Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis XVIII
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Louis XVIII

A ntes de regresar a los Apartamentos Reales, me detuve unos instantes en el pasillo de mármol que conducía a mis aposentos. La muerte de María Teresa dolía, en algún lugar donde ya no pensaba que pudiese dolerme nada.

Bontemps se alarmó al verme tan decaído.

—¿Majestad?

—Diez días de vela —ordené, sin mirarlo—.

Rodead su lecho con miles de claveles; eran sus flores favoritas.

Que el aroma oculte el olor de la muerte, al menos por un tiempo.

—Sí, majestad —dijo, inclinando levemente la cabeza.

—Escribid a todos los Habsburgo cercanos a ella.

—Así se hará. —Y que el maestro Lully componga una melodía con ecos de España, para María Teresa.

—¿Algo más, majestad? —Sí. Avisad a Saint-Germain.

Dentro de diez días partiré para ver a mis hijos y ofrecerles mi consuelo.

Bontemps asintió y se retiró, silencioso y eficiente como siempre.

Miré a través de la ventana, hacia el nuevo amanecer que rodeaba Versalles. El luto no era nuevo para mí. Pero esta vez, el vacío estaba lleno de la convicción de que con ella también moría una parte de mi propia historia .

De vuelta en la chambre du roi , di órdenes de que quería estar solo y los ujieres se retiraron sin pronunciar ni una sola palabra.

Me deshice de la casaca y el chaleco y me senté en el borde del lecho, escondiendo el rostro entre mis manos, con los codos apoyados en mis rodillas.

Sabía que no iba a llorar por María Teresa. Verter lágrimas no era un acto permitido a un monarca. Mi madre siempre había sido muy clara al respecto de lo que yo podía y no podía hacer.

—No llorarás nunca por nada. No amarás a nadie, solo a Francia. El rey no puede doblegarse. Si lloras, haces temblar a la nación. Si amas, te debilitas. Serás cruel cuando tu pueblo lo merezca, y gentil cuando se lo gane. Te mostrarás inalcanzable, más cercano a Dios que a nadie en el mundo.

Esas fueron las palabras de mi madre, talladas a sangre fría en la carne blanda de mi infancia.

Ahora, décadas después, a solas en la chambre du roi , con la distante y silenciosa esposa legítima y recién muerta en la otra ala del palacio, esas palabras me retumbaban en los huesos.

Mi madre me había enseñado a gobernar con frialdad, a cerrar el puño en lugar del corazón.

A tomar el amor como un lujo que se paga con sangre.

A veces pensaba que, si no fuera porque tenía a Philippe a mi lado, no hubiera podido soportar aquella carga que me había sido impuesta.

Él me recordaba continuamente que no había nada de divino en mí, que era tan humano como él.

Mi hermano me anclaba a la realidad y me mantenía cuerdo.

Lograba hacerme reír cuando lo único que yo deseaba era hacer arder aquel país lleno de descontento que me había tocado en gracia reinar.

Yo no amaba a María Teresa. No como un esposo ama a una esposa.

Había venido a mí como un sacrificio diplomático, y se había resignado a ese papel con una dignidad callada que a veces me irritaba y otras me conmovía.

Sentía pena por mi reina, pero también por el marido que no fui capaz de ser para ella.

En esa pena sorda se mezcló el nombre de Jeanne.

¿Qué diría mi madre si supiera que me había enamorado de una mujer sin linaje, sin ningún deber para con Francia? Me abofetearía con palabras, porque yo empezaba a desear cosas que un rey no debe desear: la compañía que no se compra con un trato conyugal, sino con deseo y amor.

Mi madre estaba muerta. María Teresa también. Pero yo aún respiraba.

—Majestad, sé que habéis pedido que nadie os moleste. —La voz apagada de Bontemps sonó más allá de la puerta dorada de mi dormitorio—. Pero Madame de Lormagne está aquí y desea veros.

Sentí un golpe seco en el pecho.

—Dejadla entrar.

Los ujieres abrieron las puertas al instante.

Jeanne vestía un sencillo vestido negro, con el dorado cabello suelto sobre los hombros, y su rostro no traía la compasión fingida de los cortesanos ni la piedad vacía de los clérigos. Solo una tristeza honesta.

—Majestad.

—No me llames así. No esta noche.

Se acercó hasta arrodillarse ante mí, tomando mis manos entre las suyas.

—Lo siento mucho, Louis.

—¿Por qué has venido a verme?

—Porque nadie debería llorar solo a una vida que se ha ido, ni siquiera si esa vida fue una prisión —dijo, y luego la picardía brilló en sus ojos esmeralda—. Y porque cuando nos conocimos te dije que debía encontrar el camino a tus aposentos para agradecerte en privado el haberme salvado .

No pude evitar reírme en voz baja.

—No es la mejor noche para agradecerme nada en privado.

—Permíteme estar en desacuerdo contigo.

Me perdí en cada detalle de su rostro: la nariz estrecha, respingona, los preciosos labios que siempre parecían esconder un secreto, las escasas pecas de sus mejillas y el deseo contenido que guardaban sus ojos.

Mi mano acarició su mejilla y, al hacerlo, ella cerró los párpados, buscando el contacto de su piel con mi mano.

La muerte deja un extraño vacío cuando llega, trayendo con ella la urgente necesidad de sentirse vivo, de hacer que el corazón bombee la sangre, de seguir respirando, de agotar cada segundo de existencia que te queda por delante. Y, en aquel momento, yo deseaba beberme la vida entera.

—Levántate, Jeanne.

Se puso de pie y yo la imité. Podía sentir el calor de su cuerpo, y eso avivó mi propio fuego. La atraje hacia mí y la besé.

Su boca era suavemente tentadora, y saboreé cada segundo de ese encuentro lleno de desesperación y necesidad.

Jeanne respondió con el mismo fervor, sus dedos enredándose en mi cabello, tirando de mí hacia ella.

El beso se intensificó, se volvió más urgente y febril, como si ambos estuviéramos tratando de llenar un vacío insoportable.

Mis manos recorrieron su espalda, explorando cada curva, cada rincón que yo deseaba venerar con dedos y lengua. La deseaba tanto que dolía.

La guié hacia la cama, mis labios nunca dejando los de ella, y la acosté delicadamente sobre el colchón, cubriendo su cuerpo con el mío.

Su respiración se entrecortó cuando mis manos buscaron sus piernas.

La piel le ardía, y gimió en mi boca cuando mis dedos subieron por sus muslos.

Se arqueó contra mí, buscando más puntos de contacto entre nosotros, y yo abandoné su boca para besar su cuello, su clavícula, sus hombros, dejando un rastro de fuego a mi paso.

—Louis —dijo, su voz convertida en un ruego desesperado—. Te necesito.

—No tanto como yo te necesito a ti, mon cœur .

Me tomé mi tiempo para desnudarla, a pesar de la impaciencia que crecía en ella. Sus ojos me miraban sin apenas parpadear, fijos en los míos, dejándose llevar por el ritmo que yo marcaba.

El corpiño cayó y sus pechos, erguidos y perfectos, me robaron el aliento.

Los contemplé como si fueran algo sagrado y ella se estremeció bajo mi escrutinio, consumida por una mezcla de entrega y miedo que pude sentir cada vez que la acariciaba.

Besé la curva de su cuello, descendiendo lentamente, adorando cada centímetro de su piel.

Mi lengua trazó un camino húmedo y caliente hacia su escote, saboreando la sal de su piel, el dulce aroma de su excitación.

Llegué a sus senos y los tomé en mis manos, sintiendo su peso y su suavidad.

Mis pulgares rozaron sus pezones ya erguidos, haciendo que se endurecieran aún más, y Jeanne gimió, un sonido delicioso que vibró en su pecho y resonó en el mío.

Empecé a lamer sus pechos, tomando un pezón en mi boca mientras mis dedos jugaban con el otro.

Mi lengua giraba alrededor de la sensible cúspide, disfrutando de su dureza, su textura, su reacción a mis caricias.

Ella arqueó la espalda, empujando sus senos hacia mi boca, pidiendo más.

Mordisqueé suavemente, lo suficiente para hacerla jadear, pero no tanto como para lastimarla.

El contraste entre la suavidad de mis labios y la firmeza de mis dientes la volvió loca, y sus manos se enredaron en mi cabello, guiándome, urgente y ansiosa.

Jugué sin descanso con ella, alternando entre lamer, chupar y algún que otro ligero mordisco, disfrutando de cada reacción, de cada gemido, de cada movimiento de sus caderas contra las mías.

Su cuerpo respondía al mío como si estuviéramos hechos el uno para el otro, y en ese momento, mientras se rendía a mí, supe que nunca tendría suficiente de Jeanne.

Le arranqué la falda del vestido y luego la ropa interior, impaciente por poseerla entera. Cuando al fin quedó completamente desnuda sobre mi cama, me detuve un momento para incorporarme y contemplarla.

— Mon cœur … —susurré, conmovido por aquella mezcla subyugante de entrega y vulnerabilidad que habitaba en Jeanne.

—Déjate de halagos y hazme tuya, o me volveré loca —exigió, incorporándose sobre sus rodillas para sacarme la camisa de lino por la cabeza.

Reí, encantado por su impaciencia.

Pero cuando quise girarla para disfrutar de su trasero, noté la repentina rigidez de su cuerpo. Se tensó, de forma súbita, como una cuerda a punto de romperse, y se negó a dejar que le viera la espalda.

—¿Jeanne? —pregunté, calmado, sin soltarla—. ¿Qué ocurre?

Se negó a responderme, así que deslicé mi mano por la piel de su espalda. Ella cerró los ojos, temblando.

Mis dedos descubrieron poco a poco las cicatrices. No eran pocas, ni superficiales. Cruzaban su espalda como relámpagos secos y endurecidos, por lo que deduje que el látigo habría pasado más de una vez por su carne.

Mi pulso se volvió rabia pura al comprender lo mucho que la habían dañado, física y emocionalmente.

—¿Quién te ha hecho esto? —pregunté.

Jeanne fue incapaz de contestar a mi pregunta. Tomé su rostro entre mis manos y la obligué a mirarme a los ojos .

—Si el hombre que te ha hecho esto hoy está vivo, juro que mañana amanecerá muerto.

—Louis…

—No hables si no lo deseas —dije, besándola una y otra vez en la boca, en las mejillas, mientras ella se abandonaba por completo entre mis brazos—. No necesito que me lo cuentes, si todavía te duele.

Nos tumbamos juntos en la cama, desnudos, piel con piel, envueltos solo en el calor del otro.

Su respiración se fue calmando, y se apoyó contra mi pecho, temblorosa pero entera.

No intentó cubrir su desnudez ni apartarse de mí.

Y eso, en sí mismo, era un acto de una valentía casi sagrada, que yo respeté.

Si no quería mostrarme su espalda, no sería yo quien la obligase.

Mis dedos acariciaban su cabello mientras ella dibujaba círculos perezosos sobre la piel de mi abdomen.

—¿Por qué no me haces lo que todas esperan de ti? —susurró al cabo de un rato, con sus dedos enredados en el vello de mi pecho—. ¿Por qué no me tomas?

—No —respondí, besando su frente, su nariz, sus párpados cerrados—. No así.

Sonrió, como si aquella ternura inesperada la desarmara más que el deseo.

—Eres el único hombre que no me ha poseído pensando solo en él mismo —dijo—. El único que no ha deseado cumplir conmigo sus depravaciones.

—Bueno, yo no he afirmado que no quiera cumplir contigo todas y cada una de mis depravaciones —sonreí, incapaz de no tomarle un poco el pelo.

Ella rio. Se rio de verdad, y se acurrucó más fuerte contra mí. Le aparté un mechón rubio de la cara.

—Juro por Dios que tu risa rivaliza con toda la belleza de la que vivo rodeado.

—Déjate de halagos o acabaré llorando, y no quiero hacer eso contigo desnudo.

—Créeme, mon cœur , puedes hacer lo que quieras conmigo desnudo.

Pero lo único que hicimos desnudos fue hablar durante horas.

De cosas pequeñas. De París, del teatro, de libros que ella se había leído una y otra vez.

De su infancia, de la mía. Le conté cosas que nadie sabía, cosas que ni siquiera Bontemps o Philippe conocían.

Le hablé de mis miedos, de mis errores, de mi soledad y Jeanne escuchó. Luego habló ella, y yo escuché.

La mañana ya había llegado y los rayos de sol se filtraron entre las cortinas de terciopelo cuando el sueño comenzó a vencernos.

—Jamás —murmuró, rozando mi cuello con sus labios—, en toda mi vida, he sido tan feliz y tan desdichada a la vez, Louis de Francia.

Me llevé su mano a mi boca y la besé.

—Duerme, Jeanne de Lormagne. Deja la desdicha para otro día.

Ella se acomodó contra mi pecho, cerró los ojos y, en ese sueño, por fin, las pesadillas no me visitaron y los cánticos de la Corte de los Milagros permanecieron callados.