Louis XIV
L a contemplé a la luz de las antorchas que marcaban el camino entre los setos conforme nos adentrábamos en la Orangerie .
Nuestros paseos nunca nos llevaban hasta esa zona de los jardines, y yo casi había olvidado que era uno de mis rincones preferidos.
Al lado de Jeanne, su encanto se multiplicaba.
—¿Os ha importunado Madame de Maintenon? —le pregunté.
—Por Dios, no —replicó ella, riendo—. Se necesita algo más que un sermón disfrazado de cortesía para molestarme, majestad.
—No mencionemos a Dios esta noche. Quiero creer que, a estas horas de la noche, ya ha cerrado los ojos a mis pecados.
—¿Es que son tantos esos pecados vuestros?
—No tantos como los de cierta dama —dije, con una sonrisa—, que una vez insinuó que quería agradecerme en privado por haberla salvado.
Ella soltó una risita y me golpeó suavemente el brazo con el abanico.
—¡No os burléis de mí! No sabía que vos erais… ya sabéis, vos.
—¿Tan terrible os pareció descubrirlo?
—No, no fue terrible. —Sus ojos bailaron de diversión—. Solo inesperado.
Nos adentramos por un sendero flanqueado de bojes tallados.
El cielo nocturno se desplegaba sobre nuestras cabezas como una bóveda tachonada de diamantes, y el perfume embriagador de los naranjos en flor envolvía el aire tibio.
A pesar de que nos seguían dos mosqueteros, tuve la sensación de que Versalles se desvanecía y que nosotros ya no éramos rey y súbdita, sino sencillamente un hombre y una mujer, caminando bajo un infinito manto de estrellas.
—¿Y ahora? —pregunté, sin poder apartar la vista de ella—. ¿Os sigue pareciendo inesperada mi compañía?
Ella alzó el rostro y nuestras miradas se encontraron de nuevo.
—No, majestad.
—Prefiero cuando me llamáis Louis.
—Y yo cuando os dirigís a mí como Jeanne.
—Sea así, pues, siempre que no haya ojos que nos vigilen ni oídos prestos a espiar.
Ella observó de reojo a los dos mosqueteros que avanzaban a una distancia prudente de nosotros, siempre vigilantes.
—¿Y qué hay de ellos?
—Ellos son sordos a mis indiscreciones. O fingen serlo, que es aún más útil.
—En ese caso, el capitán de la Reynie lo debe entrenar con pólvora y plomo en el alma.
—Eso me temo.
—¿También vendrán con nosotros en ese paseo por el bosque que me prometisteis?
Detuve mis pasos. Ella lo hizo también. La luz temblorosa de las antorchas arrancaba reflejos de miel en su cabello y, una vez más, tuve que contener mis instintos para no tomarla por el talle y robarle un beso.
—¿Acaso pretendéis que atravesemos los bosques vos y yo solos?
—Olvidaba que el rey de Francia no da un paso sin su corte al completo —me retó, impasible.
—Sois una mujer malvada, Jeanne.
—No tanto como el hombre que juró no hacerme más regalos y, sin embargo, encontró la forma de torcer su palabra con toda la gracia de un pecador sin redención.
—Ser rey tiene sus ventajas —dije, ofreciéndole el brazo con galantería—. Venid. Esta noche quiero llevaros a un rincón que no comparto con cualquiera.
—¿Ni siquiera con Madame de Maintenon?
—Ni siquiera con Madame de Maintenon.
Anhelaba besarla más que nada en el mundo, para luego arrastrarla hasta una fuente y que el ruido del agua ahogara nuestros jadeos.
Con ella no sentía la urgencia vulgar de la carne impaciente, sino un anhelo profundo que me nacía en el pecho y ardía hasta mis dedos.
Quería sentir sus labios temblando contra los míos, acorralarla entre los naranjos en flor y robarle el aliento en un rincón secreto del jardín.
Deseaba hundirme en ella con la desesperación de un hombre que se sabe solo, aunque esté rodeado de mil almas.
Sin embargo, no lo haría.
Porque yo no era un simple hombre. Era el rey.
Y el rey en el que deseaba convertirme no podía perder la cabeza por una dama, por mucho que esta tuviera la lengua afilada, la mirada retadora y una boca que parecía haber sido esculpida para el pecado.
Me obligué a mantener la distancia que mi cuerpo no quería respetar y a recordar que, para un monarca, el deseo era un lujo peligroso que rápidamente podía convertirse en debilidad.
—¿El Rey Sol se ha quedado sin palabras?
—Tenéis una forma muy particular de retarme, Jeanne .
Ella se limitó a sonreír como única respuesta y, cuando lo hizo, el mundo se volvió más cálido, más peligroso, con esa sola curva de sus labios.
¿Qué no habría dado yo por sentirme así de vivo junto a mi esposa? ¿ Qué no habría sacrificado por encender en María Teresa siquiera una chispa de esta pasión, de esta intimidad feroz que Jeanne despertaba sin esfuerzo? Habría entregado mi corona, mi fortuna, cada palacio construido en mi nombre.
Pero mi esposa no era como yo quería que fuera.
Había intentado amarla y desearla cuando nuestro matrimonio de Estado quedó sellado.
Ella afirmaba quererme, pero su manera de mostrarme amor me repelía.
No podía soportar la palabra de Dios en su boca, ni su continua mojigatería, ni sus rezos en español cuando la penetraba en la penumbra.
Cada vez que acudía a su lecho, ella lograba convertir nuestra intimidad en un acto de penitencia.
Era incapaz de soportarlo, de disfrutar lo más mínimo.
Había tenido hijos e hijas con María Teresa, y ni siquiera sabía qué forma tenían sus pechos o cómo era el tacto de su vientre contra mis labios.
—Así es como debe ser entre marido y mujer —me repetía Françoise, cuando me veía abrumado por el hecho de tener que yacer con una mujer que no quería compartir su desnudez conmigo—.
La lujuria no tiene cabida en un matrimonio cristiano; mucho menos entre un rey y su reina.
Dios así lo dictó y así debéis cumplirlo, majestad.
Françoise me exigía sacrificio y fidelidad a la reina. Jeanne, en cambio, me devolvía a la vida con su simple compañía. Y yo estaba a un suspiro de romper todas las reglas que me había autoimpuesto por el bien de mi país .
«No seas necio. Esta misma tarde te has acostado con la esposa de tu hermano, y Dios lo sabe», me dijo una voz traicionera que se parecía sospechosamente a la de Françoise.
Caminamos charlando sobre obras de teatro y sobre las nuevas melodías compuestas por el maestro Lully. Hablar con Jeanne siempre me resultaba apasionante. No dudaba en contradecirme si no estaba de acuerdo con mis opiniones, lo cual me irritaba y me complacía a partes iguales.
Tras un rato paseando, llegamos al palacio del Trianón, cuyas obras estaban a punto de ser finalizadas y que ahora, sin obreros ni guardias, permanecía en una calma embrujada.
—Hace años, cuando Versalles no era más que el pabellón de caza de mi padre, tuve un sueño: el de construir el palacio más hermoso del mundo.
Un símbolo absoluto del poder y la gloria de Francia que perdurase en el tiempo y que fuese el orgullo de todos los franceses, los que viven ahora y los que vivirán en los siglos venideros —dije, mientras mis ojos recorrían las obras y Jeanne me escuchaba en el más reverencial silencio—.
Me pasé meses diseñando y supervisando cada rincón de sus muros y jardines, intentando recuperar la visión del palacio de mis sueños para plasmarla aquí, en la vida real.
—¿Y lo lograsteis? —preguntó ella.
—Lo logré —respondí, sin dudar.
Porque era cierto. Pero también era cierto que haberlo logrado no bastaba. Ya no.
Jeanne asintió, y luego dijo:
—¿Valió la pena, Louis? ¿Valió la pena ganarse el odio de vuestros siervos por erigir un sueño? La nobleza está arruinada y el pueblo, hambriento. Es un precio muy alto para un lugar que, sin duda, ya no os hace feliz .
Parpadeé, confuso por aquellas atrevidas palabras que, si yo quisiera, podrían costarle la vida.
—¿Cómo decís, madame?
—Me habéis escuchado perfectamente. Este palacio nuevo que estáis construyendo solo es una forma de huir de la pesadilla en que se ha convertido Versalles.
No queréis renunciar a un sueño que convertisteis en el símbolo de vuestro reinado, pero tampoco deseáis vivir más atrapado en sus fauces de oro.
La noche se detuvo sobre nuestras cabezas. Mi sangre comenzó a arder. Pocas veces alguien había osado decirme algo así. Menos aún, mirándome a los ojos sin rastro alguno de titubeo.
Tuve que reunir toda mi calma y mi diplomacia para contestar aquella declaración suya.
—Jeanne. ¿Sois consciente de lo que acabáis de hacer?
—Sí, majestad: hablar con el hombre, no con el rey. Y espero que el hombre me escuche.
—El hombre escucha, y también el rey. Y ambos están desconcertados por vuestra osadía.
Vi cómo dudó ligeramente, como si se preguntara si había ido demasiado lejos. Aun así, su voz sonó con la misma valentía de antes.
—No deseo faltaros al respeto, Louis. Pero si me queréis cerca, no puedo callar lo que veo.
—He hecho ejecutar a hombres por palabras menos graves que esas.
—Lo sé —replicó ella—. Y si quisierais, podríais ejecutarme mañana mismo, ¿y quién se atrevería a impedirlo?
—Nadie —respondí.
—Nadie —confirmó Jeanne.
Sin poder controlar mi cuerpo, me acerqué un paso más a ella. Jeanne no me adulaba y tampoco parecía temerme lo más mínimo. Me había hablado con coraje, y eso era algo que no abundaba a mi alrededor.
Quise besarla hasta arder juntos, uno en brazos del otro.
Pero no lo hice. Su compañía me resultaba preciada y no quería convertirla en una favorita más.
Había amado a Henriette, a Louise, a Athénaïs, a Aurore.
A Henriette la había hecho desgraciada, casándola con Philippe.
A Louise la había enamorado y luego rechazado hasta el punto de rogarme que la dejara entrar en un convento para no volver a tener que amar a un hombre.
A Athénaïs le había consentido su ambición y había crecido por las paredes de Versalles como hiedra venenosa.
A Aurore le había estado a punto de destrozar la vida por haber estado ciego y no querer ver que Philippe y ella se pertenecían el uno al otro.
No volvería a cometer semejantes errores.
Mucho menos con Jeanne de Lormagne.
—Prometedme algo —dije.
—¿Qué debo prometeros?
—Que no dejaréis de hablarme así mientras estéis en mi corte.
—Entonces debéis prometerme vos que no me haréis colgar por ello, Louis de Francia.
—Trato hecho, Jeanne de Lormagne —respondí, con una sonrisa que apareció más rápido en mi rostro de lo que mi orgullo hubiera querido.
Ella me devolvió una sonrisa parecida. En sus ojos había luz. Perderme en ellos era como mirar al sol sin quedar cegado.
—Gérald de la Reynie me dijo una vez que creía que yo era uno de los pocos reyes en la historia de Francia con el poder de cambiarlo todo.
Que podía transformar este reino en un faro de luz para el mundo o convertirme en el tirano que muchos ya temen que soy —declaré—.
Según él, la balanza todavía puede inclinarse hacia la gloria o la opresión.
Y Gérald quiere creer que tengo el corazón necesario para elegir el bien.
—Apenas he cruzado palabra con vuestro capitán, pero coincido con él. ¿Es esa disyuntiva lo que os atormenta? ¿Lo que os ha hecho aferraros a Dios con tanta desesperación?
—Habíamos acordado no invocar al Todopoderoso esta noche.
—Es difícil ignorarlo cuando parece regir vuestra vida a través de rezos compartidos y palabras piadosas que, según se dice en la corte, os unen a Madame de Maintenon.
—Ella solo quiere lo mejor para mí y para Francia.
—¿De veras?
No esperó mi respuesta. En lugar de eso, alzó la mano y me acarició la mejilla con el dorso de los dedos. Aquel simple gesto me resultó íntimamente perfecto, incluso más que un beso que hubiera podido robarle en la oscuridad que nos rodeaba.
—Si Madame de Maintenon quisiera lo mejor para vos, Louis, no estaríais aquí esta noche, abriendo el alma a una completa desconocida.
Aquella declaración suya, tan simple, tan clara, me atravesó más que las de cualquier odioso panfleto de la Nueva Fronda.
Esta vez sí tomé su mano para besársela.
Y ella no se apartó.