Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis II
67%

Louis II

P hilippe me encontró bebiendo a solas en uno de los salones del Ala Lescot, un rincón polvoriento del palacio del Louvre, donde él y yo habíamos crecido cuando no éramos enviados a Saint-Germain.

En esos pasillos habíamos jugado con Henriette, los tres juntos, corriendo y escondiéndonos entre cortinajes raídos y viejos tapices.

Siempre detesté aquel palacio. Cada vez que nuestra madre nos enviaba a Saint-Germain, lo agradecía en silencio.

Allí, al menos, escapábamos de las miradas inquisitivas de la corte, y yo podía dejar de oír el zumbido constante de ministros, curas y preceptores que se turnaban para modelarme como futuro rey.

Había una parte de mí —una parte rebelde, secreta, que casi nadie conocía— que deseaba no ser quien era.

Que anhelaba libertad y anonimato. Ser solo un niño más.

Pero el peso de la responsabilidad siempre acababa por aplastarme, y entonces volvía a aplicarme con una obediencia desesperada: estudiaba, memorizaba, escuchaba cada lección que me imponían para poder ser aquello que esperaban de mí.

Philippe solía decir que Versalles era mi declaración de independencia, un manifiesto de mármol y oro que marcaba mi ruptura con la antigua corte que había intentado amoldarme a su antojo.

Y no podía contradecirlo. Claro que Philippe también afirmaba que Versalles era una extensión desmesurada de mi ego, pero así era mi hermano: mordaz hasta el tuétano, incapaz de resistirse a una puya.

No me preguntó si podía acompañarme. Simplemente, tomó la jarra de vino blanco y una copa y se sentó en una silla frente a la chimenea apagada.

—Estás enamorado de esa Jeanne, ¿verdad? —soltó, sin rodeos.

—Sí —respondí, calmado.

—Nunca te había visto así con ninguna mujer.

—¿Así cómo?

—Feliz, supongo —dijo, bebiendo un largo trago—. Saca lo mejor de ti. Y no es mucho, para qué engañarnos.

Me llevé los dedos al puente de la nariz, conteniendo una sonrisa.

—Te he visto encaprichado con docenas de mujeres. No eres precisamente famoso por mantener la polla en los calzones más de cinco minutos. Pero esto es distinto.

—Philippe, ¿cuántas veces tengo que pedirte que cuides tu lengua de carretero?

—Al menos una vez más —replicó con una sonrisa ladina.

Y tuve que reírme con él. Porque era mi hermano.

Porque, por muy irritante que fuera, siempre decía lo que nadie más se atrevía a decirme.

Porque, por mucho que discutiéramos sobre absolutamente todo, al final solo nos teníamos el uno al otro.

Nadie más que nosotros entendía lo que era ser… nosotros.

—¿Y ella? —preguntó Philippe al cabo de un momento, con los ojos clavados en la chimenea sin fuego—. ¿Sabe en qué lío se ha metido?

—No lo sé —dije, con una sonrisa breve—. Pero no parece importarle. Es valiente.

—En realidad, el que me preocupa aquí eres tú.

—¿Yo?

—Cuando tú amas, Louis, el mundo tiembla. Porque no sabes amar con mesura. Si alguien la toca, vas a hacer que arda medio continente y, si alguien se atreve a juzgarla, te vas a volver contra tus propios ministros. Tus enemigos no tardarán en usarla contra ti.

Me removí en la silla, incómodo. Mi hermano tenía razón en todo, como era habitual en él.

—¿Crees que la corte la aceptará?

—¿Aceptarla? —rio—. No. Jeanne no tiene apellido, ni alianzas, ni dote, ni influencia más allá de la que le confiere tu favor en la cama.

Para ellos es una mera intrusa. ¿Crees que han aceptado a Aurore como su princesa?

Claro que no. La insultarían por los salones si no supieran que, si eso ocurriera, toda mi ira caería sobre ellos.

Bebí un sorbo más de vino y miré las sombras que se proyectaban en el techo alto, como si en ellas pudiera leer nuestro porvenir.

—Jamás la aceptarán, Louis. Jamás. Los nobles consideran que tu deber es casarte con una mujer de linaje real y engendrar herederos para el trono.

No tienes derecho a enamorarte ni a mostrar ese amor al mundo entero.

Nunca te lo perdonarán si lo haces, y menos con una mujer como Jeanne, que no puede aportar nada en títulos, tierras o dote.

—¿La aceptarías tú? —pregunté.

—Sí, si veo que no te convierte en más cretino de lo que ya eres.

Se me escapó una sonrisa. Sabía que no mentía.

Philippe era muchas cosas —temerario, cínico, impertinente—, pero jamás me había fallado.

Ni siquiera en los días más oscuros, cuando la Fronda amenazaba con tragarnos a todos, ni cuando los rumores nos querían enemistados, ni cuando nuestras vidas discurrían en direcciones opuestas.

Él siempre estaba ahí para apoyarme o para enfrentarme a las verdades más dolorosas.

—La primera vez que me acosté con ella —confesé, sin dejar de mirar el vino de mi copa—, temblaba como una hoja.

—¿A qué te refieres?

—A que le han hecho tanto daño que su alma parece fragmentada.

—Te lo dije; Jeanne esconde algo doloroso bajo tanta capa de educación cortés. Te lo dije hace semanas y te lo repito ahora.

—Sé que no me cuenta toda la verdad acerca de su pasado —admití, recordando las cicatrices de su espalda—. Pero no quiero forzarla a hablar si no lo desea.

—Ya. No es que no me caiga bien Jeanne, pero… ¿Qué sabes de ella, Louis? Sabes que le gusta montar a caballo, como a ti, y que le gusta leer, también como a ti, aunque Dios sabe por qué os gusta perder el tiempo en semejante estupidez de afición. ¿Y qué más?

—¿Qué insinúas? Sus papeles de nobleza están en regla. Bontemps lo comprobó.

—¿Y Gérald de la Reynie? ¿Lo comprobó él?

—No suelo poner a Gérald a investigar a cada mujer con la que me acuesto.

—No, porque le faltarían horas al día.

Philippe se puso en pie, se estiró con desgana y se dirigió a la puerta. Justo antes de salir, se volvió una vez más.

—Piensa en lo que te he dicho, y por Dios, si vas a quedarte aquí bebiendo como un poeta trágico, al menos pide que te traigan algo decente. Ese vino es una blasfemia.

—Sal de aquí, Philippe.

Él rio por lo bajo y cerró la puerta con un golpe suave .

Me quedé solo con el crujido de las maderas antiguas y el eco lejano de pasos por los corredores. Aquel había sido un día de extrañas revelaciones, de enfrentarme al dolor de mi pueblo, de aceptar que quizá no estaba haciendo las cosas tan bien como creía, y se lo debía, en gran parte, a Jeanne.

Y pensé que tal vez el amor fuera algo que merecía la pena defender, incluso si costaba una corona. Porque aquella mujer que se desnudaba de alma y de cuerpo ante mí era ahora parte de mi destino.

Jeanne ya dormía cuando regresé al dormitorio. Su cabellera rubia, con aquellos bucles que siempre olían a jazmín, estaba desparramada por las sábanas blancas, y me tomé un instante para perderme en aquella imagen.

Había roto el protocolo por ella, renunciando a la presencia de Bontemps durmiendo a los pies de mi cama para disfrutar de su compañía.

Era absolutamente vulgar que un rey durmiera acompañado, incluso si se trataba de la reina, pero no me importaba.

No era el primer hombre enamorado incapaz de renunciar al calor de la mujer que le robaba el sueño y el aliento.

Junto a ella, las preocupaciones por la guerra y el avance de la Nueva Fronda no parecían tan reales.

Junto a ella, los cánticos que había escuchado en la Corte de los Milagros y que me habían arrebatado el sueño durante meses quedaban silenciados.

Junto a ella, la existencia era más liviana, más real, y yo la amaba por ello.

Aunque Jeanne era capaz de conversar sobre un sinfín de temas, incluidos la política internacional, la religión o la conquista de ultramar, no me hablaba jamás de su pasado, de su matrimonio, de su infancia.

Solo retazos vagos, imprecisos, que no me satisfacían, y pensé que Philippe tenía parte de razón.

¿Quién era ella, en realidad? ¿Quién la había roto para luego volver a juntar sus pedazos para que en Versalles mostrase una versión imperturbable e irrompible de sí misma?

¿Serían sus hijastros, a quienes ella parecía temer?

¿La sombra de su terrible matrimonio, en el que había sido violada una vez tras otra?

Si era así, pensaba castigar al actual señor de Lormagne por permitir ese trato dentro de sus dominios.

Me tumbé a su lado tratando de no hacer ruido. La luz de la luna se filtraba a través de las cortinas, iluminando tenuemente la habitación. Su respiración era suave y rítmica, con los labios ligeramente entreabiertos. No pude evitar sonreír. Era hermosa, y era mía.

Me incliné para besar su frente. Ella gimió un poco, sin despertarse del todo. Con cuidado, le aparté el cabello del rostro y susurré al oído:

— Mon cœur .

Jeanne parpadeó, dibujando una sonrisa en su rostro, sin llegar a abrir los ojos.

—¿Venís como un demonio en la oscuridad, dispuesto a complacerme? —murmuró, medio adormilada aún—. Hacedlo, pero sin despertarme de mi sueño.

No pude evitar sonreír ante su audacia. Como a mí, a Jeanne le gustaba jugar y probar los límites de la decencia y de la moral.

La destapé, y comprobé que estaba desnuda, sin camisón alguno que cubriese sus preciosas curvas.

Deslicé mi mano por sus piernas, sintiendo su piel hecha de terciopelo.

Ella se estremeció ligeramente cuando le abrí las piernas, colocándome entre ellas.

Puede notar su calor, su deseo despertando.

Me incliné hacia ella, besándola profundamente, explorando su boca con mi lengua.

Jeanne respondió rodeando mi cuello con sus brazos, atrayéndome hacia ella, sin abrir los ojos.

Con cuidado, guié mi erección hacia su entrada, que despertaba húmedamente con el beso con el que capturaba su boca.

La penetré con lentitud, poco a poco, disfrutando de la sublime sensación de su cuerpo acogiendo al mío.

Jeanne gimió exquisitamente al saberse invadida, sus uñas clavándose en mi espalda, animándome a seguir.

Era estrecha y cálida, delicada y dulce, y jamás iba a tener suficiente de ella.

Empecé a moverme rítmicamente, entrando y saliendo de ella, sintiendo cada centímetro de su interior.

El placer era intenso, arrebatador, pero me esforcé por mantener un ritmo lento y constante, queriendo saborear cada segundo de su entrega.

Puede sentir su respiración acelerándose, sus gemidos volviéndose más desesperados.

Me incliné para besar su cuello, su clavícula, sus pechos, mientras continuaba hundiéndome en Jeanne.

—Te tengo entera —le susurré al oído, y ella gimió en respuesta, sus caderas levantándose para encontrar las mías, lo que aproveché para deslizar mis manos bajo su trasero.

La elevé ligeramente, cambiando el ángulo para penetrarla con más profundidad.

Jadeó, sus ojos todavía cerrados mientras sentía cómo la llenaba por completo.

Sus piernas se enroscaron alrededor de mi cintura, atrayéndome aún más hacia ella, si eso era posible.

—Más profundo —suplicó, acompasando sus movimientos a los míos—. Te necesito dentro de mí.

La penetré con más fuerza, sintiendo cómo su cuerpo cedía a cada embestida con la que la tomaba. El sonido de nuestros cuerpos enredados resonaba en la habitación, mezclándose con nuestros gemidos y suspiros .

—Eres tan mía ahora mismo —le dije, mi voz entrecortada por el deseo—. Tan condenadamente mía.

Jeanne respondió hundiendo sus uñas en mi piel.

—Soy tuya —respondió.

Aceleré el ritmo, incapaz de contenerme. Su cuerpo se tensaba alrededor del mío con cada movimiento, entregándose por completo. Sabía que estaba cerca, y yo también. La necesidad de liberarme era abrumadora, pero quería que ella llegara primero. Quería sentir cómo se deshacía a mi alrededor.

—Dejaros ir, Jeanne —le exigí—. Es una orden de vuestro rey.

Mis palabras la llevaron al límite. Con un grito ahogado, su cuerpo se fundió entre mis brazos y sus músculos internos se contrajeron con fuerza alrededor de mí mientras alcanzaba su orgasmo.

La sensación de su clímax me llevó al mío y, con un último y profundo empujón, me liberé en su interior sin pensar en nada más que en el placer que me envolvía y que me unía a ella.

Solo entonces, cuando todo se calmó y nuestras respiraciones volvieron poco a poco a la normalidad, Jeanne abrió los ojos y una sonrisa iluminó su bonito rostro. La abracé, besando su cuello, su mandíbula, su cuello, sus labios, mientras salíamos de nuestro éxtasis compartido.

—Estoy loco por ti.

«Tan loco, que soy incapaz de aceptar que debo volver a casarme por el bien de Francia», pensé, sin dejar de besarla, de perderme en su piel, en la felicidad que su simple existencia provocaba en mí.

Tan loco, que por ella sería capaz de cambiar el destino de un reino entero.