Louis XV #3
—Lo que tú quieras.
—Nunca, en toda mi vida, un solo hombre se ha detenido a preguntarse qué me hace temblar de placer. Me han usado, me han tomado, pero jamás me han hecho sentir deseada. Nunca he conocido el gozo en brazos de nadie. Ni una sola vez.
Nuestras manos aún permanecían entrelazadas. Jeanne llevó la mía a sus labios, la besó en los nudillos y luego la desplazó hasta sus piernas, justo entre sus muslos.
—Cambia eso, Louis. Por favor.
La besé en la punta de la nariz, lo que la hizo sonreír.
Luego, deslicé mis dedos por el interior de sus muslos, tan suaves como el terciopelo más fino.
Pude percibir cómo temblaba entera al sentir mi caricia, ahora a medio camino entre la excitación y el deseo, como si su cuerpo no supiera cómo responder a la ternura.
De su boca salió un diminuto jadeo cuando mis dedos ascendieron hasta rozar el centro de sus piernas. Su miedo, mezclado con su anhelo, fue todo cuanto necesité para saber lo que debía hacer.
—No voy a tomarte, Jeanne —le susurré mientras me inclinaba sobre su boca, sin llegar a besarla—. No aquí, de esta manera. Pero que Dios me perdone si no estoy deseando que alcances el más absoluto de los placeres.
Protestó con la mirada cuando mi mano abandonó sus muslos para aflojarle el corpino, lazo a lazo, hasta que sus pechos quedaron expuestos a la luz del sol.
Me detuve a contemplarla, completamente hechizado.
Era la mujer más hermosa que había visto jamás, no solo por su evidente belleza, sino por la forma en que me miraba, vulnerable y rendida a cualquier cosa que yo quisiera hacer con ella.
Dejé que mis labios bajaran por su vientre. Esta vez, Jeanne me regaló un estremecimiento distinto. Su miedo fue reemplazado lentamente por la expectación y, pronto, su cadera me buscó con un impulso que no pudo controlar. Me pregunté si alguna vez la habían amado solo con la boca. Supuse que no.
Estaba dispuesto a cambiar eso en aquel mismo momento. Levanté las faldas hasta enrollarlas en su cintura y separé sus piernas con lentitud, provocándole un precioso jadeo que fue incapaz de contener.
—¿Qué vais a hacerme? —preguntó, asustada.
—Voy a adorarte —dije, sin urgencia alguna en mi voz—. Y no pararé hasta que conozcas cada matiz del placer que mereces.
Pero antes de hundir mis labios en su intimidad, no pude evitar que mis dedos rozaran su centro, húmedo y deseoso de atenciones.
El gemido que Jeanne dejó escapar me hizo sonreír .
Besé la cara interna de su muslo derecho y luego la del izquierdo, y sentí cómo su respiración se aceleraba, cómo sus caderas se alzaban, reclamándome sin palabras.
Me tomé mi tiempo. Quería que cada roce fuera una promesa de lo que estaba dispuesto a entregarle sin pedir nada a cambio más allá de su éxtasis.
Con la punta de la lengua delineé un camino desde la base de su muslo hasta el centro de su deseo, humedecido ya, abierto para mí como una flor que solo florece al calor de un sol específico.
El mío. La escuché jadear, y en ese sonido se mezclaban la sorpresa, el hambre contenida y algo mucho más preciado: la absoluta y plena confianza que depositaba en mí.
—Dios mío —murmuró, con el rostro encendido.
Separé con delicadeza los pliegues de su sexo con los dedos, adorando con los labios cada rincón de aquella intimidad suya que nadie había tratado con respeto, mucho menos con adoración.
Hundí la lengua en ella, lento al principio, luego más profundo, más firme, buscando ese punto exacto que la hiciera arquear la espalda y soltar mi nombre en un gemido rasgado.
—Louis…
Mi lengua se convirtió en devoción. Ella temblaba.
Una de sus manos buscó la mía y la apretó fuerte.
Su otra mano, enredada en mi pelo, no me dejó apartarme ni un segundo.
Y no pensaba hacerlo. Ni aunque el bosque se incendiase a nuestro alrededor.
Jeanne se abría para mí, y yo podía degustar y oler su excitación, enajenándome por completo.
Mis manos agarraron sus caderas con firmeza mientras mi lengua se deslizó al fin hasta su clítoris.
Lo lamí suavemente al principio, saboreando cada gemido que escapaba de sus labios, y luego aumenté un poco la presión y la velocidad, dibujando círculos alrededor de aquel punto tan sensible que jamás había sido amado.
Jeanne, quizá sin darse cuenta, empezó a moverse contra mi boca, su pelvis levantándose para encontrar cada movimiento de mi lengua. Podía sentir cómo su placer aumentaba y cómo su propia agitación se traducía en una dulce humedad que llenaba mi boca, encendiéndome más allá de toda decencia.
Me separé un momento de su sexo para contemplarla: las mejillas rojas, el cabello revuelto, la boca entreabierta y los ojos lanzando llamaradas de absoluta lujuria. Se apoyó sobre los codos para mirarme, confundida.
—¿Ya está? —preguntó, con un deje de preciosa inocencia que estuvo a punto de volverme completamente loco.
—No, en absoluto. No he hecho más que empezar. ¿Confías en mí?
Asintió, temblorosa.
Sin dejar de mirarla, separé los pliegues e introduje poco a poco mi dedo índice dentro de ella.
Estaba húmeda, entregada y rendida, y pude deslizarlo sin dificultad alguna.
La noté estrecha, aun quizá un poco tensa por la mezcla de emociones que estaba experimentando, por lo que me incliné de nuevo hacia su clítoris y lo humedecí y lo acaricié con mi lengua hasta que su interior cedió poco a poco a la invasión de mi dedo.
Solo entonces, hice gancho con el índice y la rocé suavemente por dentro, sin dejar de lamerla por fuera.
Aquel movimiento rompió algo dentro de Jeanne, que se incorporó, sorprendida, y apretó sus muslos alrededor de mi rostro.
—Louis, por Dios, ¿qué estás haciendo conmigo?
No contesté a esa súplica. No hacía falta. Deslicé mi dedo medio en su canal, junto al índice, y continué lamiendo su clítoris mientras la penetraba suavemente, entrando y saliendo de ella, acompasando mi lengua al movimiento de mis dedos.
Sus gemidos se volvieron entonces más profundos, más acelerados, señalándome lo cerca que estaba de alcanzar el máximo placer, por lo que aumenté la velocidad, chupando y lamiendo, mis dedos curvándose dentro de ella hasta rozar con suavidad ese punto femenino que sabía que la volvería loca.
Quería que cada roce de mi lengua fuera una oración para sanar cada cicatriz que otro hombre dejó. Ella se arqueó, se aferró a mi cabello, dejó caer la cabeza hacia atrás y su respiración se volvió una letanía de gemidos ahogados que me grabé a fuego.
Y entonces lo sentí: su cuerpo tensándose, sus músculos internos apretando mis dedos mientras alcanzaba el máximo placer, y su grito de absoluto delirio, que se convirtió en la música más preciosa que mis oídos habían escuchado.
Supe que le había dado algo que nadie le había entregado jamás.
Placer. Real, profundo, merecido placer.
Y yo, arrodillado entre sus piernas, la vi convertirse en fuego.
Acompañé su clímax sin dejar de lamerla, ahora más lentamente, y retiré mis dedos de su interior, ayudándola poco a poco a bajar de aquella explosión que la había arrasado por completo.
Saboreé cada última gota de su excitación mientras su cuerpo se sacudía, quebrado por la ola del que era, quizás, su primer orgasmo.
La besé entre sus muslos una última vez, y Jeanne se derrumbó sobre nuestro lecho de terciopelo y hojas del bosque, con el pecho agitado y la mirada perdida en algún punto del cielo que se vislumbraba entre las ramas que nos cobijaban.
Subí por su vientre hasta besarle el ombligo con suavidad .
—¿Estás bien? —pregunté.
Jeanne asintió muy despacio, como si le costara encontrar el camino de regreso a sí misma.
—No sabía que el cuerpo podía llegar a… sentir así —murmuró, con la voz deshilachada por la incredulidad.
Me apoyé sobre un codo y la miré con infinita ternura, tomándole la mano.
— Mon cœur … ¿Cómo puedes ser tan dulce, tan inocente, y al mismo tiempo ser la mujer que más me enciende?
A ella se le escapó una risa suave, todavía temblorosa, y tiró de mí hasta que nuestras frentes se tocaron. Tenía los ojos brillantes de dicha.
—Llámame así otra vez. Llámame mil veces mon cœur . Llámame lo que quieras —susurró, feliz—. Hoy, mañana y todos los días que vengan.
—Hoy, mañana y todos los días que vengan, mon cœur —le juré.
Ese fue un juramento que no necesitó testigos. Uno que quedaba custodiado entre ella y yo, y el bosque que nos rodeaba, guardándolo en el más precioso de los silencios.