Louis XVI #2
—Majestad, no podéis permitirlo. ¡No podemos consentir que profanen así el cuerpo ungido de la reina de Francia! ¡Su alma podría perderse!
—¡Salid de aquí o juro por mi corona que os haré azotar hasta que sangréis! —rugí, ya harto de tanta interrupción inútil.
Françoise retrocedió, escandalizada. Uno de los mosqueteros de la puerta se la llevó suavemente, pero sin posibilidad de réplica.
La voz de Aurore me devolvió la atención a María Teresa.
—Sujétala, Louis. El dolor será atroz y voy a necesitar que esté lo más quieta posible. Tú, Bontemps, ayuda al rey.
Mi ayuda de cámara me miró y yo asentí, dándole a entender que obedeciese a Aurore.
Se acercó a María Teresa y la sujetó contra la cama, mientras Aurore rebuscaba en su instrumental, que ya debía tener preparado desde hacía horas, esperando mi permiso para intervenir.
Tomó un pequeño cuchillo afilado y, con un pulso que no temblaba, hizo la incisión en la carne pálida de la pobre María Teresa.
La sangre brotó en un hilo oscuro por el vientre de mi esposa, quien convulsionó, lanzando un grito que apenas podía calificarse como humano.
Bontemps y yo la contuvimos con todas nuestras fuerzas.
Aurore no pareció afectada por los estertores doloridos de María Teresa.
Estaba acostumbrada a situaciones así y mantenía sus nervios templados.
Con suma rapidez, presionó los bordes inflamados de la incisión con un trapo de lino limpio, mientras mi esposa gritaba y gemía, cada vez más blanca y sudorosa.
—Es infusión de corteza de sauce y aguardiente para parar la infección —me explicó, calmada, con la tensión bajo control.
Yo no dije nada, concentrado en sujetar a María Teresa, que me lanzó una mirada humillada por estar siendo intervenida por Aurore.
Esta ignoró las miradas odiosas de la reina y siguió presionando firmemente el trapo de lino contra la herida abierta, hasta que un hedor ácido llenó el aire de la cámara.
—Está drenando —informó—. No te muevas, Louis. Todavía no he terminado.
Yo no me moví. Ni siquiera me atreví a respirar.
Vi a Bontemps palidecer ante la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Solo estábamos nosotros : el cuerpo roto de la reina, las manos firmes de Aurore, el pánico de Bontemps y mis ojos, que no podían apartarse del rostro de mi esposa.
Y entonces, como una marea lenta y cruel, llegaron los recuerdos. Inútiles, inoportunos, inapelables. Como si mi propia conciencia hubiera decidido vengarse de mí en aquel mismo momento.
Recordé el día en que vi a María Teresa por primera vez.
Su padre la entregaba a su destino sin cariño ni alegría, como la mayoría de reyes hacían con sus hijas.
Llegó a mis brazos siendo una mujer triste, porque así se sellaban las alianzas en Europa: sin besos o amor, solo con una firma sobre un papel .
Nunca se adaptó a Francia. Tampoco lo intentó demasiado. Se aferró a su españolidad como una armadura que ni ella misma sabía cómo quitarse. Hablaba francés con desgana, quizá porque cada día quería recordarnos a todos nosotros que no pertenecía a esta corte, ni a este idioma, ni a este país.
Traté de quererla, al principio. Dios sabe que lo intenté.
La visitaba cada noche. Me sentaba a su lado, intentaba encontrar algo en común que nos acercase el uno al otro. Hablábamos de nuestras aficiones, de la música española que tanto amaba y que yo permití que se escuchase en el Louvre para alegrarla. No logré más que una sonrisa huidiza.
Y luego estaba la cama. Siempre fue un acto triste entre nosotros.
Una obligación entre dos cuerpos que no se buscaban.
Yo intentaba ser tierno, al menos. Pero cada gesto mío parecía escandalizarla.
Si besaba su cuello, se persignaba. Si tocaba su vientre, se tensaba.
Si le pedía que me mirara a los ojos, cerraba los suyos y rezaba, como si acostarse conmigo fuese una penitencia.
No tardé en rendirme. ¿Cómo amar a quien no desea ser amado?
Después vinieron las otras. Henriette de Inglaterra, Louise de La Vallière, Athénaïs de Montespan y, más tarde, Aurore, con su alegría y su amor libre de todo interés.
Cada una me ofrecía lo que María Teresa nunca pudo: pasión, complicidad, conversación.
Humanidad. Pecado, sí. Pero al menos un pecado compartido, no una soledad conyugal bendecida por Roma.
Sentí una oleada de tristeza por nuestro frío matrimonio.
Sin embargo, sostuve la mano de la mujer que nunca supo amarme como yo quería ser amado y que quizá yo tampoco supe amar como ella necesitaba. La mujer que, pese a todo, había dado a luz a mis hijos, y que ahora yacía abierta, vulnerable, sangrante, mientras Aurore intentaba salvarle la vida .
—He retirado el absceso, pero algo del veneno que guardaba ha estado supurando por dentro sin que nadie lo notara —dijo Aurore, sin levantar la vista de la herida—. El daño lleva semanas debilitando su cuerpo.
Yo no dije nada, porque no había nada que decir. Los galenos reales me habían ocultado la gravedad de la situación de la reina, ya fuera por desconocimiento o por miedo a mi reacción. Deseaba colgarlos a todos en la Place de Grève, aunque mi ira no fuera a solucionar ya nada.
Aurore adivinó mis fúnebres pensamientos.
—La reina ha sido educada para sufrir en silencio. Como tantas otras mujeres —dijo, sin sarcasmo ni juicio. Estaba empapada de sudor, con varios rizos rubios pegados a la frente—. No te culpes por esto, Louis.
La amaba tanto, a aquella mujer deslenguada que se había enamorado de Philippe y que lo hacía feliz cada día.
Me pregunté si alguna vez habría sentido algo así por María Teresa.
Admiración, respeto, cariño sincero. No lo sabía.
Tal vez, en los primeros días, cuando todo era nuevo, cuando ella me sonreía tímidamente desde su velo de encajes españoles y parecía aún creer que el matrimonio podía ser algo más que una condena.
Pero Versalles se la tragó. Como me tragó a mí. Como nos tragó a todos.
—Sujetadla bien. Voy a cerrar la incisión —nos ordenó Aurore, sacándome de mi ensimismamiento.
Entre Bontemps y yo sostuvimos a María Teresa mientras Aurore, con manos seguras, hilaba la seda y comenzaba a coser aquella carne rota.
Mi esposa se había desmayado, ya fuera por la fiebre, por el dolor o por ambas cosas.
Aurore nos aseguró que era mejor así, pues de esa forma su cuerpo descansaría sin sentir tanto suplicio. Yo asentí, incapaz de hablar .
Cuando terminó de suturar, Aurore limpió la zona con suavidad, envolvió el estómago la reina con vendas limpias y al fin se incorporó con un suspiro exhausto.
—Si la fiebre no sube más esta noche, vivirá.
—¿Y si sube?
Aurore me miró durante un segundo, y vi compasión en sus ojos de miel.
—Entonces, serás viudo, Louis.
Aquella palabra arañó mi corazón, si bien me esforcé en mantener la frialdad.
—¿Puedo pedirte un favor más, Aurore?
—Siempre, Rey Sol —sonrió ella.
—Quédate conmigo esta noche.
—Y todas las noches que quieras.
Me volví hacia Bontemps.
—Esta noche no asistiré al baile. Mi sitio está aquí.
Pero Madame de Lormagne estará presente, y le prometí mi compañía.
Haced venir a Lucille de Valois. Quiero que sea ella quien le transmita mis disculpas y que la acompañe para que no se sienta sola en los salones.
Esta noche no soy rey para nadie más que para mi esposa.
Bontemps asintió, abandonando los Apartamentos de la Reina, y Aurore y yo nos preparamos para una larga noche en vela.
Aurore vigiló a María Teresa durante horas, a mi lado.
—¿Qué es una peritonitis? —le pregunté—. Jamás había escuchado hablar de ese mal.
—En realidad, es una dolencia bastante común.
El cirujano de Padua que me enseñó cómo tratarla me dijo que, en general, todo ocurre en uno o tres días: el dolor, la inflamación y, finalmente, la muerte, si el mal no es tratado.
Solo en casos muy raros se prolonga de forma intermitente durante semanas.
Parece que eso ha sido lo que le ha pasado a la reina.
—¿Y ahora qué ocurrirá con ella?
—No lo sé —admitió—. Pero su apéndice no tenía buen aspecto. Ahora todo depende de si su cuerpo puede vencer o no la infección que ha ido creciendo en su interior todo este tiempo.
Aquello me deprimió. Puede que María Teresa y yo no tuviéramos un matrimonio feliz, pero llevábamos juntos muchos años y me era difícil imaginar los Apartamentos de la Reina vacíos, sin ella.
Philippe apareció a medianoche, con una jarra de cristal llena de vino tinto y dos copas.
Yo permanecía junto a la chimenea apagada, melancólico, y Aurore había caído en un sueño intranquilo sobre un diván del que se despertaba cada pocos minutos para comprobar el estado de María Teresa.
Luego, volvía al diván, a su frágil duermevela.
Mi hermano se acercó a su esposa, se agachó junto a su rostro y le apartó un rizo dorado de la cara para mirarla.
Luego, depositó un suave beso en su frente.
Lo envidié. Lo envidié más que nunca. Él tenía todo lo que deseaba para mí: toda la libertad del mundo, ninguna responsabilidad real y una mujer a su lado que lo amaba sin condiciones ni límites.
Lo que a mí me estaba vetado, Philippe lo tenía.
Y jamás, en más de sus treinta años de vida, lo había visto tan feliz.
—Vengo a hacerte compañía, hermano —dijo, sin más, y yo le agradecí con los ojos aquel gesto. Se sentó frente a mí en un escabel, como siempre hacía. Vertió el vino en las copas con cuidado y me tendió una—. Por todas las cosas que no llegamos a decir.
—Y por todas las que nunca podremos deshacer —respondí.
Chocamos nuestras copas, sin alegría alguna, y bebimos juntos.
Philippe traía consigo una sombra de aflicción inusual en su persona.
No podía ser por la posibilidad de perder a María Teresa; jamás se habían llevado bien.
Philippe era demasiado libertino para ella y María Teresa era demasiado mojigata para él.
Sin embargo, parecía sentir y compartir parte de mi desasosiego.
El silencio cayó de nuevo en la habitación, pero era menos cruel con Philippe a mi lado. Él contempló a María Teresa, dormida o inconsciente. Mi esposa tenía el rostro alarmadamente pálido, sudoroso, con los ojos hundidos como los de una calavera.
Me estremecí ante aquel pensamiento.
—¿Sufre? —preguntó mi hermano.
—No lo sabemos. Aurore ha hecho lo imposible por ella. Ahora solo queda esperar.
Philippe asintió, y luego bebió un largo trago de su copa.
—¿La amaste alguna vez?
Aquella pregunta me tomó por sorpresa. Philippe podía preguntarme lo que nadie más se atrevía. Siempre había sido así.
—No —dije, tras un leve momento—. La respeté e intenté comprenderla. Me esforcé en los primeros años, más de lo que puedas imaginar, pero no se puede amar a una mujer que gira la cara cuando te acuestas con ella.
Mi hermano suspiró, cansado, y una sonrisa triste cruzó su rostro.
—Así son los matrimonios de Estado.
—¿Fue así con Henriette?
—Hubo cariño entre nosotros. Alguna vez me quiso, y yo también a ella. Pero siempre pesaba más el deber.
—No estás hablando solo de ella, ¿no?
—No, también hablo de mí, de nosotros. De lo que nos obligaron a ser. ¿Cuántos reyes hay en el mundo ahora mismo, Louis? Unos pocos. ¿Y cuántos hombres? Miles de millones. Y, sin embargo, nosotros, los de linaje real, somos los únicos a quienes no se permite elegir libremente esposa.
—Permití tu matrimonio con Aurore.
—Y admitirás que ha sido todo un escándalo.
Me diste esa libertad, por la que siempre te estaré agradecido —dijo Philippe, tomando otro trago de su copa—.
Pero si tú enviudas, no tendrás el mismo privilegio que yo.
Empezarán a ponerte candidatas frente a tus narices y te hablarán de alianzas y dotes y territorios y te impondrán una esposa políticamente beneficiosa. Te guste o no.
—¿Y si no lo permito?
—¿Qué insinúas?
—Nada —rectifiqué, apretándome la sien derecha.
—Si estás pensando en unirte al escándalo, hermano, te daré la bienvenida en el lado depravado de la monarquía francesa.
Como siempre, Philippe logró hacerme reír.
Él era todo lo que yo no podía ser. Libre, escandaloso, brillante.
A veces envidiaba su desparpajo; otras, me sentía mortificado por él.
Pero en el fondo, era el único que comprendía perfectamente qué significaba ser yo, y aunque discutíamos a menudo y a veces nos enfadábamos durante días, al final éramos hermanos.
Mi vida sin él estaba lejos de ser una vida completa.
—Gracias por venir.
—No podía dormir. Además, sabía que necesitarías beber con alguien que no fuera un lameculos .
Le dediqué una sonrisa breve. El aire en aquella habitación olía a humedad, a aguardiente, a medicina y a miedo.
A mi miedo de perder a María Teresa, de los cambios políticos que su pérdida supondrían, de un París que cada vez estaba más cerca de amotinarse contra mí, de un Dios que veía todas mis faltas.
En el diván, Aurore se removió, inquieta.
—¿Y si muere? —pregunté, buscando la guía de mi hermano.
Philippe no respondió de inmediato. Se limitó a llenar de nuevo nuestras copas y alzar la suya.
—Entonces, brindaré por su alma. Por la infanta española que llegó a tierras francesas e intentó prohibirnos el vino.
Chocamos nuestras copas y volvimos a beber, en silencio.
Nos esperaba una noche muy larga.