Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis IV
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Louis IV

P hilippe me acompañó al Gabinete del Consejo, dispuesto a defender el posible casamiento de su hija Marie Louise.

—Quizá has olvidado que mi sobrina es una hija de Francia, hermano —dije, sin dejar de andar, con él a mi lado y Bontemps tras nosotros—. Si se casa con Carlos, será reina de España.

—Al infierno con eso —replicó Philippe—. Ponme delante al hombre que haya insinuado que debamos casar a mi hija con ese rey español enfermizo, y sabrá contener la lengua la próxima vez que se atreva siquiera a pronunciar el nombre de Marie Louise.

—¿Acaso pretendes permitir que se case por amor?

—A mí me lo permitiste.

—Tú ya habías cumplido con tu deber. Ella no se ha ganado aún ese privilegio.

Philippe me agarró de la casaca, obligándome a detenerme bruscamente. Bontemps tuvo que frenar a tiempo para no chocarse con nosotros.

—Mi hija tendrá opinión y voto en su futuro. Dispón varios posibles arreglos de matrimonio para ella, y yo, como su padre, valoraré su opinión y su felicidad. Ambas cosas pueden ir de la mano, Louis.

Sacudí la cabeza.

—No vamos a discutir este asunto ahora, ni mucho menos aquí, en un pasillo; mis ministros aguardan.

—Sí, como aguardan a un amo cruel —espetó él, y yo opté por ignorar su enésima pulla.

Philippe soltó un bufido, pero me siguió en el más absoluto y enfadado silencio, que yo no rompí hasta cruzar la puerta del Gabinete del Consejo.

—Señores, lamento el retraso. Ha llovido durante todo el viaje desde Saint-Germain y eso ha ralentizado nuestro paso —dije, situándome en el extremo de la mesa que me correspondía.

Solo cuando yo me senté en el sitial mis ministros me imitaron, así como Raoul de Brissac y Philippe, que se sentaron a mi izquierda y a mi derecha, respectivamente—.

Estoy cansado y quiero que esta sea una reunión breve antes de recibir a los embajadores de Leopold. Hablad.

—Majestad, todo está listo para el juicio público a las familias fronderas —habló Raoul, tomando la iniciativa—.

Las precauciones de seguridad han sido tomadas.

Mis hombres, junto con los de Gérald de la Reynie, rodearán el atrio de Notre-Dame para sofocar cualquier posible revuelta en favor de la Nueva Fronda.

—Bien. ¿Qué más?

—Si los nobles son encontrados culpables, andarán descalzos desde Notre-Dame hasta la Place de Grève, donde el verdugo esperará para ejecutarlos, como es tradición.

—No —dije, cortante.

Raoul se quedó estupefacto ante mi negativa, si bien se recompuso enseguida.

—Perdón, no os entiendo, majestad.

—He dicho que no habrá ejecución como castigo a su traición. Serán encontrados culpables frente a los ojos de Notre-Dame, y yo mismo dictaminaré su sentencia.

Mi buen amigo pareció todavía más confuso, y miró al resto de hombres presentes, que no se atrevieron a decir nada. Ni siquiera Philippe, que escuchaba en silencio.

—¿Y su sentencia no será la muerte?

—No.

Raoul me contempló como si le acabara de escupir vino en la cara.

—Majestad… con todo el respeto que os debo, cometéis un error. Un error garrafal. No podéis dejar con vida a esas alimañas. Vuestra indecisión será interpretada como debilidad, y os lo aseguro: la Nueva Fronda no conoce mayor festín que el hedor del miedo.

—En absoluto es indecisión, Raoul, sino estrategia —le corté, con voz gélida—. No tengo intención de mancharme las manos con la sangre de familias nobles. No cuando puedo hacer algo más útil con ellas.

El resto de los ministros presentes —Chamillart, Louvois, Croissy— bajaron la vista, incómodos ante mi tono. Pero Raoul, fiero y, para su desgracia, sin pelos en la lengua, apretó los dientes.

—¿Más útil? ¿Qué utilidad puede tener un traidor más que servir de advertencia en una pica frente a la Bastilla?

—La utilidad de redimirse sirviendo a la corona —respondí, manteniéndole la mirada—. Los enviaré al Nuevo Mundo, a tomar tierras y levantar ciudades en mi nombre. Si mueren en el intento, Francia no habrá perdido nada. Si triunfan, me deberán su gloria. Y yo ganaré sin derramar sangre en casa.

—¡Majestad, eso es una locura! —espetó Raoul, alzando la voz más de lo debido—. Ninguno de vuestros ministros os ha insinuado una idea así.

—Lo sé. El consejo no ha llegado de ninguno de mis ministros y, sinceramente, me sorprende que ni uno solo de ellos haya sugerido la opción de enviar a las familias traidoras a la Louisiana o a las Antillas —declaré, escrutando con dureza a cada uno de los hombres que, en teoría, debían aconsejarme y pensar en el bien del reino por encima de todo.

Raoul chasqueó la lengua.

—Ya entiendo, pues, de dónde ha llegado semejante idea. Se trata de esa mujer, esa tal Jeanne, que os ha ablandado el corazón. Os está desviando del deber.

—Cuidado —dije, con una calma furiosa—. Sois un buen amigo y aprecio vuestra compañía y vuestro consejo, pero estáis hablando con vuestro rey.

—Y vos estáis dejando que una amante protestante dicte la política del reino.

—¿Qué decís, majadero? —intervino Philippe—. Si vos mismo sois protestante.

El silencio fue total y el aire del gabinete se volvió una losa. Todos los ojos se clavaron en Raoul.

Yo me puse en pie, despacio.

—Repetid lo que habéis dicho, señor de Brissac.

Raoul, que no era un cobarde, se mantuvo firme, pero su rostro había perdido todo rastro de color.

—He dicho que… que Jeanne de Lormagne no es digna de vuestra confianza. Corren rumores acerca de su fe y de su dudoso pasado.

—¿Qué insinuáis, señor de Brissac?

Pude ver cómo una gota de sudor bajaba por su sien. Aun así, no se retractó de sus palabras.

Mi mandíbula temblaba de rabia, por lo que me obligué a respirar hondo.

No debía mostrar debilidad, ni siquiera por el amor que profesaba a Jeanne.

Gerald de la Reynie ya había mandado a sus mosqueteros a las tierras de Lormagne, en Normandía, para averiguar quién había herido a Jeanne hasta dejarle la espalda hecha una carnicería.

Sus papeles de nobleza parecían, en efecto, verdaderos, pero Gérald quería corroborarlo mediante sus propios hombres, y yo no me había negado a ello.

Mantuve la mirada a Raoul, sin decir ni una palabra, hasta que él retrocedió y bajó la cabeza, sabiendo que se había propasado.

—Si yerro, me retractaré de ello —declaró—. Pero si acierto, y ella no es de fiar…

Levanté la mano para detener sus palabras, y Raoul calló.

En aquel momento, mis pensamientos eran un torbellino imposible de detener.

Jeanne era la mujer que me miraba con esos ojos llenos de un pasado que no quería compartir conmigo, que hablaba como si supiera más de mí que yo mismo, que se dejaba acariciar tiernamente hasta caer dormida en mis brazos.

¿Podía ser ella parte de esa red de sombras que amenazaba con ahogarnos?

No, no era posible. El amor y el deseo que leía en sus ojos cuando la tomaba no podían ser fingidos.

—Si volvéis a hablarme así, Raoul, más os vale preparar vuestro retiro. No volveréis a pisar este gabinete en vuestra vida, y me aseguraré de que quedéis relegado en la corte.

Raoul inclinó la cabeza en señal de sumisión, aunque su rostro seguía pétreo.

—Sí, majestad.

Antes de que pudiera volver a sentarme o abandonar el gabinete, Philippe se puso en pie. Me temí lo peor. Y lo peor, por supuesto, llegó:

—Ha llegado a mis reales oídos que alguno de vosotros, mentecatos sin corazón y con el miembro arrugado por las pobres opciones de cópula satisfactoria que sin duda tenéis, habéis osado proponer el matrimonio de la princesa Marie Louise, mi hija , con ese rey español al que su propio pueblo llama El Hechizado —dijo, sin inmutarse cuando mis ministros empezaron a mostrar ofensa por sus palabras—.

Si alguna vez, en toda vuestra triste vida, volvéis a hablar del futuro de su alteza sin que yo esté presente, juro por Dios, por Francia y por toda la sangre azul que corre por mis venas que no veréis un solo amanecer más en Versalles.

Tuve que contener una sonrisa cuando Philippe echó a andar sin posibilidad de réplica ni intención de despedirse con cortesía. Seguí sus pasos y, cuando los mosqueteros cerraron las puertas del Gabinete del Consejo, ambos nos echamos a reír.

Necesitaba aire. Necesitaba perderme en el verde que envolvía Versalles como un templo hecho de mármol y naturaleza para recordarme a mí mismo que ese palacio no era una jaula, sino el símbolo viviente de mi amor por Francia, de mi ambición de convertir este reino en la luz de Europa y del mundo.

Philippe me siguió, en silencio. Me conocía lo suficiente como para saber cuándo debía callar, y aquel era uno de esos momentos.

Caminamos sin rumbo fijo, descendiendo por la Avenida Real en dirección al Gran Canal.

En un momento dado, giramos hacia el Bosquete del Delfín, y allí nos encontramos con Stéphane de Valois junto a su joven hermano, que lucía la librea azul de los mosqueteros del rey.

Al vernos, ambos se inclinaron ante nosotros.

—Buenos días, majestad. Alteza —nos saludó Stéphane.

—Hermanos de Valois —respondí, componiendo esa expresión distante que la corte exigía de mí—. Espero que vuestra estancia en Versalles esté resultando tan placentera como útil. Decidme, ¿habéis encontrado ya un pretendiente para vuestra hermana?

—Aún no, majestad. No tengo la riqueza suficiente para atraer demasiados candidatos que quieran desposarla, a pesar de su evidente belleza.

—Entiendo —asentí con un leve movimiento de cabeza, y luego me volví hacia Philippe—. Entonces os alegrará saber que su alteza, el duque de Orleans, ha propuesto al marqués de Rochefort como esposo para vuestra hermana.

—Etienne de Rochefort estaría encantado de casarse con nuestra querida Lucille de Valois —confirmó Philippe, cruzando las manos tras la espalda—.

También está dispuesto a aliviar vuestra situación financiera.

Es un buen amigo mío, además de un hombre gentil que tratará con respeto a vuestra hermana.

Hasta que la muerte los separe, claro está.