Jeanne XIII
T ras esconderme durante semanas en la soledad de mis aposentos, decidí que ya era hora de dejarme ver por los salones de Versalles, aunque fuese de forma esporádica.
Louis amaba la vida cortesana, y yo ya me había negado suficiente a participar en ella.
Esa noche, me vestiría para las diversiones nocturnas y me permitiría otro breve flirteo con el rey.
Puede que incluso le dejara robarme un único beso, que avivaría su interés por mí.
Coline, sabiendo ya que prefería la soledad, se sorprendió cuando le pedí que me peinase para unirme a la corte, si bien no dijo nada al respecto.
En esa tarea nos encontrábamos cuando un suave golpe en la puerta nos interrumpió. Por un momento temí que fuera el Vigilante, pero enseguida desestimé ese pensamiento: él siempre acudía a mí cuando estaba sola y nadie podía vernos.
—Abre, Coline.
La muchacha obedeció al instante. Al hacerlo, la vi sorprenderse por quien aguardaba al otro lado. Me puse en tensión, creyendo que quizá fuera Louis, pero Coline anunció con voz temblorosa:
—Su alteza, la duquesa de Orleans.
Me puse en pie de inmediato cuando Aurore entró en la habitación, con un voluminoso paquete envuelto en seda entre sus manos .
—Buenas noches, Madame de Lormagne.
—Buenas noches, alteza. No esperaba vuestra presencia.
—Cierto, debería haber enviado una nota —chasqueó la lengua, divertida—. A veces me olvido de tanto protocolo y tantas normas sociales. En fin, ¿estáis ocupada?
—No para vos, alteza.
Despedí a Coline con un gesto y Aurore esperó a quedarnos a solas para acercarse a mi cama y depositar el paquete sobre la superficie mullida. Yo me acerqué, curiosa por saber qué contenía.
—Os traigo un regalo.
—¿Un regalo?
—Un regalo —repitió Aurore, sonriendo con travesura—. O más bien, una trampa muy bien disimulada. Adelante, abridlo.
No tenía ni idea de qué podría haberme traído Aurore, por lo que no pude menos que sentir cierta expectación mientras desenvolvía la seda con cuidado.
Cuando descubrí lo que la seda escondía, tuve que contener una exhalación.
Tenía ante mí un conjunto de amazona exquisito: una falda de montar azul noche con detalles bordados en hilo de plata, una casaca entallada a juego con botones de nácar y unos elegantes bonitos.
Sin saber qué decir, deslicé los dedos sobre el bocado, admirando los acabados con reverencia.
Era un traje carísimo que una dama como yo jamás podría permitirse pagar.
—Este es un traje digno de una princesa, alteza —dije, confundida.
—Sí, bueno, pues ahora también es digno de una señora como vos. —Aurore se dejó caer con gracilidad sobre mi cama, sonriente—. Tenemos más o menos la misma talla, diría, y en realidad no lo he usado nunca. ¿Os gusta?
—Claro que me gusta. Pero… —La miré, desconcertada, sabiendo de quién provenía en realidad aq uel presente—. Su majestad prometió no regalarme nada más.
—Lo sé —respondió, aún más divertida—. Y ha cumplido su promesa, técnicamente. Soy yo quien os hace el regalo.
No supe si reírme o sentirme aún más culpable.
Era evidente que Aurore llevaba razón —todo estaba cuidadosamente hilado para no romper la promesa del rey—; también lo era que aquel regalo no era cosa suya.
Louis seguía rodeándome de favores, de atenciones, y por más que intentara resistirme, había una parte de mí que no podía evitar sentirse halagada. Cuidada. Elegida.
Acaricié de nuevo la suave tela del traje. Aquello formaba parte del plan ideado por el Vigilante, pero, por alguna razón, sentí un mal desasosiego por aceptar algo tan valioso.
—¿Es que acaso no os gusta? —preguntó Aurore, inquieta ante mi silencio.
Negué con la cabeza y, acto seguido, me armé de valor para tomarme ciertas confianzas con aquella mujer que, no mucho tiempo atrás, había sido tan pobre y anodina como yo.
—¿Puedo haceros una pregunta personal, alteza?
—Podéis.
—¿Nunca os incomoda? —inquirí, sin dejar de contemplar el hermoso traje—. Que Monsieur os colme de cosas costosas que jamás os hubierais podido permitir en vuestra antigua vida como plebeya… ¿No sentís que eso os convierte en una oportunista?
Aurore dejó escapar una diminuta risa, que no fue capaz de ocultar la devoción que sentía por su marido.
— Monsieur ya ha comprendido que los regalos lujosos no tienen ningún valor para mí, aunque le costó lo suyo entenderlo.
Supongo que el valor del dinero es diferente cuando naces noble.
Al principio de nuestro matrimonio le ponía histérico que cada una de las joyas que me regalaba, yo las entregaba a mujeres pobres que pasaban por mi hospital.
No donaba todas las joyas, pues una también es un poco vanidosa, pero sí la mayoría de ellas —explicó Aurore—.
No soporto pensar que yo tengo tanto y otros tan poco, e intento compensarlo como buenamente puedo.
—¿De verdad os desprendéis de joyas de oro y plata?
Ella se encogió de hombros.
—Sí. Y Monsieur ha acabado por aceptarlo. Cuando me regala un broche, suele decirme: “Veremos en el cuello de qué meretriz sifilítica acaba esto”. Ambos nos reímos y eso es todo.
Me quedé en silencio, ordenando mis confusos pensamientos.
Aquel era un regalo costoso; no tanto como un broche de oro, claro, pero Louis ya me había entregado un caballo precioso, y ahora aquel traje.
Y aunque volví a repetirme que ese era el plan del Vigilante y, en consecuencia, también el mío, me sentí inquietamente culpable.
—No quiero ser percibida como una arribista, alteza.
—No debéis preocuparos por eso. ¿O acaso creéis que no han murmurado ya sobre vos? —dijo Aurore—. Claro que lo han hecho, Jeanne. Incluso si aún no habéis entregado vuestros favores a Louis, las damas que aspiran a compartir su cama ya os odian. Todas. Versalles no perdona.
—¿Os ocurrió eso cuando su majestad os convirtió en su favorita?
—Sí.
—¿Y cómo lo sobrellevasteis?
—Aprendiendo a no deberles nada —soltó, sin un ápice de duda o arrepentimiento en su voz—.
El amor del rey no es un precio que yo deba pagar.
Es algo que él da porque lo desea. Y si lo acepto, lo hago porque también lo deseo.
Si empiezo a pensar que eso me quita valor, entonces esta corte llena de embusteros y aduladores habrá ganado. Y jamás voy a permitirles ese gusto.
Necesité unos segundos para asimilar esas palabras que la princesa me había ofrecido con el alma expuesta.
—Pero yo no soy como vos, alteza.
—Ni falta que hace —replicó ella, calmada—. No he venido a deciros cómo vivir en este lugar. Solo quería que supierais que no estáis sola.
El rígido protocolo de Versalles me lo impedía, pero quise abrazarla.
En vez de eso, la tomé de las manos, apretándoselas suavemente en un gesto de complicidad.
Sentía que Aurore era la clase de mujer en la que podías confiar, sabiendo que jamás clavaría una daga en tu espalda.
Transmitía fortaleza y bondad; no me sorprendía la devoción que Philippe de Orleans sentía por ella.
Eso me envalentonó.
—Alteza, ¿puedo consultaros, de forma confidencial, una duda médica que lleva años atormentándome?
—Podéis, madame.
Bajé la voz, avergonzada por hablar de aquel tema que jamás había tratado con nadie. Sin embargo, la comprensiva mirada de Aurore me tranquilizó enseguida.
—Durante años… —dudé— he sufrido pérdidas forzadas.
—¿Os referís a que os han obligado a abortar?
—Sí. Varias veces. —Ella no dijo nada, animándome con su respetuoso silencio a seguir hablando—. Desde entonces temo… temo que mi cuerpo haya quedado inútil para dar vida. Decidme, os lo suplico: ¿hay forma de saber si una mujer aún es fértil?
Aurore no retiró las manos de las mías. Al contrario, las sostuvo con mayor firmeza, con esa seguridad tranquila que sin duda transmitía a las mujeres a las que trataba con sus conocimientos.
—No hay certeza, sino en el hecho consumado. Una mujer sabe que es fértil cuando concibe. Antes de eso, solo podemos leer señales.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Señales?
—Sí. Vuestro cuerpo habla, aunque a veces lo haga de forma encriptada. ¿Viene aún vuestra sangre cada mes?
Asentí.
—¿Regular?
—Casi siempre.
Eso pareció tranquilizarla.
—¿Me permitís examinaros?
—Por supuesto.
—Bien. Tumbaos sobre la cama y respirad hondo.
Obedecí y ella apartó las telas de mi vestido para poder apoyar una mano abierta sobre mi bajo vientre. Su contacto no fue invasivo, sino atento, como si pudiera escuchar a través de mi piel. Palpó con sumo cuidado y yo aguardé el veredicto, expectante.
—No siento durezas bajo vuestra piel —dijo, sin dejar de mover su mano por mi pubis—. Decidme, ¿hay dolor persistente? ¿Fiebres, flujos con mal olor?
Negué de nuevo.
—Eso es buena señal —concedió—. Pero no basta para asegurar nada.
Los abortos repetidos dejan marcas que no siempre se sienten con los dedos.
A veces el útero se cierra sobre sí mismo, como una herida mal curada.
Tras una pérdida puede haber infecciones, perforaciones o hemorragias internas que provoquen la esterilidad.
Un atisbo de esperanza se abrió paso en mi corazón.
—¿Y vuestro diagnóstico?
—Solo puede ser superficial —respondió con cuidado—.
Mi mirada y mi tacto no alcanzarán a ver lo que más importa.
Podría deciros si hay sequedad, dolor o daño evidente.
No más. Si vuestro cuerpo sigue sangrando con orden, si no os duele al vivir ni al yacer con un hombre, aún hay esperanza.
Pero sería deshonesto por mi parte prometeros un hijo.
Eso no está en manos de ninguna partera. Ni siquiera en las de Dios, diría yo.
—Entonces… —dije— no estoy perdida del todo. Aún podría ser madre.
—Es posible.
Eso me llenó de una extraña felicidad. Me incorporé y, esta vez sí, no pude evitar abrazar a Aurore. Ella correspondió a mi gesto de igual forma.
—Si lo que deseáis es un hijo del rey, ha quedado más que probado que Louis es fértil —me susurró al oído, risueña.