Jeanne IV
D ebía ver a Ferdinand y hablar con él. Tenía que convencerlo de huir juntos de las garras de la Nueva Fronda y así ponerlo a salvo.
También debía contarle la verdad a Louis, pero era incapaz de imaginar su hermoso rostro descompuesto por el dolor al conocer el alcance de mi traición.
Era media mañana cuando abandoné mis aposentos.
Lo lógico quizá hubiera sido escapar del palacio por la noche, pero también hubiera sido lo más imprudente: Louis podría hacerme llamar, y si no me encontraba en mi habitación…
no quería ni pensarlo. Además, era mucho más sospechoso que una dama requiriera una montura en mitad de la noche que en horas diurnas.
Los mozos de las caballerizas estaban acostumbrados a verme aparecer a media mañana y solicitar que ensillaran a Liberté , por lo que confiaba en que no sospecharían nada extraño.
Otra cuestión eran los mosqueteros que custodiaban Versalles, que informaban a su frío capitán de cualquier movimiento sospechoso, pero el mío no tenía por qué resultarlo si los nervios no me traicionaban.
El palacio continuaba con su rutina de charlas y juegos en los salones, ahora que el luto había sido oficialmente levantado por Louis.
Al cruzarme con Aurore y Lucille, que subían por la Gran Escalera de los Embajadores en dirección a los Apartamentos del Príncipe, me preguntaron a dónde me dirigía vestida con mi traje de amazona .
—A galopar por los bosques —dije, sonriente—. He echado de menos a Liberté .
—Ah, no galopéis demasiado, madame. Seguro que su majestad quiere vuestros muslos en plena forma y no doloridos —soltó Lucille, abanicándose con picardía.
—¡Lucille! —la amonestó la duquesa, entre risas que yo compartí, aunque las mías, esta vez, fueron fingidas.
Hice una reverencia exagerada y luego acompañé mis palabras con un guiño:
—Mis muslos siempre están listos para recibir al Rey Sol.
Se alejaron, riendo, y yo hice lo mismo a un paso tranquilo para no levantar sospechas.
Debía dejar atrás Versalles con el corazón dividido en dos mitades imposibles de reconciliar: una leal a Ferdinand, el hombre con el que había compartido una infancia de ceniza y pesadumbre, y al que había jurado ayudar a alcanzar su destino; y otra entregada sin remedio a Louis, el hombre que había encendido en mí el placer y la felicidad.
Liberté relinchó suavemente al verme. Su pelaje dorado relucía incluso en la penumbra de las caballerizas. Lo acaricié con ternura, agradecida por su presencia amistosa, por aquel inesperado regalo que alegraba mis mañanas, y ordené que me lo prepararan sin más demora.
Me aseguré de que nadie me seguía antes de cabalgar hacia los límites del dominio del palacio. Mi plan era salir a los bosques por los que la corte solía salir a cazar, y luego desviarme hacia el camino real que llevaba directamente a París. A buen ritmo, estaría en la ciudad en unas tres horas.
Así fue como escapé de Versalles, con el corazón en un puño y la ansiedad atenazando cada músculo de mi cuerpo .
Llegué a la antigua capital a primera hora de la tarde. Dirigí a Liberté hasta la casa de los Montault, donde supuse que Ferdinand se ocultaría. No quedaban más familias fronderas en París en las que poder confiar la protección del príncipe de las sombras.
Toqué la aldaba de la puerta principal con decisión. Una criada me abrió, y, aunque no supo mi identidad, sí adivinó por mi vestido que venía de la corte de Versalles, por lo que me hizo pasar sin más demora.
El señor de Montault se sorprendió al verme ahí.
—La Nueva Fronda triunfará allá donde el Rey Sol no puede reinar —recité, y él contestó de igual manera—. El Vigilante me manda para hablar con el príncipe de las sombras. A solas.
—No hemos recibido su mensaje.
—Yo soy el único mensaje que necesitáis: la Semilla que germinará para que el príncipe de las sombras florezca.
Montault asintió y, sin más dilación, me llevó ante Ferdinand y cerró la puerta del salón para proporcionarnos intimidad.
Ferdinand había adelgazado desde la última vez que lo había visto y su rostro mostraba los signos de la impaciencia, tras tantas semanas ahí confinado, esperando noticias mías. Sin embargo, sus ojos brillaban como siempre lo habían hecho: azules, afilados, llenos de fe en su sino.
—Jeanne, ¿qué haces aquí? —preguntó, algo desconcertado, cerrando el libro que leía.
—Tenía que verte.
Nuestro príncipe se levantó de la butaca en la que había estado leyendo con aquella elegancia innata que tenía, posiblemente heredada de su sangre real.
—¿Qué ocurre?
—Huye, Ferdinand —dije sin rodeos ni trato protocolario—. No estás a salvo. Ya no.
—¿Qué estás diciendo?
—Lo que oyes. Hazme caso y vete lejos, muy lejos de Francia, donde Louis no pueda encontrarte.
—¿Louis? —escupió el nombre como si le supiera a sangre caliente—. ¿Ahora lo llamas así, con esa familiaridad?
Antes de que pudiera contestar a eso, Ferdinand caminó hacia la ventana. Apartó ligeramente las cortinas y contempló las calles de París.
—¿Y a dónde huiría, Jeanne? ¿A Inglaterra? ¿A los fríos brazos de los Orange? ¿A los ducados italianos? Sería un exiliado toda mi vida, sin nombre ni fortuna. Un fantasma.
—Pero estarías vivo.
—Eso no me basta. Mis hermanos y su descendencia deben caer.
—¡Son niños, Ferdinand! Niños y niñas inocentes.
—Tú también lo eras cuando aceptaste el honor de convertirte en una Semilla.
—¿Honor? —repetí, casi riendo de la indignación—.
¿Tienes la más mínima idea de lo que nos hicieron a mí y al resto?
¿Sabes que las chicas y los chicos descartados están ahora pudriéndose en tumbas sin nombre?
¿Eres consciente de que tuve que acostarme a la fuerza con hombres y mujeres, una y otra vez, para convertirme en una puta experta en complacer?
¿Qué tuve que renunciar a mis gustos, a mis deseos, a todo lo que podría haber sido, para construir un personaje que Louis pudiera amar?
—Claro que lo sé —replicó—. ¿Y qué importa eso? Tú no eras nadie cuando te sacaron de las calles. Ninguno de vosotros lo era. Todos hemos hecho sacrificios por un bien mayor .
Me quedé helada ante tanta frialdad. Ferdinand siempre había vivido arropado por las palabras de la Nueva Fronda, ajeno al mundo real, pero jamás pensé que el dolor que recibíamos en su nombre le resultara indiferente.
Lo miré como si nunca lo hubiera conocido en realidad.
—Mi destino es más importante que tus sentimientos, Jeanne —continuó, sin apartar la mirada de la ventana—. Y Francia es más importante que tu dolor.
Respiré hondo, conteniendo los reproches que ardían en mi garganta como veneno pugnando por salir.
—¿Y qué Francia estás intentando salvar? ¿Una en ruinas, construida sobre los cadáveres de los inocentes? ¿Una nación que se alimenta del cuerpo y la mente de sus propios hijos para mantener vivas las llamas de una revolución sangrienta? ¿Eso es lo que quieres heredar?
—Yo lucho por un mundo mejor —contestó—. Pero los cambios requieren sacrificios. Tu dolor fue uno de esos sacrificios necesarios.
Fui incapaz de responder a tamaña crueldad, por lo que di media vuelta para marcharme, sabiéndome derrotada.
—Si no te vas, Louis acabará contigo —le advertí, antes de cruzar la puerta—. Ya no puede permitirse ignorarte.
Ferdinand no se volvió. Su voz, cuando habló, fue un filo helado hundido entre mis costillas.
—Vete. Está claro que tu evidente amor por ese tirano te ha cegado.
Ya imaginé que pasaría esto; no se puede confiar en el carácter voluble y sentimental de una mujer.
Vete, Jeanne. Traicióname. Entrégale mi vida al Rey Sol.
Vamos, hazlo, y condena a Francia a un siglo de oscuridad por una noche de amor entre sábanas de oro .
—No sabes nada del amor —susurré—. Ni del mío, ni del suyo.
Y con eso, me marché.
Mientras cabalgaba de vuelta a Versalles, las palabras de Ferdinand se repitieron en mi mente, convirtiéndose en un eco que solo estaba hecho de amargura.
“Vete. Traicióname. Condena a Francia”.
Pero no quería traicionar a aquel príncipe que una vez juré honrar con mi sacrificio. Tampoco podía permitir la caída del único hombre que había amado.
Apreté las riendas de Liberté con fuerza.
Tenía que encontrar la manera de protegerlos a ambos del desastre. Pero, ¿y si todo lo que creía estar salvando no era más que un espejismo adornado por mis propias ilusiones?
Me negué a rendirme al desánimo.
Tenía que decidir si podía seguir amando a un rey al que debía mentir para proteger a quien ya estaba perdido.
Tenía que decidir a quién pertenecía mi alma antes de que alguien la reclamara por mí.
Tenía que contarle la verdad a Louis.