Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne XIX
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Jeanne XIX

M e aseguré de que los duques de Orleans se quedaran velando a la pobre María Teresa, a pesar de las protestas de Monsieur , y fui a buscar a Louis a los Apartamentos Reales tras el almuerzo.

—Venid conmigo, majestad.

—¿Debo temeros, madame? —sonrió Louis, quien me había ofrecido su brazo, a pesar de que era yo quien lo guiaba.

—Quizá sí debáis temerme —respondí, con fingida inocencia, mientras acariciaba el brocado de su manga con los dedos—. Aunque sospecho que bajo este techo, la persona más temida sois vos.

—Excepto por ti —murmuró en mi oído, provocándome un delicioso escalofrío.

Caminábamos muy juntos, con la complicidad flotando entre nosotros como una suave neblina dorada que nos protegía del mundo exterior. A su lado, sentía que las garras de la Nueva Fronda no volverían a arañar mi maltrecha piel. La simple presencia de Louis me sanaba poco a poco.

Abandonamos los Apartamentos Reales y lo llevé hasta el Salón de Apolo, cruzando antecámaras y corredores, con la corte reverenciándonos a nuestro paso.

Louis no les prestó atención alguna y la burbuja hecha de oro permaneció intacta a nuestro alrededor hasta que llegamos al Salón de la Guerra, cuyas puertas cerradas daban a la Galería de los Espejos.

Dos ujieres nos esperaban a ambos lados del pórtico de madera tallada. Se inclinaron al vernos llegar y, sin más señal que un leve gesto de mi cabeza, abrieron las puertas.

Louis alzó una ceja, divertido, ante mi desfachatez.

—¿Habéis tomado Versalles bajo vuestro mando?

—No. Pero he pedido un favor y me ha sido concedido —respondí, tirando de él hacia aquella Galería que yo sabía que lo hacía tan feliz.

Era media tarde, por lo que las velas de los candelabros y de las lámparas de araña no eran necesarias, pero los ujieres las habían prendido bajo mis órdenes. Ahora, la luz de todas aquellas velas se reflejaba en la infinita pared de espejos y molduras doradas.

Y, lo más importante, la Galería de los Espejos estaba desierta, salvo por una pequeña banda de músicos dispuesta por el maestro Lully en uno de los extremos.

Tocaban violines, un clavecín y una viola da gamba, con los ojos vendados mediante pañuelos de seda azul.

El sonido de la música flotaba, etéreo, como salido de un sueño, y llenaba la Galería con las melodías que Louis más amaba.

Él, aun confundido, contempló la escena sin disimular su asombro ante aquel extraño y privado espectáculo que yo había planeado para su deleite.

—¿Puedo preguntar cuál es vuestro propósito?

—Podéis, pero antes…

Hice un leve gesto a los ujieres que custodiaban todos los accesos a la Galería y estos se apresuraron a obedecer, cerrando las puertas y dejándonos en una inmensa intimidad repleta de música y luz.

—Y bien, ¿qué habéis planeado, Jeanne de Lormagne?

—Una confesión, Louis de Francia —dije, y él me apartó un mechón de pelo de la frente, incapaz de disimular su sonrisa—. Una verdad que me pesa, porque creo que no os gustará.

—Ya sabéis que podéis decirme cualquier cosa.

—Odio bailar —solté, sin más—. No lo soporto. Sé que os dije que no se me daban bien las danzas cortesanas, pero no es cierto. Simplemente, no me gusta bailar.

—¿Puedo preguntar el motivo de vuestro odio?

—Me obligaron a aprender los pasos básicos para ser una experta bailarina, pero solo lograron que lo detestase.

—¿Y por qué os obligaron?

—Para agradar a alguien —respondí, con toda la sinceridad que me podía permitir—. Bailando me siento torpe y expuesta. Detesto que los demás me observen.

Louis me contempló en silencio, esperando a que yo siguiese hablando.

—Pero vos sí amáis el baile y yo quiero entregaros este miedo mío. Consideradlo una rendición voluntaria.

Continuó sin decir nada, pero vi cómo se suavizaban los ángulos de su rostro al comprender lo que le estaba regalando. Su mirada era cálida cuando extendió su mano.

—Bailad conmigo y conseguiré que disfrutéis del acto —dijo, gentil—. Yo os guiaré, Jeanne.

—Estoy aterrada, Louis —respondí, aceptando su mano, y él supo que no estaba hablando del baile, sino de lo que había nacido entre ambos a pesar de todos mis esfuerzos por negar mi propia alma.

—Lo sé. Pero jamás permitiré que tengáis miedo a mi lado.

Empezamos a movernos, lentamente, en un compás sencillo, siguiendo el ritmo de la música que flotaba en la Galería, con él guiándome entre susurros y miradas.

Repetíamos el patrón, una y otra vez, y yo no sabía si reír o llorar.

Mis pies comenzaron a memorizar su ritmo, a dejarse llevar, y Louis, que era un consumado bailarín, me guio en cada paso hasta que, de forma milagrosa, empecé a disfrutar de aquel acto que siempre había detestado.

La música envolvía los muros dorados y los espejos multiplicaban nuestros reflejos en todas direcciones. Éramos decenas, centenas, de Louis y de Jeanne danzando juntos, más allá del tiempo, más allá del juicio, más allá de traiciones y deberes.

—¿Veis? —susurró, apretando mi mano—. No hay motivo para temer nada. Solo estáis bailando conmigo.

—No. Os estoy entregando mi miedo..

—¿Y qué haré con él?

—Lo que queráis —respondí—. Guardadlo o destrozadlo, pues es vuestro.

Entonces, sin romper el compás, me atrajo un poco más hacia sí. Sentí el calor de su aliento en mi cuello. La mano que me guiaba subió por mi espalda, y mi respiración se convirtió en un incendio contenido, esperando su beso.

Cuando tomó mis labios con los suyos, lo sentí diferente.

No era un beso como el que me dio en el bosque, ni como los que habíamos compartido en su cámara la noche en que su esposa murió.

Esta vez fue un beso lento, profundo, cálido, que acarició todos y cada uno de mis sentidos.

Me aferré a su cuello, incapaz de contener el fuego que aquel contacto despertaba en mí.

No había pasos que aprender aquí, ni música que dictara el compás de nuestros cuerpos.

Solo la danza de nuestros labios, la ceremonia sagrada del deseo.

Los músicos, ajenos a nosotros por las vendas que cubrían sus ojos, tocaban ahora una pieza más audaz.

Una zarabanda casi temeraria. Yo no sabía si seguíamos bailando, pero sí sabía que nos movíamos juntos.

Que no podía soltar a Louis, aunque quisiera.

Si el mundo ardía fuera de estos muros que ahora nos custodiaban, dentro de mí algo también se estaba encendiendo.

—¿Esto también lo hacéis con todas? —susurré, entre jadeos, cuando nos detuvimos otra vez, mi frente contra su pecho.

—No.

Apoyé una mano sobre su corazón, ese mismo que yo debía entregar a la Nueva Fronda para que dejase de latir. Los espejos nos devolvían la imagen de una pareja joven que parecía feliz, y sentí que éramos deseo y destino bailando al borde del abismo.

Supe entonces que debía rendirme, hacer caer una de mis muchas máscaras, y me separé de él unos centímetros.

Sin pronunciar una palabra, tiré de los lazos delanteros de mi corpiño.

Uno a uno, bajo su mirada añil. No interrumpió mi tarea de desnudarme de cintura para arriba.

Se limitó a entrelazar los dedos frente a él, atento a mis movimientos, mientras yo me deshacía poco a poco de todas las prendas que me cubrían de cintura para arriba.

Cuando me quité la camisa interior, dudé un último momento. Hasta ahora le había escondido mi espalda, que no era más que un mapa de mi dolor, pero ya no podía ocultarme más de Louis.

Así que, con el aliento contenido en mis pulmones, me giré para que, al fin, contemplase las cicatrices que me habían sido infligidas en su nombre, aunque él no lo supiera.

La luz del sol que entraba por los ventanales de la Galería calentó mi piel maltrecha y vi, a través del espejo que tenía frente a mí y que mostraba a una mujer asustada y expuesta, cómo Louis no retrocedía ante la visión de mi espalda.

Tampoco había asco en su hermoso rostro.

Sus ojos, que estaban hechos del azul más majestuoso del mundo, escondieron la furia que mi espalda maltratada le provocaba. Luego, la furia dio paso a la compasión. Y tras la compasión, llegó el amor. Un amor que me desarmó más que las palizas que me dejaron esas marcas.

No me atreví a romper aquel silencio hecho de palabras y de música. Me limité a quedarme quieta, con el pecho tembloroso, las piezas superiores de mi vestido arremolinadas a mis pies, con los hombros desnudos y mis pechos al aire. Esperé su rechazo al ver semejante monstruosidad.

Louis se acercó a mí.

Escuché el roce de sus zapatos contra el mármol, el leve crujido de la tela de su casaca rozando mi falda. No dijo nada mientras se ponía detrás de mí. Solo cuando lo tuve a mi espalda, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo sin llegar a tocarme, murmuró:

—Jeanne…

La yema de sus dedos rozó mi hombro derecho, despacio, y me estremecí con ese ligero contacto. Quería que viera en lo que me habían convertido. Quería que entendiera lo que había sufrido mi cuerpo. Quería que me quisiera tal cual era.

Louis siguió bajando los dedos por mi espalda, sin prisa, acariciando cada cicatriz, como si intentase memorizar el mapa de mi sufrimiento con su tacto.

Y luego, llegó lo inesperado: se inclinó y besó una de las cicatrices.

Luego otra y otra más. Sus labios iban sellando el dolor para anularlo con ternura.

Yo apenas podía sostenerme en pie.

—No permitiré que nadie os vuelva a hacer daño —murmuró contra mi piel—. Nunca.

La música seguía sonando, vibrando a través de los suelos, de los cristales, de nuestros cuerpos. La Galería de los Espejos nos rodeaba por completo.

—Venero cada una de vuestras sonrisas y de vuestras palabras, Jeanne. A vuestro lado soy más feliz que en ningún otro momento de mi vida.

Con un movimiento suave, pero firme, levantó mis faldas, exponiendo mis piernas desnudas a la fría y reflejante superficie de los espejos que teníamos frente a nosotros.