Jeanne II
E l château de Saint-Germain era un precioso palacio de estilo renacentista, situado a un par de horas al oeste de París. Se alzaba sobre una colina con vistas al Sena, rodeado de bosques perfectos para la caza y unos jardines frescos y bien cuidados.
Cuando el carruaje se detuvo en la entrada, el Delfín y las hijas de Philippe de Orleans y la difunta Henriette de Inglaterra ya aguardaban nuestra llegada.
Louis descendió primero, con una sonrisa contenida, al ver a su único hijo varón legítimo y, por consiguiente, heredero a la corona de Francia.
Era un apuesto jovencito que en breve entraría en la adolescencia.
Había heredado el cabello azabache de su madre y los ojos azules de su padre; me recordó dolorosamente a Ferdinand, pues compartían la misma mirada grave, de conocer perfectamente su destino y querer estar a la altura.
Una vez más, me sentí desgarrada entre dos mundos: el amor que Louis despertaba en mí y la lealtad que le debía a Ferdinand.
¿Cómo iba a poder ser fiel a aquellos dos hombres sin traicionar a uno o al otro?
No se me ocurría ninguna solución factible.
Razonar con el Vigilante para abandonar la causa de la Nueva Fronda no era una opción.
Pedir a Louis que perdonase a su hermanastro y lo acogiera en el seno de la familia real se me antojaba inconcebible.
No veía ninguna luz en aquel enigma que me llenaba de ansiedad .
Junto al joven Delfín aguardaban las hijas de Philippe, que daban la mano a una niña pequeña de apenas dos años. Supuse que era la princesa Margueritte Antoinette, la última hija que Louis había logrado concebir con la reina María Teresa.
Observé en silencio cómo Louis se acercaba a su hijo, con paso firme. El Delfín le hizo una reverencia pulcra, distante. Louis aceptó ese saludo tan poco efusivo de su heredero y luego le colocó una mano sobre el hombro, en un gesto paternal.
—Tu madre ya descansa con Dios, hijo.
El chico asintió, con una seriedad casi ofensiva para su edad.
Ninguna lágrima asomó a sus ojos, y me pregunté si sería porque ya las había derramado todas o porque nunca había tenido.
María Teresa no había sido una madre cálida ni presente, tal y como mandaba el protocolo respecto a la crianza de los Hijos e Hijas de Francia.
—¿Habéis tenido buen viaje, majestad? —preguntó el Delfín, sin emoción alguna en su voz.
—Sí, alteza. Y aunque el motivo del viaje sea triste, me alegro de estar aquí.
El chico bajó la mirada, y Louis lo atrajo entonces hacia sí.
No era habitual que el Rey Sol abrazara a nadie en público.
Aquello me conmovió más de lo que esperaba.
Lo envolvió durante un breve instante y luego lo miró con profundo orgullo.
Entonces, su mirada se posó en la pequeña figura que aguardaba cogida de las manos de sus dos primas.
Marguerite Antoinette tan solo tenía dos años, y era la viva imagen de su madre.
Louis se agachó frente a ella. La niña no se movió, pero examinó el rostro de su padre con la solemnidad muda de la infancia.
Cuando él le extendió los brazos, ella se abalanzó contra su pecho con un gritito y le rodeó el cuello.
No pude evitar sonreír.
— Bonjour, mon trésor —dijo él, besándola en la frente y tomándola en brazos para colocársela en la cadera—. ¿Te han dicho ya lo mucho que te pareces a tu madre?
La pequeña negó con la cabeza, sujetando con fuerza los bucles castaños de su padre.
Louis me miró por encima del hombro, como si quisiera compartir algo de ese instante conmigo, y yo asentí, aunque mi garganta se había cerrado.
Era una escena preciosa y, a la vez, absolutamente aterradora.
Un recordatorio cruel de todo lo que estaba en juego, de todo lo que yo debía destruir.
Porque no solo Louis debía caer; también sus hijos debían ser borrados del mapa.
A mi izquierda, Philippe de Orleans ya se había acercado a sus dos hijas.
Las besaba y las alzaba del suelo con una familiaridad que delataba que aquel era un gesto habitual en él.
Marie Louise, la mayor, se aferraba a su cuello con la confianza absoluta que solo un amor paterno constante puede inspirar.
Anne Marie, en cambio, aparentaba ser más tímida.
Aurore se unió a ellos enseguida, saludando a ambas como si fueran sus propias hijas.
Yo me sentía fuera de lugar. Estaba allí por Louis, porque me había pedido que lo acompañase, pero hubiera preferido no poner rostro a aquellas cuatro criaturas que debían morir para que Ferdinand triunfase.
Además, verme rodeada de niños no hacía más que recordarme todos los embarazos que la Nueva Fronda me había arrebatado.
No me resultaba sencillo aparentar serenidad.
Fue entonces que, mientras tenía lugar aquel bonito reencuentro familiar, pude percibir una mirada que se clavó en mi nuca como un silencioso aguijón.
Gérald de la Reynie.
El capitán de los mosqueteros me observaba desde la distancia, con la mano sobre su espada y el rostro impasible.
Yo no era tan ingenua como para no entender lo que se escondía tras ese gesto aparentemente neutro: desconfianza.
Ese hombre, con el que apenas había intercambiado un par de palabras, parecía vigilarme por primera vez desde que había llegado a Versalles.
¿Por qué ahora, después de tantas semanas pasando desapercibida ante su mirada de halcón?
Aquello me inquietó.
No le sostuve la mirada, pero sentí su juicio perforando mi piel.
Intenté tranquilizarme, pero los recuerdos de los múltiples castigos sufridos volvieron a mí como una punzada: las marcas en la espalda, las promesas hechas a Ferdinand, los nombres de quienes habían muerto por creer que yo sería la última arma de una causa perdida.
Y allí estaba yo, rodeada de niños inocentes y de amor familiar, preguntándome si acaso no era ya parte del enemigo.
Philippe bromeaba con sus hijas, que reían encantadas las ocurrencias de su díscolo padre, cuando Louis se acercó a mí con el joven Delfín y la pequeña Marguerite.
—Saludad a Madame de Lormagne.
—Bienvenida a Saint-Germain, madame —dijo el Delfín, con las manos a su espalda y la espalda muy recta—. Tengo entendido que ahora sois vos quien ocupa la cama de mi padre.
—¡Louis! —lo amonestó él, molesto por su tono airado.
—No pasa nada, majestad —sonreí yo, inclinándome hacia el futuro rey—. Tengo la suerte de contar con el favor de vuestro padre y de ser cercana a su corazón, alteza, pero os aseguro que no vengo a sustituir a vuestra madre. Nadie en su sano juicio podría.
El joven Louis me miró con absoluta desconfianza, y supe que difícilmente me iba a ganar su simpatía. Para él yo no era más que una furcia que se acostaba con su padre .
En cambio, la pequeña Marguerite tiró suavemente de mi vestido para llamar mi atención.
Me volví hacia ella de inmediato, encantada por tenerla cerca, por sentir ese vínculo tan espontáneo y puro.
Sabía tratar con niños, pues por las casas de la Nueva Fronda habían pasado infinidad de ellos, y las Semillas de más edad cuidábamos de las Semillas más pequeñas.
Sin embargo, mi experiencia con la maternidad era tan inexistente como lo había sido mi derecho a la libertad.
Cada vez que una de nosotras quedaba embarazada tras los adiestramientos que los hombres de la Nueva Fronda consideraban necesarios para enseñarnos el arte del placer, la orden era clara: ningún niño debía nacer.
Nuestro cuerpo era un campo de cultivo, pero no para la vida de un inocente.
Muchas de mis compañeras murieron desangradas en catres de paja, con el rostro deformado por el dolor del aborto.
Yo misma estuve al borde de la muerte más de una vez.
Tras casi una docena de pérdidas, mi cuerpo simplemente dejó de concebir.
El Orfebre fue tajante al respecto: probablemente nunca volvería a quedarme embarazada. Lo dijo sin pena, por supuesto.
Desde entonces, había comprendido que la maternidad era otro de esos placeres que me habían sido arrebatados.
Como el amor o la libertad. Y por eso, estar cerca de criaturas como Marguerite me provocaba una ternura cubierta de espinas.
Me alegraba profundamente su risa, la inocencia intacta que la pequeña irradiaba, pero al mismo tiempo, una tristeza antigua me trepaba por el pecho.
Yo jamás tendría un hijo que me mirase con esa devoción.
Nunca escucharía una voz menuda llamarme madre.
Me fue difícil contener la emoción al ver a Marguerite aferrarse a mis faldas, con la inocencia de quien no conoce aún la crueldad del mundo, como si yo pudiera ser merecedora de ese amor sin condiciones.
Gérald se acercó entonces al rey, y aunque su voz fue baja, capté algunas palabras aisladas referidas a aumentar la seguridad de aquel palacio en el que pasaríamos algunos días.
Louis negó con la cabeza.
—Hoy no, Gérald.
Aquella decisión me sorprendió un poco. Saint-Germain era seguro, sí, pero en absoluto inexpugnable. Y Louis sabía que no había momento más vulnerable para él que cuando abandonaba la protección de Versalles.
Nos desplazamos a los salones interiores, donde aguardaba una merienda para compartir con los niños: dulces de almendra, frutas confitadas, leche caliente y bollería recién horneada.
Louis recibió los informes de institutrices y maestros acerca de los avances de su hijo, que a su edad ya dominaba el latín, el inglés y el español, además de saber montar a caballo y ser un buen espadachín.
También contamos con la visita del tío de Aurore, Lambert Bechard, quien se encargaba de velar por la salud de los cuatro pequeños.
Tras comer, los juegos de los niños ocuparon todo el salón.
Philippe de Orleans trataba de evitar que Anne Marie le robara un pastel, con la complicidad de su hija mayor, y los tres reían, ajenos al protocolo y a las etiquetas de la corte.
Louis sacudía la cabeza al ver a su hermano jugar así con sus hijas, pero, a la vez, tampoco podía borrar la sonrisa de su rostro.
Él jamás podría comportarse de esa manera con el Delfín, por lo que se mantenía cariñoso pero distante con sus hijos.
A Monsieur, en cambio, no le importaba en absoluto tirarse por el suelo y ser avasallado por los abrazos y risas de sus hijas .
—¿Siempre es así? —le pregunté a Aurore, sin dejar de contemplar la escena.
—Sí, con ellas sí —respondió, feliz—. Es la única ocasión pública en que le verás dejar de ser un hombre altivo y arrogante y mostrar su verdadero corazón.
Asentí, sin decir nada más.
La escena que se desarrollaba ante mis ojos parecía perfecta.
Pero no lo era. Porque tenía los días contados, y yo sería la mano que segaría la vida de aquellos que ahora me rodeaban, adultos y criaturas.
La revuelta de la Nueva Fronda se acercaba y nada, ni siquiera los muros del château que ahora nos cobijaba, podría detenerla.
Empezaba a entender que el amor, por sí solo, nunca sería suficiente para salvar un reino.