Louis IV #2
Stéphane dirigió una mirada rápida a su hermano menor y luego carraspeó, visiblemente incómodo.
—Majestad, alteza, no quiero parecer impertinente, pero ¿acaso el marqués de Rochefort no es…? Quiero decir, todos en Versalles conocen sus inclinaciones hacia el… vicio italiano. ¿Cómo va a ser un esposo decente para mi hermana un hombre que prefiere la compañía de otros hombres?
—El marqués de Rochefort es uno de los hombres más ricos de Francia —lo informé, calmado—.
Su nombre jamás ha estado ligado a traición alguna.
Y siendo recomendado por mi propio hermano, sé que posee un alma noble, independientemente de sus gustos personales .
¿Estáis rechazando, en nombre de vuestra hermana, el arreglo que tan generosamente ha dispuesto su alteza para ella?
Stéphane dio un paso al frente, y el tono de su voz se volvió desafiante.
—Mi hermana puede aspirar a algo mejor que un marqués invertido.
—Vuestra hermana, Stéphane —dije, entrelazando los dedos frente a mí—, lleva cuatro años en Versalles, dilapidando su honra a un ritmo que ni las cortesanas más aplicadas podrían mantener.
—Y en múltiples y muy variadas ocasiones —añadió Philippe con una media sonrisa de villano—. Yo mismo he sido testigo de unas cuantas.
Una sola mirada mía bastó para hacerlo callar, aunque no sin que chasqueara la lengua con evidente fastidio.
—No legislo sobre la vida personal de las damas que viven en mi corte —continué, dirigiéndome a Stéphane—.
Si Lucille de Valois ha decidido no llegar virgen a su matrimonio, no es asunto mío.
Vos la mandasteis aquí sin una figura masculina que la vigilara y ella ha hecho cuanto ha querido, sin molestarse en disimularlo.
—No pude trasladarme con ella a la corte, majestad —dijo el señor de Valois, con el orgullo herido—. Vos mismo me dispensasteis de ello por la enfermedad de nuestros padres.
—Sí, yo os dispensé, pero fuisteis vos quien elegisteis quedaros en la Gascuña en lugar de venir a supervisar el comportamiento de vuestra hermana, como habría sido lógico.
—Entonces ha sido Versalles quien la ha pervertido.
Philippe soltó una carcajada ahogada.
—Yo diría que Lucille ya venía pervertida de casa. Aquí solo la hemos perfeccionado, pulido y envuelto en encaje.
Vi cómo Stéphane apretaba los puños, furioso por la pulla de mi hermano.
—Basta —dije, sin alzar la voz, pero dejando claro que ni una palabra más se pronunciaría sobre la virtud de Lucille de Valois—.
Tomad lo que se os ha ofrecido como una oportunidad, no como una humillación.
O aceptáis este matrimonio y, con él, una vida cómoda y una nueva posición para vuestra casa, o nada. Vos decidís, Stéphane.
El silencio fue largo e incómodo, pero, finalmente, asintió.
—Comprendo, majestad.
—Me alegra oírlo, puesto que tengo en estima tanto a vuestra hermana como a nuestro joven mosquetero, aquí presente —dije, sonriendo de nuevo.
Ante mis palabras, Bastien de Valois, quien había permanecido en el más absoluto mutismo mientras su hermano mayor y yo discutíamos, enrojeció.
—Majestad.
—¿Cómo os prueba la vida de mosquetero, Bastien?
—Me hace feliz serviros cada día.
—Sé que tuvisteis un papel importante y vital en la desaparición de la Corte de los Milagros, y os lo agradezco. Mi capitán no se equivocaba: sois un buen mosquetero.
—No sé qué decir, majestad.
—Vuestra lealtad es más poderosa que cualquier palabra —dije, poniendo una mano en su hombro—. Decidme, ¿os quedaréis en Versalles o Gérald de la Reynie os envía de vuelta al cuartel del Louvre?
—En realidad —contestó Bastien—, estaba despidiéndome de mi hermano; he sido destinado a Saint-Germain para proteger al Delfín y a las Hijas de Francia.
Aquello me inquietó. ¿Acaso Gérald estaba reforzando la seguridad en Saint-Germain sin avisarme de ello?
—En ese caso, mis hijos y los de su alteza están en buenas manos —respondí, escondiendo mis temores y mi inquietud tras una sonrisa contenida—. Id con Dios, Bastien.
Sus ojos, grandes y oscuros como todos los de los Valois, reflejaban una mezcla de honor inquebrantable y brava juventud. Tal vez no fuera mala idea tener a alguien así cerca de mis hijos y mis sobrinas.
Los hermanos de Valois se retiraron al fin, con sendas reverencias; Stéphane con el orgullo sangrando y Bastien sintiéndose mortificado por la actitud de su hermano mayor.
Philippe y yo permanecimos allí unos segundos más, entre las sombras verdes del bosquete, hasta que retomamos nuestros pasos en dirección al Gran Canal.
—¿No crees que has sido un poco duro con Stéphane? —preguntó Philippe al fin, rompiendo el silencio.
—No.
—Por supuesto que no —dijo con una sonrisa torcida—. Lo olvidaba. Tú nunca eres duro, solo justo.
Volví la vista hacia el Gran Canal. La superficie del lago artificial era tan lisa como un espejo pulido, tan hermoso como siempre lo había imaginado en mis sueños, en aquellos en que Versalles crecía y se ampliaba hasta convertirse en el palacio que ahora era.
—Dime que, al igual que quieres indultar a las familias de la Nueva Fronda, perdonarás a nuestro hermanastro.
—No estoy seguro de poder hacer eso.
—Louis, te lo suplico.
—No supliques. Suplicar está muy por debajo de tu estatus.
—Perdonar también lo está, y, no obstante, absolviste a Bastien de Valois, y ahora también a esas familias que han conspirado contra ti. ¿Por qué no a Ferdinand?
—Porque Ferdinand es el símbolo que pondría en peligro…
—¡Al infierno con eso! —estalló Philippe, siempre propenso a dejarse llevar por sus emociones—. Creí que Jeanne de Lormagne te había ablandado ese corazón de piedra que a veces tienes, pero ya veo que no.
Y, con un resoplido indignado, me dejó solo escuchando el rumor del viento entre los bojes recortados, el lejano tintineo de la fuente de Latona y las conversaciones cortesanas que se elevaban entre los bosquetes que me rodeaban.
Philippe y yo nos peleábamos así al menos una vez a la semana, ya fuera por un asunto importante o por la más absoluta nimiedad.
Yo tenía que fingir frialdad y él se exasperaba y desaparecía durante días, incluso semanas, negándose a hablarme hasta que yo le ordenaba que dejase de actuar como un adolescente herido y volviese a Versalles a cumplir con su papel.
Entonces, todo volvía a la normalidad, al menos hasta la siguiente discusión.
Tenía el firme convencimiento de que mi hermano muy pronto comprendería que Ferdinand, ese príncipe de las sombras que amenazaba a nuestro linaje, debía morir.
Philippe había madurado desde que había vuelto de la guerra y se había casado con Aurore; sus ansias de destacarse como líder militar habían sido poco a poco sustituidas por las ganas de servir a Francia de la mejor forma posible.
En los últimos años, Philippe se había visto envuelto por la muerte: la de Henriette, la de sus soldados, la de su antiguo amante…
Estaba claro que no quería derramar más sangre, pero también debía ser consciente de que el poder requería sacrificios.
Lo que no sabía en aquel momento es que el sacrificio que yo tendría que hacer sería el más doloroso de toda mi vida y mi reinado.