Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne XVIII
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Jeanne XVIII

M e desperté sola en la chambre du roi y, por un momento, no recordé cómo había llegado allí ni por qué.

Estaba desnuda en la cama del rey, con el sol derramándose sobre las molduras doradas, sobre los tapices y los cortinajes azul real bordados con la flor de lis.

El aire olía a madera de manzano quemada para perfumar los Apartamentos Reales, pero también a la suave sombra de las horas que acabábamos de compartir.

Me sentí ligera, incorpórea, como si hubieran nacido unas pequeñas alas bajo mis pies.

Me incorporé despacio, con las sábanas aún sobre mi regazo, y miré a mi alrededor como si viera aquel lugar por primera vez.

Louis no estaba a mi lado. ¿Habría renunciado al ritual diario del Petit Lever y el Grand Lever solo para dejarme dormir un poco más? ¿De verdad había desafiado el rígido protocolo que dominaba sus mañanas por deferencia a mi sueño?

Abandoné el lecho. El mármol bajo mis pies estaba frío, pero el ardor del sol que entraba por los ventanales lo compensaba.

Caminé desnuda por la estancia, deteniéndome frente a un espejo.

Mi reflejo era el de una mujer viva, sin máscaras.

El pelo revuelto, la sonrisa indeleble, la piel salpicada aún de sus besos.

Me estremecí, de miedo y de deleite. Había dormido a su lado, dispuesta a entregarme a él en cuerpo y alma, y Louis había renunciado a su placer por mí, porque me sabía dañada y rota.

¿ Cómo era posible, si todos hablaban del hombre cruel y caprichoso que se escondía bajo el rostro de un tirano?

Me acerqué a una de las ventanas. Versalles se desperezaba bajo el sol y yo con él.

Fue entonces cuando la puerta se abrió.

Primero entró Louis, quien no pudo evitar echarse a reír al encontrarme en plena desnudez, seguido de Philippe de Orleans, y por último Bontemps, que al verme tal y como Dios me había traído al mundo se detuvo en seco con una expresión de horror.

—Caramba, hermano —comentó Monsieur , para luego sonreír sardónicamente, alzando una ceja, sin molestarse en apartar la mirada de mi piel expuesta—. Debo admitir que tus gustos han mejorado notablemente desde la Maintenon.

—Philippe, hoy no.

—Si uno no puede hacer un comentario cuando entra en la chambre du roi y se encuentra con una ninfa desnuda, ¿cuándo, si no?

Yo, erguida y expuesta, no corrí a cubrirme. Me limité a sonreír y a ejecutar una reverencia ante ambos hermanos reales, como si me los hubiera encontrado en un salón cualquiera.

—Majestad, alteza —los saludé, con una sonrisa perfectamente tranquila.

Monsieur pareció infinitamente divertido por mi descaro, y supe que al fin me había ganado su simpatía.

—Sí, desde luego que tus gustos han mejorado, Louis. Enhorabuena por no follarte a un retablo bíblico.

—Philippe, por favor —dijo Louis con un suspiro de fastidio.

—Sí, sí, ya me callo —respondió su hermano, y se volvió hacia el consternado ayuda de cámara con una risita mal disimulada—. Bontemps, avisadme cuando su majestad haya terminado de ser trágicamente mojigato. O mejor, no me aviséis, así me ahorraré veros esa cara de pez fuera del agua.

Y con un gesto teatral, desapareció por un pasillo secreto ubicado junto a la cama de Louis, dejando a su paso el eco de su irreverencia. Bontemps, con las orejas rojas de vergüenza, cerró tras de sí las puertas doradas de la cámara real, permitiéndonos un momento de privacidad.

Louis se acercó entonces a mí. No me cubrí. Él tampoco desvió la vista de mi cuerpo desnudo.

—Perdóname —dijo—. Quise darte un poco más de descanso. Pero el mundo no da tregua y Versalles menos aún.

—¿Y qué hay de ti? —pregunté.

Él me tomó la mano y la besó.

—Tú eres mi tregua, Jeanne.

Sonreí y, sin poderlo evitar, eché mis manos alrededor de su cuello para buscar sus labios.

—Olvídate de ese mundo que tanto te requiere; olvídate también de Versalles y ven conmigo a la cama. Es de muy mala educación dejar a una dama desnuda e insatisfecha en el lecho.

Se echó a reír, divertido por mi insolencia. Y, por un instante, el Rey Sol dejó de ser un dios y volvió a ser un hombre. Uno hermoso, real, tangible.

Estaba insultantemente atractivo aquella mañana de verano.

Vestía una casaca de seda negra, bordada en hilos de plata, con un chaleco de raso amarillo que resplandecía como la luz, ceñido a su talle esbelto.

Los puños de encaje blanco caían en cascadas suaves sobre sus manos largas y nobles.

En su cuello, el jabot de terciopelo estaba sujeto por una joya pequeña, de discreto luto: un camafeo de ónix con el escudo de la casa de María Teresa.

Era un traje de pesar por su esposa, y aun así, nunca había sido tan bello a mis ojos.

Pero más allá del lujo, lo que lo hacía humano era su mirada.

Sus ojos, usualmente centelleantes de ambición, estaban esta mañana cubiertos por una tristeza calmada que no se podía fingir.

Una tristeza que hablaba de la muerte de María Teresa, y también de las muchas vidas que había dejado atrás para llegar a ser quien era.

— Mon cœur —dijo con suavidad, acariciando mi mejilla—. No sabes cuánto desearía quedarme aquí, contigo, el día entero. Y luego debo atender cientos de asuntos que no pueden esperar, entre ellos organizar el sepelio de María Teresa. Me esperan unos días muy agitados.

—Lo entiendo.

—Te lo juro: si pudiera dejar el cetro sobre la almohada y quedarme entre tus brazos, lo haría. Pero no puedo.

—Ya lo sé. No necesito que me jures nada. Pero hay algo que sí preciso de ti…

Él alzó una ceja, curioso.

—Tiempo a tu lado —dije, poniéndome de puntillas para robarle un beso fugaz—. Solos, tú y yo.

Louis sonrió, aunque sus ojos seguían nublados por el deber que lo arrastraba lejos de mí.

—Aún no entiendo cómo tuve la suerte de que mi camino se cruzase con el tuyo aquella mañana, aquel día, en aquel bosque. Pero ten por seguro que se lo agradezco a Dios cada vez que te beso.

La culpa me golpeó, furiosa y letal como una tormenta en alta mar. Pero, con esa culpa, llegó también una chispa de rebeldía que incendió mi corazón y lo llenó de una certeza absoluta: la Nueva Fronda se equivocaba con Louis.

Podía ser mejor rey, mejor hombre.

Y yo iba a demostrárselo.

La muerte de María Teresa apenas alteró la rutina diaria de Versalles. La reina no era amada, ni siquiera apreciada, y la vida continuó con relativa normalidad mientras Louis se ocupaba de que el reino sobreviviera un día más.

Sin pensar en nada ni tomar un libro que me acompañase en mi soledad, paseé sola por los jardines, ajena a los saludos amables de los caballeros y damas que me cruzaba.

La luz de la mañana jugaba con las fuentes y los setos perfectamente podados.

Los jardineros, dirigidos por el eficiente André Le Nôtre, caminaban por los senderos con sus tijeras y regaderas como si nada hubiese ocurrido, como si no se hubiera extinguido una vida entre los muros dorados del palacio.

Yo, en cambio, ardía por dentro.

Caminaba sin rumbo, embriagada de sensaciones, con un vientre que se agitaba de impaciencia.

La mano derecha, inconscientemente, la llevaba a mis labios.

Mis dedos aún sabían a él. A Louis. A su boca.

A su piel. A su deseo. Cerré los ojos un instante, de pie, junto al borde de mármol del Parterre del Agua, mientras mi cuerpo revivía las caricias, los susurros, la forma en que su aliento se volvía jadeo cuando me tocaba, cuando se perdía en mí sin siquiera tomarme.

Aquella noche sin consumación había sido más íntima que cualquier otra que hubiese vivido.

Desnudos, piel contra piel, besándonos con ternura y con hambre, sus dedos entrelazados con los míos bajo las sábanas bordadas con flores de lis .

¿Podía una sola noche destruir todas las defensas de una mujer que había sido vaciada de sentimientos desde su más tierna infancia?

Me senté junto a la fuente de Latona, incapaz de borrar la sonrisa delatora de mi rostro.

Era una sonrisa porque él existía. Porque, a pesar de todo, Louis estaba en el mundo y me había mirado como a ninguna otra.

Había besado mis cicatrices con devoción.

Había escuchado mis palabras sin pedirme nada. Había prometido sangre por mi dolor.

Aquel era el primer día del resto de mi vida y yo iba a consagrarlo a él.

Así fue como Monsieur y Aurore me encontraron, perdida en mi ensueño. Al darme cuenta de quién tenía delante, me apresuré a ponerme en pie e inclinarme ante los duques de Orleans.

—Altezas.

—Vaya, cuántas formalidades, Madame de Lormagne —dijo Philippe—. Teniendo en cuenta que os he visto tal y como Dios os trajo al mundo, entre las sábanas de mi hermano, no tiene sentido que finjáis decoro bajo la luz del sol.

Aurore le lanzó una mirada fulminante, aunque de sus labios se escapó una sonrisa llena de diversión.

—No la molestéis, Philippe.

—¿Molestarla? ¡La estoy elevando al rango de amante oficial con mi bendición! Y eso, en este palacio de víboras y putrefacción perfumada, vale más que un título nobiliario.

Reí sin ofenderme. Con Philippe de Orleans uno aprendía a distinguir el veneno de la ironía, y lo que brillaba en sus ojos era una malicia afectuosa.

Aurore se acercó y me tomó del brazo con dulzura.

—¿Todo ha ido bien, Jeanne?

—Creo que sí.

El duque de Orleans y su esposa se miraron, cómplices.

—Os habéis ganado el corazón de mi hermano —declaró Philippe, con las manos a su espalda—. Espero que estéis a la altura de semejante amor y que no os aprovechéis de su cariño y devoción, madame.

—No es esa mi intención, alteza.

—Más os vale que así sea —dijo Monsieur —. En caso contrario, la próxima visita que recibiréis en vuestros aposentos será la mía, y juro que puedo ser muy desagradable cuando me lo propongo.

—¡Philippe! —lo amonestó Aurore, cruzándose de brazos—. No podéis hablarle así a Jeanne.

Él esbozó una sonrisa ladina.

—En realidad, sí que puedo.

—Podéis, y debéis, alteza —le aseguré.

Él estudió mi rostro.

—Hace escasas horas murió una reina, lo cual significa que pronto llegará un enjambre de damas ansiosas de hacerse con su trono, adulando el ego de mi hermano hasta volverlo un necio.

—Alteza, no deseo ni por un segundo ocupar el lugar de María Teresa.

—¿No? —Philippe levantó una ceja, curioso—. Qué lástima; Francia se merece una favorita del rey que esté a la altura de Louis.

Aurore le dio un codazo para que callara de una vez, y Monsieur puso los ojos en blanco, aunque esta vez obedeció a su esposa.

—Lo que necesita ahora su majestad es apoyo, comprensión y alguna que otra distracción —dijo la duquesa—. Espero que se lo ofrezcáis, Jeanne.

Al decirme eso, Aurore me dio una idea. Una que sin duda no podría llevar a cabo sin un poco de ayuda.

—¿Puedo pediros algo? A los dos.

Philippe fingió espantarse.

—¿Vais a pedirnos que recemos por él? Porque nada se me antoja más tedioso que eso.

—Claro que no, alteza.

—Entonces, quizá nos pidáis que bailemos disfrazados de musas de Apolo para animar al rey. Eso sí que estoy dispuesto a hacerlo.

—No es mala idea —acepté, lo que provocó la hilaridad en ambos. Luego, volví a la seriedad—: Quiero hacer algo por él, que lo aparte, al menos por unas horas, de todo lo que debe soportar. Pero necesito vuestra ayuda para llevarlo a cabo.

Aurore asintió de inmediato.

—Cuenta conmigo. ¿Quieres que distraiga a los embajadores? ¿O que le robe unas horas al protocolo?

—Todo eso. Y necesito a Bontemps también.

—Por Dios… —Philippe entornó los ojos—. Cuando se involucra a Bontemps, las cosas pasan de diversión a aburrimiento.

—No lo creáis, alteza —respondí, divertida, y procedí a explicarles mi plan.

Me sentía viva. Iba a devolverle a Louis algo del consuelo que él me había dado y demostrarle que su tristeza no sería eterna. Que aún quedaba belleza en el mundo. Y que él tenía permiso para sentirla.

Los duques de Orleans accedieron a ayudarme; Philippe se encargaría de hablar con el maestro Lully y yo fui con Aurore a convencer a Bontemps.

—Lo que me pedís es altamente irregular, por no decir que va contra todo protocolo —se quejó el ayuda de cámara al escuchar lo que le pedimos.

—Vamos, Bontemps —lo apremió Aurore—. Si alguien puede romper el protocolo, es el rey, ¿no?

—Sí, pero…

—Solo pido que lo apartéis de sus deberes una tarde. Estoy segura de que Francia no se hundirá si el Rey Sol se ausenta por unas pocas horas.

—No, pero el cuerpo de María Teresa debe ser velado por alguien de la familia real. Es la norma y la tradición.

—Lo haremos Monsieur y yo —se ofreció Aurore.

—¿ Monsieur lo sabe?

—No, y pondrá el grito en el cielo cuando se entere, pero me encargaré de que acceda —aseguró la duquesa de Orleans.

Bontemps no quería aceptar, pero estaba frente a dos mujeres decididas a salirse con la suya, y una de ellas era princesa de Francia y esposa del hermano de su rey. Difícilmente podía negarse.

—Está bien. Su majestad suele pasar un par de horas a media tarde en sus Apartamentos Reales para descansar y estar solo o con su…

—Detuvo la frase, contrariado, y yo supe que había estado a punto de decir que Louis pasaba esas horas privadas con la favorita de turno—.

Con su círculo íntimo. Aprovechad esas horas bien, madame.

Asentí. No pensaba desperdiciarlas.