Jeanne XV
¿E ra real lo que Louis me había hecho sentir?
Tenía que serlo. Sin duda, era lo mismo que hacía brillar la mirada de la duquesa de Orleans cuando sus ojos se encontraban con los de Monsieur . O cuando Lucille hablaba de su misterioso amante secreto. Complicidad, ternura, deseo.
Y, por primera vez en la vida, era mío. Por primera vez en la vida, no había sido tarea mía provocarlo en otra persona, poner mi cuerpo al servicio del placer ajeno, sino que me había sido entregado sin esperar nada a cambio más allá de mi rendición y mis jadeos.
Mi cuerpo aún se agitaba, aunque a la vez lo sentía mecido y calmado, como si el orgasmo dejara esponjosos retazos de aquella explosión sobre mi piel.
No recordé en ningún momento que llevaba una daga escondida en mi botín derecho y, en mitad de aquel éxtasis que poco a poco abandonaba mis sentidos, solo pude pensar en lo incapaz que hubiera sido de asesinar a Louis.
Sabía que ahora debía corresponder aquella devoción con otra, pues así se me había adiestrado: como la más fina y dedicada de las meretrices. Pero cuando fui a dirigir mi boca a su erección, Louis me detuvo y me obligó a tumbarme de nuevo a su lado, mis dedos entrelazados con los suyos.
—No me debes nada —dijo, simplemente, y yo me acurruqué contra su pecho desnudo, aspirando su olor, una aleación de mi esencia mezclada con la suya, de sudor limpio, deseo y calma.
El vello de su torso me hacía cosquillas en la mejilla, y me sentí protegida como nunca antes, como alguien que ha sobrevivido a una tormenta y despierta, por fin, al calor del sol.
Era la sensación más extrañamente hermosa del mundo.
—¿Tenemos que volver ya a Versalles?
—Aún no —respondió, sin dejar de acariciarme la mano.
—¿Eso significa que hoy eres mío?
—Al menos durante unas horas —sonrió, y esa sonrisa me bastó.
Los bucles de su largo cabello castaño le caían alrededor del rostro; sus labios todavía húmedos de mí.
Jamás, en toda mi vida, había encontrado a ningún hombre tan atractivo como encontré en aquel momento a Louis, tan humano, tan vulnerable, y a la vez tan absolutamente deslumbrante como solo un rey como él podía serlo.
Acaricié con las uñas el suave vello de su pecho, del mismo color que su cabello, permitiéndome disfrutar del instante.
Su cuerpo joven, esbelto, templado por la caza y el baile, exhalaba un aroma embriagante que me erizó la piel.
Y entonces, como un vil fantasma, regresó el recuerdo del Orfebre: su cuerpo graso, hinchado por el vino; su olor rancio, la baba que caía sobre mi pecho mientras me invadía y yo fingía complacerlo porque ese era mi papel. Porque eso era lo que se esperaba de mí. Mentiras y más mentiras.
Me invadieron unas náuseas que llegaban directamente desde mi alma, si es que tenía, y sentí que iba a romper a llorar.
Louis, por supuesto, percibió mi desasosiego.
—Jeanne, ¿qué ocurre?
—Dios mío.
Estaba a punto de romperme, de quebrarme en centenares de pedazos hechos de sangre y pena. Temblé, y Louis volvió a abrazarme, a acunarme entre sus brazos, a susurrarme mon cœur al oído.
—Háblame.
—No puedo.
—Nunca dejes de hablarme, Jeanne de Lormagne.
—¿Es esa una orden del Rey Sol? —dije, apartándome para mirarlo.
—Es un ruego de Louis de Francia.
Fue en aquel momento cuando permití a la mujer que había en mí —a la que la Nueva Fronda no había deformado, a la que aún creía en el poder de un beso sincero— tomar las riendas.
Solo por una vez. Para averiguar cómo se sentía ser besada por un hombre al que deseaba, aunque aún no supiera cómo admitirlo.
Así fue como nos besamos por primera vez.
Yo semidesnuda, con el corpiño desabrochado y la falda enrollada en la cintura, y él sin su camisa de lino, con el pecho expuesto y descalzo.
No hubo música de la corte, ni la luz de las velas de la Galería de los Espejos.
Solo el viento entre los árboles, el murmullo del río y el primer beso de verdad que me fue dado en esta vida.
El único que no me fue robado.
El único que yo había elegido.
Su boca era cálida, firme, decidida, e invadía todos mis sentidos con el roce de su lengua contra la mía. El mundo se deshizo a mi alrededor, hecho de gotas de lluvia y rayos de sol.
Nada más existía que los labios de Louis acariciando los míos: ni Versalles, ni la traición que escondía mi corazón, ni los secretos que me arrastraban al abismo.
Solo sus labios contra los míos en una dulzura hambrienta, como si tuviera sed de mí desde hacía años, y mi cuerpo respondió al instante a esa pasión.
Abrí la boca para entregarme del todo y contuve un suspiro, que se agitó en mi garganta y se convirtió en deseo puro.
Temblé entera entre sus brazos, llena de un ansia nueva y desconocida, que nacía en aquella boca que jamás había sido besada así y descendía por cada nervio que despertaba con los avances expertos de Louis.
Noté su erección contra mi cadera, dura, palpitante de atención, y por puro instinto abrí las piernas y arqueé las caderas para que ese bulto se clavase justo entre mis pliegues, que aún permanecían húmedos de su saliva y de mis fluidos.
Louis dejó escapar un gemido gutural al sentir mi movimiento.
Sus manos, fuertes, elegantes y seguras, recorrieron mi espalda, apretándome contra él, mientras su dureza se frotaba contra mi punto más sensible.
Cada uno de esos roces lanzaba ondas de un placer devastador que recorría mi cuerpo, haciendo que mis pezones se endurecieran y mi respiración se volviese errática.
—No tienes ni idea de lo que deseo hacerte, Jeanne —susurró contra mi boca, su voz ronca, separándose solo para morder mi labio inferior.
Esta vez fui yo la que gimió.
Lo imaginé levantándome violentamente mientras yo envolvía mis piernas alrededor de su cintura, sintiendo su excitación presionando justo donde más lo necesitaba.
Lo visualicé llevándome hasta el árbol más cercano, apoyándome contra la corteza rugosa mientras su boca descendía por mi cuello, y yo le suplicaba que me follase de una vez o me iba a volver loca.
Casi pude sentir su polla deslizándose dentro de mí, centímetro a centímetro, llenándome entera, acomodándose en mi cuerpo, y yo clavando las uñas en esos hombros firmes que sostenían el peso de todo un reino.
Sin embargo, se separó de mí y yo gruñí, frustrada, cuando su virilidad dejó de rozar mi vagina .
—Así no, mon cœur —dijo, deslizando su pulgar por mis labios hinchados, que demandaban más atenciones.
—¿Es que te da vergüenza fornicar al aire libre? Tan valiente para invadir Europa entera y tan cobarde para tomar a una dama a plena luz del día —intenté provocarlo, sin conseguirlo.
Lo único que obtuve es que se riera de mi impaciencia.
—No vas a lograr lo que te propones. Ahora mismo te pierde el deseo y no piensas con claridad —sonrió, besándome suavemente en los labios—.
Te he dicho antes que te deseo más que a nada en el mundo, y no te miento, pero más que eso, lo que deseo es que confíes en mí y no te entregues simplemente porque crees que debes hacerlo.
—Pero… —protesté, y él calló mis protestas con otro beso.
Y luego otro, y muchos más que siguieron en aquella mañana en que ambos nos escapamos de los muros dorados de Versalles.
Para mi sorpresa, cuando el calor se intensificó y se volvió insoportable, Louis se deshizo de los pantalones y se lanzó al río, tan desnudo como había llegado al mundo. Yo, como una estúpida, me ruboricé al ver su trasero, duro y firme, aunque él no me lo tuvo en cuenta.
—¿A qué esperáis, madame? ¡El agua está perfecta! —me gritó, con su cuerpo húmedo por la corriente del río, como si solo fuéramos dos jóvenes campesinos divirtiéndose bajo la luz del sol—. ¿O es que ahora la pudorosa sois vos?
Me crucé de brazos, fingiendo escepticismo, aunque el calor ya me había empapado el cuello y la espalda, y el deseo de seguirlo al frescor del agua era casi tan fuerte como el de besarlo otra vez.
—¿Sabe vuestra corte que sois tan desvergonzado, majestad? —pregunté con teatral dignidad, aunque no pude evitar sonreír al ver su largo cabello echado hacia atrás, los ojos entornados por el sol y el agua deslizándose por su pecho como una caricia líquida .
—No, y confío en que me guardéis el secreto. —Alargó un brazo hacia mí—. Ven conmigo, Jeanne. Te lo ruego.
La duda me duró solo un instante. Luego me quité del todo el corpiño y las faldas del traje de amazona, si bien tomé prestada su camisa interior de lino como un delgado escudo de dignidad que necesitaba como una segunda piel.
Me acerqué con precaución a la orilla, sintiendo el barro fresco bajo mis pies, y cuando el agua me rodeó los tobillos, di un leve respingo.
Louis sonrió ante mi reacción.
—¿Demasiado fría?
—No, es solo que… no recuerdo la última vez que hice algo parecido.
—¿Nadar?
«Ser libre», pensé.
Se acercó a mí con un par de brazadas elegantes y, cuando me alcanzó, tomó mi mano entre las suyas. Luego, me guio hacia la corriente, y yo me dejé llevar. El río era hermoso y cristalino, pero también furioso, y enseguida noté sus aguas intentando arrastrarme con ellas.
—No temas —susurró Louis, sin soltarme—. No permitiré que nada malo te pase.
—¿Lo juras?
—Lo juro.
Me dejé envolver por él y por sus palabras. El agua me abrazaba con una frescura deliciosa, y sus brazos, cuando me rodearon por la cintura, se sintieron como una muralla que podía protegerme de cualquier mal.
Reí alegremente sin querer, y Louis alzó una ceja, divertido ante mi infantil felicidad por algo tan nimio como bañarse en el río. Durante un segundo me sentí avergonzada por mi propio comportamiento, impropio de un arma forjada por la Nueva Fronda, pero se me pasó enseguida.
Jugamos en el agua como niños, algo que nunca se me había permitido hacer. Nos sumergimos, riendo entre carcajadas, y cada vez que sus ojos azules encontraban los míos, yo sentía un delicioso escalofrío.
Louis me miraba como nadie me había mirado jamás.
Sin pensar en nada, me abracé a su cuello, apoyando la mejilla contra su hombro, y él me rodeó con cuidado, como si temiera romperme.
Nos quedamos así, flotando en silencio, y en ese instante, supe que no volvería a mirar a Louis como antes.
El rey, el hombre, el amante que no había querido mi cuerpo ni mi alma.
Cuando el sol estuvo en lo más alto del firmamento, anunciando el mediodía, abandonamos el río.
—¿Y si alguien nos viera ahora de esta guisa?
—Les ordenaría no ver —respondió él, con una sonrisa satisfecha y altanera—. Ventajas de ser rey.
—Menudo tirano engreído.
—Seguid hablando, madame, y me encargaré de que mantengáis esa boca licenciosa bien ocupada.
No pudimos dejar de conversar durante todo el camino de vuelta a Versalles. Louis me invitó a acudir con él al baile de aquella noche, y pareció muy feliz cuando acepté su invitación y su compañía. Ya me había escabullido suficiente de la vida social de la corte.
Cuando divisamos la silueta del palacio a lo lejos, su postura relajada cambió, así como también su expresión. Dejó atrás aquella sonrisa despreocupada para conjurar el rostro del Rey Sol, y yo no pude menos que admirar cómo lograba compartimentar todos los hombres que debía ser en su vida .
—¿Habéis pensado un nombre para vuestro nuevo caballo? —preguntó, cuando estábamos a punto de llegar a las caballerizas reales.
—Pues la verdad es que sí. Había considerado Etoile , pero he cambiado de opinión.
—¿De veras? ¿Y cuál es la nueva elección?
— Liberté .
Sonrió una última vez como Louis antes de convertirse de nuevo en el Rey Sol que yo debía destruir.