Louis XV #2
Primero me quité la capa, dejándola caer sobre la hierba, junto a la suya.
Luego, lancé lejos las botas de montar. A continuación, me desabroché la casaca y me aflojé el jabot y la camisa de seda.
Cuando me deshice de esta última, el aire primaveral me acarició la piel de mi torso.
Cerré los ojos un momento para disfrutar de la sensación de estar medio desnudo en mitad del bosque, con el sol radiante sobre mi cabeza.
Al abrirlos, descubrí que las mejillas de Jeanne estaban rojas como la grana. Intentó disimular su turbación, mas no lo logró: su respiración agitada era difícilmente ocultable. Aun así, intentó mantener la compostura y me lanzó un nuevo desafío:
—¿Eso es todo cuanto vais a darme, Louis?
—Venid aquí, a mi lado, y os lo daré todo.
—¿Qué os hace pensar que lo quiero todo, de vos?
—El rubor de vuestras mejillas —declaré, acercándome a ella—. El sonido de vuestra respiración. El suspiro que esconde vuestra boca entreabierta. Todo eso me hace pensar que queréis algo más de mí que mi simple compañía .
Jeanne no fue capaz de responder, como si se hubiera olvidado por un momento de las reglas del juego en el que ambos estábamos envueltos. Di un paso más hacia ella, hasta sentir el calor de su cuerpo junto al mío, que creaba un hechizo que no necesitaba conjuros.
Le aparté un mechón de cabello que le rozaba la mejilla. Luego, con los nudillos, le acaricié la línea de la mandíbula, despacio, hasta alcanzar la comisura de sus labios. Ella cerró los ojos un instante, apenas una exhalación, entregándose al momento sin defensa alguna.
—Os deseo, Jeanne —admití, y ella abrió los ojos. Me hundí en el verde de su mirada como un condenado que se arroja al abismo por voluntad propia—. Os deseo con una intensidad que me asusta porque no sé si seré capaz de controlarme, de comportarme como el caballero que quizá esperáis de mí.
—Majestad…
—Desde que llegasteis a Versalles no hay noche en que no ocupéis mis pensamientos.
Y durante el día, entre audiencias y obligaciones, solo pienso en el modo en que camináis, en cómo inclináis la cabeza cuando algo os hace gracia, en cómo me respondéis sin miedo.
Ante vos no soy el rey, solo un hombre que os contempla y os quiere cerca. Más cerca de lo que sería prudente.
Me incliné, rozando con mis labios la curva de su mejilla, sin besarla aún, solo respirando contra su piel.
—Versalles está repleto de damas que desean entrar en mi cama, pero cuando vos estáis ante mis ojos, no hay más luz que la vuestra. No hay más pensamiento que el de saber si un día seréis mía y yo vuestro.
Deslicé mis dedos por su nuca, acariciando la piel suave justo donde nacía su cabello. Ella apenas podía respirar .
—No os pido nada. No os pido amor eterno ni palabras dulces al amanecer.
No os pido vuestra honra ni vuestro cuerpo, si no queréis ofrecérmelo.
Solo este momento. Este temblor en vuestra voz, este fuego en vuestras mejillas, este silencio que grita más que cualquier palabra.
Mi reino es vuestro, si me dedicáis una sola de vuestras sonrisas.
—Louis…
Intentó apartarse, pero no la dejé irse de mi lado. Parecía más perdida, más confusa que nunca, como si luchara contra algo que no le permitiese aceptar lo que estaba escuchando de mi boca.
—Permitidme mostraros mi devoción, madame —murmuré, y con la misma delicadeza con la que se toca una reliquia sagrada, la tomé de las manos y la guié suavemente hacia nuestras capas extendidas sobre la hierba.
La tumbé sobre nuestro improvisado lecho, hasta que su cabello dorado quedó desparramado sobre la oscuridad del terciopelo. Me miró, indefensa y casi rendida, y dejó escapar un diminuto jadeo cuando me tumbé poco a poco sobre ella, mi cuerpo contra el suyo, mi boca a escasos centímetros de la suya.
No la besé; solo dejé que mis labios rozaran su cuello, la curva de su clavícula, el hueco cálido entre sus senos aún cubiertos por la pieza de ropa que los ocultaba de mis ojos.
Mis manos bajaron con cuidado hasta su cintura.
Ella respondió arqueándose lentamente, acercándose más a mí, pidiendo sin palabras lo que quizá aún no se atrevía a nombrar.
En ese leve movimiento compartido se dijo todo lo que el silencio sabía guardar.
Por un momento, creí sentir el latido de su pecho golpeando contra el corpiño que separaba mi piel de la suya.
—Decidme que pare.
—No lo haré —contestó, con la voz quebrada por el deseo .
Descendí por su cuerpo, dejando un rastro de caricias sutiles y de fuego contenido. Mi mano encontró el final de su falda y se coló por debajo de la tela, lo justo para poder acariciar la piel interior de sus muslos, que ardía y palpitaba con el contacto de mis dedos.
Fue entonces cuando la sentí tensarse bajo mi tacto.
Fue un segundo apenas, un efímero instante que intentó enterrar bajo su autocontrol, que quizá un hombre menos experimentado podría haber pasado por alto.
Pero por mis brazos habían pasado muchas mujeres de todas condiciones, y pude reconocer aquella tensión que su cuerpo no pudo ocultarme: el temblor en sus caderas, la rigidez sutil, la forma en que su aliento se quebró.
Todo gritaba lo que sus labios callaban.
Estaba asustada. Profunda y absolutamente asustada.
Apoyé las manos en el suelo, separándome de ella para mirarla a los ojos.
—¿Qué os ocurre?
—Nada.
Negué con la cabeza.
—¿Quién os ha enseñado a temer el deseo, mon cœur ?
—Nadie —susurró.
Una mentira tan frágil como el cristal.
Había visto cuerpos que se ofrecían y cuerpos que se resistían. El suyo estaba a medio camino entre el anhelo y la herida. La habían dañado en el pasado, y su piel revelaba en silencio cada uno de esos agravios. ¿Qué le habían hecho, para temer así la intimidad con un hombre?
—Jeanne…
—Por favor, majestad, seguid. Estoy bien.
—Mentís. El temblor de vuestro cuerpo no es el de una mujer que se entrega sin cadenas.
Su mirada se volvió acuosa, y por un segundo, vi su alma sin armadura alguna. Tan hermosa en su coraje como trágica en su miedo.
—Por favor, Louis, continuad con vuestras caricias —rogó, intentando ocultarme sus lágrimas no derramadas.
—¿Quién te ha hecho tanto daño? Háblame, Jeanne —pedí, acariciándole la mejilla, hecha de seda y marfil—. No deseo una sola mentira de ti, ni siquiera una mentira hecha para complacerme.
En un burdo intento de callarme, sus manos se deslizaron hacia el bulto que ocultaban mis pantalones, pero se las atrapé al instante, frustrando así sus intenciones.
—No —dije—. No mientras tus manos busquen silenciar lo que tu alma no puede decirme.
Sus ojos, verdes y profundos, se abrieron de par en par, llenos de una mezcla de rabia, deseo y algo mucho más punzante: miedo. No miedo de mí, sino del abismo que se abría dentro de ella con cada una de mis caricias.
Aquello me alarmó.
Me senté a su lado y llevé sus manos a mis labios. Las besé con ternura, sin exigencia, y las entrelacé con las mías.
—Hasta que me mires sin miedo, no volveré a tocarte. No hasta que vengas a mí por voluntad propia, y no como un castigo.
—Louis, yo no pretendía que… —dijo, triste—. ¿Estás enfadado conmigo?
—No, claro que no. ¿Qué clase de hombre consideras que soy? ¿Crees que voy a pagar con rabia el no haber podido tenerte? No soy así. Nunca lo he sido.
—¿Lo juras?
—Lo juro por lo más sagrado.
Ella no supo qué responder a eso. No hacían falta palabras .
Me limité a abrazarla, ambos tumbados sobre nuestras capas, hasta que poco a poco su cuerpo se dejó querer, como si en ese gesto callado descubriera algo más íntimo que el sexo.
Nos quedamos así un buen rato, en silencio, mirándonos el uno al otro.
El sol calentaba la piel de mi torso y bañaba la de sus mejillas.
Pronto cerró los ojos y colocó su cabeza sobre mi pecho, abrazándome por la cintura.
Solo en aquel momento privado, con el sonido del río y del bosque envolviéndonos en la más profunda intimidad, llegó la terrible confesión:
—He sido violada infinidad de veces desde que era niña.
Sus palabras se me clavaron en las costillas, formando una daga letal que me hirió en lo más hondo de mi ser.
Quise hablar, maldecir, jurar destrucción contra aquellos que le hubieran hecho daño, pero algo en su tono —en la frialdad con la que había aprendido a nombrar su infierno— me contuvo.
—¿Tu difunto marido?
—Sí… pero antes de casarme también ocurrió.
Su cuerpo se sacudió por el peso insoportable de una verdad demasiado tiempo encerrada. Cerré mi mano alrededor de la suya.
—Si el viejo Romuald de Lormagne no estuviera ya muerto, juro que mañana mismo lo colgaría en la Place de Grève.
Noté su sonrisa contra mi piel.
—No es delito violar a una esposa.
—Debería serlo.
Se apoyó sobre un codo para mirarme.
—Siento haberlo estropeado todo entre nosotros. Sé que cualquier dama querría ser tu amante y también sé que es un honor dejarse amar por ti, pero… yo no puedo darte el placer sumiso que buscas en la compañía de una mujer.
—¿Placer sumiso? —inquirí, acariciando con suavidad su mejilla—. ¿Crees que deseo una amante que se rinda ante mí?
Ella solo parpadeó lentamente, quizá incapaz de entender cómo era posible que yo, el rey de Francia, no quisiera imponer mi voluntad incluso en el amor.
—No lo sé, Louis. No sé exactamente qué deseas.
—Yo te lo diré: no deseo una sombra dulce y obediente que me caliente el lecho.
Jeanne bajó la mirada. Parecía que no supiera qué hacer con un hombre que no deseaba poseerla, sino solo disfrutar de toda ella.
—Aunque jamás seas mía, tu simple presencia en Versalles me hace feliz.
—No digas eso si no es verdad.
—Es tan verdad como que, el día en que nos conocimos, insinuaste que te colarías en mi cámara para agradecerme en privado por haberte salvado de unos asaltantes.
Aquello la hizo reír, aunque sus ojos contenían una emoción que se colaba sin permiso por la grieta de sus defensas.
—¿Puedo confesar algo? —preguntó.