Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis III
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Louis III

A quella noche, en Saint-Germain, le abrí mi corazón a Jeanne por primera vez sobre mis temores respecto a la Nueva Fronda.

Le hablé de aquella canción cruel que los mendigos y maleantes de París cantaron bajo la bóveda de la desaparecida Corte de los Milagros y de las pesadillas que me provocaba.

Le hablé del Asunto de los Venenos y del serpentio que casi me había matado, así como de los ataques que habían tenido lugar entre los salones de Versalles.

Le hablé del diario que llevó a Gérald a detener a decenas de las familias fronderas y la insistencia de Raoul de Brissac para ejecutar a todos sus miembros de forma pública, algo a lo que yo aún me resistía.

Le hablé de todo lo que pesaba en mi corazón y ella escuchó.

—Y luego, esas tres cartas del tarot, las que me tiró Madame Delacroix antes de cortarse el cuello frente a mí…

—¿Qué tirada era?

—La Torre, El Ahorcado y El Juicio —recité—. Todas del derecho. Al parecer, la Torre representa la caída y el Ahorcado el prisionero.

—Alguien cuyo destino está suspendido y atrapado —añadió ella.

Estábamos tumbados en la cama, con las manos entrelazadas y nuestras cabezas muy juntas, apoyadas sobre la almohada. Había sido un día largo y necesitaba paz, pero, como era habitual en mí, mi mente jamás descansaba.

—¿Sabes algo del tarot?

—Solo un poco. Si no me equivoco, la carta de El Juicio es sinónimo de justicia, de renacimiento.

—Así es —afirmé, acariciando su mano—. A veces sacudo la cabeza y me digo que son tonterías paganas, pero luego pienso que esas tres condenadas cartas vaticinan la caída de mi linaje, la llegada del príncipe de las sombras…

y que el renacimiento está ligado a él, sentándose en mi trono, mientras yo caigo.

—¿Qué piensas hacer con ese príncipe de las sombras si lo atrapas? —preguntó Jeanne.

—Lo más sensato sería ejecutarlo de inmediato.

Ella no se sobresaltó por mi declaración, pero pude ver en su rostro una especie de dolor contenido, como si acabara de confirmar algo que temía, aunque yo me había cuidado de confiarle que Ferdinand, en realidad, era mi hermanastro.

Ese era un secreto que en Versalles solo conocíamos Gérald, Philippe y yo.

—¿Acaso lo dejarías vivir?

—No lo sé, pero matarlo sin un juicio justo, sin intentar siquiera escucharle…

—¿Escucharle? —exclamé, confuso por sus palabras—. ¿Por qué debería escuchar a un traidor?

—Es una persona, Louis. Un joven que quizá ni siquiera eligió el papel que le han obligado a representar.

—¡Por eso es un peligro! —estallé, incorporándome. La sábana resbaló por mi torso—. Una pieza en el tablero que los traidores utilizan a voluntad. Si no elimino esa pieza, la conspiración continúa. Si lo hago, la traición termina.

Jeanne se incorporó también, sentándose frente a mí .

—Mostrarías piedad si le dieras a ese hombre la oportunidad de hablar, de redimirse.

—Hablas como Philippe, mon cœur . —Suspiré. Me pasé una mano por el rostro, cansado—. Pero mi hermano es un iluso y a veces le pierde su buen corazón. Esto no es un juego. Es el trono de Francia.

—Philippe cree en ti, Louis. Quizá considera que aún puedes detener este derramamiento de sangre antes de que se vuelva irreversible.

Me di cuenta de que buscaba las palabras con cuidado, porque no quería herirme.

—¿Qué intentas decirme, Jeanne?

—Que puedes ser más que un rey implacable. Puedes ser justo y sentar un precedente con un acto de compasión en vez de con una ejecución sumaria.

—¿Compasión con el príncipe de las sombras, que es mi enemigo?

—¿Y si no lo es? ¿Y si es una víctima que aún puede elegir otro camino? —prosiguió ella—. Antes has dicho que El Ahorcado representa a alguien atrapado. Puede que eso signifique que el príncipe de las sombras aún no sabe que la Nueva Fronda lo está utilizando.

Apoyé los codos sobre las rodillas y me incliné hacia adelante, encajando el rostro entre las manos. Me ardían las sienes de tanto pensar. Estaba agotado.

—Raoul de Brissac quiere derramar la sangre de la Nueva Fronda —murmuré—. Gérald quiere atrapar al príncipe de las sombras. Todos quieren algo. Justicia rápida, sin sombra de duda. Y yo, en realidad, no estoy seguro de nada.

—Eso ya es un buen comienzo —dijo Jeanne suavemente, acariciando mi brazo para consolarme—. Un rey que no duda es un necio, no un monarca.

—¿Qué harías tú en mi lugar?

Ella pareció sorprendida.

—¿Me pides consejo a mí, una mujer?

—Te considero más inteligente y compasiva que la mayoría de mis ministros, ciertamente.

—¿Confías en mí? —preguntó.

—Confío en ti más de lo que debería —admití, besándola en los labios—. Y posiblemente más de lo que me conviene.

—Entonces, te diré que yo no ajusticiaría a los fronderos de forma pública, como te sugiere el señor de Brissac.

El Nuevo Mundo necesita gente que lo conquiste, y tú deseas hacerte con él.

Mándalos ahí y que lo tomen en tu nombre.

Así te desharás de ellos sin derramar sangre y, si triunfan, la gloria y la riqueza serán tuyas.

Si fracasan y los salvajes del Nuevo Mundo los hacen desaparecer, esa sangre no manchará tus manos.

—¿Qué más? —pregunté, embriagado por el filo de su inteligencia.

—Entrega las propiedades de esos traidores a familias que te sean fieles, y haz que envíen un representante a Versalles que te mantenga conectado con cada rincón de Francia.

Solo así podrás conocer los problemas de todos los condados de la mano de quienes viven en ellos.

Tus ministros no han pisado nada que no sean sus tierras y el mármol de Versalles.

¿Qué saben en realidad de la problemática del puerto de Calais o de la fabricación de jabón en Marsella?

Nada, porque jamás han estado ahí. Y tú tampoco.

—Cuidado con tu irreverencia, Jeanne —la advertí, con una sonrisa, que ella me devolvió.

—Con un consejo periférico podrías prever una crisis antes de que explote —dijo, animada por saberse escuchada.

—¿Estás insinuando que forme un consejo territorial?

—Sí. Uno pequeño, ágil, con representantes que no provengan de la aristocracia tradicional. Comerciantes, navegantes, militares que hayan servido en la guerra. Gente que tenga experiencia en asuntos mundanos y contacto con el pueblo llano.

No era una mala idea. De hecho, me parecía brillante. Pero habría resistencia por parte de la vieja nobleza, por descontado.

—Esos hombres podrían resolver problemas que mis nobles han ignorado durante años —dije, pensativo.

—Creo que sí, y si traen riqueza al reino, todos, los nobles y tú, saldréis beneficiados sin necesidad de subir más los impuestos.

—Lo que propones es una auténtica revolución monárquica.

—Sí. Cambiarías las reglas del juego. Y tú puedes hacerlo, porque eres el Rey Sol —declaró, con una sonrisa pícara, sabiendo que usaba mi título para halagarme—. Porque nadie en Europa se atreverá a llamarte tirano si consigues que tu pueblo viva mejor.

Apoyé la espalda contra el cabezal tallado de la cama, meditando en silencio. Su plan era tan inteligente como peligroso. Podría erosionar los cimientos del orden que la realeza había mantenido por generaciones.

—¿Y qué sugieres que haga con el príncipe de las sombras, entonces?

—No lo sé —admitió—. Usarlo, quizá. Como advertencia, como símbolo o como antídoto. Él puede ser lo que tú decidas que sea. No lo entregues al verdugo antes de conocer su utilidad. Y si no la tiene… entonces actúa como debas.

Jeanne tenía una manera de ver el mundo que me fascinaba.

Desde el día que la conocí, supe que bajo su preciosa apariencia había una inteligencia despierta; poder hablar de política con ella era un hecho que me fascinaba.

A Athénaïs solo le interesaban las riquezas en forma de joyas y tierras, Françoise vivía obsesionada con los designios de Dios y Aurore no había sido criada para saber nada de cómo se dirigía un reino.

Jeanne, en cambio, parecía feliz de poder ayudarme en aquel aspecto de mi vida que prácticamente no podía compartir con nadie.

—Te necesito cerca —le dije—. Siempre. En la corte, en mi cama. A mi lado.

—Estaré junto a ti hasta que decidas apartarme.

—Eso no ocurrirá. Te lo prometo.

—No prometas cosas que quizá no puedas cumplir. Yo nací para no ser nadie, y tú naciste para cambiar nuestro mundo.

Su rostro se sumió en una fugaz tristeza que no me pasó desapercibida, aunque duró apenas un suspiro. Después, la máscara volvió a aparecer, impecable, segura, estudiada. Y eso fue lo que más me inquietó.

Quizá había hecho bien en pedirle a Gérald de la Reynie que investigase quién era, en realidad, Jeanne de Lormagne.