Jeanne III
P ensé que cuando volviéramos a Versalles, Louis me pediría que me mudase a los Apartamentos Reales, tal y como era costumbre con la favorita del rey. Pero no lo hizo, y eso me intranquilizó más de lo que quise admitir.
Aparentemente, su devoción por mí continuaba intacta, aunque mientras estuvimos en Saint-Germain no buscó la intimidad física conmigo más allá de compartir mi lecho.
Me obligué a no darle demasiada importancia.
El encuentro con su pueblo en París lo había sumido en un estado reflexivo, y las preocupaciones lo abrumaban: la Nueva Fronda y su influencia en la antigua capital, la posibilidad de una nueva guerra, esta vez por el derecho sobre la corona de España, y la presión de sus ministros para que volviera a contraer matrimonio.
Era normal que no tuviese ánimos más que para abrazarme, besarme suavemente en los labios y hablar conmigo.
Durante el viaje de vuelta a Versalles, continuó tomándome de la mano en el carruaje y llevándosela a los labios para depositar ligeros besos en mi piel.
También me dedicaba esas sonrisas contenidas tan suyas, como si fuera incapaz de mostrar su felicidad al completo delante de su hermano y su cuñada.
No obstante, cuando volvimos a pisar Versalles, se despidió de mí en el Patio de Mármol frente a toda la corte que se había reunido para recibirnos, prometiéndome venir a verme a la tarde, y yo me quedé ahí, extrañamente abandonada, hasta que Lucille de Valois se adelantó y se ofreció a acompañarme a mi habitación.
—¿Qué tal por Saint-Germain? ¿Cómo están nuestro príncipe y nuestras princesas?
—Bien, sanos y contentos —respondí, permitiendo que Lucille se colgase de mi brazo y guiara mis pasos escaleras arriba.
—¿Y qué ocurrió en París, madame? Toda la corte habla de ello.
—Qué rápido corren las noticias.
—¿En Versalles? —rio ella, alegre—. En Versalles, las noticias son rumores incluso antes de que el pecado haya sido cometido.
—Ya veo.
—Caramba, ¿os ocurre algo? Parecéis muy alicaída. ¿Acaso os habéis peleado con su majestad?
—No, todo lo contrario. Las cosas entre el rey y yo no podrían ir mejor.
—Qué alegría; eso significa que veremos sonreír a su majestad de nuevo, y que volveremos a bailar y a reír, ahora que por fin el luto por la reina ha concluido. Seguro que el rey está deseando regresar a la normalidad.
—Seguro que sí.
Cuando llegamos a la puerta de mi habitación, Lucille me tomó de las manos con afecto.
—Por cierto, he cuidado estos días de Liberté , tal y como me pedisteis. Es un caballo precioso, tan noble como testarudo. Un poco hosco, también, si me permitís decirlo —comentó, risueña, y luego me guiñó un ojo—. Como a mí me gustan.
—Sois de lo que no hay, Lucille.
—No es la primera vez que me dicen eso.
Soltó una risita y entró en mi habitación sin esperar invitación. Dio un par de vueltas, curioseando entre mis cosas, antes de abrir el baúl que contenía mi ropa. Yo se lo permití, divertida por su desvergüenza.
—¡Oh, Jeanne! No tenéis nada apropiado para un baile de disfraces.
—Un baile de disfraces que aún no se ha anunciado —le recordé, sonriente, sentándome en el tocador.
Coline, que había aguardado mi llegada, corrió a deshacer mi peinado.
—¿Y este corsé de brocado violeta? Es absolutamente indecente. Apuesto a que es un regalo del rey —dijo, sacando la prenda del baúl con regocijo.
—En realidad, no lo es. Lo traje desde Lormagne, aunque nunca pensé que tendría oportunidad de usarlo.
—Quizá en la intimidad de la chambre du roi , para un juego de roles en que vos seáis una mujer de la vida y su majestad sea un rudo soldado que llega a vuestros brazos en busca de consuelo nocturno.
—¿En Versalles se conoce vuestro nivel de libertinaje? —pregunté, incapaz de ocultar la diversión que Lucille siempre provocaba en mí. Era de las mujeres más ocurrentes y brillantes de la corte, y apreciaba que me hubiera ofrecido su amistad sin condiciones.
—Ya lo creo que sí. El único que no lo sabe es mi hermano mayor. Está demasiado ocupado tanteando a las damas casaderas de la corte para fijarse en lo que yo hago o dejo de hacer.
—Entiendo. ¿Y puedo preguntar qué buscáis entre mis vestidos?
—Ideas e inspiración para mí, por supuesto. Quiero ir al baile de disfraces caracterizada de diosa romana, con drapeados y joyas hasta en los tobillos. Puede que incluso enseñe una pierna. A ver si así provoco un infarto a Madame de Maintenon .
Sus palabras me hicieron reír, y le permití seguir revolviendo en mis pertenencias con ese descaro tan suyo, mientras Coline se ocupaba de mí.
Habíamos dejado la puerta abierta para que corriera un poco de aire y hablábamos de todo y de nada, ociosas, cuando una sombra se personó ante nosotras.
Mi sangre se heló de inmediato ante su presencia.
—¿Madame de Lormagne? —dijo el Vigilante, con voz seca. Seguramente había esperado encontrarme sola, como siempre, y no en la compañía de Lucille de Valois. Su rostro, serio y molesto, no dejaba de mirar el mío.
Lucille se giró al reconocerlo, con un respingo divertido.
—Oh, cielos. Qué susto me habéis dado. ¿Sois acaso ahora parte de la guardia de palacio?
—No, querida —respondió él, quien mutó su rostro para transmitir cordialidad. Era un verdadero maestro en aquel arte—. Pero traigo un recado urgente y privado para madame. Si nos permitís intimidad…
—¡Qué misterio! —canturreó Lucille—. No creáis que podéis engañarme. Intentáis cortejar a Jeanne, a pesar de que nunca podréis competir con el rey. ¿No deberíais buscar a vuestra preciada futura esposa en otros aposentos?
El vigilante la fulminó con la mirada, algo que ella se tomó a broma, dejando claro que su relación era lo suficientemente estrecha como para permitirse semejante intercambio de diálogos.
—Os dejaré a solas, pero amenazo con regresar para ver mejor ese vestido color perla que escondéis al fondo del baúl, Jeanne. Me muero por saber si os queda tan bien como imagino.
Lucille se deslizó hacia la puerta con elegancia, no sin antes cruzar una mirada inquisitiva con el Vigilante, y se alejó a paso ligero de mi habitación .
Al quedarnos a solas, el Vigilante cerró la puerta con un chasquido, despidió a Coline con un ademán impaciente y se volvió hacia mí.
—¿Qué haces jugando a las princesitas? —escupió—. ¿Has olvidado por y para qué estás aquí?
Mi cuerpo se tensó, a pesar de que ya había prevenido aquellas recriminaciones. Me obligué a mantener la voz calmada, bajo control.
—No he olvidado nada. Pero necesito más tiempo.
—Tiempo es lo único que no tenemos. El príncipe de las sombras aguarda en París, y la ciudad está en su punto de ebullición para la revuelta.
El corazón me dio un vuelco. ¿Tan pronto? El Vigilante caminó impaciente por la estancia,como un animal enjaulado.
—Los Montault ya están reuniendo armas y hombres, y, gracias a la repentina y sorpresiva visita de Louis a la ciudad, los ánimos están más enfrentados que nunca.
—¿Qué queréis decir?
—La mitad de París es fiel a Louis, y la otra mitad se ha enfurecido al comprender que sus ciudadanos se han dejado engañar con falsas promesas de pan y empleo.
—No son falsas promesas. Louis las cumplirá, estoy segura.
—Con Louis, todo son falsas promesas. ¿O acaso mi padre no te contó la que le hizo a él cuando accedió al trono?
—No, claro que no me la contó —dije, incorporándome y enfrentándome a él—.
Pero si creéis que las Semillas somos ciegas y sordas, estáis muy equivocado.
Nos regasteis con odio y resentimiento, pero también con inteligencia.
Y no se necesita mucho para armar el rompecabezas, especialmente con un hombre como vuestro padre, que hablaba por los codos mientras me metía su asquerosa verga en la boca.
La bofetada fue inmediata, violenta, y estalló contra mi mejilla, enviándome contra la cama.
—Cuidado con esa lengua, Jeanne.
No me achanté. Esta vez no.
—Vuestra familia, caída en desgracia en el reinado de Louis XIII, fue apartada de la corte del Louvre por la mala gestión de vuestras tierras.
El viejo monarca os quitó gran parte de ellas y os humilló públicamente al hacerlo, por lo que vuestro padre, ese gran señor que creía que ser noble significaba no tener que rendir cuentas ante Dios y el rey, juró que acabaría con ese linaje.
—Louis XIII nos lo quitó todo, y Louis XIV no quiso devolvernos las tierras que siempre fueron de mi familia. Me obligó a luchar para él, a cederle mis hombres y mi escasa fortuna, arruinándome por completo mientras mi apellido languidecía en las sombras.
—Y Ferdinand I os convertirá en la familia más poderosa de Francia —contraataqué, furiosa—. Pero se necesita algo más que un sucio título para vosotros, la carroña que se cree nobleza solo porque alguna vez os invitaron a una maldita misa en Saint-Denis.
—No hacemos esto por la gloria de mi apellido, sino por la salvación de Francia.
«Mentiroso. Mentiroso, mentiroso, mentiroso», escupí con los ojos.
—Por la salvación de Francia —repetí, sarcástica.
Él dio otro paso hacia mí, con la mano alzada, temblando de rabia contenida. Se detuvo a tiempo y no volvió a golpearme, aunque sin duda ardía en deseos de destrozarme la cara. Hacerlo sería admitir que había perdido el control, dejándome marcada y poniendo en peligro mi posición.
—Cuidado, porque quizás estás confundiendo tu papel en este juego. No eres libre. Eres nuestra arma, una entre muchas. Eres tan descartable como lo fueron las otras.
Me incorporé de la cama lentamente, sintiendo la quemazón de la rabia latir en mi rostro como una antorcha viva.
—Entonces deberíais haber elegido otra. Porque si vais a tratarme como un arma, más os vale rezar para que no decida convertirme en una que echa fuego al más mínimo toque.
Sus ojos se entrecerraron. El insulto estaba claro, y el desafío también.
—¿Crees que esa bravuconería tuya significará algo cuando estés colgada por los tobillos en la Bastilla, con la lengua arrancada y el vientre abierto? Créeme, Jeanne, ni el mismísimo Rey Sol podrá salvarte si fallas.
—No voy a fallar —espeté—. Lo haré por el destino de Francia.
Busqué la daga que ya nunca llevaba encima, la misma que había abandonado en el baúl que Lucille había dejado abierto, y con ella apunté al cuello del Vigilante.
—Dios sabe que ya he entregado demasiado a este país que amo y odio en la misma magnitud, porque se ha tragado todas mis alegrías, una a una, y por Francia he sido golpeada, abusada, humillada y flagelada una y otra vez, rompiendo mi voluntad, vaciándome el corazón y la mente de sentimientos nobles para llenarme de rencor y rabia, para convertirme en un arma.
»Ni una sola gota de sangre de la que habéis vertido en nombre de la Nueva Fronda os importa lo más mínimo.
Pero a mí sí. Recuerdo los nombres de todas las Semillas que descartasteis; cuerpos de niños y niñas que ya no servían a vuestra causa y que silenciasteis de un disparo o una estocada en el corazón para luego arrojarlos a los perros .
Me adelanté un paso, sin que me temblara la mano con la que sostenía la daga.
—Yo decidiré el destino de Francia, y no tú.
Hubo un silencio denso, cortante. El Vigilante me observó durante un segundo eterno, y por primera vez noté duda en sus facciones. Tal vez incluso miedo.
—Muy bien. Pues demuestra de qué estás hecha, Jeanne. Porque ya no hay marcha atrás.
Y así, sin más, se fue, dejándome sola en mi habitación, con el corazón latiendo como un tambor de guerra y la decisión clavada en el pecho como un alfiler envenenado.
Había llegado el momento de elegir: traicionar al único hombre que había amado y deseado, o convertirme en lo que me habían moldeado desde niña.
Una sombra para destruir el sol.