Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Jeanne XIII #2
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Jeanne XIII #2

—¡Alteza! —me escandalicé, ruborizada, rompiendo el abrazo.

Ella se encogió de hombros.

—¿Acaso no pensáis en él de forma tierna?

—No.

—Bueno, podéis intentar engañarme, incluso podéis intentar engañaros a vos misma, pero vuestros ojos jamás podrán mentir. Os brillan ante la presencia de su majestad. ¿Y quién podría culparos por ello?

No pude responder nada a eso, lo que no detuvo a Aurore. Por primera vez, pareció fijarse en mi atuendo de noche.

—Ah, ¿pensáis acudir por fin a los salones nocturnos?

Yo me esforcé en recuperar la compostura y en ignorar la amistosa y pícara pulla de la duquesa de Orleans.

—Sí. Creo que ya me he escabullido suficiente.

—Tenéis razón. —Aurore me tomó del brazo, sin dejar de sonreír con picardía—.

Sé lo que se siente al entrar en un salón lleno de víboras disfrazadas de nobles damas: sus ojos se clavan en tu vestido y en cada palabra que te atrevas a pronunciar.

Os harán comentarios hirientes disfrazados de cortesía y os sonreirán mientras desean veros caer.

—Suena encantador.

—Lo es —dijo, divertida—. Encantador como un pantano venenoso cubierto de olorosas flores.

—¿Y cómo lo soportasteis vos, la primera vez?

—Tenía la protección de Philippe —dijo, y los ojos dorados le brillaron al mencionar a su esposo. No se molestaba en absoluto en disimular el amor que sentía por el duque de Orleans y eso me hizo envidiarla un poco—. Esta noche, vos tendréis la mía, si la aceptáis.

—¿De verdad?

—Claro. Entraremos juntas, como si fuéramos hermanas. No me importa lo que piensen los demás. ¿Qué pueden decir de mí que no se haya dicho ya?

—Muchas cosas —respondí, contagiándome de su buen humor.

—Pues que las digan —dijo Aurore—. Al final, las palabras son eso: palabras. El poder está en cómo las ignoramos.

—Procuraré seguir ese sabio consejo, alteza, aunque admito que siento terror por enfrentarme al juicio de la corte.

—Comprensible. Pero no os preocupéis por eso; en su día, Philippe me ofreció su protección y esta noche yo os ofrezco la mía, si la aceptáis.

—Será un honor contar con vuestra compañía.

Y, para mi sorpresa, me besó en la mejilla. Un gesto que no recordaba que ninguna mujer me hubiera dedicado. Solo Ferdinand. Sin saber qué otra cosa hacer, se lo devolví con todo el cariño que fui capaz de reunir en mis labios.

—Gracias, alteza.

Aquella fue la primera vez desde que llegué a Versalles que me sentí culpable por querer terminar con todos los miembros de la casa real francesa.

—¡Su alteza, la duquesa de Orleans! —anunció el ujier que custodiaba el Salón de la Paz, y Aurore me tomó del brazo para cruzar desde aquella sala a la famosa Galería.

Aunque me habían descrito la Galería de los Espejos como deslumbrantemente hermosa, nada me preparó para la primera vez que la vería brillar bajo la luz de las lámparas de araña.

La princesa se limitó a caminar a mi lado en silencio, intuyendo el impacto que semejante belleza arquitectónica tendría en mí, mientras yo contenía mi asombro ante la visión de la infinita pared de espejos, los frescos del techo y los balcones que daban a la opulencia de los jardines de Versalles.

Ni siquiera me di cuenta de que la corte nos abría camino para dejarnos pasar.

Fue como internarme en un templo sagrado, por pura e innegable magnificencia. El mármol bajo nuestros pies parecía más pulido que el cristal; los techos, plagados de alegorías doradas, contaban historias de gloria, de guerra, de dioses antiguos que se arrodillaban ante el Sol de Francia.

Pero nada, nada me había preparado para los espejos.

Cientos de ellos, multiplicando el fulgor de las lámparas, los bordados de las casacas y las joyas de las damas. Me vi reflejada tantas veces que, por un momento, perdí el sentido de dónde acababa yo y empezaba el resto de esa ilusión. Me sentí atrapada en una burbuja de luz, de oro y cristal.

Apenas podía respirar.

Y, sin embargo, aunque la Galería de los Espejos era de una hermosura indiscutible, hecha para rendir al más soberbio de los visitantes…

«No era tan hermosa como los ojos de Louis cuando sonríe», me susurró mi mente, traicionera, y ese pensamiento me azotó como una deliciosa ola fría tras una noche de intensa fiebre.

Inesperado, íntimo, irrefutable. Bajé la vista, avergonzada de que un pensamiento tan ardiente pudiera haberse colado en medio de mi acerado odio.

—No os detengáis —me susurró Aurore, sin dejar de andar—. Si os paráis demasiado a observar la belleza de la Galería, darán por hecho que es vuestra primera vez aquí. Dejad que lo sospechen, pero nunca que lo confirmen.

Asentí, obligando a mis pies a continuar avanzando.

A nuestro paso, los cortesanos se apartaban con estudiada cortesía, aunque la mayoría nos observaba de forma descarada.

Aurore no parecía afectada por ello. De hecho, levantó un poco más el mentón y dejó que la corte la contemplase.

Pensé que era una reina que no necesita corona.

Solo cuando llegamos al final de la Galería, cruzando bajo el arco dorado que conducía al Salón de la Guerra, me permití recuperar un poco la respiración.

Un sirviente se acercó con una bandeja repleta de copas de vino blanco y tanto Aurore como yo tomamos una.

—¿Y vuestro marido? —pregunté, buscando distraerme de la tensión que me subía por el pecho—. El duque de Orleans… ¿No está esta noche con vos?

Aurore negó, sin parecer molesta por la ausencia de su esposo.

—Está dando una de sus fiestas privadas en los Apartamentos del Príncipe. Monsieur considera que su presencia es completamente prescindible en Versalles y prefiere, por lo general, la privacidad de nuestros aposentos.

—¿Y vos, alteza?

—Reconozco que al principio me abrumaba la vida de los salones y elegía el aire de los jardines o la tranquilidad de mi dispensario, pero Louis me enseñó a disfrutar de la vida cortesana.

Aun así, no es comparable a nuestras estancias en el Palais Royal o Saint-Cloud.

Mi esposo es más feliz cuanto más lejos se encuentra de Versalles.

—He de admitir que la fama de su alteza ha llegado incluso a Lormagne.

—Sí, apuesto a que sí —rio ella—. Y es bien merecida. Si alguna vez os invita a una de sus fiestas, lo comprobaréis con vuestros propios ojos.

—¿Y vos no asistís a esas fiestas?

—Estaría ahí con él ahora mismo, pero no quería dejaros sola esta noche.

—Podríais haberle pedido a mademoiselle de Valois que me acompañase.

Aurore volvió a reír con picardía.

—¿Dónde creéis que está Lucille ahora mismo, sino con mi esposo, divirtiéndose como la dama libertina que es?

Parpadeé, confusa. ¿Insinuaba acaso que Lucille de Valois se acostaba con su marido y que ella lo aceptaba, sin más?

Las dinámicas de las relaciones del círculo íntimo del rey no hacían más que intrigarme.

Todo el mundo afirmaba que Aurore Bechard era amante de Louis, pero que también era amada por Philippe de Orleans.

¿Y ella, a quién amaba de ambos hermanos?

Por supuesto, no formulé tal pregunta en voz alta.

—Vuestro esposo es, sin duda, un hombre muy interesante —aventuré.

—Sí que lo es. Irritante, altivo, impenetrable como un cofre sellado. Pero en su interior guarda una ternura que pocos llegan a ver.

—Según vos, ¿el rey también es así?

Aurore clavó sus ojos áureos en mí, y yo sentí que podía leer todas y cada una de mis emociones. Desplegué el abanico y oculté parte de mi rostro con suaves movimientos, como si la respuesta a esa pregunta que había salido de mi boca sin permiso no me importase lo más mínimo.

—Podéis preguntarme por el corazón del Rey Sol o por el de Louis —dijo Aurore—. Y no obtendréis la misma respuesta. El corazón del rey es duro, forjado en el deber, templado en la ambición. Pero el de Louis solo quiere amar y ser amado.

—Entiendo —respondí, sin comprometerme.

Pero mi vaga contestación no satisfizo a Aurore.

—He visto cómo os mira. Y cómo vos le devolvéis la mirada, madame.

No seréis la primera que sueñe con compartir su lecho, y Louis…

Louis adora a las mujeres. Si vuestro deseo es acostaros con él, no tendréis que luchar demasiado para conseguirlo.

Pero si vais a tomar su afecto, Jeanne, os suplico que lo améis como él merece. Porque si lo hacéis…

Su voz se quebró ligeramente y calló.

—¿Si lo hago…? —susurré, animándola a seguir hablando.

Ella suspiró, con cierta tristeza en sus ojos.

—Si lo hacéis, sed mejor que Athénaïs de Montespan. Sed mejor que cualquiera de las que lo hemos amado y no supimos comprender la magnitud de lo que significa ser amada por el Rey Sol .

¿Qué podría haber contestado a semejante afirmación?

¿Que Louis me fascinaba, que su presencia me llenaba el pecho como si me hubiesen encendido una antorcha por dentro?

¿Qué guardaba cada una de sus notas como el mayor de mis tesoros?

¿Que cada vez que sus dedos rozaban los míos, cada vez que me dedicaba una de esas sonrisas que parecían esculpidas solo para mí, mi corazón me traicionaba y me desobedecía? No, no podía decir nada de eso.

Entramos en el Salón de Apolo y el murmullo de voces, risas y música se elevó, envolviéndonos; una agradable ola perfumada de flores y de cera fundida se me coló en la nariz y, así, sin más, me encontré en mitad de la corte de Versalles.

Rostros curiosos, pelucas abultadas que solo los nobles de la vieja nobleza lucían, miradas calculadoras tras abanicos que se abrían como lenguas de serpiente… Todo se desplegaba ahora ante mí, aterrador e intimidante a partes iguales.

Un centenar de ojos se volvió hacia nosotras. Ambas optamos por ignorar aquel escrutinio, a pesar de que yo tenía la sensación de haber sido desnudada y ofrecida como sacrificio en un templo. No podía amedrentarme ahora.