su inquebrantable lealtad hacia él lo mantenía en Versalles.

Sin embargo, desde Saint-Germain, notaba su mirada en mi nuca. Y, conociendo su fama de hombre implacable con los enemigos de la corona, no hacía más que inquietarme el simple hecho de pensar que podía desconfiar de mí. Si era así, estaba perdida.

—Madame de Lormagne —me saludó con voz metálica, y no se adelantó para ayudarme a descender de Liberté —. ¿Un largo paseo por los bosques?

—Así es, capitán. No me digáis que estabais preocupado por mí.

—Yo no. Su majestad, sí.

—¡Qué exagerado! —fingí alegría y frivolidad, a pesar de la inquietud que me recorría el cuerpo de pies a cabeza—. Su majestad sabe que adoro galopar por la naturaleza, y más si es con su precioso regalo. Mi Liberté es un animal que ansía ejercicio, y me esfuerzo en dárselo personalmente cada día.

—Una misión que os honra, madame.

—Y ahora, si me permitís, iré a asegurarle a su majestad que he vuelto sana y salva a Versalles.

—¿Os importaría, antes de acudir a los Apartamentos Reales, acompañarme? —dijo, de una forma en que no sonó a invitación alguna, sino a orden.

—¿Acompañaros a dónde, capitán?

Él no contestó. Se limitó a apartarse un par de pasos para señalarme el camino que llevaba a traspasar las puertas doradas de Versalles.

Mis instintos gritaban que me negara, que alegara cansancio, que me refugiara en los aposentos de Aurore o en los brazos de Louis. Pero asentí, porque decir no a Gérald de la Reynie era firmar una sentencia, aunque fuera una sentencia aplazada.

—Muy bien —accedí, sabiendo que no podía hacer otra cosa—. Pero no me demoréis demasiado. Debo asearme y cambiarme para la cena.

—Os retendré solo el tiempo justo y necesario, madame.

Caminamos en silencio a través de los pasillos del palacio hasta que llegamos a unas escaleras que descendían a una zona que yo nunca había visitado, pero que conocía por las descripciones que había estudiado previamente de Versalles: las mazmorras, donde las piedras olían a humedad y las sombras se alargaban con la luz de las antorchas .

El eco de nuestros pasos fue nuestra única compañía, salvo por el rechinar de alguna cadena a lo lejos o el llanto apagado de un preso que languidecía en los calabozos.

Al llegar a un vestíbulo, Gérald me hizo un gesto para que me dirigiera a una puerta situada a la derecha.

—¿Es aquí donde me interrogáis? —pregunté, intentando sonar insolente en vez de aterrada.

—Por favor, madame —respondió, con cortesía helada—. Solo quiero hablar con vos.

Entré. La habitación estaba más limpia de lo que esperaba, y enseguida me di cuenta de que era el despacho del capitán de los mosqueteros, puesto que había una mesa llena de mapas, plumas y tinteros.

—Habéis cabalgado hacia el norte —dijo sin rodeos, cerrando la puerta de hierro y madera tras él—. Muy al norte.

«Te vigilan. Te han estado vigilando todo este tiempo», pensé, aterrada.

Tras un leve momento de indecisión, opté por decir el máximo de verdad posible sin comprometerme.

—Sí, hasta París, capitán.

—Lo sé. Mis hombres os siguieron hasta la ciudad, aunque estuvieron a punto de perderos de vista. Sois buena jinete. No excelente, pero sí lo bastante para tratar de dar esquinazo a mis mosqueteros.

Me limité a encogerme de hombros.

—No sabía que estaba siendo vigilada, capitán, así que en absoluto traté de esquivar los ojos de los mosqueteros que me seguían.

—Su majestad no querría que os pasase nada en los bosques de Versalles, y yo tampoco .

—Entiendo. Supongo que por eso os ha mandado ponerme custodia sin que yo lo supiera.

—Sois una dama muy lista, madame.

—Mucho menos de lo que pensáis, capitán de la Reynie. ¿Puedo marcharme ya a cambiarme para la cena?

Gérald no se movió ni un ápice.

—¿Qué os llevó a Faubourg Saint-Honoré? —inquirió, ignorando mi propia pregunta.

—¿Faubourg Saint-Honoré? No sé de qué me habláis —repliqué, fingiendo confusión.

—No mintáis, por favor —dijo, con un tono tan duro que me revolvió el estómago—. ¿A quién conocéis en ese barrio?

Me mordí el labio. No iba a decir su nombre. No iba a arrastrar a Ferdinand a la horca con una sola palabra.

—A nadie. Fue la casualidad la que me llevó hasta ahí —mentí.

Gérald asintió lentamente, como si esperara mis embustes.

—Entonces no os importará decirme por qué en la casa de los Montault una criada afirma haber visto a una dama vestida a la moda de Versalles.

Un sudor frío me recorrió la espalda. Me obligué a mantener la calma.

—Hay muchas damas en París que siguen la moda de Versalles.

—Y muy pocas que viajen con un caballo tan poco común como Liberté —añadió él, cruzando los brazos—. Dorado, joven, de un color tan único como su raza. Muy reconocible.

Me quedé en silencio.

—¿Sabéis lo que más me fascina de vos, madame? —continuó, paseándose lentamente dentro de su despacho—. Todos os ven como una belleza más de la corte, el enésimo capricho del rey. No obstante, quizá os hemos subestimado .

—Entiendo, capitán. ¿A cuántas mujeres habéis vigilado por si son traidoras?

—A muchas. Pero muy pocas me dan verdaderas respuestas.

Se detuvo frente a mí. Sus ojos eran pozos oscuros, y por primera vez comprendí por qué incluso los más bravos mosqueteros temían la presencia de aquel hombre.

—Solo quiero una cosa —dijo, en un susurro helado, inclinándose hacia mí—. Vuestra verdad.

—¿Y si no tengo ninguna que daros?

—Siempre hay una —replicó Geráld, acariciando el pomo de su espada con la mano—. ¿Cuál es vuestro nombre completo?

La pregunta me pilló desprevenida.

—Jeanne de Lormagne —respondí, con la voz quebrada de tanto fingir seguridad—. Lo sabéis perfectamente.

—Ese no es el nombre con el que nacisteis antes de casaros con Romuald de Lormagne.

Pero, por alguna razón que desconozco, no hay registro de ninguna Jeanne en la aristocracia de nuestro reino.

Quizá, si me decís vuestro anterior apellido, facilitéis mi tarea de saber quién comparte la cama del rey al que debo proteger.

No es una pregunta tan complicada, madame, y una vez compruebe vuestro linaje, vos seguiréis con vuestra vida al lado del Rey Sol y yo con mi trabajo.

Lo odié. Lo odié con toda mi alma. Lo odié por recordarme que, aunque caminara entre tapices y terciopelos, yo era un ratón atrapado entre muros de mármol.

—¿Y bien, Madame de Lormagne?

Yo tragué saliva.

Él esperó.

¿Qué podía decirle? No tenía apellidos, porque jamás los había necesitado.

En mis falsos papeles de nobleza solo ponía mi título, conseguido a través de un supuesto matrimonio con Romuald de Lormagne, cuya familia había sido comprada por la Nueva Fronda para que, en caso de ser interrogados, mintieran acerca de mi origen.

—No os estoy haciendo una pregunta demasiado complicada, madame, y vuestro silencio comienza a resultarme inquietante —me presionó Gérald de la Reynie—. Vuestro apellido de soltera. Ahora.

—Leclair —dije, apenas audible—. Ese es mi apellido.

Por primera vez, Gérald sonrió.

—Gracias. Vuestra respuesta facilitará mucho mi trabajo —dijo, y me señaló la puerta—. Eso será todo por hoy.

No me amenazó, aunque no hizo falta. Ambos sabíamos que continuaría estando bajo vigilancia mientras contase con el favor de Louis.

Mientras subía las escaleras hacia la luz de los corredores superiores, comprendí que el nombre Leclair era ahora una soga en mi cuello. Bastaba que Gérald tirara un poco de ese hilo… y todo se vendría abajo.

El tiempo corría en mi contra.

Tenía que hablar con Louis, y tenía que hacerlo esta noche.

Luego, mi vida estaría en sus manos.

Pero aquella noche Louis no apareció en los salones, a pesar de que el luto había sido levantado y la diversión nocturna había seguido su curso.

Inquieta, tampoco vi al Vigilante por ninguna parte, por lo que me escabullí del bullicio y las charlas intrascendentes, en dirección a los Apartamentos Reales para hablar con Louis y confesarle la verdad, aunque aún no sabía cómo hacerlo.

Le iba a romper el corazón y, al hacerlo, también rompería el mío propio.

No obstante, cuando llegué a los Apartamentos Reales, los mosqueteros que los custodiaban cruzaron ambas alabardas frente a mi cara, impidiéndome el paso.

—Vengo a ver su majestad.

—Bajo órdenes de su majestad, nadie puede entrar en sus habitaciones esta noche.

Miré a mi alrededor, ansiosa. Necesitaba llegar hasta él. Quizá mañana fuera demasiado tarde.

Giré sobre mis talones y me dirigí a los Apartamentos del Príncipe, donde pregunté por la duquesa de Orleans.

Del interior de aquellas habitaciones salía la música y las risas, además del olor a vino, y supuse que Monsieur estaba dando una de sus muy famosas —e infames— fiestas.

Aurore vino a recibirme a los pocos minutos.

—¿Qué os ocurre, Jeanne? Estáis muy pálida.

—Vengo a rogar vuestra ayuda, alteza.

—Hablad.

—Necesito ver a Louis, pero los mosqueteros de los Apartamentos Reales no me dejan pasar.

—Lo sé, está de un pésimo humor, aunque no nos ha contado la razón ni a Philippe ni a mí.

—¿Podríais mostrarme el pasadizo oculto que lleva a la chambre du roi ?

Ella dudó, incómoda por mi petición.

—Por favor, alteza —insistí, desesperada—. Sé que vos conocéis los pasadizos. Mostradme cómo llegar hasta su dormitorio sin que nadie lo sepa.

Aurore suspiró, resignada.