Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne XIX #2
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Jeanne XIX #2

Me obligué a no cerrar los ojos, a entregarme completamente al momento, mientras Louis detenía sus besos para contemplarme a través del espejo.

Sus ojos se encontraron con los míos en el reflejo, y vi cómo su lujuria se mezclaba con la mía.

Sentí sus dedos expertos entre mis piernas, encontrando mi centro húmedo y caliente, que ya lo esperaba y que lo recibió sin protestar cuando introdujo un dedo dentro de mí, arrancándome un suspiro de absoluto y rendido placer.

Comenzó a masturbarme lentamente, sin prisa alguna, con movimientos suaves y rítmicos que convertían mis piernas en columnas a punto de derrumbarse.

Me mordí el labio inferior, reprimiendo un gemido, mientras Louis me observaba en nuestro reflejo, sus ojos fijos en cada reacción, en cada estremecimiento de placer que recorría mi cuerpo mientras el espejo que tenía delante me devolvía la verdad absoluta: amaba a Louis.

Y él me amaba a mí.

—¿Quieres más? —preguntó, con la voz ronca en mi oído.

—Sí, quiero más —afirmé, sintiendo que me temblaban las rodillas, conforme las oleadas de placer se acumulaban en el epicentro de mis piernas, en aquel canal que él invadía con su dedo índice, curvándolo ligeramente para arrancarme gemidos que la música de cámara apenas podía ocultar.

Otro de sus dedos se coló en mi interior y aumentó el ritmo, moviéndose con más urgencia, llevándome al borde del éxtasis. Quise agarrarme a algo, pero no pude, porque él me sostenía y me llenaba y me follaba con su mano, sin permitir que me moviera para escapar de su control.

Me entregué por completo al placer que Louis me proporcionaba.

Mis ojos se cerraron, mi cabeza cayó hacia atrás, apoyándose en su pecho, mientras un gemido gutural escapó de mis labios, señalando mi clímax inminente.

Louis sonrió contra mi piel, satisfecho, continuando sus movimientos y deslizando su boca por mi cuello, hasta que alcancé el punto máximo de mi placer, y mi orgasmo retumbó en la Galería de los Espejos.

Él me sostuvo unos instantes y yo, enardecida por todas aquellas sensaciones que despertaban en mi cuerpo, me giré para besarlo, para arrancarle la casaca y el chaleco.

Louis hizo lo propio con mi falda y mi ropa interior, con una urgencia renovada, dejando que el resto de mi vestido cayera al suelo en un charco hecho de tela y urgencia.

La Galería de los Espejos reflejó nuestros cuerpos completamente desnudos cuando Louis me guio gentilmente hacia el suelo, sus manos firmes y a la vez tiernas.

Me recostó sobre la fría superficie de mármol, sin dejar de besarme.

Mi corazón latía con anticipación por lo que estaba a punto de ocurrir entre nosotros.

La música de fondo añadía una dimensión onírica al momento, como si estuviéramos en una burbuja de tiempo y espacio, aislados del mundo exterior por aquel sinfín de espejos y ventanales que daban a los jardines de Versalles.

—¿Consentís? —preguntó, su cuerpo sobre el mío, su boca junto a mi boca, sus manos abriéndome las piernas con delicadeza.

—Consiento —murmuré, absolutamente perdida en aquel contacto.

—Sube las manos por encima de tu cabeza —me ordenó, y antes de que pudiera obedecer, atrapó mis muñecas con su mano izquierda y las inmovilizó por encima de mi cabeza, haciendo que mi cuerpo se arqueara contra el suyo y que su erección, dura, palpitante, presionara contra mi entrada.

La posición me dejó completamente expuesta, mis pechos levantados y ofrecidos, mis piernas abiertas para que él tomase de mí cuanto quisiera.

Louis se permitió un momento para contemplarme, sus ojos recorriendo cada curva de mi cuerpo, deteniéndose en mis pechos, mi vientre y, finalmente, en mi sexo, ya húmedo y listo para él. La manera en que me miraba, con un deseo tan intenso y primitivo, hizo que me estremeciera de anticipación.

—Quédate así —me dijo, su voz baja y autoritaria—. No bajes las manos ni te muevas, o no acabaré lo que he empezado.

Asentí, mi respiración ya acelerada, mi cuerpo temblando de expectativa.

Vi cómo se posicionaba entre mis piernas y entonces, con un movimiento lento y deliberado, comenzó a frotar su polla contra mis pliegues.

El contacto me hizo gemir, y de mi boca salió un sonido gutural y desesperado que apenas reconocí como propio.

Estaba tan húmeda, tan resbaladiza, que su miembro se deslizaba fácilmente, humedeciéndolo aún más, preparándome para lo que estaba por venir.

Louis cerró los ojos, disfrutando del contacto, sus caderas moviéndose en un ritmo lento y tortuoso.

Podía sentir cada roce, cada curva de su erección, y cada movimiento enviaba oleadas de placer que recorrían mi piel hasta cubrirla de un gozo delicioso.

Mis caderas se movieron involuntariamente, intentando acercarse más a lo único que podía aliviarlas, pero él se retiró ligeramente, con una sonrisa descarada dibujada en su rostro.

—Quieta —me recordó, firme e implacable—. O pararé.

Me mordí el labio, intentando controlar mis movimientos, pero era difícil cuando cada fibra de mi ser anhelaba más.

Louis continuó frotando su polla contra mí, y sus movimientos cada vez se hicieron más rápidos, más urgentes.

Podía sentir cómo mi excitación aumentaba, cómo mi cuerpo se tensaba, listo para explotar, listo para ser penetrado, tomado y conquistado.

—Por favor, Louis —supliqué, mi voz convertida en un humillante gemido de desespero

Vi en sus ojos un deseo igual al mío y no pude más que sentirme feliz por lo que estaba a punto de ocurrir entre nosotros.

Con un movimiento seguro, posicionó su erección en mi entrada y, con exasperante lentitud, comenzó a penetrarme.

Ambos gemimos al unísono al sentirnos mutuamente, un sonido primario y cargado de una lujuria irrefrenable.

Me llenó por completo, todo él dentro de mí, y solo entonces se detuvo un momento, dejándome adaptarme a la sensación de sentirme colmada por su dureza.

Y la sensación era maravillosa, como si toda mi vida y mis sentidos se redujesen a que él invadiese mi cuerpo hasta hacerlo suyo, hasta llenarlo de su deseo.

—Jeanne. —Louis pronunció mi nombre deleitándose en él—. ¿Estás bien?

Asentí, intentando que las lágrimas de felicidad no acudieran a mis ojos, y Louis me besó con fuego en los labios, justo antes de empezar a moverse, sus caderas meciéndose en un ritmo primitivo y natural, cada embestida profunda, lenta y deliberada.

Podía sentir cada centímetro de él dentro de mí, y cada uno de esos movimientos enviaba oleadas de placer que recorrían mi cuerpo y lo dejaban débil y sumiso.

Mis manos, aún por encima de mi cabeza, se cerraron en puños, mis uñas se clavaron en mis palmas mientras intentaba agarrarme a algo, cualquier cosa, para mantenerme anclada a aquella deliciosa realidad.

—Más, Louis —supliqué, mi voz ronca por el deseo—. Más.

Mi orden dibujó una sonrisa en su rostro, que sentí contra mi propia piel.

—¿No sabéis que a un rey no se le dan órdenes?

—Callaos y continuad o juro que enloqueceré.

Aquello le provocó una leve risa, que se perdió entre mis gemidos cuando obedeció mis deseos, aumentando el ritmo y la intensidad de sus embestidas.

El sonido de nuestros cuerpos, unidos y sudorosos, resonaba en la Galería de los Espejos, mezclándose con la música que sonaba sin descanso.

Louis se incorporó para agarrarme las caderas con fuerza, sujetándome mientras me penetraba una y otra vez, cada movimiento más urgente que el anterior.

Gemí, hipnotizada por aquella subyugante imagen de Louis, completamente desnudo y follándome, el pecho fuerte y brillante por el sudor de la excitación, con el cabello castaño cayéndole por los hombros.

Sin pensarlo, me incorporé y le clavé las uñas en los hombros.

Louis se detuvo abruptamente, sus ojos encendidos de un brillo desafiante. Sabía que había desobedecido sus órdenes de no moverme y ahora estaba a punto de pagar las consecuencias.

Por una vez, estaba dichosa de aceptar un castigo.

—¿No os he pedido que no os movierais, madame? —dijo, en un tono bajo y peligroso.

Asentí, mi respiración entrecortada, esperando su reacción con una mezcla de deseo y anticipación. Louis sonrió maliciosamente y se inclinó para susurrarme al oído:

—Vais a pagar muy caro el haber desobedecido al rey de Francia.

Con eso, comenzó a moverse de nuevo, pero esta vez, sus embestidas eran más controladas, más deliberadas.

Salía de entre mis piernas casi por completo antes de volver a entrar, cada vez más lentamente, torturándome con la anticipación de volverlo a tener en mi interior.

Gemí de frustración e intenté mover mis caderas para hacerle aumentar su ritmo, pero Louis me sujetó con fuerza, impidiendo cualquier movimiento.

—Quieta —me ordenó.

Obedecí, aunque mi cuerpo temblaba de pura necesidad. Cada embestida lenta y profunda me llevaba al borde del éxtasis, pero se retiraba justo antes de que pudiera caer en el abismo. Era una tortura deliciosa, y supe que estaba a punto de perder la cabeza si no me permitía alcanzar el orgasmo.

—Louis, por favor —supliqué, en un ruego desesperado—. Por favor.

Pero él continuó con su ritmo tortuoso, sus ojos fijos en los míos, disfrutando de mi sufrimiento.

Podía ver el brillo de satisfacción en su mirada, sabiendo que me tenía justo donde quería tenerme.

Siguió follándome así, convirtiendo cada embestida en una dulce agonía.

Mis manos, de nuevo por encima de mi cabeza, se cerraron en puños, mis uñas clavándose otra vez en mis palmas mientras intentaba aguantar.

El placer era tan intenso que casi era doloroso, y supe que estaba al borde de un largo y gozoso precipicio.