Jeanne I
L a Nueva Fronda siempre había dibujado el mismo retrato de Louis: un tirano fatal, con una ambición que no conocía límites y un poder que no dejaba de acumularse en sus manos.
Y, en cierto modo, todo eso era cierto. Pero Louis también era muchas otras cosas, además de esa simple caricatura de su carácter.
Era el niño que había visto cómo su propio tío se había levantado en armas contra él al frente de la vieja Fronda.
El joven que había aprendido a desconfiar de los murmullos y a blindarse contra las súplicas.
El monarca que cada día vestía su alma de oro y protocolo para proteger el corazón vulnerable que latía bajo sedas y brocados.
Y, sobre todo, era el hombre cuya dulzura, sensibilidad y pasión eran capaces de encender mi cuerpo y mi alma.
Quizá por todo eso, cuando apoyé a Aurore para hacer una visita no oficial a París, sin cortejo ni protocolos, se negó. Louis no temía París, pero la aborrecía. ¿Qué podía encontrar allí que no conociera ya?
Pero accedió. Sospecho que por amor a su cuñada y también por amor a mí.
Era incapaz de negarme nada, y durante aquellos diez días en que compartimos cada noche, me di cuenta de lo fácil que sería lograr que Louis se gastase ingentes fortunas en mí: joyas, sedas, perfumes, caballos…
Incluso tierras, que me convertirían en una mujer rica para el resto de mi vida.
Era su ma nera de mostrar afecto, puesto que sus antiguas amantes vivían por y para sus regalos, y se había acostumbrado a que las mujeres que decían amarlo lo hicieran a través del lujo.
Yo no le exigí nada, excepto el placer de su compañía y el calor de sus besos en mi piel.
Durante esos diez días en que la corte había permanecido de luto, había logrado rehuir al Vigilante, pero eso no duraría demasiado.
Me cruzaba con él en los salones y podía ver en sus ojos que la impaciencia crecía.
Todo el mundo en Versalles sabía que gozaba del favor del rey; entonces, ¿por qué no me había pedido que me trasladase a los aposentos anexos a los suyos, que pertenecían siempre a la favorita de turno?
Yo suponía que era para respetar la memoria de María Teresa, aunque oficialmente el luto había sido levantado.
Tarde o temprano, el Vigilante me exigiría explicaciones y avances en mi misión. Aún no había encontrado respuestas para darle. Lo único que sabía es que Ferdinand aguardaba mi triunfo. Se lo había prometido. Por él, tendría que tomar una decisión fatal que decidiría, también, mi propio destino.
Sin embargo, aquella mañana tenía otro propósito: ardía en deseos de visitar el hospital que Aurore dirigía.
El carruaje no se detuvo hasta llegar al centro de París, justo frente a Les Invalides , donde descendimos para iniciar nuestro recorrido.
Louis iba vestido con un sobrio traje de paño azul oscuro, mucho más sencillo de lo que acostumbraba a vestir, y sobre su jabot brillaba un broche de plata con la flor de lis.
No había duda sobre su identidad, y menos cuando detrás de él descendió Philippe de Orleans, al que los parisinos consideraban el rey legítimo. ¿Y quién podía culparles?
No obstante, cuando Louis empezó a caminar por las calles de su antigua capital, todos aquellos con quienes nos cruzábamos no podían dejar de mirarlo, en un silencio que navegaba entre la devoción y el enojo, pero que a él no pareció afectarle.
Algunos ciudadanos le hacían reverencias, pero la mayoría se mantenía imperturbable ante aquella presencia que quizá consideraban anómala en la ciudad.
En un intento de humanizarlo, me adelanté y lo tomé del brazo. Aquel contacto, como siempre ocurría cuando nuestra piel se rozaba, lo relajó, logrando que esbozara una media sonrisa que lo volvió un poco más de carne y hueso.
Primero visitamos el Hôpital pour Femmes que Aurore dirigía.
Era un discreto anexo al hospital destinado a los veteranos de guerra, luminoso y lleno de actividad.
Bajo sus instrucciones, se mantenía limpio y aireado para evitar la propagación de las enfermedades.
No era muy grande, pero sí eficiente, y eso agradó a Louis.
El olor a sangre nos golpeó apenas cruzamos la entrada, pero él no hizo gesto alguno de asco.
Caminaba a mi lado, con la cabeza alta, y miraba a las mujeres enfermas y postradas en las camas como si, de pronto, fueran lo más importante de su vida.
Ellas, incrédulas, se alzaban torpemente sobre los jergones, queriendo hacer una reverencia o alzar la voz aunque sus pulmones estuvieran podridos por terribles enfermedades.
—Señor, ¿sois Louis XIV?
—Eso dicen —sonreía él, dejándose querer por todas aquellas mujeres que parecían anhelar un pedacito de su rey.
Cuando una anciana quiso besar la mano de Louis, él se la ofreció sin vacilar, ante nuestra silenciosa y atenta mirada.
—Majestad —dijo ella, y acto seguido rompió a llorar—. ¿Sois vos de verdad?
Louis se agachó y le tocó la mejilla con cariño, como si fuera su propia abuela y no una anciana desconocida .
—Sí, soy yo de verdad —respondió con emoción contenida, y el tono de su voz quebró algo en mí.
Aurore caminaba detrás, en silencio, junto a Gérald de la Reynie y Philippe de Orleans, quien también se mostraba ligeramente afectado ante tanta miseria.
Louis recorrió todas las salas, tocando hombros, estrechando manos, escuchando relatos.
Las mujeres le hablaban de hijos muertos, de pan que faltaba, de maridos que habían bebido y apostado hasta la ruina.
Él las escuchaba sin interrupciones, y poco a poco dejó de ser el Rey Sol para dar paso a Louis: un hombre entre su gente.
Yo estuve a su lado en todo momento, sin entrometerme, pero escuchando cada palabra de consuelo que concedía a sus súbditas. Ofreció dinero y promesas de trabajo a los esposos de esas mujeres, y vi a muchas llorar de agradecimiento.
Al salir del hospital, nos quedó claro que había corrido la voz de que el rey estaba en la ciudad, pues una pequeña multitud se había congregado a sus puertas.
El capitán de los mosqueteros no apartaba la mano de la empuñadura de su espada, preparado para un posible ataque contra Louis, pero este no pareció en absoluto intimidado.
—¿Y ahora? —preguntó Philippe de Orleans, con las manos a su espalda.
—A Los Inválidos —dijo Louis, sin vacilar.
La presencia de Louis causó furor en Los Inválidos.
Los hombres que ahí vivían —soldados, veteranos, lisiados de guerra— saludaban con el alma al reconocer a su rey.
Las escenas se repitieron, tal y como había ocurrido con las mujeres.
Los hombres tenían ganas de hablar y Louis los escuchó a todos, sin mostrar cansancio alguno y sin que su media sonrisa desfalleciera en ningún momento, ni siquiera cuando un hombre sin piernas se dirigió a él para decirle:
—Majestad, me alegra ver que no nos ha olvidado.
Louis se acercó a él, se agachó y tomó su brazo.
—No os he olvidado. Habéis servido a la gloria de Francia y por eso siempre os estaré agradecido.
No fueron necesarias más palabras que esas para consolar al tullido: solo una mirada entre un rey y su soldado.
Aurore estaba emocionada, al igual que yo.
Quizá ambas sabíamos que esas escenas serían la semilla de, quizá, la salvación del alma de un rey.
Philippe, en cambio, se mantuvo firme. Había luchado en la guerra liderando a muchos de esos hombres, quienes lo reverenciaban, y esperaban de él a un líder sereno, y no un mar de lágrimas.
El duque de Orleans les ofreció eso y mucho más, y todos los soldados que habían ido al frente con él se alegraron de verlo.
La visita se prolongó durante muchas horas, hasta bien entrada la tarde.
Cuando abandonamos Los Inválidos, ya atardecía.
Montamos en el carruaje de nuevo, en dirección al Louvre, pero al cruzar uno de los puentes sobre el Sena, Louis pidió al cochero que se detuviera.
Abrió la portezuela y bajó del vehículo.
—¿Louis? —pregunté, inquieta.
—Quiero caminar a solas por unos minutos.
Aurore fue a protestar por tamaña temeridad, pero Philippe la contuvo con un gesto cariñoso.
Así, le seguimos a cierta distancia. Caminaba por la orilla del Sena como un hombre cualquiera. El pueblo no lo reconoció de inmediato, pero cuando sus súbditos se dieron cuenta de quién paseaba por sus calles, pronto se vio rodeado de caras que deseaban verlo, tocarlo, hablar con él .
Gérald de la Reynie se lanzó a protegerlo, pero Philippe de Orleans también lo detuvo.
—Dadle un momento, Gérald. No le harán daño —dijo, con sencillez—. Solo quieren estar cerca de su rey.
Monsieur no se equivocaba.
Todos fuimos testigos de ello.
La sonrisa de Louis iluminaba su rostro cuando recibía el amor de las mujeres que se arrodillaban ante él, y mutaba a un semblante serio cuando escuchaba a los hombres que le transmitían las quejas acerca delo que iba mal en París.
Parecía tomar nota de todo: del alcantarillado que desbordaba, de las enfermedades que se propagaban en Les Halles, del hambre que asolaba sus calles, de la persecución a los protestantes, de los impuestos que ahogaban a los pequeños comercios, de la inseguridad de los barrios bajos, de la tiranía de los terratenientes que se habían apoderado de la ciudad en ausencia del rey.
Louis era obsesivo y tenía una memoria prodigiosa para recordar cada detalle, así que estuve segura de que registró cada queja, cada propuesta, cada dolor y cada alegría que su pueblo le transmitió.
Al ver que cada vez se acercaba más gente, el duque de Orleans tomó la iniciativa de rescatar a su real hermano, capeando entre la multitud con la facilidad de quien sabe hacerse oír sin alzar la voz.
—Basta por hoy, buena gente —dijo, amable—. Su majestad os ha escuchado y no olvidará nada, pero ahora debe partir.
Louis se despidió con una mano en alto, como un general que promete regresar a sus tropas.
Algunos intentaron seguirlo, pero la presencia de Gérald de la Reynie bastó para disuadir a los más atrevidos.
Por una vez, no hubo violencia en las calles de París, solo asombro por tener cerca a aquel monarca que todo el mundo conocía como el Rey Sol, pero que muy pocos habían visto brillar.
Cuando volvió junto a nosotros, Louis estaba hecho de luces y sombras a la vez. Llevaba la casaca abierta, el jabot sucio de las manos que lo habían tocado, el rostro enrojecido por la emoción. Se detuvo frente a mí sin decir palabra.
—¿Estás bien?
—Mejor que en años —respondió él, sonriente.
Philippe se acercó por detrás, poniéndole una mano en el hombro.
—Necesitas un baño caliente, una copa de vino y una noche sin pensar, hermano.
El carruaje arrancó de nuevo para llevarnos hasta el Louvre.
Yo no pude dejar de observar a Louis, al hombre que llevaba años al frente de la corona, al niño asustado por la vieja Fronda, al joven cegado por el resplandor del absolutismo. El que ahora, por primera vez, se había dejado tocar por su pueblo sin miedo ni desprecio.
Fue entonces cuando lo supe. Ese día, el Louis que conocíamos había muerto. En su lugar, nacía otro Louis. Uno más frágil, más complejo, más humano.
Uno que, quizás, podía salvarse.
O perderse del todo.