Louis I
E nterramos a María Teresa diez días después de su muerte. Durante aquel largo velatorio, ordené que cada mañana se renovaran los claveles rojos que adornaban su lecho. Fue Aurore quien sugirió abrir las ventanas para dejar entrar el aire fresco y alejar los humores malignos, y así se hizo.
Me despedí de mi esposa con toda la solemnidad que fui capaz de ofrecerle. Tal como lo dispuse, el maestro Lully elevó un gran motet en su honor —un De profundis de hondura grave y celestial— cuyas voces se alzaron en la capilla real de Versalles.
Había enviado un mensajero a Viena apenas unas horas después de la muerte de María Teresa para informar de su defunción a su primo, el emperador Leopold.
No esperaba su presencia, pues diez días no bastaban para cruzar Europa, pero sí para que su embajada trajera el eco del Sacro Imperio hasta la corte.
Su hermano, el rey Carlos, joven pero profundamente enfermo, tampoco pudo personarse.
Ningún Habsburgo estuvo presente en el funeral de María Teresa y, de alguna manera, sentí que le había fallado una vez más.
El día que debía partir hacia Saint-Germain para visitar a mis hijos, mis ministros insinuaron la posibilidad de volver a contraer matrimonio .
—Majestad, la estabilidad del reino requiere una nueva reina —dijo el ministro Croissy—. Alguien que pueda fortalecer nuestras alianzas y asegurar la sucesión.
Mi mirada se endureció.
—¿Acaso no tengo ya un heredero? —pregunté con frialdad.
El silencio se hizo en la sala.
—Por supuesto, majestad —intervino Louvois—. Pero una nueva alianza matrimonial podría consolidar nuestras relaciones con otras casas reales europeas. Se han barajado varios nombres discretamente, con el mayor respeto a vuestra voluntad y a la memoria de la reina.
—Hablad —ordené, con un gesto de la mano.
Croissy, al cargo de Asuntos Exteriores, tomó de nuevo la palabra.
—El ducado de Lorena ofrece a la joven princesa Élisabeth-Charlotte, sobrina del duque. Es católica, de buen carácter, y fortalecería nuestra frontera oriental.
—También se ha mencionado a una infanta de Portugal, sobrina del rey Pedro II.
Nos traería una dote nada despreciable, y afianzaría el comercio naval con el Atlántico —añadió Chamillart—.
Y el duque de Saboya, siempre oscilante entre Francia y el Imperio, podría sellar una paz duradera si su hija menor entrara en nuestra corte.
Guardé silencio. María Teresa no había dejado un vacío político, sino un hueco en la carne misma de la historia. Era agotador tener que lidiar con aquello. Mi mente estaba camino a Saint-Germain, para hablar con mis hijos. Deseaba terminar la reunión cuanto antes.
Raoul de Brissac, que hasta ahora había permanecido callado, escuchando las propuestas del gabinete, intervino.
—¿Y por qué no otra Habsburgo? La reina María Teresa tenía una hermana.
—Sí, prometida desde niña al emperador Leopoldo —dijo Louvois.
—Los pactos se pueden romper. Es una joven ciertamente fea, es verdad, casi con la misma cara que su hermano Carlos el Hechizado, pero su dote sería considerable y consolidaría las pretensiones de su majestad sobre España.
—¿Qué edad tiene Margarita Teresa, Raoul? —pregunté, ya muy harto.
—Aún no ha cumplido los dieciocho años, si no recuerdo mal.
—Francia necesita una mujer como reina, no una niña.
—Entonces, casad a vuestra sobrina con el rey Carlos y formad una alianza con España contra Leopold.
No verbalicé en voz alta lo que opinaba de esa propuesta, pero sí pensé en el grito en el cielo que pondría Philippe al saber que Raoul sugería entregar a su querida Marie Louise a un rey enfermizo como Carlos.
Y yo estallaría de ira si continuaba prestando oídos a mis ministros. Me puse en pie. Ellos se apresuraron a imitarme.
—Mi esposa acaba de ser enterrada y su memoria aún está fresca en esta corte. No pienso reemplazarla por ahora.
Todos bajaron la mirada, incómodos por mi tono.
—Majestad, solo pensamos en el bienestar del reino —murmuró Chamillart.
—Entonces, conseguidme España a través de la guerra y dejaos de jugar a los casamenteros —espeté, y ellos se inclinaron ante mí cuando abandoné la sala del gabinete.
Mis pasos resonaron en los pasillos de mármol mientras me dirigía a la Gran Escalera de los Embajadores, seguido de dos mosqueteros. Aún estaba furioso, con la irritación recorriendo mi cuerpo, cuando salí al Patio de Mármol bajo un sol cegador que bañaba Versalles en oro y luz.
La corte entera se había reunido allí para despedir a la familia real.
Una carroza engalanada con los colores reales aguardaba mi llegada, y junto a ella estaba Jeanne.
A su lado, rectos y solemnes, permanecían Philippe y Aurore.
Montado en un caballo negro, Gérald de la Reynie también esperaba mi llegada.
—En marcha. Quiero llegar a Saint-Germain antes de que sea de noche —ordené, de profundo mal humor.
Jeanne, que ya había aprendido a conocer mis estados de ánimo casi tan bien como mi hermano, levantó una ceja ante mi tono brusco, pero no dijo nada al respecto.
Subimos al carruaje, y Gérald, que cabalgaría en su propio caballo para custodiarnos, dio la orden de iniciar el viaje.
Mientras avanzábamos por los caminos que nos alejaban de Versalles, mi mente volvía una y otra vez a las palabras de los ministros. ¿Era realmente necesario volver a casarme? ¿No había ya cumplido con mi deber al asegurar la sucesión?
Jeanne, sentada a mi lado, percibió mi inquietud.
—¿Una mala reunión con tus ministros?
—Sí. Pero no quiero hablar más de ello.
—Déjame adivinar —intervino mi hermano, sentado frente a mí—. Te han sugerido contraer matrimonio de nuevo.
—¿No he dicho que no quiero hablar de ello? —respondí, apretándome las sienes. Me dolía la cabeza—. Deseo un viaje en paz.
Para sorpresa de Philippe, Jeanne se inclinó para besarme en la mejilla y luego se acurrucó contra mí.
Su cercanía siempre era un bálsamo. Noté cómo cada músculo tenso de mi cuerpo se relajaba al contemplar aquellos ojos hechos de brillantes esmeraldas.
Habíamos pasado cada noche juntos desde la muerte de María Teresa, hablando, riendo, leyendo y haciendo el amor de forma incansable por toda la chambre du roi.
Aceptaba mis órdenes y mi necesidad de controlar cada aspecto de nuestra intimidad, y parecía disfrutarlo sin censura alguna.
Su pasión y su falta de decoro me desarmaban cada vez que me quedaba a solas con ella.
La amaba tanto que el solo hecho de que me insinuaran que debía casarme con otra mujer, aunque fuera un matrimonio de Estado, me enervaba.
Me sentía incapaz de tocar a otra, ahora que Jeanne reinaba en mi mundo.
Ella comprendía que mi día a día era complicado, siempre ocupado en decenas de asuntos que requerían mi presencia.
Jamás me lo echaba en cara. Apreciaba cada hora en que tomábamos nuestros caballos y galopábamos a través de los bosques, alejándonos de los protocolos y la corte que escrutaba nuestra relación.
La besé en la sien, agradecido porque hubiera accedido a acompañarme a Saint-Germain.
Sabía que echaría de menos a su Liberté , porque se había enamorado de aquel caballo suyo y se pasaba las mañanas cuidando de él, muchas veces en compañía de Lucille y Aurore, con las que había entablado una feliz amistad.
—En realidad —dije, mirando a Philippe, buscando deliberadamente su enfado—, se me ha sugerido desposar a Marie Louise con el rey Carlos II.
Aquello tensó de inmediato a mi hermano, y fue Aurore quien tuvo que tomarlo de la mano para que no se lanzara a mi cuello.
—Antes muerto que ver a mi hija casada con un español.
—Marie Louise es una hija de Francia y cumplirá con el deber que le toque —repliqué.
—No —se negó Philippe—. Me niego.
— Sacrebleu , ya basta, vosotros dos —intervino Aurore, mirándonos a ambos—. Os pasáis el día discutiendo y empiezo a hartarme de tanta tontería. Louis, haz el favor de decirle a Philippe que no vas a entregar a su hija a un rey español.
Resoplé, molesto.
—No, si puedo evitarlo —le aseguré.
—Júramelo.
—Te lo juro.
—Bien, ahora que os comportáis como dos hombres adultos, quiero sugerir algo. ¿Qué os parece si nos detenemos en París por unas horas? Desearía pasarme por el Hôpital pour Femmes para supervisar una…
—No —la corté yo, impaciente—. Quiero llegar al palacio de Saint-Germain cuanto antes.
Aurore quiso protestar, mirando de reojo a Philippe, quien aún seguía molesto conmigo por haber insinuado que entregaría a su hija al rey Carlos, pero una mirada mía le indicó que era mejor no insistir.
—Louis —intervino Jeanne, tomando mi mano y llevándosela a los labios—. Lo cierto es que me encantaría visitar el Hôpital pour Femmes y ver con mis propios ojos el trabajo que hace su alteza ahí.
—Y de paso no te iría mal permitir que los parisinos recordasen el rostro de su rey —espetó mi hermano, burlón—. O al final se confundirán y creerán que yo soy el Rey Sol.
—París es un estercolero.
—¿Y quién tiene la culpa?
Aurore bufó.
—De verdad, ¿no vais a parar? —Se inclinó hacia mí, con una sonrisa amable—. ¿Recuerdas lo que hablamos cuando viniste a vernos a Saint-Cloud, Louis?
La miré, en silencio, y mi corazón se ablandó ante sus ojos dorados y su sonrisa luminosa.
—Sí, lo recuerdo.
—Tu pueblo está deseoso de amarte, y necesita motivos para ello.
Cuanto más los rehúyas, peor. La Nueva Fronda está conquistando París con sus palabras contra ti.
Y aunque no quieras admitirlo y prefieras pensar en las guerras que te esperan más allá de nuestras fronteras, lo cierto es que la batalla que debes ganar está aquí, en tu antigua capital, que es el reflejo del sentir de muchos franceses que empiezan a creer que el Rey Sol ahora vive en las sombras del odio y la tiranía.
Me mantuve en silencio, y Jeanne apretó más mi mano.
—Louis, por favor —suplicó—. Su alteza tiene razón. Es una buena oportunidad para recordar a tu pueblo que, tras los muros dorados de Versalles, existe un corazón que palpita y sangra por ellos.
—Está bien —accedí, a regañadientes—. Pasaremos la noche en el Louvre y mañana continuaremos el camino a Saint-Germain.
Las dos mujeres de mi vida sonrieron, satisfechas de haberse salido con la suya, y eso me hizo poner los ojos en blanco. Eso, por supuesto, divirtió a Philippe.
—No hay nada que un coño bonito no cambie, ¿no?
—Philippe, por Dios.
Aurore se echó a reír, besando a su marido y luego besándome a mí, lo que hizo sonreír a Jeanne.
El resto del camino lo hicimos charlando, bromeando y riendo, y, por un momento, sentí que las cosas podían ir bien.
No podía estar más equivocado.