Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis V
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Louis V

L a tarde descendía sobre Versalles y bañaba mi cámara en una luz áurea que se filtraba a través de los cortinajes de damasco.

Me encontraba solo, de pie, mirando hacia el Patio de Mármol, disfrutando de aquella hora de intimidad que la corte respetaba sin osar interrumpir.

No quería ver ni hablar con nadie. Solo estar conmigo mismo.

Por desgracia para mí, ese era un lujo que no me podía permitir durante demasiado, pues el leve crujido de la puerta secreta junto a mi cama me puso en alerta.

Me giré, creyendo que sería Jeanneen busca de intimidad, o Aurore viniendo a mi encuentro.

Pero era Françoise.

No esperaba verla a esa hora. Tampoco la había hecho llamar. No la había visto desde que la había mandado salir de la habitación de María Teresa, la noche en que murió, consumida por la fiebre y la infección. Ni siquiera había pensado en ella.

—Majestad —dijo con una inclinación comedida, aunque su voz tenía un timbre distinto. Más meloso, más íntimo.

—Françoise, ¿qué hacéis aquí? —pregunté, sin ocultar mi sorpresa—. ¿Ocurre algo?

—Necesitaba hablar con vos.

Le indiqué que se acercara, y así lo hizo. Avanzó hacia mí, resuelta, y en su mirada asomaba una extraña mezcla de fervor y deseo. Aquella expresión no le era propia. O no lo había sido hasta ahora.

—Desde que llegué a Versalles —habló, clavando los ojos en los míos—, he estado a vuestro lado guiándoos en la virtud, en la fe, en la misión que Dios puso sobre vuestra persona. Siempre conteniéndome, siempre ocultando lo que sentía, pues era lo correcto.

No respondí. Me limité a observarla, interrogante. ¿De qué demonios hablaba?

—Pero ya no puedo —continuó, con la voz cada vez más temblorosa, más cargada de emoción—. Cada vez que os veía con la reina, cada noche que os obligaba, por sentido del deber, a cumplir con ese vínculo sacramental… me desgarraba.

—No os entiendo, madame.

—Yo os deseaba en secreto y os deseo ahora, Louis. Quiero ser más que vuestra consejera.

Sentí una punzada de incredulidad ante semejante declaración de intenciones, pero contuve la punzada de ira y rabia que empezaba a formarse en mi estómago.

—Las emociones os traicionan, Françoise. Sin duda, la muerte de María Teresa os ha trastocado.

Françoise alzó una mano y, sin pedirme permiso, me acarició la mejilla. No me moví, pero el gesto me heló la sangre y sentí una profunda repulsión por aquella mujer a la que una vez había considerado una verdadera amiga.

—La muerte de la reina no ha trastocado nada. Os amo, Louis, y quiero ser vuestra en todos los sentidos. He luchado contra este deseo, creyendo que era un vil pecado. Pero lo cierto es que nunca he dejado de pensar que me correspondíais, que me necesitabais como mujer, no solo como guía espiritual.

Retrocedí un paso. En aquel momento, todo cobró sentido.

Sus constantes reproches cuando me acercaba a cualquier mujer que no fuese mi esposa, su afán por mantenerme atado a una devoción que empezaba a parecerme sospechosamente útil para sus propósitos, sus palabras piadosas guiándome por el camino que ella consideraba el correcto.

—Entonces, ¿cada vez que acompañabais a la reina a mi lecho y me recordabais mis deberes conyugales…?

—Solo pensaba en ocupar su lugar, y sé que la reina hubiera aprobado nuestra unión. Yo también sufriría con silencio y dolor la fornicación para daros un hijo, tal y como hizo su difunta majestad.

—¿Con silencio y dolor? —pregunté, sintiendo como una verdad dolorosa entraba en mi cuerpo—. ¿Vos sabíais el alcance del mal que aquejaba a María Teresa?

—Sí, desde Navidad.

—¿Y aun así la aconsejasteis callar y padecer en silencio su enfermedad, y obligarla a cumplir con sus deberes conyugales?

—Como cualquier mujer cristiana, decente y devota haría —respondió, sin un rastro de duda o arrepentimiento en su voz.

En aquel mismo momento lo comprendí. María Teresa quizá aún seguiría viva si no hubiera estado cegada por los consejos de Madame de Maintenon.

Quizá yo hubiera podido tomar cartas en el asunto, si Françoise no hubiera estado continuamente azotándome con el látigo de la devoción y la santidad.

Un pensamiento tan dolorosamente real como inútil, ya.

María Teresa estaba muerta y yo siempre estaría condenado a sentirme, en parte, responsable de su fallecimiento.

—Françoise —dije, intentando mantener la calma a pesar de la furia que sentí—, siempre he valorado vuestra compañía, vuestro juicio y vuestra piedad. Pero si vuestra intención era fingir todo eso como camino hacia mi lecho, me temo que ambos hemos vivido en una farsa piadosa .

Ella me miró, al principio con desconcierto y después con una sombra de cólera mal contenida.

—¿Me acusáis de fingir, majestad?

—No os acuso de nada —respondí—. Pero comprendo, ahora, muchas cosas. Habéis querido ganar mi alma para tener mi cuerpo. Convertiros en la única presencia femenina legítima en mi vida, sin escándalo ni sospechas. Lo habéis hecho con sutileza y astucia. Y, debo confesarlo, os creí.

—¿Y no me creéis ahora? —replicó, herida.

—No. —Mi tono fue duro como la piedra—. Veo que he sido influenciado, no iluminado. Mi búsqueda de guía espiritual ha sido utilizada por alguien que solo deseaba otra forma de poder.

—¡Eso no es verdad! —dijo Françoise, alzando la voz—. Os he amado con sinceridad, majestad. ¡He rezado por vos, llorado por vos, y he sufrido al veros caer en brazos de una criatura incestuosa como Aurore Bechard y en una mujer de baja alcurnia como Jeanne de Lormagne!

Ahí estaba. El verdadero resentimiento de no haber sido elegida para ocupar mi cama.

Mi primer pensamiento fue el de llamar a los mosqueteros que custodiaban los Apartamentos Reales y ordenar que fuera detenida, pero me contuve.

No necesitaba gritarle, ni tampoco arrestarla. La herida ya estaba hecha, y era imposible de cerrar.

—Lo que había entre nosotros, si es que ese algo existía, acaba de morir en este mismo instante.

—Pero, Louis…

—Jamás os he dado permiso para llamarme así —repliqué—.

Os ruego que os retiréis, Madame de Maintenon, al convento que más os plazca.

Esa es la última gracia que os concedo. Marchaos de Versalles esta misma noche y vivid el resto de vuestra vida en una discreta contricción.

En caso contrario, Dios me verá castigaros, y no me temblará el pulso al firmar la orden de vuestra condena.

Ella se quedó helada. Por un instante pareció a punto de echarse a llorar, pero supuse que su orgullo pudo más. Se inclinó sin decir una palabra, giró sobre sus talones y abandonó mi cámara con paso digno, si bien el temblor en sus hombros delataba su derrota y su rabia.

Me quedé solo y, durante un largo rato, fui incapaz de moverme.

Apoyé una mano en la repisa de la chimenea apagada y cerré los ojos.

Había perdido a quien una vez creí una amiga leal, pero, sobre todo, había comprendido cuánto me había dejado llevar por una visión del deber que no era la mía, sino la que otra persona deseosa de poder había trazado para mí.

Pensé en Jeanne. En su voz sincera, en sus palabras desafiantes, en su pasión que me desarmaba. En su forma de amar.

Fue entonces que supe lo que debía hacer. No me dejaría guiar por nadie más que por mi conciencia. Ni por la reina, ni por la Iglesia, ni por Françoise.

El Rey Sol volvería a ser dueño de su órbita.

Aunque me costase perder a todos los que creía cercanos. Aunque me quedase solo en la penumbra de mis decisiones.

Esa noche, por fin, comprendí que la virtud sin amor no era más que otra forma de ambición.

Y yo ya no estaba dispuesto a ser ambicionado.