Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne XIX #3
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Jeanne XIX #3

Justo cuando estaba a punto de alcanzar el clímax, Louis se incorporó de repente, sus ojos llenos de una determinación que todavía me encendió más.

Con un movimiento rápido y seguro, me levantó del suelo y me empotró contra uno de los espejos de la galería.

El impacto fue fuerte, pero el frío del cristal contra la piel de mi espalda solo intensificó la sensación de calor que recorría mi cuerpo.

Era maravilloso cederle el control total de la situación, dejar que se ocupase de mi placer y abandonarme en sus brazos. Jamás había sentido algo así .

Louis sujetó mis piernas con sus fuertes brazos, levantándolas y abriéndolas, exponiéndome completamente a él.

Podía sentir cada centímetro de su erección presionando contra mí, listo para tomar lo que era suyo.

Esta vez entró en mí de una sola embestida, profunda y poderosa, haciendo que ambos gimiéramos al unísono.

Sus labios encontraron los míos en un beso frenético, febril, y nuestras lenguas se enredaron mientras nos devorábamos mutuamente y él retomaba las penetraciones de una forma intensa, rápida y suave a la vez.

—Podría hacer esto el resto de mi vida —murmuró contra mis labios, su voz ronca de deseo—. Quiero que seas mía en cada rincón de Versalles.

Su boca encontró uno de mis pechos y sus labios se cerraron alrededor de mis pezones erectos, tan sensibles que aquel simple contacto me arrancó un gemido en el que se mezclaba el placer y el dolor, despertando sensaciones húmedas y calientes que subyugaban mi cuerpo y mi raciocinio.

Louis succionó y mordisqueó, sus dientes raspando contra mi piel, que ardía, caliente y necesitada.

Dejé caer la cabeza hacia atrás, golpeando el espejo contra el que Louis me mantenía atrapada.

—Haz conmigo lo que quieras —gemí, ya perdida del todo, y con aquellas palabras sus embestidas se volvieron más urgentes, más desesperadas.

Pude percibir cómo su cuerpo comenzaba a tensarse, su respiración volviéndose más rápida y superficial.

Sabía que estaba tan cerca como yo, y la anticipación de nuestro clímax me llevó al borde del abismo.

— Mon cœur —murmuró, su voz ronca y perdida en su propia lujuria—. Quiero sentir cómo te deshaces en mis brazos. Compláceme y déjame mirarte mientras culminas tu placer .

Sus palabras fueron suficientes para empujarme al precipicio.

Con un grito ahogado, mi cuerpo se tensó y luego se liberó en oleadas de un placer intenso, delicioso y espeso.

Mis músculos internos se contrajeron alrededor de él, liberando cada gota de sensibilidad de mi ser.

Louis gruñó al sentirme rendida, y sus acometidas se volvieron más profundas mientras me conducía a través de aquel primer orgasmo.

—Quiero más, Jeanne —exigió—. Dame más.

Antes de que pudiera recuperar el aliento, Louis cambió ligeramente el ángulo de sus embestidas, golpeando ese punto dentro de mí que hizo que le clavase las uñas de nuevo en los hombros. Sus caderas se mecían en un ritmo implacable, llevándome rápidamente hacia una segunda ola de placer.

—¿Más? —gemí, y lo miré a los ojos para provocarlo—. ¿Es que el rey de Francia nunca está satisfecho con lo que consigue?

—Claro que lo está —respondió, su voz firme y autoritaria, a pesar de la situación en la que estábamos—. Pero el rey de Francia también es ambicioso.

Sus palabras y sus movimientos inclementes me llevaron al borde de nuevo.

Con un grito, me corrí por segunda vez, mi cuerpo convulsionando, mis músculos internos apretándose y liberándose en una marejada gozosa que parecía no tener fin.

Louis gruñó mientras me seguía follando durante mi segundo orgasmo, que se hizo más largo que el primero, más intenso, más profundo, hasta un punto demencial en que creí que iba a desmayarme.

Finalmente, cuando mi cuerpo comenzó a relajarse, Louis me levantó un poco más, para que la penetración fuera más profunda. Sus caderas se tensaron, su respiración se volvió más rápida, más errática. Sabía que estaba a punto de llegar .

Con un último y profundo empujón, Louis alcanzó su clímax, su cuerpo temblando y convulsionando mientras se derramaba dentro de mí. Sentí el calor de su semilla, el pulso de su liberación, el escalofrío de su piel y supe que éramos uno solo en ese momento de éxtasis compartido.

Nos quedamos así, nuestros cuerpos entrelazados, su pecho presionado contra el mío, nuestros corazones latiendo al unísono, mientras la música seguía y la realidad comenzaba a filtrarse de nuevo en nuestra burbuja de felicidad.

Fue un momento perfecto, un recuerdo que atesoraría para siempre, pasara lo que pasara conmigo, aunque la Nueva Fronda me ajusticiase por traidora, por haber sucumbido al amor de aquel a quien juré hacer caer.

—Louis —dije, inspirando el embriagante olor del sexo que flotaba en el ambiente, con su boca muy cerca de la mía.

—¿Sí?

—Estoy enamorada de ti.

Él sonrió, apoyando su frente contra mi frente. Y en ese gesto, tan simple, tan humano, supe que todo estaba perdido. O ganado. ¿Qué diferencia había ya?

—Lo sé —susurró Louis—. Y yo de ti.

No quería separarme de él, porque si lo hacía, quizás el hechizo se rompiera y no quedara nada más que los cuerpos exhaustos de dos enemigos naturales abrazados bajo el techo de una mentira gloriosa.

—Quédate a mi lado, Jeanne de Lormagne.

—Siempre, Louis de Francia.

Yo ya sabía que ese “siempre” tenía los días contados.

Pero, en sus brazos, el miedo se convertía en esperanza.