Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne XVII
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Jeanne XVII

L os salones se vaciaron tras la medianoche. Fue una velada extraña para toda la corte, que no amaba a su reina, pero que sabía que su muerte podía cambiar infinidad de cosas en un reino.

Cuando los músicos recogieron sus instrumentos y los últimos aristócratas insomnes se retiraron, me permití el lujo de disfrutar de una silenciosa Galería de los Espejos para mí sola, con la única compañía de los sirvientes, que iban apagando las velas de los candelabros y de las lámparas de araña.

Caminé de un lado a otro, mirando el reflejo que me devolvían los espejos venecianos que cubrían toda una pared de la Galería.

No podía regresar a mi habitación. No sin saber qué estaba ocurriendo en el ala norte, en los Apartamentos de la Reina.

Permanecer en la Galería de los Espejos era mi triste manera de sentirme un poco más cerca de Louis, aunque él no pudiera percibirlo.

Me consolaba estar en ese lugar tan preciado para él.

—Madame, ¿puedo preguntar qué os retiene aquí?

Entre la penumbra, pude distinguir la oscura silueta de Gérald de la Reynie que, al parecer, patrullaba la primera planta de palacio en busca de peligros y traidores.

Quizá ya intuía que yo era una de ellas.

—Pasear es lo que hago, capitán, en esta noche tan llena de desasosiego. ¿He roto alguna norma ?

—No, madame, pero la oscuridad de Versalles no es segura para una dama como vos.

No pude evitar una risa llena de amargura.

«Una dama como yo: traidora, voluble y falsa».

—No le temo a la oscuridad, capitán. Pero gracias por vuestra preocupación.

—Apostaré un par de mosqueteros a las puertas para que os acompañen a vuestros aposentos cuando os sintáis en disposición de acostaros.

Gérald de la Reynie inclinó levemente la cabeza ante mí, y pude sentir sus ojos oscuros, tan fríos como penetrantes, analizando todo mi ser.

Su desprecio hacia la nobleza era bien conocido, pero no fue desaire lo que percibí en aquella última mirada que me dedicó antes de dejarme sola.

Más bien fue desconfianza hacia mí, por encontrarme ahí, sola, esperando una posible muerte que sin duda beneficiaría mi posición en la corte.

En algún momento, bien avanzada la madrugada, las campanas de la capilla de Versalles comenzaron a tocar. Fue un tañido lento, solemne, que cortaba el aire.

La reina María Teresa había muerto.

Y una parte de mí, de mi alma, murió también aquel día.

Caminé a solas hasta el Bosquete de Rocallas, siguiendo el sendero de luces que Louis siempre mandaba encender en los jardines, incluso en las noches más oscuras. Aquella era una de esas noches.

El aire olía a hojas húmedas, a calor del verano que pronto llegaría, y me reconfortó un poco. Me senté en uno de los bancos de mármol, dejando que la madrugada me estrechase y enmascarase mi pena. El brazo derecho, aún dolorido por el Vigilante, me recordaba que mi cometido seguía en pie.

Me habría gustado llorar, pero no podía. Estaba hueca, vacía, un jarrón bellamente pintado que solo servía para esconder veneno.

«¿Y si no quiero ser un arma? ¿Y si ya no quiero florecer en el odio?»

Palabras inútiles que conjuraban pensamientos peligrosos. Me los tragué como siempre, como todas las veces que la Nueva Fronda me había obligado a mirarme en el espejo de su propósito y me había recordado quién era.

El amanecer me encontró ahí, en el Bosquete de Rocallas. Y también Aurore Bechard.

El suave crujido de sus pasos sobre la gravilla me arrancó de aquel sopor apenado en el que me había sumido.

En aquel nuevo día que nacía, la duquesa de Orleans no lucía joyas ni adornos.

Solo una cinta de terciopelo recogía su cabello, lleno de rizos rubios.

No aparentaba ser una dama de la corte; mucho menos una princesa de Francia, y pude ver en ella a la mujer que Monsieur tanto parecía amar.

La misma que despertaba el afecto del pueblo y la admiración silenciosa de los pobres de París.

Se acercó con paso firme y se sentó a mi lado.

—Os estaba buscando —dijo, muy tranquila.

—¿A mí? ¿Por qué, alteza?

—La reina ha muerto. Y Louis os necesita.

Vi en sus ojos una tristeza serena, madura, casi maternal.

—Si es para consolarlo, creo que vuestra alteza lo conoce más íntimamente que yo. No es ningún secreto lo que ocurre entre vos y el rey .

Ella sonrió levemente.

—Y yo que creí que podríamos ocultar ese secreto para siempre…

Está claro que en Versalles, al final, todo se acaba sabiendo.

—Para mi sorpresa, me tomó de la mano—. Louis me quiere, y yo le quiero a él.

Siempre será así. Pero cada vez que dejo este palacio para vivir mi vida junto al duque de Orleans, su corazón se resquebraja.

Me dejó marchar por amor, sí, y por ese mismo amor sufre.

Sin embargo, eso no es lo que más le duele.

»En el fondo, anhela que una mujer lo vea más allá del oro y del resplandor, y lo ame por lo que es. Una mujer que se quede a su lado hoy y todos los días que estén por venir. Una mujer que no tenga que compartir con su hermano.

—Pero, alteza, yo…

—Detrás de todo lo que lo hace majestuoso, Jeanne, hay un hombre cuyo corazón puede ser tan grande como el país sobre el que reina.

Si le susurras mezquindades, él las escuchará.

Pero si le tomas la mano y le muestras bondad y compasión, Louis elegirá ese camino.

Lleva demasiado tiempo siendo envenenado por las extravagancias de Athénaïs de Montespan y las beaterías de Françoise de Maintenon.

Lo que necesita ahora es amor. Del verdadero, del desinteresado.

Quise decir algo. No supe qué.

—He visto cómo lo miras, cómo luchas por no quererlo, sin querer admitir que, quizás, eso sea lo más hermoso que te ha pasado nunca.

—No puedo… No puedo amarlo.

—Claro que puedes.

—¿Y si no soy la persona adecuada para estar a su lado?

—Eso tendrá que decidirlo él —afirmó—. Nadie está preparado para amar a un rey. Y Louis… Louis está cansado de ser el rey que cree que debe ser. Ve y consuélalo con tu compañía, que le resulta tan preciada.

—¿Y a vos no os lastima esto? —pregunté, apretando también su mano—. ¿No os duele enviarme a él?

En los ojos de la duquesa de Orleans había una melancolía sin rencor, sin rabia, que me conmovió.

—Claro que me duele. Pero una vez, hace tiempo, Louis me dejó ir, por cariño sincero. Me permitió vivir junto a Philippe, cuando podría haberme reclamado para sí. Él me enseñó que a veces el amor verdadero significa saber cuándo retirarse y ahora él necesita algo que yo ya no puedo ofrecerle.

—Pero lo amáis, ¿no es cierto?

—¿Cómo no voy a amarlo?

Una brisa ligera agitó las copas de los árboles, y las luces del Bosquete de las Rocallas parpadearon a nuestro alrededor.

—Me dais vuestro consentimiento para reemplazaros en su cama.

Ella asintió.

—Sí, y lo hago con el corazón ligero. La vida junto a Philippe de Orleans me ha enseñado que lo más grande que puedes hacer por amor es compartirlo —dijo, con un guiño travieso, y no pude evitar acompañar ese gesto con una sonrisa propia.

—No sé qué decir a esto, alteza.

—No hace falta que digas nada.

Aurore se levantó, alisó su falda y, antes de irse, me dirigió unas últimas palabras:

—Esta noche, Louis ha perdido a su esposa. Dale tu ternura. Ofrécele verdad. Hazlo sentir humano. Si lo haces, él te amará el resto de su vida.

Y se marchó, dejándome sola.

¿Podía hacerlo ?

¿Podía amar al hombre que me habían enseñado a odiar, al mismo que debía destruir? ¿Podía ir a su lado, ofrecerle calor y dulzura, sin ser devorada por la culpa?

Las palabras del Vigilante aún palpitaban dentro de mí como un veneno.

«Sé el arma que esperamos. Consuélalo con tu carne. Muéstrale su propia vileza».

Pero entonces pensé en Louis. En su mirada en el Bosquete de las Rocallas. En las notas que me había enviado y que yo atesoraba. En la risa sincera que a veces escapaba de sus labios cuando nadie más lo escuchaba. En sus manos buscando las mías, sin palabras.

Pensé en el hombre y no en el rey.

Me puse en pie.