Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne XVI
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Jeanne XVI

A unque nadie lo confirmó, los salones estaban llenos de un solo rumor: la reina estaba gravemente enferma.

Fue Lucille de Valois quien me habló de ella.

—Nunca se ha prodigado demasiado por la corte —me confió—, pero en el último año lo único que hacía era rezar con Françoise de Maintenon y esa señora española, Elvira. Apenas se dejaba ver, solo en la misa.

—¿Sabía su majestad que estaba tan enferma?

Lucille se encogió de hombros con un gesto sutil, sin alterar el paso con el que cruzábamos los salones.

—No lo sé con certeza. Siempre ha sido propensa a sentirse indispuesta, aunque la verdad es que la mayoría pensábamos que simplemente se negaba a mezclarse con nosotros. Como siempre.

—Llevo semanas en Versalles y jamás la he visto. Ni una sola vez. Ni en los salones, ni en los jardines.

—No me sorprende. Todo lo que ama el rey, ella lo desprecia. Y últimamente parecía más obsesionada que nunca con la religión. ¿Os he contado lo de los círculos de moral que organiza Madame de Maintenon?

—Algo me habíais comentado —respondí, con genuino interés por saber más de la influencia de Françoise en la vida cortesana.

Lucille me tomó del brazo con aire conspirativo, y ambas nos deslizamos por los pasillos dorados en dirección al Salón de Apolo, donde los hombres jugaban ociosamente al billar.

—Se celebran en los apartamentos más alejados del ala norte. La Maintenon obliga a las jóvenes damas a reunirse allí para orar, leer vidas de santos y prometer abstinencia, decoro y obediencia. Si alguna se niega a participar en ellos, corre el rumor de que está perdida para la virtud .

—¿Y el rey permite eso?

—El rey ya no sabe lo que permite. O prefiere no saberlo.

No supe por qué me sentí de pronto tan triste.

No era pena por la reina, a la que jamás había visto ni oído.

Tampoco era compasión, sino algo más enrevesado y profundo.

Quizá la conciencia súbita de lo que se avecinaba, del momento histórico que se gestaba mientras los salones de Versalles enmudecían.

Agradecí la compañía de Lucille de Valois.

Era ocurrente, inteligente y poseía esa elegancia despreocupada de quienes han crecido entre tramas y cuchicheos.

Sin embargo, mi mente no dejaba de regresar a Louis.

Incluso ahora, rodeado de dolor y muerte, había encontrado un instante para pensar en mí.

Para enviarme a Lucille y no dejarme sola.

Y sí, me sentía extrañamente triste.

«No es por la reina», me repetía. No la había conocido y en ningún momento Louis, en todas las horas que habíamos pasado hablando en el Bosquete de Rocallas, me había nombrado a su esposa, como si la existencia de María Teresa fuera intrascendente en la vida de la corte. Quizá lo fuese.

No obstante, su posible defunción no sería para nada intrascendente; la muerte de una reina siempre cambiaba las relaciones geopolíticas de Europa, y Louis tendría derecho a reclamar la dote sobre las tierras españolas.

Eso podría dar lugar a otra guerra, más impuestos sobre los nobles ymás descontento.

A la ruina de muchas casas que dependían de la victoria de la Nueva Fronda.

Que dependían de que mi cometido, mi misión, fuera exitosa.

«¿A quién crees que engañas?», me dije con un nudo en la garganta. «Estás triste porque Louis no está aquí, porque su corazón está sufriendo la pérdida de una esposa, aunque no la amase».

—Madame, os habéis quedado muy callada —dijo Lucille, devolviéndome de un tirón al presente—. ¿Acaso os aflige la posible muerte de la reina?

—Quizá sí —respondí, sin fingir.

—Pero… no la habéis conocido.

—Supongo que cualquier muerte me pesa, incluso la de alguien con quien jamás he cruzado una palabra.

Lucille me miró, curiosa y enternecida.

—Entonces, Jeanne, tenéis un corazón de oro.

—No estéis tan segura de eso —murmuré, sintiendo cómo me ahogaba bajo el peso de todo lo que me había sido encomendado: la caída de una dinastía, el dolor de una nación, la sutil e implacable manipulación de un monarca que, para mi desgracia, había logrado conmoverme.

Louis, al que me habían enseñado a despreciar desde la cuna.

Louis, que cada noche parecía menos tirano y más hombre.

Louis, el hombre que me había mostrado el placer y la ternura sin pedirme nada a cambio.

—Madame de Lormagne, ¿me concedéis un paseo junto a vos? —dijo una voz a nuestras espaldas; una que yo conocía muy bien.

Ambas nos giramos, y Lucille no pudo ocultar un gesto de sorpresa al ver al Vigilante.

—No sabía que conocías a Madame. ¿Acaso la tanteas en tu incansable búsqueda de una esposa ?

—Nada me haría más feliz que aceptase mi mano —respondió él, galante—. Pero para eso, primero debería proponerle matrimonio. ¿Me permites un momento a solas con ella?

—Claro —dijo Lucille, mirándome de reojo con curiosidad.

El Vigilante se inclinó sobre ella, dejando claras las confianzas que lo unían a Lucille, y la besó suavemente en la mejilla.

—Complace a tu hermano y ve tú también a buscar un marido, querida.

Lucille dudó, pero al ver mi expresión tranquila, se retiró para permitirnos intimidad. El Vigilante me hizo un gesto y lo seguí, sin pronunciar palabra, hasta el salón contiguo, donde solo nos acompañaban los tapices y el rumor lejano de la música de cámara.

—Ha llegado el momento —dijo, sin rodeos—. La reina está muriendo, y cuando eso ocurra, el rey será más vulnerable que nunca. No lo desperdicies.

—¿Vulnerable para qué?

—Para mostrárselo al pueblo como lo que es: un tirano. Un hombre de excesos, de vanidades, de caprichos costosos. El pueblo no ha de ver su duelo, solo su vileza y su derroche. Debemos ponerle un espejo delante, Jeanne, y ese espejo serás tú.

—¿Y si hubiera otra manera de hacer las cosas? —pregunté, sin alzar demasiado la voz.

El Vigilante dio un paso hacia mí.

—¿Qué insinúas?

—Que quizá hay otra forma de que Louis…

—No fuiste hecha para pensar, querida —me interrumpió, con una mirada que escarbaba en mi interior buscando grietas, emociones inadecuadas, debilidades arraigadas, medios indisolubles.

Yo di un paso atrás por puro instinto.

—Has sido criada —continuó— como una Semilla.

Sembrada en la oscuridad, regada con odio, alimentada con la memoria de todo lo que él ha arrebatado.

Eres el brote de una venganza largamente esperada, no una cortesana enamorada.

¿Es eso lo que eres ahora, Jeanne? ¿Una más de sus amantes, embobada por promesas y besos bajo la luna?

Antes de que pudiera responder, o incluso parpadear, levantó la mano para golpearme.

Y yo, acostumbrada como estaba al dolor físico, a las bofetadas del Orfebre, no me moví.

Me limité a congelarme ahí, a ofrecer la mejilla que él quería golpear, y me quedé quieta, muy quieta, esperando el castigo que mi osada sugerencia se merecía.

Pero la mano del Vigilante se detuvo a unos pocos centímetros de mi rostro, sin llegar a pegarme. Sus dedos temblaban de rabia contenida.

—Tu rostro no puede mostrar cicatrices —dijo, bajando la mano con un control inhumano—. Debe seguir siendo hermoso.

Así que, en vez de herirme en la cara, me tomó del brazo derecho y me lo retorció con fuerza, como quien exprime una raíz para sacar su savia envenenada. Un dolor seco, familiar, atravesó mi hombro, y un crujido sordo me hizo apretar los dientes.

—¿Ves, Jeanne? —susurró cerca de mi oído, su voz hecha de hiel y desprecio—. Hay muchas formas de marcar a una persona sin tocarle el rostro. Tú no eres carne para la tortura, eres un arma, la hoja que nadie ve hasta que ya ha cortado.

Intenté no gemir de dolor, porque sabía que eso era lo que él quería: comprobar cómo me quebraba, aunque fuera un poco.

—Te enviaron para seducirlo, no para sucumbir a él. Nunca para sentir pena o deseo, ni, mucho menos, compasión por Louis. Tú no estás aquí para comprender al Rey Sol. Estás aquí para apagarlo.

Apreté la mandíbula. Él me soltó de golpe, y tuve que dar un paso atrás para no perder el equilibrio.

—Eres una Semilla. Y las semillas que se pudren en el amor no florecen: se entierran.

Me quedé quieta, con el brazo ardiendo, mientras él se alisaba los puños de la camisa como si tan solo hubiera acabado una tarea desagradable. Luego, me dedicó una sonrisa cruel.

—Si todo va bien, esta noche será el principio del fin de Louis XIV —dijo—.

Cuando la reina muera, corre a su lado. Consuélalo con tu carne.

Susurra en su oído que ahora que se ha deshecho de esa puta española que tenía por esposa, es momento de hacer lo que siempre ha deseado.

Sé el arma que esperamos de ti, querida.

«¿Y si no quiero ser un arma? ¿Y si ya no quiero florecer en el odio?»

Se fue sin añadir nada más y me quedé sola en aquel salón vacío, con el rumor de la música de cámara que seguía fluyendo como un veneno dulce por los muros dorados de Versalles.

El dolor palpitaba en mi brazo, lacerante e inflamado.

Pero ese dolor no era nada comparado con la quemadura más profunda, esa que me lamía por dentro y me susurraba que no era libre para amar o sentir nada.

Nunca lo había sido.