Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis XIX
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Louis XIX

A quella reunión del Gabinete del Consejo fue de las más difíciles que recordaba.

Habían pasado apenas unas horas desde la muerte de María Teresa y, aunque el luto oficial envolvía Versalles, la realidad política no daba respiro. Como tantas veces me había advertido mi madre, las coronas no se enfrían antes de que los buitres empiecen a revolotear.

Además, con la muerte de la reina, la herencia española estaba en juego.

Tanto Louvois como Raoul de Brissac insistían en que debíamos reclamar la dote de María Teresa a cualquier precio, mientras que Chamillart se mostraba más precavido al respecto, ya que una nueva guerra afectaría de forma dramática las finanzas reales.

Confiaba en Raoul, que conocía cada intriga, cada susurro y cada ambición que se cocía en la corte de Madrid.

Había sido embajador allí, y poseía un olfato afilado para la política internacional.

Su opinión siempre había sido importante para mí, así como la de Philippe, cuya presencia requerí en el Gabinete.

Sabía que mi hermano detestaba asistir a estas reuniones —demasiado sobrias, demasiado lejos de los placeres que tanto amaba—, pero lo necesitaba a mi lado.

Porque si había alguien capaz de llevarme la contraria sin temblar, era él.

Cuando entró en la sala, se dejó caer en su escabel con ese desdén que solo Philippe sabía manifestar sin ofender directamente a nadie, y me saludó con un bufido.

—¿Y bien? —preguntó mi hermano, alzando una ceja—. ¿Vamos a diseccionar la política internacional en pleno día de luto?

—Estamos aquí por España.

Raoul, que no toleraba demasiado la presencia de Philippe en aquellas reuniones, tomó la palabra:

—Majestad, la reina ha muerto sin ver satisfechos los derechos que por su dote le correspondían. El Tratado de los Pirineos fue claro: si no se cumplía el pago de la dote, sus descendientes podían reclamar herencia legítima en la Corona de España.

—La dote jamás fue pagada —interrumpió Philippe, cruzando las piernas con impaciencia—. Eso lo sabemos todos. Pero remover ese avispero nos lleva directos a la guerra. ¿O es que estamos tan aburridos que necesitamos más muertos sobre nuestras conciencias?

Raoul no se dejó intimidar por las palabras de mi hermano.

—España pronto estará al borde del colapso.

El rey Carlos II agoniza desde hace años.

Es un muerto andante, sin herederos ni fuerza viril alguna.

Cuando muera, los tronos europeos se alzarán cuchillo en mano para disputarse el cadáver del imperio español.

Y si no nos adelantamos, Austria lo hará.

¿Queréis ver a Leopold I metiendo sus zarpas en Nápoles, Milán o los Países Bajos?

—¿Qué propones, Raoul? —le pregunté—. ¿Reclamar la herencia española para nuestro Delfín?

—Exactamente eso, majestad.

—Eso provocará una nueva guerra, Louis, y tú lo sabes —replicó Philippe.

—Una guerra que nos hará ganar un imperio entero, alteza —contestó Louvois, apoyando a Raoul de Brissac.

Mi hermano lanzó una carcajada seca.

—¿Y una vez ganemos ese imperio, qué? ¿Lo celebramos con fuegos artificiales en París mientras el pueblo se muere de hambre por pagar otra puta guerra dinástica?

—Philippe —dije, con voz helada.

—No, al infierno con todo —respondió él, mirándome de frente—.

Alguien tiene que decírtelo. El pueblo está harto.

Cada campaña que lanzamos, cada conquista brillante que Louvois convierte en una estúpida balada épica, se traduce en subidas de impuestos, en cosechas requisadas, en aldeanos muertos de hambre y nobles aún más empobrecidos. El reino está exhausto.

—Si no actuamos, será Austria quien se haga con el control de gran parte de Europa —saltó Raoul—. ¿Eso preferís, alteza? ¿Ver a los Habsburgo rodeándonos desde todos los frentes? ¿Queréis que el nieto de Leopold I se siente algún día en el trono de Madrid y el de Viena?

—Lo que quiero —respondió Philippe, con veneno en la voz— es que no sigamos usando la muerte como moneda de cambio.

Los miré a ambos. La tensión era palpable.

Más que una discusión política, se trataba de un duelo a filo de espada.

La guerra había cambiado a mi hermano; antes, la había anhelado para cubrirse de gloria.

Ahora, la despreciaba. Pero lo que Philippe no entendía es que no se trataba solo de una cuestión de territorio o ambición, sino de garantizar la supervivencia de nuestro linaje, el mío y también el suyo.

—¿Qué opinan en Madrid? —pregunté a Raoul.

—La nobleza está dividida. Unos apoyan la unión de Leopold con William de Orange contra nosotros.

Otros verían con buenos ojos una alianza con Francia.

Especialmente si el Delfín reclamara la herencia a través de María Teresa.

Y no olvidemos que el testamento del rey Carlos II puede cambiar cada semana.

Lo rodean consejeros corruptos, monjes fanáticos y embajadores extranjeros que lo presionan desde todos los ángulos.

—Así que debemos actuar antes de que Carlos muera —dije.

—Exactamente —asintió Raoul—. Necesitamos dejar claro que Francia tiene intención de reclamar lo que le corresponde. No podemos permitir que Austria monopolice las alianzas. Y menos aún que Inglaterra respalde sus planes.

—¿Inglaterra? —preguntó Philippe, arrugando la nariz—. ¿Qué interés tiene ahora Inglaterra en toda esta cuestión?

—El mismo de siempre —respondió Raoul—. Que ninguna potencia continental se haga demasiado fuerte. Si ven que Austria crece, buscarán frenarla con nosotros. Pero si somos nosotros quienes damos el primer paso, nos pondrán en la diana.

—Lo que insinuáis es de locos, señor de Brissac. —Philippe parecía muy contrariado—. ¿Una nueva guerra con Inglaterra y Austria a la vez?

—Necesitamos una estrategia —dije, apoyando ambas manos en la mesa—. Y aún más que eso, necesitamos cohesión.

La palabra resonó en la sala como un eco incómodo. No era fácil pedirla. Ni en el Consejo, ni en la corte. Ni siquiera en mi propia familia.

Me volví hacia mi hermano.

—¿Pretendes que me quede sentado mientras otros reescriben el mapa de Europa sin contar con Francia?

—Sí, porque no necesitas España para nada —replicó él—. Tienes suficientes problemas en tu propio reino como para añadir los de otro.

El silencio se hizo más espeso que nunca.

Sabía que Raoul tenía razón. Y también que Philippe no estaba equivocado. Aquello no era un juego, y cada paso que diéramos ahora moldearía el destino de Europa durante generaciones. Pero yo era el Rey Sol. No podía permitirme dudar.

—Quiero que se prepare un informe con todos los apoyos internos en la corte de Madrid —ordené—. Quiero nombres, casas, ejércitos, fortunas. Y quiero saber qué piensa Inglaterra. Si aún hay lugar para pactos, debemos encontrarlo ahora. Si no, nos prepararemos para la guerra.

Raoul asintió, satisfecho por mi decisión. Philippe se quedó mirando al infinito, sin añadir nada. Intuí que quería hablar conmigo a solas, por lo que hice un gesto para que el resto de hombres abandonasen el Gabinete.

—¿Y bien? —pregunté, una vez tuvimos privacidad.

—Deja España en paz, Louis. París arde, envuelta en revueltas que la Nueva Fronda incita, y mientras, tus ojos se centran en problemas que te buscas tú mismo. Enfoca tu mirada en tu reino, en lo que pasa dentro de tus fronteras.

—Mis manos están atadas hasta que Gérald encuentre a Ferdinand.

—Y cuando eso ocurra, te mancharás las manos con tu propia sangre.

Y un puñado de familias fronderas esperan su ejecución en la Place de Grève.

Y la antigua capital está cada vez más harta del rey que insiste en alejarse del pueblo que quiere amarlo.

¿Es que no lo ves? Raoul de Brissac debe tener intereses en Madrid, porque no hace más que empujarte a una guerra que solo logrará bañar el continente entero en caos y muerte. Por tu ambición.

—Tú no lo entiendes —mascullé—. España me pertenece por dote.

—Y una mierda. —Philippe se puso en pie, apoyando ambas manos sobre la mesa cubierta de terciopelo azul—.

Olvídate de Europa, de ampliar tus fronteras y del destino que crees que recae sobre tus hombros, de llevar a Francia a ser el mayor reino del mundo.

Yo vivo en París, paseo por sus calles, escucho la voz del pueblo.

¿Cuándo fue la última vez que tú pisaste algo que no oliera a cera de palacio, a incienso de misa o a perfume de cortesana?

Había aprendido a no dejar que Philippe me hiriera, pero aun así, sus palabras daban justo en el blanco.

—No es mi deber pasear por el barro —respondí, con frialdad—. Pero sí lo es sostener este reino para evitar que se desmorone, y para eso debo contemplarlo desde lo alto, desde donde se ve todo el mapa, no solo una calle sucia o una taberna maloliente.

Philippe se echó a reír, seco, amargo.

—¿Y desde ahí arriba también se oyen los gritos? ¿Los niños que se mueren antes de aprender a hablar? ¿Las madres que se prostituyen para comprar pan? ¿O solo escuchas a Raoul, hablándote de conquistas, de alianzas y de coronas vacías?

—No me hables como si no me importara mi pueblo —le advertí, alzando la voz por primera vez—.

He dedicado mi vida entera a este reino.

Me he privado de amor, de descanso, de libertad.

He entregado todo lo que soy para que esta tierra no caiga en el mismo pozo de guerras civiles del que salimos hace apenas una generación.

—Y ahora vas a empujarla otra vez hacia él —gruñó Philippe—. Porque no puedes soportar la idea de que algo no te pertenezca. España, el mundo, las mujeres… ¡Todo debe estar bajo tu mando!

La furia me hirvió la sangre. Me acerqué un paso a mi hermano, con el semblante grave.

—Cuida tus palabras, Philippe.

—¿Por qué? ¿Vas a mandarme a la Bastilla, como hiciste con tantos otros? ¿Vas a silenciarme como a cualquiera que se atreva a decirte que vas demasiado lejos en tus ambiciones?

Me detuve en seco. Philippe me conocía demasiado bien.

—No puedo cruzarme de brazos mientras Leopold se apodera de medio continente —declaré, de pronto agotado—. El nombre de Francia no puede reducirse a un susurro en los pasillos de Europa, mientras Austria se hincha de gloria y poder.

—Salva a Francia de ti mismo —dijo Philippe, sin titubear pero con infinita gravedad—.

Nadie más puede hacerlo. Raoul no lo hará.

El Delfín aún no está preparado. Tus ministros te temen.

Los cortesanos te adoran como a un dios porque no saben cómo mirar al hombre que hay debajo.

Pero yo te veo, Louis. Te conozco. Y sé cuándo estás a punto de cruzar una línea de la que no hay retorno.

Sus palabras me hicieron dudar. Dudar de verdad sobre mis propias ambiciones. ¿Estaba yendo demasiado lejos?

Me giré, de espaldas a él.

—María Teresa fue mi esposa —dije, sin volverme—. No la amé, pero era mi deber, uno que ahora me ata a una tierra que me corresponde aunque me desprecie. ¿Cómo no reclamarla?

—María Teresa fue una mujer silenciosa que nunca te importó en realidad —respondió Philippe—. No uses su memoria como excusa para saciar tus ansias de inmortalidad. Si reclamas España, lo harás por ti, no por ella.

Un agónico silencio se alzó entre los dos, y sentí a mi hermano más lejano de mí que nunca.

—Si vas a la guerra —añadió, antes de marcharse—, no será solo Europa la que arda. París lo hará contigo. Y quizás, Louis, esta vez nadie sea capaz de apagar ese fuego.

—Tú no entiendes lo que es ser rey.

—Es cierto, pero entiendo lo que es ser tu hermano. Siempre me has permitido hablarte con libertad, y aquí tienes mi verdad: sé un buen rey para los franceses, en vez de un tirano para Europa.

Hice un gesto de negación.

—Soy un hombre ilustrado, no un tirano.

Esta vez fue mi hermano el que sacudió la cabeza.

—Madame de Maintenon y Raoul de Brissac te han llenado la cabeza de una divinidad que no te pertenece. Espero que el nuevo amor que brilla en tus ojos, el de Jeanne de Lormagne, ponga cordura en ese corazón tuyo, Louis. De verdad lo espero.

Hizo el ademán de retirarse, pero lo frené con mis palabras:

—En diez días viajaremos hasta Saint-Germain.

—¿Viajaremos? ¿En plural?

—Sí, quiero que Aurore y tú vengáis conmigo.

—¿Por qué? ¿Temes que el Delfín y el resto de tus hijos no te reconozcan si no apareces a mi lado?

No respondí a eso y él tampoco añadió nada más. Cuando Philippe se fue, me quedé solo en la sala, rodeado de mapas y planes de campañas, junto con el eco de su advertencia, que sonaba más sincero que cualquier palabra aduladora pronunciada por mis ministros.

La sombra de la corona española seguía allí, brillando como un sol negro sobre el destino de Francia, que era también el mío propio.

Las fronteras eran líneas finas y cada una de ellas, lo sabía, estaba pintada con sangre.