Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne XIV
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Jeanne XIV

¿Q ué demonios estaba haciendo?

¿Por qué lo había consolado? ¿Por qué lo había mirado como si fuese un simple hombre, hecho de dudas y anhelos, en vez del Rey Sol?

¿Por qué le había hablado con honestidad, cuando lo más sensato habría sido adularlo, alimentarle el ego, llevarlo por el camino del exceso y de la ruina?

¿Por qué le había insinuado que no aprobaba sus delirios de grandeza, esos mismos que asfixiaban a los nobles y a los pobres?

¿Por qué, en lugar de cebarlo con lujuria y ambición, lo había alentado a ser el buen rey que los franceses necesitaban?

Me clavé las uñas en la palma de mis manos.

Lo que debía hacer era corromperlo aún más. Hacer que se gastara en mí miles de francos, arrastrarlo al escándalo y a la decadencia, convertirlo en un rey depravado para que el reino entero comprendiese que Ferdinand era la única salvación de la corona.

Mis uñas se hundieron más en la carne tierna que Louis había besado.

«Lo odio, lo odio, lo odio», me repetí.

Y aunque un torrente de amargura se coló por mis venas, no pude evitar recordar que me había negado a aceptar su caballo, que le había hecho jurar que no me entregaría más regalos y que le había asegurado que creía en él para convertirse en un buen rey .

Me detuve frente al espejo de mi habitación, con el rostro aún encendido por el aire nocturno.

O quizá se debía a la cercanía de Louis.

No fui capaz de averiguar el origen de mi agitación.

Me observé, contrariada: las mejillas ruborizadas, los labios aún entreabiertos, los ojos brillando como si hubiese visto algo sagrado en el fondo de los suyos.

—No —murmuré, apoyando la frente contra la superficie fría del espejo, esperando que ese contacto pudiera calmar el ardor de mi corazón—. No, no, no.

Esta vez, el reflejo me devolvió la mirada de una traidora.

Porque eso era: una traidora a mi causa. La misma causa que me había ordenado pudrir a Louis con caricias hasta convertirlo en un símbolo del ocaso, del hartazgo, del exceso.

Para eso había venido a Versalles.

Mi vida tenía un solo propósito: ver caer a Louis XIV.

Pero en lugar de hundir al rey en sus propios delirios, me había atrevido a creer que tal vez, solo tal vez, aún podía redimirse.

—Estúpida —susurré, apretando los dientes—. Piensa en Ferdinand. Él confía en ti.

Sin embargo, cuando cerré los ojos, no vi a Ferdinand ni el símbolo de la Nueva Fronda bajo el que me había criado hasta convertirme en un arma de carne y hueso. Solo vi a Louis, que me había mirado como si yo albergara la clave de su redención.

Aquella noche apenas pegué ojo y, cuando llegó la mañana, me encontró más perdida que nunca.

Como era habitual, Coline dejó que me vistiese sola.

No sabía cuánto tiempo más podría esconderle mi maltrecha espalda, pero quería confiar en que tarde o temprano dejaría de intentar ayudarme con los vestidos y las medias.

Cuando terminé de abrocharme el traje de amazona que Aurore me había regalado, llamé a la muchacha.

—Solo necesito un recogido cómodo y sencillo para salir a cabalgar —le pedí.

Ella obedeció, contenta de poder serme útil.

Con el paso de los días, Coline ya había parecido comprender que yo no iba a comportarme cruelmente con ella, por lo que se había relajado y su timidez inicial había dado paso a la cháchara intrascendente.

—¿Vais a cabalgar con su majestad, madame?

—Así es —le confirmé, mirándola a través del espejo del tocador. La pillé suspirando, con ojos soñadores—. ¿A qué viene eso, Coline?

—¿El qué?

—Tu suspiro.

Ella enrojeció al instante.

—Es solo que… yo no… quiero decir, yo…

Tragó saliva, azorada.

—Habla con libertad.

—Solo opino que su majestad es un hombre muy guapo. Tiene los ojos más hermosos del mundo. Una vez incluso me sonrió, madame, y yo creí que me desmayaría de la emoción.

Tuve que reprimir una sonrisa ante su entusiasmo.

—Es, en efecto, un hombre muy interesante.

—A mí también me encantaría salir a cabalgar con él —admitió, con las mejillas rojas como una manzana madura—. Aunque, claro, no sé montar a caballo.

—Puedo transmitirle tu deseo, si quieres.

—¡Oh, no, madame! Me moriría de vergüenza, solo de saber que su majestad sabe que pienso esa clase de tonterías.

Estaba claro que Coline, joven e inexperta, aún veía a Louis tal y como una muchacha como ella debía ver a un rey joven: con admiración y un ligero enamoramiento, sin duda causado por el poder que rodeaba a Louis.

«Y porque es atractivo. Y amable. Y porque al hablar, una no puede dejar de escucharlo. Y porque cuando sonríe, ves al Rey Sol que reina sobre Francia», me dije, y sacudí la cabeza para arrastrar esos pensamientos y sepultarlos bajo la más absoluta indiferencia.

Unos golpes en la puerta nos sobresaltaron a ambas, y Coline palideció al escuchar una voz de trueno anunciar:

—¡El rey!

Me puse de pie de inmediato y di permiso a la joven para que abriera la puerta.

Cuando Louis entró, mi corazón volvió a traicionarme, volviéndose un órgano desacompasado, errático.

En aquella ocasión, Louis no vestía sus habituales colores vivos, sino un sobrio traje de caza, oscuro, con botas altas hasta las rodillas y una capa sobre la que caía su largo cabello castaño.

Cuando me vio ataviada con el traje de amazona, se le escapó aquella media sonrisa tan suya.

—Madame, espero no haberos sorprendido demasiado —me saludó, risueño.

—Reconozco que un poco, majestad. Habíamos acordado encontrarnos en las caballerizas y no en mis aposentos.

—Así es —confirmó, y luego su mirada se desplazó a mi doncella, que aún seguía inclinada ante él, inmóvil, esperando una orden—. Coline, ¿te trata bien Madame de Lormagne?

Me quedé estupefacta al saber que Louis conocía su nombre, y Coline no fue menos. La rojez le cubrió la cara entera. Tardó varios segundos en reunir el valor para contestar a su rey.

—Sí, majestad, mucho.

—Me alegro —sonrió él, y los rayos del sol que se colaban a través de la ventana incidieron en sus ojos azules—. ¿Me dejarías un momento de privacidad con tu señora?

—Por supuesto.

La chica me lanzó una última mirada y se apresuró a salir de la habitación. Cuando nos quedamos a solas, entrelazó los dedos frente a él y me contempló, como si yo fuese una preciosa joya que anhelase añadir a su colección.

—Es muy inapropiado que estéis aquí, a solas, con una dama.

—Sí que lo es —confirmó él, sin molestarse en pedir perdón—. Aunque si mi hermano me viese, posiblemente aprobaría mi conducta incorrecta.

Me tomé un segundo más del necesario para enfundarme los guantes con estudiada lentitud, sabiendo que él estaba ahí, contemplándome, sin perder detalle de mis movimientos.

—Creí que el pacto era que yo encontraría el camino hacia la chambre du roi y os agradecería en privado por haberme salvado de los asaltantes, no que vos os colaríais en mi habitación a plena luz del día.

—¿Era un pacto? —levantó una ceja Louis, divertido ante mi enésima muestra de insolencia.

—Lo tomé como tal —respondí, imperturbable, mientras me acercaba a él con toda la contenida seducción que el momento requería—. Y vos, por lo visto, habéis decidido romperlo.

Esta vez fue Louis quien avanzó un paso hacia mí, las botas resonando levemente contra el suelo de madera encerad.

Por un segundo, creí que me tomaría de la barbilla para perderse en mi rostro, pero no lo hizo, aunque estábamos tan cerca el uno del otro que solo habría necesitado inclinarse sobre mí para tomar mis labios con los suyos.

—Digamos que me sentí impaciente por estar en vuestra presencia.

—¿Y qué os hace pensar que yo querría recibiros aquí, a solas?

—La forma en que me miráis ahora.

Me odié un poco por notar cómo mi piel reaccionaba al sonido de su voz y me odié aún más por notar que mi respiración se había vuelto irregular. Así que hice lo único que una mujer con dos dedos de frente haría ante semejante embestida de encanto real: lo enfrenté con frialdad.

—¿Y a qué habéis venido, entonces?

—A invitaros a cabalgar, como acordamos —contestó él, y luego hizo una breve pausa—. Pero también a deciros que hoy no habrá séquito, ni guardias, ni otra compañía que la vuestra.

Mi pulso vaciló.

—¿Decís que iréis sin escolta?

—Así es. He dado órdenes de que nadie nos siga. Quiero unas horas de libertad, junto a vos.

De nuevo, mi corazón latió desbocado.

Estábamos más que habituados a caminar juntos por los jardines de Versalles, con la perpetua compañía de un par de mosqueteros siguiendo nuestros pasos.

Cabalgar por los bosques, sin testigos, sin protección, sin la estructura de la corte entre nosotros, era un acto muy distinto que tan solo podía interpretarse de una forma: tenía el absoluto favor del rey.

Era, también, una oportunidad única para acabar de cerrar el cepo de la seducción alrededor de su cuello.

—Vuestra majestad se arriesga demasiado por complacerme.

—Mi majestad se aburre demasiado.

Tuve que reprimir el impulso de echarme a reír.

Louis tenía el descaro pintado en la sonrisa y el encanto escondido detrás de cada palabra.

Hablar con él me fascinaba, pues siempre lograba arrancarme un retazo de diversión.

Nunca había experimentado aquella sensación junto a un hombre.

Ni junto a nadie. Era liberador no tener que fingir que su compañía me agradaba, que su cercanía no me incomodaba, que su contacto no me repelía, que su conversación no me aburría.

Era liberador… y aterrador.

—Dadme un minuto para terminar de prepararme —pedí.

Él me permitió mi espacio, caminando hacia la ventana que daba a los jardines y dándome la espalda. Busqué en uno de mis baúles hasta encontrar la daga que había metido a escondidas del Vigilante. Era pequeña, con una hoja corta, fina, afilada. Suficiente para matar a un hombre.

La deslicé disimuladamente en el interior de mis botines de amazona.

No era una asesina y no debía serlo, según la misión de la Nueva Fronda, pero estaba aterrada por aquel cúmulo de sentimientos que Louis me provocaba, y que era incapaz de controlar del todo.

Si le cortaba el cuello a Louis aquella misma mañana, Ferdinand estaría más cerca que nunca del trono que le estaba destinado y yo quedaría libre del embrujo del Rey Sol.

¿Sería capaz de hacerlo? ¿De acercar la daga a su cuello y hundirla en su piel?

Me coloqué una capa sobre mis espaldas y, cuando volví a mirarlo, él había dejado de contemplar sus jardines y sus ojos brillaban de anticipación.

—¿Lista? —preguntó.

—Siempre, Louis de Francia.

—Entonces, hagamos de esta mañana de primavera nuestra escapada secreta, Jeanne de Lormagne —dijo, tendiéndome el brazo.

Acepté su gesto, con la daga en mi botín y el miedo martilleándome en el pecho, y así abandonamos mis aposentos.

«Hazlo, Jeanne. Asesínalo y libera a Francia del tirano. Acaba con él y permite a Ferdinand alcanzar su destino», me repetía mientras descendíamos por la Gran Escalera de los Embajadores y atravesábamos el Patio de Mármol.

Sin embargo, en cuanto me perdí en el azul de sus ojos, supe que sería incapaz de asesinarlo. El solo pensamiento de imaginarlo muerto —por mi mano, derramando su sangre— despertó en mí una tristeza inmensa que colmó mi corazón.

¿Qué me estaba ocurriendo?