Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis XVI
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Louis XVI

C omo había temido, medio palacio había enloquecido en mi ausencia. Bontemps estaba de los nervios cuando aparecí en la chambre du roi , y Gérald no dudó en reprobarme con su silencio mi temeraria actitud.

—Majestad, os ruego que no desaparezcáis así cuando aún no hemos logrado que la Nueva Fronda caiga —me pidió mi capitán, serio y adusto.

—¿Y de quién es la responsabilidad de que eso ocurra, Gérald? —repliqué, entregando los guantes de caza a Bontemps.

—Mía —masculló Gérald—. Pero París está cada vez más inestable y mi hermano se ve sobrepasado por las revueltas que se alzan cada pocos días en la ciudad.

Revueltas que los panfletos de la Nueva Fronda alientan, majestad.

Por favor, no abandonéis más el palacio sin la protección de vuestros mosqueteros.

Me contuve para no poner los ojos en blanco.

—Está bien, capitán. No volveré a complicarte el trabajo.

Gérald se inclinó antes de retirarse y Bontemps continuó con su tarea de desvestirme.

—¿Alguna novedad?

—Sí, majestad. El nuevo embajador español acaba de llegar a Versalles y solicita audiencia con vos y la reina —respondió Bontemps, mientras retiraba con delicadeza la camisa de lino aún húmeda de mi torso.

Sentí el frío de la tela mojada al separarse de mi piel, y por un segundo deseé volver al río con Jeanne, lejos de la política, de los ministros, de los malditos problemas—.

Y su alteza, la duquesa de Orleans, pide hablar urgentemente con vos.

—¿Dónde está ahora la duquesa de Orleans?

—Con su majestad, la reina.

Aquello me sorprendió. María Teresa no quería ver a Aurore, una actitud despectiva hacia ella que Françoise alentaba con malévolas palabras.

—Adelántate y anuncia que iré a verla en media hora —dije, sintiéndome repentinamente culpable por creer que podía escapar de mis obligaciones.

Cada día iba a ver a María Teresa para asegurarme de que se encontraba bien, pero hoy había sido una excepción.

No podía volver a ocurrir. Mi deber hacia ella estaba por encima de cualquier distracción, aunque fuese una distracción tan deliciosa y subyugante como la compañía de Jeanne.

Debía atender la visita del embajador español, así como los informes del jefe de la policía de París, que era un hervidero de problemas, pero antes que eso me veía en la obligación de atender a María Teresa y a Aurore, que había solicitado mi presencia.

Crucé a paso ligero los pasillos de mármol hacia los Apartamentos de la Reina, acompañado del siempre silencioso Bontemps, preguntándome qué nuevo problema me esperaría ahora.

Al llegar, encontré a Aurore frente a la cama de mi esposa, con los brazos cruzados y una mueca de frustración en su bonita cara.

María Teresa yacía pálida entre almohadones, respirando de forma extraña.

Françoise rezaba silenciosa a su lado, y no se me escapó la mirada reprobadora que me dirigió al verme aparecer a aquellas horas tardías .

—Majestad —saludó Aurore, acercándose a mí en cuanto entré en aquel dormitorio donde mi esposa se escondía para huir de la corte.

—Aurore —respondí—. ¿Qué sucede?

—El dolor que su majestad lleva sintiendo semanas ha vuelto, esta vez mucho peor. Vuestros galenos reales insisten en aplicarle sangrías y cataplasmas de mostaza, pero yo me opongo. Esos métodos no hacen más que debilitarla y empeorar su ya delicado estado.

Me acerqué a la cama. María Teresa yacía inmóvil entre los cojines, con el rostro perlado de sudor.

A pesar de nuestras profundas desavenencias, cada día, cuando acudía a interesarme por su bienestar, los ojos oscuros de mi esposa solían alegrarse un poco al verme aparecer.

Hoy, sin embargo, me miró con verdadero reproche.

—Louis… —susurró, sin apenas aliento.

—Estoy aquí, mi reina —le respondí en español, sentándome a su lado en el lecho y tomando su mano con ternura—. Decidme, ¿dónde os duele?

—En el costado derecho, como siempre. Es un ardor constante que nunca se va.

—Los galenos creen que se trata de una disolución de los humores, una influencia maligna —intervino Françoise, con su habitual tono sentencioso, lanzando a Aurore una mirada cargada de malicia.

Claramente, sus opiniones diferían.

Ignoré a Françoise y me dirigí a mi cuñada, sin apartar la vista del rostro pálido y sudoroso de mi esposa.

—¿Y vos, Aurore? ¿Qué opináis?

—Inflamación del abdomen, lo que algunos médicos llaman peritonitis —dijo ella, sin rodeos, como siempre—.

Y si no intervenimos de inmediato, su majestad morirá.

Lleva sufriendo dolores de gran intensidad en el mismo costado desde hace semanas, tal vez meses.

Nadie me informó de ello. ¿Lo sabíais vos, Louis?

—No con semejante precisión —admití, con un nudo oprimiéndome el pecho—.

Sabía que sentía molestias, pero mis galenos me aseguraron que no era nada de naturaleza mortal.

—Apreté con más fuerza los dedos de la reina—.

Cada día de mi vida he venido a interesarme por vuestra salud, María Teresa; ¿por qué me habéis ocultado que sufríais este inmenso dolor, disfrazándolo de otra cosa?

—Porque si lo admitía… vos no hubierais vuelto a tocarme —respondió, amarga como la hiel.

Aquello me hirió, aunque me esforcé en disimularlo. No era el momento para afrontar ofensas personales, sino para tomar decisiones.

—Majestad, la reina necesita una sangría —insistió Madame de Maintenon.

—¡Una sangría, una sangría! —estalló Aurore—. Sacrebleu , ¡eso es lo único que saben hacer esos carniceros a los que llamáis galenos! Abrir, sangrar y rezar. Como si la sangre fuera la raíz de todos los males.

—¡Basta las dos! —troné, y ambas guardaron silencio al instante. Aurore se cruzó otra vez de brazos, contrariada, mientras Françoise alzaba el mentón como una mártir.

Volví mi atención a María Teresa.

—¿Sois consciente de la gravedad de vuestro estado?

—No dejéis que me abran, Louis —dijo ella, con un temblor de miedo en la voz—. Vos sois el rey. Protegedme de los métodos herejes que vuestra amante quiere aplicar en mi cuerpo .

—Majestad, sed razonable —intervino Aurore, sin que la última y hiriente frase de María Teresa la hubiera afectado lo más mínimo—.

Lo que practico no es herejía, es ciencia.

Me lo enseñó un cirujano en Padua. Lo que os aflige es una inflamación de una pequeña prolongación del intestino, y hay que extirparla.

Si revienta, su veneno se esparcirá por vuestro cuerpo y, si eso ocurre, ni todas las oraciones del reino lograrán salvaros.

—¡Blasfema! —vociferó Françoise.

—¡He dicho que basta! —ordené, más alto que nunca. El eco de mi voz resonó en los tapices y las paredes—. Fuera las dos, ahora mismo.

Ambas obedecieron a regañadientes, lanzándose una última mirada que habría encendido la pólvora. Cuando se cerró la puerta y al fin me quedé a solas con María Teresa, un silencio espeso llenó la estancia, interrumpido solo por su respiración agitada.

—María Teresa, mi reina —murmuré, acariciándole la sudorosa mejilla—. Confiad en Aurore. ¿Acaso ella no nos ayudó a traer a este mundo a la princesa Marguerite Antoniette?

—Sí, y luego vos la metisteis en vuestra cama, traicionándome una vez más. Dios nos está castigando a ambos: a vos por permitir la depravación en Versalles y a mí por fallaros como esposa.

—Nunca me habéis fallado como esposa, María Teresa.

—Entonces, ¿por qué jamás me habéis amado como a todas ellas?

Suspiré.

—No es culpa vuestra, ni tampoco mía, y vos lo sabéis.

Intenté amaros en los primeros meses de nuestro matrimonio, pero desde que pusisteis un pie en mi corte, insististeis en rechazar todas las costumbres francesas.

Os visité cada noche, sin falta, durante medio año, y cumplí con mi deber de esposo.

Jamás he podido ver en vos una sola gota de pasión, un gesto cariñoso hacia mí.

—Lo que me pedíais era indecente, Louis.

—¿Es indecente querer ver desnuda a tu esposa? ¿Es indecente querer que no sufra mientras nos acostamos? ¿Es indecente querer besar su piel?

—Callad, Dios nos escucha.

—Dios no tiene nada que ver en el fracaso de nuestro matrimonio —dije, con tanta amargura que le solté la mano y me levanté del lecho, agitado, aunque rápidamente recuperé la compostura para dirigirme a ella—.

Os someteréis a la operación que propone la duquesa de Orleans y viviréis. Es una orden de vuestro rey.

—¡No! —replicó María Teresa, incorporándose a duras penas. Los rizos negros se le pegaban al rostro, y me señaló con un dedo—. Habéis permitido a los protestantes vivir en vuestra corte depravada, habéis dejado que el invertido de vuestro hermano muestre al mundo sus pecados, y…

Un estallido de dolor detuvo su discurso furioso, y se retorció, incapaz de seguir hablando.

Palidecí y llamé a Aurore.

—¡Aurore, venid inmediatamente!

Las puertas de la habitación se abrieron en un estruendo y ella entró, con la urgencia escrita en el rostro.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó, ya acercándose al lecho.

—Ha intentado incorporarse y el dolor ha sido demasiado.

Me aparté, dándole espacio para que ella pusiera la mano en la frente de la reina. Su semblante se ensombreció y supe que María Teresa ardía de fiebre. No era una buena señal.

—Ayudadme a moverla con cuidado —me ordenó Aurore.

María Teresa gemía ahora de forma gutural, apenas consciente de que Aurore le levantaba el camisón de lino para inspeccionarle el vientre.

—Aurore, si no sobrevive…

—Deja de ser rey durante un instante y mantenla acostada mientras yo la examino.

Obedecí.

Aurore palpó con suma delicadeza la piel enrojecida, abultada, casi púrpura, de su abdomen. El rostro se le tensó.

—Está al límite. O la intervenimos ya, o el veneno se derramará y morirá antes del amanecer.

—Haz lo que debas —dije, con la voz apagada.

Françoise de Maintenon apareció en el umbral sin ser invitada, con el ceño fruncido y las manos apretadas en gesto de oración.