Louis XIII
P or un momento, nadie osó hablar en el Gabinete del Consejo. Ni siquiera yo.
Las noticias que me traía Gérald eran terribles, y el panfleto que llevaba en sus manos, aún peor. Me lo entregó en el más absoluto silencio, con el rostro grave. Mi capitán solía ser portador de malas nuevas, pero eso no significaba que le agradase disgustarme con ellas.
Cuando mis ojos se posaron en aquellas palabras impresas, un nudo se apretó en mi garganta. No podía permitirme el lujo de sentir miedo, pero sí ira y traición, además de esa clase de desgarro silencioso que solo se percibe cuando el corazón empieza a intuir grietas bajo los pies.
Volví a leer el panfleto, aunque ya había memorizado sus hirientes palabras.
¡París se alza, la noche obedece!
El príncipe de las sombras no desfallece.
Versalles muy pronto en llamas estallará
y con ese fuego el Rey Sol caerá.
¿Quién derrocará al monarca ladrón?
La libertad llegará con la revolución.
Alzaos, , bajo nuestro estandarte,
pues la corona vacila y la sangre arde .
Extendí el brazo y le entregué el papel a Philippe, que permanecía de pie a mi lado, tan tenso como yo mismo. Su rostro, normalmente impasible, se contrajo al leer los versos. Tampoco dijo nada.
No hacía falta.
—¿Cuántos han muerto en la revuelta de esta noche, capitán? —pregunté, con la voz contenida.
—Nueve policías, majestad —respondió Gérald, con la mano sobre su espada—. Y unos veinte civiles. El levantamiento fue sofocado por Nicolas en menos de una hora, pero el rumor de lo ocurrido… Será difícil contenerlo.
—Pon a tus mosqueteros al servicio de la policía de París si hace falta, Gérald —indiqué, entrelazando mis dedos sobre la tela azul que cubría la mesa del Gabinete del Consejo. Necesitaba calmarme, pensar con claridad, no dejarme llevar por la ira que, en el fondo, me consumía.
—Ya lo he hecho, majestad. Ahora mismo mis hombres están recorriendo todas las imprentas de la ciudad en busca de quien haya impreso esto.
—Eso lo lleváis haciendo desde hace meses, Gérald, sin resultado alguno —apostilló mi hermano.
—No por ello vamos a dejar de intentarlo, alteza.
Louvois, mi ministro de Guerra, se inclinó hacia Gérald.
—Capitán, debes colgar a todos los impresores de las murallas de París. No solo a ellos, también a sus familias enteras. La Nueva Fronda debe entender que…
—No —interrumpí a Louvois—. No derramaré sangre si no es absolutamente necesario.
—Pero, majestad… ni siquiera sabemos quién es ese príncipe de las sombras. Si han logrado iniciar una revuelta en la antigua ca pital, sabe Dios qué más serán capaces de hacer esos sucios traidores.
Gérald y yo intercambiamos una mirada. El secreto de la identidad de Ferdinand no había sido desvelado, y así seguiría. Nadie más que Philippe, Gérald y yo lo sabíamos. Era demasiado grave para confiarlo incluso a los hombres que estaban a mi servicio para gobernar Francia.
—He dicho que no, Louvois —dictaminé—. No seré el rey cruel que la Nueva Fronda insiste en dibujar ante los ojos de mi pueblo. Me niego.
Me levanté de la mesa, y los ministros me imitaron.
Por primera vez en mi vida, me sentía verdaderamente perdido sobre qué decisión tomar.
Tenía la sensación de que estábamos perdiendo el control de París y que la Nueva Fronda, incluso decapitada, había crecido como una hidra con decenas de nuevas cabezas dispuestas a acabar conmigo.
Me volví hacia Philippe.
—Hermano, tú conoces París y su gente. ¿Qué sugieres?
Philippe levantó la mirada del panfleto, todavía con las cejas fruncidas, como si aquellas palabras pestilentes hubieran dejado un regusto amargo en su boca. Se tomó unos segundos antes de responder. Cada uno de ellos me pareció un siglo.
—La rabia no se aplasta con botas ni con espadas —dijo, calmado—.
Tu pueblo está cansado y hambriento, pero aun así está deseando encontrar razones para amarte.
Apaga su rabia con pan y esperanza, con promesas de un futuro mejor y más justo.
Si París arde, no lo hará por un verso impreso en papel sucio, sino porque hay leña seca por todas partes y nosotros llevamos demasiado tiempo fingiendo que somos pirómanos.
—No puedo abrazar a los fronderos y ofrecerles la otra mejilla —repliqué, con más sarcasmo del que pretendía—. Sus actos deben tener consecuencias.
Philippe me sostuvo la mirada, sin amedrentarse.
—Creo que no entiendes cuál es la verdadera amenaza a tu trono. No es el príncipe de las sombras, sino el hambre, la desconfianza, la distancia entre el rey y su pueblo. Esto —dijo, alzando el panfleto— no es más que el eco de todo lo que no hemos querido oír.
—Propongo que no nos dejemos llevar por las emociones —intervino Gérald, con esa voz suya hecha de acero forjado—.
La Nueva Fronda está más débil que nunca, aunque quieran aparentar lo contrario.
Están soliviantando al pueblo de París en un acto de desesperación.
Gran parte de su entramado ha caído: una decena de familias están arrestadas y no ha habido más ataques dentro de Versalles desde hace medio año.
Ahora es cuando debemos actuar con la precisión de un cirujano, no con la brutalidad de un carnicero.
—Capitán, ¿y acaso esas familias traidoras presas no han confesado quién es su líder? —preguntó Raoul de Brissac.
—No, y dudo que en realidad lo sepan. La Nueva Fronda se organiza en una jerarquía muy definida y controlada: un miembro solo conoce al que está por encima de él y por debajo, nada más. Es la mejor manera de conservar el secretismo y de cuidarse las espaldas.
—Bien —respondí, entre dientes—. Hazlo a tu manera, Gérald. Ahora, dejadme a solas con mi hermano, señores.
Philippe aguardó en silencio a que los ministros abandonaran el Gabinete y a que Gérald, tras una leve inclinación de cabeza, regresase a las mazmorras .
—Louis, no seas necio con este asunto. Ambos fuimos testigos de lo que ocurrió en la Corte de los Milagros.
—Lo sé.
—Si echas más leña a ese fuego, París arderá. Y si París arde, el resto del reino lo seguirá.
—También lo sé.
Mi hermano tomó un escabel y se sentó a mi lado. Yo suspiré, sabiendo lo que me aguardaba.
—¿Vas a dejarme caer una de tus frases inapropiadas, Philippe?
Él sonrió.
—No. Aunque podría. Pero sería una pérdida de tiempo —dijo mi hermano—. Ahora mismo ya tenemos suficiente humo como para sumar mis improperios. Además, estoy reservando mi repertorio más escandaloso para cuando invitemos al Papa a cenar.
Tuve que reírme, aunque fuera apenas un resoplido. Philippe sabía cuándo tensar la cuerda y cuándo aflojarla. Siempre lo había sabido. A su manera, era más astuto que la mitad de los hombres que se sentaban conmigo cada semana a decidir el destino de Francia.
—Me alegra que no hayas perdido la capacidad de hacerme reír cuando todo se desmorona —murmuré, pasándome una mano por el rostro—. Ni siquiera hablar con Françoise consigue darme algo de paz.
—A la Maintenon la haría reír solo un sermón eterno en el purgatorio. O el suicidio colectivo de todas las amantes del reino. Y, aun así, seguro encontraría algo que censurar.
Volví a reír, más sinceramente esta vez.
—Y hablando de mujeres que sacan lo peor y lo mejor de ti —añadió, lanzándome una mirada de soslayo y alzando una ceja—, ¿vamos a hablar de ella o lo dejamos para más tarde?
No hacía falta decir su nombre; ambos sabíamos a quién se refería.
—Quiero saber qué piensas de Jeanne. De verdad.
—¿Sobre su belleza o sobre lo que esconde?
—No necesito comentarios sobre su belleza. Es evidente.
—Desde luego. Si no te das prisa, el marqués de Guiscard intentará seducirla. Tenéis los mismos gustos en mujeres.
—Philippe…
—O puede que Stéphane de Valois pida su mano en matrimonio. Al parecer, está en plena cruzada buscando esposa. ¿Y quién le iba a negar algo con ese cuerpo esculpido en mármol que tiene?
—Philippe, por favor —intenté detenerlo, aunque no podía evitar reír con sus comentarios escandalosos—. ¿Qué opinas de Jeanne?
—Opino que tiene un dolor que enmascara bajo capas y capas de cortesía y buena educación. Parece inteligente, mucho más de lo que quiere aparentar, y también valiente.
—Sí, estoy de acuerdo contigo. Hay heridas en ella que no me ha contado y que me intrigan. ¿Sabes si ese Romuald de Lormagne era un hombre cruel?
—Nunca había oído hablar de él, la verdad. ¿No has puesto a Gérald a averiguar cosas sobre Jeanne y su pasado?
—Aún no.
—Ah, ya entiendo —dijo Philippe—. Quieres que sea ella quien te lo cuente todo, en vez de mandar a tu capitán a revolver sus trapos sucios.
No dije nada.
—Lo cual me confirma que Jeanne es peligrosa.
—¿Peligrosa?
—Te mira y te habla como si no fueras el rey. Y tú se lo permites. Eso, para ti, solo puede significar peligro, hermano mío.
Tenía razón. Cuando Jeanne me miraba, me recordaba a cómo me sentí la primera vez que Aurore me sonrió: no como el Rey Sol, sino como Louis. Admirado y amado por lo que era en realidad y no por lo que representaba.
—Lo último que necesito ahora es otra amante que me complique la existencia —declaré, intentando disimular mi turbación ante mi hermano.
—Cierto, ya tienes a Françoise y su coño con olor a cirio sagrado.
—Philippe, por Dios, controla esa lengua soez que tienes.
—No pienso hacerlo. Ser príncipe de Francia conlleva pocas ventajas, y escandalizarte sigue siendo mi favorita.
—Pues lo consigues.
—Gracias. Me lo reconocerá la historia cuando tú seas recordado por tus amantes, y yo por mi lengua viperina.
Me dejé caer contra el respaldo de la silla y un suspiro que llevaba horas atascado en mi pecho escapó de mis pulmones.
—No amo a Françoise, ni planeo convertirla en mi amante. La considero más bien una guía espiritual que me recuerda el rey que debo ser. Es la primera mujer que conozco que no busca conseguir favores a través de la cama.