Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis XV
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Louis XV

J eanne pareció infinitamente feliz de poder cabalgar su nuevo caballo, al que todavía no le había puesto nombre.

Lo acarició largamente antes de montarlo, para que el animal se acostumbrase a ella.

Fue un gesto tierno, impropio de una aristócrata como ella, y que observé con atención, sin atreverme a interrumpir aquel momento privado entre amazona y montura.

Abandonamos las caballerizas reales cuando el sol de la mañana ya estaba en su punto más alto y ardía sobre el firmamento.

Era otro precioso día de primavera, uno de esos en que la corte solía aprovechar el buen tiempo para gozar de las fuentes y de los jardines.

Yo, en cambio, estaba ansioso por disfrutar de la compañía de Jeanne.

A solas.

«Últimamente, encuentras cualquier excusa para alejarte de Versalles», me dije, sintiéndome culpable y, a la vez, aliviado.

En Versalles me perseguía el protocolo que yo mismo le había ordenado redactar a Philippe, y también los ministros y embajadores que requerían de mí respuestas y firmas estampadas en decretos.

En Versalles me aguardaba una esposa que exigía mi semilla para poder darme más herederos.

En Versalles se hallaba Françoise, para recordarme una vez tras otra que un hombre casto y puro era el rey que Francia se merecía .

—Cuando Gerald de la Reynie se dé cuenta de que he abandonado Versalles sin él, recibiré una buena reprimenda —dije, sacudiendo la cabeza con diversión—. Y Bontemps se angustiará tanto o más que mi capitán.

—Pero sois el rey. Podéis hacer lo que queráis —contestó ella.

—Sí… y no.

—¿Qué hay de divertido en ser el rey si no podéis hacer lo que queráis?

—En efecto, no hay nada de divertido.

Jeanne montaba a mi lado con una elegancia innata, y yo no podía evitar sentirme cómodo a su lado.

Incluso si no hablábamos. El silencio entre nosotros se sentía natural, al igual que la conversación, pues era ese tipo de silencio cargado de energía que anunciaba una tormenta largamente anhelada.

Sin embargo, parecía que los temas sobre los que podíamos hablar jamás se nos terminaban.

—¿Por qué conocéis el nombre de mi doncella?

—Conozco los nombres de todos quienes viven y trabajan en Versalles.

—Eso es imposible.

—Ponedme a prueba.

—¿Cómo se llama vuestra cocinera?

—Anne Marie —sonreí, y ella entornó los ojos, molesta.

—¿Cuál es el nombre del mozo de cuadras que os ha entregado hoy vuestro caballo?

—Victor.

—¿Y el del mosquetero más joven que hay en Versalles?

—Bastien.

—Pero, ¿cómo es posible?

Me encogí de hombros.

—Philippe diría que soy un obseso del control y que necesito saber absolutamente todo lo que ocurre en mi palacio.

—¿Y es verdad?

—En cierto modo. El control es poder, y el poder es vital en una posición como la mía.

—Entonces, ¿jamás cedéis el control?

—Yo no he dicho eso —respondí—. Hay ocasiones privadas, cuando estoy a salvo de ojos ajenos, en las que me permito relajarme.

—Ojalá supiera lo que es eso —suspiró Jeanne. Sus manos enguantadas se cerraron alrededor de las riendas de cuero.

—Estar en la compañía deseada ayuda.

Sus mejillas, pálidas y sedosas, se cubrieron de un leve rubor que ella luchó por ocultarme, sin lograrlo.

—¿Solíais venir por este bosque de niño? —preguntó, cambiando de tema.

—Nuestro padre nos lo tenía prohibido. Lo cual, naturalmente, lo convirtió en nuestro lugar favorito.

Era donde Philippe y yo solíamos refugiarnos.

Cuando nos enfadamos, y eso ocurre muy a menudo, mi hermano todavía se pierde entre estos árboles para huir de la corte y de mí.

Le encanta desobedecer órdenes desde que era pequeño, aunque debo admitir que a mí también me encantaba irritar a nuestro padre.

—¿Y ahora? ¿Vuestra majestad sigue desobedeciendo órdenes?

—Solo cuando la ocasión lo merece.

Cabalgamos aún un trecho más, hasta que los árboles comenzaron a abrirse y la brisa nos trajo el rumor del agua.

El río Bièvre emergió ante nosotros como una cinta de plata viva, deslizándose entre piedras redondeadas con agua cristalina.

Solía jugar con Philippe y Henriette en este recodo.

También aquí, siendo adolescente, soñaba con el futuro.

Cerraba los ojos para imaginar un mundo en el que el poder de un reino entero no recayera en mis manos.

Un mundo en el que podía vagar por los caminos y las ciudades sin más obligación que la de vivir mi vida.

Ya no recordaba cómo era sentirse libre de responsabilidades.

—¿Os place descansar aquí durante un rato?

—Solo si no insistís en hacerme pescar una trucha.

Reí ante su enésima muestra de descaro. Ella también lo hizo.

Desmonté del caballo y luego me acerqué para ayudarla a bajar de su montura.

Jeanne permaneció erguida en la silla, la espalda recta, las manos enguantadas sujetando las riendas con firmeza.

El sol filtrado entre las ramas arrancaba reflejos dorados de su cabello y dibujaba sombras sobre su rostro, ese rostro que yo ya no podía mirar sin que algo dentro de mí se agitara.

—Permitidme —le ofrecí la mano.

Jeanne dudó solo un segundo. Luego, se quitó los guantes y aceptó mi ayuda.

Su palma era cálida, tan delicada como firme.

La sostuve mientras giraba el cuerpo y pasaba las piernas por la grupa del caballo; entonces mis manos buscaron su cintura para guiarla con cuidado hasta que sus pies tocaron tierra firme.

En el instante en que su cuerpo rozó el mío, lo supe. Estaba enamorado de ella y nada, ni siquiera el deber o la fatalidad, iba a poder cambiar eso. Mi alma pertenecía a la suya, aunque ella jamás aceptase mi devoción.

Nos encontrábamos tan cerca el uno del otro que podía contar las diminutas pecas sobre el puente de su nariz.

Sus labios entreabiertos. Su respiración, rápida e irregular.

El leve temblor en su pecho. El aroma de su perfume: almizcle, flores, una nota apenas perceptible de algo salvaje y suyo. Única y exclusivamente suyo.

—Estáis temblando —murmuré, sin apartarme de su calor.

—Será el frío del bosque —replicó, en apenas un susurro, sus ojos fijos en los míos.

—Es primavera, madame.

—Entonces tiemblo por otro motivo.

—Jeanne…

Sentí el impulso de inclinarme, de probar el sabor de su boca, de tomarla ahí mismo, de pie, en mitad de la espesura, de deslizar mi boca por aquel cuello exquisito y continuar hasta sus pechos, hasta dejarle los pezones enrojecidos, sensibles, empapados de saliva y demandantes de más atenciones.

Durante un segundo solo fuimos dos cuerpos demasiado cerca, dos respiraciones entrelazadas, dos voluntades al borde del incendio. Mis manos seguían en su cintura. No podía soltarla. No quería.

La vi tragar saliva y reunir valor para apartarse de mí. Sin decir nada, se acercó a la orilla del río para contemplar el hermoso paisaje. Yo, en cambio, no podía dejar de contemplarla a ella.

Tras unos instantes de cómodo silencio, Jeanne se volvió hacia mí, con la travesura pintada en su bonito rostro.

—¿Cómo de pudoroso sois, Louis?

—Mucho menos de lo que cree mi corte.

—Bien, porque el pudor nunca ha formado parte de mi carácter.

Dicho esto, se quitó la capa corta que cubría sus espaldas y la extendió sobre la hierba de la orilla del río.

—Hace demasiado calor para tanta ropa, ¿no creéis, majestad?

—Cierto —coincidí yo.

—Seríais de gran ayuda si me ayudaseis a desprenderme de algunas piezas de tela.

—¿Recibiré el mismo trato?

Jeanne me miró por encima del hombro, con una chispa de diversión bailando en las esmeraldas que eran sus ojos.

—Lo que es justo, es justo, majestad.

Se me escapó una sonrisa y me acerqué a ella, deslizando mis manos por debajo de sus axilas hasta alcanzar los botones de su chaqueta, que desabroché uno a uno, mientras el olor de su cuello, largo y delicado, se me colaba por la nariz.

—Concentraos, Louis, o aún me romperéis un botón.

—Contened la lengua, Jeanne, o aún dejaré una marca de dientes sobre vuestra piel —le susurré al oído, y vi cómo su nuca se erizaba con cada una de mis palabras.

Me deshice de su casaca y, tomándola de nuevo por la cintura, la giré hacia mí.

No era muy alta, y yo le sacaba una cabeza, por lo que tuvo que alzar la barbilla para encontrar mi mirada.

Mis dedos buscaron el cierre delantero del cuerpo del traje, cuyos botones también desabroché con lentitud, sin dejar de mirarla a los ojos.

Finalmente, deslicé aquella pieza de ropa por sus hombros, hasta que Jeanne solo quedó con un ajustado corpiño interior y la falda de montar.

—Mucho mejor —suspiró, estirando los brazos, libres de ropa.

Dios bendito. Estaba completamente perdido.

Perdido en su belleza, que a mis ojos era imperfectamente perfecta, perdido en la manera despreocupada en que se comportaba en mi presencia, como si mi título tuviese una importancia nimia, y perdido en aquella inteligencia rápida y avispada con la que respondía cada una de mis frases.

El viento susurraba en el bosque, como si estuviera expectante de lo que pudiera pasar a continuación entre nosotros.

El agua del río brillaba, y en el centro de aquel escenario encantado y solitario, ella seguía allí, con la falda suavemente agitada por la brisa y el rostro enmarcado por la luz tamizada que se filtraba entre las copas de los árboles.

Me sentí absoluta e incondicionalmente subyugado por su encanto.

—¿Vais a cumplir con vuestra parte del escándalo, majestad?

—¿Es una orden de Jeanne de Lormagne?

—Lo es.

—Muy bien —dije, esperando que mi sonrisa calmada disimulara el latido acelerado de mi pecho—. Si me invitáis a la libertad, la tomaré.

Quizá Jeanne creía que no me atrevería a despojarme de toda aquella ropa que formaba parte de mi imagen y de mi estatus, pero se equivocaba.