Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Louis XIII #2
41%

Louis XIII #2

—Y aun así, los recibe. De Madame Scarron a Madame de Maintenon.

No está mal como ascenso en la corte de Versalles.

Ahora ostenta un título más elevado, tierras y una renta nada despreciable.

Y todo sin haberse abierto de piernas. Debo concederle cierto mérito…

¿O será que posee un talento excepcional para los juegos orales y, cuando se mete tu verga en la boca, ¿ves a Dios en sus ojos ?

—Fuera de aquí, Philippe —dije, poniendo los ojos en blanco ante su enésima muestra de descaro.

Él desapareció, riéndose como el canalla que era, y dejándome con el corazón un poco más reconfortado. ¿Cómo no iba a echarlo de menos cada vez que abandonaba Versalles? Necesitaba a mi hermano mucho más de lo que Philippe me necesitaba a mí.

Al quedarme solo en el Gabinete del Consejo, me permití esconder el rostro entre mis manos.

Siempre había tenido claro que mi destino era ser rey de Francia.

Madre me lo había repetido una y otra vez, llamándome su Diuedonné , asegurándome que sería el monarca más grande de nuestra historia, que solo yo podía llevar el reino hacia la gloria.

Había confiado en su palabra hasta que la vida me demostró que estaba solo en lo más alto del poder.

Ahora, sin embargo, ya no estaba seguro de nada.

Miré a mi alrededor. En aquella sala, anexa a la chambre du roi , se tomaban las decisiones que afectaban a millones de franceses que estaban bajo mi cargo. Yo debía decidir por y para ellos; ese era mi trabajo, mi responsabilidad y mi yugo.

En aquel momento, recordé una vez más el cántico de la Corte de los Milagros que continuaba persiguiéndome en mis pesadillas.

Tu corona de oro, tu manto real, esconde un niño mimado y un tirano fatal.

¿Cómo podía olvidar aquellas palabras tan dolorosas? Mi madre jamás me advirtió del precio que tendría que pagar por mi reinado: la soledad, el odio, la desconfianza, la imposibilidad de saber si una mujer me amaba por mi poder o por mi alma.

Mis ojos buscaron el reloj de pared que indicaba que era cerca del mediodía; no faltaba mucho para que Françoise viniera para rezar juntos.

Y, como el adolescente travieso que una vez había sido cuando aún vivía a caballo entre el Louvre y Saint-Germain, decidí huir de mis obligaciones y de mis rutinas.

Tomé los pasadizos ocultos que recorrían los Apartamentos Reales, sin avisar a mis mosqueteros o a Bontemps, y el saber que me estaba portando mal me trajo una profunda alegría, que culminó cuando llegué al ala sur de palacio, a los Apartamentos del Príncipe.

Si los guardias de Philippe se sorprendieron al verme aparecer ahí, sin escolta, no dijeron nada.

Se limitaron a abrirme las puertas y dejarme entrar en el reino privado de mi hermano.

Como ya había supuesto, Philippe no se encontraba ahí. Tras despedirlo del Gabinete, se habría desplazado hasta el Gran Canal para ejercitarse con su camarilla de amigos, como era habitual en su rutina. Aurore, en cambio, se encontraba en la antecámara leyendo un libro.

Durante unos segundos, no advirtió mi presencia y yo me deleité en la forma en que aquellos rizos rubios caían desordenadamente por su cara.

Se hallaba descalza, con los pies desnudos sobre el diván en el que leía, completamente absorta en su lectura.

Al menos, hasta que levantó la vista y se sobresaltó al encontrarme ahí, contemplándola.

—¡ Sacrebleu , Louis! —dijo, apretando el libro contra su pecho—. ¿Cuánto rato llevas aquí?

—Menos de un minuto, lo juro.

—Pues haz el favor de entrar y no te quedes ahí de pie, como si fueras un ujier.

Al cruzar el umbral, los guardias cerraron la puerta a mi espalda para proporcionarnos intimidad.

—¿Buscas a Philippe? Está en los jardines.

—No, en realidad te buscaba a ti.

—¿Vienes a desobedecer los mandatos de la moral de Madame de Maintenon conmigo? —sonrió, tomándome de la casaca e inclinándome hacia ella, hasta que mis labios rozaron los suyos.

Y en esa caricia suave se me fue la razón.

Sabía que no debía; todo mi raciocinio me gritaba que aquello iba contra lo que Dios pedía de mí. Pero mi cuerpo y mi corazón no entendían de restricciones morales, porque Aurore era mi latido más alegre, el que siempre me devolvía la sonrisa, incluso en los momentos más atribulados.

—No debería hacer esto —murmuré, con la frente pegada a la suya.

—Yo tampoco —replicó, sin apartarme de su lado—. Pero, ¿cuándo nos ha importado eso?

Mi boca se fundió con la suya y el resto llegó solo.

La tomé entre mis brazos, incapaz de contener aquel torrente de deseo que ardía en mis venas.

Ella no dijo nada cuando la alcé del diván, ni cuando nuestras bocas siguieron enlazadas al llevarla hasta el dormitorio y sentarla sobre la cama.

Se limitó a sonreír contra mis labios y yo sentí que, por fin, encontraba algo de paz.

—Te he echado de menos —susurré, sin dejar de besarla.

—Y yo a ti.

Levanté las faldas de su vestido con manos apresuradas, entre gemidos entrecortados, y entre la piel de sus muslos y el sabor de sus labios, mi alma descansó.

La tomé allí mismo, contra la seda de su lecho, sintiéndome culpable por amar a quien nunca sería mía, a la mujer de mi hermano.

Su espalda se arqueó bajo mis manos, su nombre se escapó de mi boca con una súplica temblorosa, y durante unos breves minutos no hubo Versalles, ni guerra, ni panfletos, ni traiciones. Solo ella y solo nosotros .

Fui rápido, furioso, desesperado. Me contuve lo necesario para que Aurore alcanzara su clímax y luego salí de entre sus piernas para terminar en su piel con un jadeo ahogado.

Y tras la liberación, llegó la culpabilidad.

Tuve ganas de echarme a llorar por haber caído de nuevo en la tentación, pero Aurore me abrazó y me obligó a tumbarme junto a ella, mi cabeza sobre su corazón, en un silencio calmado y cómplice. Me acarició la mejilla con roces tan suaves que casi dolían.

—Odio verte con tanto pesar en el corazón, Louis.

—Tu presencia es un bálsamo para mí.

—Creo que tu alma necesita un bálsamo más fuerte que mis afectos —suspiró, besándome en la frente—. ¿Y ahora, majestad? ¿Me dirás para qué has venido en realidad o lo dejamos en un efímero momento de pecado y placer?

Me incorporé despacio, con el corazón aún golpeando dentro del pecho como si quisiera huir de mi carne. Aurore tenía las mejillas encendidas y los ojos áureos curiosos.

«Dios mío, cuánto te aprecio», pensé, sonriéndole. Ella me devolvió la sonrisa, aguardando mis palabras.

—Vengo a pedirte algo —confesé al fin—. Algo que solo puedo confiarte a ti.

—¿Y qué harás si te digo que sí?

La miré con toda la sinceridad que me quedaba.

—Te amaré por ello. Más de lo que ya lo hago.

Aurore me robó un último beso antes de decirme:

—Entonces pídelo, Rey Sol, y se te concederá.

Y, tal y como le había asegurado, la amé más que nunca.