Louis XVII
L a noche avanzó lenta, espesa.
En algún lugar de Versalles, los músicos ya recogían sus instrumentos. El baile habría terminado. Jeanne estaría de regreso en sus aposentos, quizás pensando en mí. En lo que hicimos en el bosque, en lo que no llegamos a hacer en el bosque. Eché de menos su presencia luminosa.
Durante las últimas horas, la fiebre de María Teresa había aumentado, y Aurore se había afanado en intentar que bajara, cubriendo su frente con paños de lino empapados en agua helada. Bontemps se había encargado de mandar subir hielo de las cocinas cada media hora.
Ni Philippe ni yo podíamos hacer nada de utilidad, excepto contemplar los esfuerzos de Aurore por salvar la vida de la reina.
En algún momento de la madrugada, el reloj dio las cinco.
La respiración de María Teresa se tornó errática.
Philippe y yo nos pusimos en pie al instante, alarmados por aquel sonido que no auguraba más que desesperanza.
—Aurore, ¿qué ocurre? —pregunté.
Ella no contestó de inmediato. Le palpó el cuello a María Teresa, comprobó la escisión de su vientre, apoyó la cabeza en su pecho para seguir el bombeo de su corazón. Vi cómo su rostro se transformaba sin remedio .
Se le tensaron los labios al mirarme y decirme:
—No llegará al amanecer, Louis.
Me acerqué y tomé la mano de María Teresa. Ardía. Su piel estaba hecha de fiebre.
—Perdonadme —dije, sin lágrimas, sin histrionismo—. Por no haber sido el hombre que esperabais ni el esposo que deseabais.
Mi esposa no se movió. Tampoco respiró.
Philippe me apretó el hombro.
—Lo siento, Louis.
Y así, sin más, fui viudo.