Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne XIII #3
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Jeanne XIII #3

Aurore me guio a través de la corte con tanta gracia que no pude menos que agradecerle que hubiera querido acompañarme esta noche.

A su paso, las damas se inclinaban ante ella, esbozando sonrisas heladas.

Algunos caballeros nos miraron con lujuria, disfrazada de galantería.

Me sentí en el centro de un tablero de ajedrez cuyas reglas aún no conocía del todo.

—¿Y bien? —preguntó Aurore, sin perder la sonrisa.

—Es como estar en un nido de serpientes venenosas.

—Y deseosas todas ellas de morder.

Nos echamos a reír a la vez.

Pero no pude reír más cuando una voz de trueno anunció:

—¡El rey !

Mi corazón tropezó con su propio latido.

Lo vimos aparecer en el Salón de Apoloco, rodeado de ministros, de su capitán de los mosqueteros y de sus cortesanos, con una casaca dorada que brillaba en contraste con su larga cabellera castaña.

Sus ojos azules estaban atentos a la conversación de uno de sus ministros, pero aun así, los ojos del rey de Francia me encontraron.

Solo entonces lo vi sonreír con esa sonrisa que solo él tenía, que nacía no en los labios, sino en la mirada, como si de repente el mundo se deshiciera a su alrededor y yo fuera lo único que existía para él.

Sentí que si daba un solo paso hacia él, no podría ya retroceder jamás. Y fue en ese exacto instante que una voz femenina se coló entre nosotros.

—Buenas noches, su alteza. Y vos debéis ser Madame de Lormagne. Qué agradable sorpresa encontrarlas aquí esta noche.

Me giré, encontrándome a una dama de cierta edad vestida con una sobriedad que contrastaba con el esplendor de la sala. Al contrario que el resto de nosotras, ella no lucía joyas y su rostro, anodino, era severo y contenido. No la reconocí, pero la duquesa de Orleans sí.

—Ah, Madame de Maintenon —saludó Aurore, seca—. Qué raro encontraros cerca del rey y no rezando con la reina.

—La reina se encuentra nuevamente indispuesta —replicó la Maintenon, con una inclinación tan leve que rozaba la descortesía—. Dolores en el vientre, los mismos que la aquejan cada vez que los aires de palacio cambian.

—Transmitidle a su majestad que me consolaría mucho visitarla para tratar su mal.

—La reina de Francia no desea prácticas paganas sobre su divino cuerpo.

Vi el fastidio casi imperceptible que cruzó la mirada de Aurore: una mezcla de sentido del deber y resignación envuelta en cortesía palaciega.

—Por supuesto —respondió con una sonrisa serena, y luego añadió con sarcasmo—: Es mucho mejor confiar en las manos de los galenos reales, claro.

Françoise apretó los labios con rabia ante la frase de la duquesa de Orleans, pero enseguida recobró la compostura.

—¿Me permitís robaros a Madame de Lormagne un instante, alteza?

Aurore Bechard fue a negarse en rotundo, temerosa de dejarme a solas con aquella mujer, pero levanté el abanico para detener sus palabras.

—Será un placer acompañaros, Madame de Maintenon —dije, amable.

Aurore chasqueó la lengua y, acto seguido, se alejó de nosotras sin preocuparse si sus pasos eran demasiado rápidos para el protocolo de la corte.

Pronto, su silueta se perdió entre nobles y murmullos.

Françoise de Maintenon permaneció a mi lado, calmada y callada.

Esa era la mujer que, según todos los rumores, había conquistado el corazón del rey sin necesidad de pasar por su lecho. La rival que debía desplazar.

El Orfebre solía hablarme con desdén de las amantes del rey, y había habido muchas, pero al parecer ninguna como Françoise. Se decía que Louis la adoraba, si bien no se habían acostado. Rezaban juntos, nada más. Al menos, eso se decía. ¿Quién sabe lo que ocurriría en la intimidad?

Lo que sí se conocía era cómo había llegado ella hasta allí: como Madame Scarron, sin fortuna ni título, solo una simple dama de compañía de la reina María Teresa.

Y hasta donde yo sabía, aún la servía con una devoción monástica.

Ambas eran las guardianas del decoro más férreo en Versalles, defensoras de una fe católica tan rígida que la mayoría de las damas francesas, mucho más liberales, habían presentado una queja formal ante el rey por aquella implacable persecución moral. Ignoraba cómo había respondido Louis.

—Debo reconocer que no sois lo que esperaba —dijo Madame de Maintenon en cuanto vio que yo no iba a darle conversación. Sus palabras fueron lentas, medidas, frías.

—¿Acaso os decepciono, madame? —inquirí, agitando el abanico, sin dejar que su tono me intimidase.

—La verdad es que esperaba encontrarme a otra de esas muchachas sedientas de poder que giran en torno a su majestad como insectos alrededor de una lámpara. Vos parecéis distinta.

—¿Y eso os inquieta?

—Lo que me inquieta es que vuestro propósito sea desviar al rey del camino que Dios ha marcado para él.

—No sabía que teníais el privilegio de conocer los designios de Dios, Madame de Maintenon.

Antes de que ella pudiera responder, una presencia cálida y poderosa se hizo notar a mi lado. Me giré, con el corazón desbocado, y allí estaba él.

Louis.

El rey me tendió la mano con caballerosidad, como si en aquella sala solo estuviésemos él y yo y lo demás no importase lo más mínimo.

—¿Me concedéis este baile, madame?

A mi lado, Françoise enrojeció de rabia al no haber sido saludada por Louis. Eso me complació.

—Majestad —susurré, deslizando mi mano en la de Louis—, os concedería este y mil bailes, pero como os dije en la cena que compartimos, no sé bailar. Al menos, no como aquí se espera. Bailar ante toda la corte me mataría de vergüenza.

—¿Y si os digo que no pienso dejar que os muráis esta noche? —replicó, con una sonrisa divertida ante mi incomodidad—. Solo quiero teneros cerca. No os pediré más de lo que estéis dispuesta a darme.

—Entonces, me estáis pidiendo demasiado —dije, sin apartar la mirada de la suya.

Louis no retiró su mano de la mía. Inclinó sus labios sobre la piel de los nudillos y la besó con una lentitud candente que a nadie —mucho menos a Françoise de Maintenon— le pasó desapercibida.

Un beso en los nudillos. Tan inocente y, sin embargo, tan peligrosamente íntimo que casi pude percibir cómo el aire se detenía a mi alrededor, hasta que el calor de su boca sobre mi piel la marcó como un invisible hierro candente.

Un hechizo que nos envolvió por unos escasos segundos, solo a Louis y a mí.

Tragué saliva, obligando a mi corazón a calmarse.

No podía permitir que su contacto me afectase así.

Tenía una misión que cumplir, un propósito más elevado al que debía dedicarme con odio y pasión.

Sin embargo, el único fuego que ardió en aquel instante fue el que Louis depositó sobre la piel de mi mano.

Sabía que tenía que romper el momento, decir algo, o la corte empezaría a murmurar, pero fui incapaz de apartar mi mirada de la de Louis, pues en sus ojos danzaba esa mezcla de picardía y ternura que solo él sabía conjurar.

—Podríais concederme, entonces, un paseo —dijo en voz baja, como si propusiera una travesura—. Los jardines están más hermosos que nunca esta noche. Y allí, os lo aseguro, nadie os verá tropezar al ritmo de la música.

Madame de Maintenon no se movió ni un centímetro, pero sentí su rigidez volverse casi tangible, como si de repente el corsé de su virtud se hubiese apretado un palmo más. Supuse que a ella jamás la había invitado a pasear por los jardines a medianoche.

—¿Un paseo, majestad? —repetí, con una sincera sonrisa que no logré contener.

—Y si la noche es benévola, quizás hasta podamos bailar sin los ojos de la corte juzgando cada uno de nuestros pasos. —Sin soltar aún mi mano, Louis se inclinó sobre mi oído para que nadie más que yo escuchase sus palabras—. ¿Me concederías ese honor, Jeanne de Lormagne?

Mi sonrisa se hizo más amplia.

—Acepto, Louis de Francia —dije, también en un susurro, utilizando el trato que habíamos usado en las caballerizas reales y que, de pronto, era solo nuestro.

Nuestro secreto.

Y así, sin más ceremonia que el murmullo del deseo que crecía en mi corazón y que me obligué a ignorar, salimos juntos de aquel salón, dejando atrás las miradas clavadas, las intrigas suspendidas en el aire y a Madame de Maintenon más rígida que una estatua de mármol.

Por mucho que lo intenté, fui incapaz de borrar la sonrisa de mi rostro.